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Lunes 4 de mayo de 2026
La emoción siempre hará parte de una campaña. Es inevitable. Pero la emoción debe abrir el debate, no reemplazarlo.

La emoción siempre hará parte de una campaña. Es inevitable. Pero la emoción debe abrir el debate, no reemplazarlo.

Cuando la emoción sustituye a la razón

En medio de la polarización, votar se ha convertido más en un acto de rechazo que de reflexión, poniendo en riesgo la convivencia, la confianza en las instituciones y la capacidad del país para pensar su futuro.

Colombia no atraviesa hoy un escenario político simplemente difícil. Lo que vivimos es algo más profundo, más estructural y, por eso mismo, más preocupante. Estamos frente a una democracia que ha ido desplazando, de manera gradual pero persistente, el debate de ideas para reemplazarlo por la confrontación personal, el señalamiento y la reacción emocional.

No hubo un día exacto, ni un quiebre puntual, en el que la política colombiana dejó de discutirse con argumentos y empezó a resolverse con agravios. Este deterioro es el resultado de una acumulación de sucesos históricos, sociales y económicos que han ido moldeando una política cada vez más reaccionaria. En ella, el adversario dejó de ser un contradictor legítimo y pasó a convertirse en un enemigo simbólico que debe ser eliminado del escenario público.

Este fenómeno no surge de la nada. Durante años, amplios sectores de la sociedad se han sentido marginados, discriminados, no escuchados y no representados. El aumento sostenido de la pobreza extrema y multidimensional, sumado a uno de los niveles de desigualdad más altos de la región, ha profundizado una sensación de exclusión que termina expresándose en el terreno político. Cuando las instituciones no responden y las brechas se amplían, el debate se vacía de propuestas y se llena de resentimientos. Y el resentimiento, inevitablemente, moviliza emociones.

El mayor riesgo es que hayamos normalizado este escenario. La confrontación permanente se volvió paisaje. Y cuando eso ocurre, se compromete la capacidad misma de convivir como sociedad. La política deja de ser un espacio de deliberación colectiva y se transforma en un campo de batalla donde ganar implica destruir al otro.

A este contexto se suma un factor decisivo: la revolución tecnológica. Hoy cualquier persona accede a información de manera inmediata, sin filtros ni mediaciones claras. Esto ha potenciado una política aún más reactiva, donde la indignación y el impulso suelen pesar más que la verificación, el análisis o la reflexión. No se trata de regular los medios tecnológicos, sino de asumir una responsabilidad colectiva frente a su uso. El problema no es la herramienta, sino la ausencia de conciencia.

Y esa conciencia tiene una raíz clara: la educación. Cuando una sociedad toma decisiones exclusivamente desde lo emocional, es porque ha cedido espacio a la razón y al argumento. Colombia arrastra profundas deudas en educación de calidad, especialmente en los territorios más apartados. Sin una formación que fortalezca el pensamiento crítico, es imposible sostener debates complejos sobre el rumbo del país.
Las consecuencias de esta degradación no son abstractas. Cuando la política se reduce a polarización y ataques personales, quedan relegados los problemas estructurales. La productividad y la competitividad, en un mundo cada vez más globalizado, son dos de ellos.

Colombia sigue dependiendo de un modelo económico anclado en recursos no renovables, como el petróleo, cuyo agotamiento es una realidad ineludible. Mientras tanto, oportunidades estratégicas como el agro y el turismo siguen sin una visión estructural de largo plazo.
El país cuenta con millones de hectáreas aptas para la agricultura, pero solo una fracción mínima está siendo cultivada, en un mundo que enfrenta crecientes desafíos de seguridad alimentaria. En turismo, el crecimiento no ha estado acompañado de una normatividad sólida que garantice calidad, sostenibilidad y verdadero impacto económico. A esto se suman los retos históricos en corrupción, salud, educación y política fiscal, que quedan opacados cuando el ruido emocional domina la conversación pública.

La confianza ciudadana en las instituciones refleja esta fractura. Mientras algunos sectores mantienen cierto respaldo al sistema democrático, otros se mueven entre la apatía y la desconfianza radical. Aun así, la democracia colombiana ha demostrado una resiliencia notable: pese a las tensiones, las reglas del juego han sido respetadas. El riesgo no es su colapso inmediato, sino su desgaste progresivo.

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En este escenario, la juventud no es indiferente. Es exigente. Los jóvenes se movilizan por causas concretas —medioambiente, educación, empleo, género, participación— y cuentan con herramientas tecnológicas para organizarse y expresarse. Lo que no encuentran son suficientes espacios de inclusión real en la política tradicional. Si no se les abren, terminarán construyéndolos por fuera del sistema.
La responsabilidad de revertir esta tendencia recae, en buena medida, en los liderazgos políticos. Bajar el volumen del ruido, del egocentrismo y del ataque personal es una tarea urgente. Gobernar y hacer política implica crear espacios de debate, inclusión y argumentación. Los partidos que no entiendan que la forma de hacer política cambió corren el riesgo de volverse irrelevantes.

La emoción siempre hará parte de una campaña. Es inevitable. Pero la emoción debe abrir el debate, no reemplazarlo. Quien sostiene el debate en el tiempo es la razón. El verdadero problema de hoy es haber dejado todo en manos de la emoción y haber expulsado la argumentación.

Votar en contra de alguien, y no a favor de propuestas sólidas, degrada la democracia. Luego exigimos cambios estructurales a gobiernos que nunca tuvieron respaldo programático. Esa contradicción es el resultado directo de haber sustituido las ideas por el castigo emocional.
El llamado final no es solo a los candidatos, sino a la ciudadanía. No podemos seguir tomando decisiones estratégicas para el futuro del país únicamente desde la identidad, la rabia o el miedo. Pensar distinto no nos convierte en enemigos. La política no puede seguir resquebrajando familias, amistades y comunidades.

Convivir con la diferencia es la base de la democracia. Recuperar el debate de ideas no es un lujo: es una urgencia para reconstruir el tejido social y evitar que la confrontación termine erosionando aquello que, con todas sus imperfecciones, todavía nos sostiene como país.

Escrito por: Edgar Julio Erazo Córdoba, empresario especializado en minería subterránea de oro.

*Contenido patrocinado por Ecoagromineros.

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