La inversión social asociada exclusivamente a la consulta previa supera los 400.000 millones de pesos, a lo que se suman otros programas de responsabilidad social. Foto: CAMBIO
Agua, territorio y comunidades resilientes: la reconstrucción silenciosa de La Guajira
En este departamento, donde el viento levanta la arena y la sequía marca los días, muchas comunidades vivían sin recursos básicos. Hoy, gracias a proyectos productivos y al acceso a servicios como el agua, empiezan a construir su propio futuro.
Por: Daniel Murcia
Cerrejón, una de las minas de carbón a cielo abierto más grande de América Latina, ha sido durante décadas uno de los actores más determinantes en la historia de La Guajira. Su impacto económico es innegable: más de 13.000 empleos directos e indirectos, cerca del 50% del PIB departamental y una participación central en las regalías que sostienen buena parte de la inversión pública regional. Pero su aporte más profundo, se escribe en la vida cotidiana de las comunidades que habitan su área de influencia.
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Desde 2016, esa relación cambió de manera estructural. La Corte Constitucional, mediante la Sentencia T-704, ordenó a Cerrejón garantizar la participación efectiva del pueblo wayuu en los procesos de consulta previa y ejecutar un plan de compensación por los impactos de su operación. No se trataba solo de cumplir una obligación jurídica, sino de redefinir el vínculo entre una empresa minera y más de 500 comunidades étnicas en uno de los territorios más vulnerables del país.
Nueve años después, los números hablan de una intervención sin precedentes: más de 500 procesos de consulta previa activos, 435 acuerdos alcanzados, cerca de 2.200 proyectos sociales ejecutados directamente por las comunidades y más de 30.000 personas beneficiadas. La inversión social asociada exclusivamente a la consulta previa supera los 400.000 millones de pesos, a lo que se suman otros programas de responsabilidad social. Pero más allá de las cifras, lo que emerge es una transformación silenciosa, con comunidades que pasaron de recibir ayudas a diseñar, ejecutar y sostener sus propios proyectos de vida.
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La palabra y el territorio
“Más que atender una obligación derivada de una sentencia, vimos una oportunidad de fortalecer el diálogo y el relacionamiento con las comunidades”, explica Raúl Roys, gerente de Diálogo Social de Cerrejón. El énfasis, insiste, estuvo en cambiar la lógica: dejar de imponer soluciones y reconocer capacidades.
Los procesos se diseñaron bajo los usos y costumbres del pueblo wayuu. Las comunidades no solo deciden qué proyectos se ejecutan; los operan, los administran y los defienden como propios. “No es lo mismo llegar y entregar algo, a que la comunidad diga yo lo construí, yo lo pensé y respondía a una necesidad real”, afirma Roys.
Ese giro implicó también un trabajo interno en la empresa, aceptar que las comunidades sí podían ejecutar sus iniciativas, fortalecer sus organizaciones y acompañarlas sin sustituirlas. El resultado ha sido una sostenibilidad mayor y un empoderamiento que va más allá de una obra puntual.
El Milagro: cuando el agua cambia todo
En el kilómetro 27 del municipio de Albania está El Milagro, una comunidad wayuu que durante años vivió condicionada por la lluvia, sin agua, no había cultivos, ni animales, ni futuro posible. Hoy, un hidrosilo abastece a 11 familias y se ha convertido en el corazón de un nuevo modelo de vida.
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“El sistema de riego es solo el comienzo, pero es el pulmón de los grandes proyectos de la comunidad”, dice Salvador González, uno de sus líderes. Gracias al acceso permanente al agua, El Milagro puso en marcha proyectos de ganadería, cultivos de maíz, plátano y yuca, y pequeños emprendimientos liderados por mujeres.
Los recursos del proyecto productivo, se invirtieron en herramientas, como máquinas de coser, fileteadoras y equipos para procesar alimentos. Hubo que reparar picadoras, reemplazar transformadores dañados por rayos y sostener colectivamente la energía eléctrica. Cada dificultad reforzó la organización comunitaria.
“Antes pasábamos muchas necesidades, especialmente con el agua. Teníamos que ir muy lejos, hasta el río, para lavar. Salíamos a las cinco o seis de la mañana y regresamos a las siete de la noche. Nosotros pasamos trabajo”, recuerda Rosinia González, miembro de la comunidad El Milagro.
Hoy, además del agua, elaboran mochilas, mantas y chinchorros. Un total de 14 mujeres sostienen una línea artesanal que conecta la tradición y la autonomía económica. Las niñas y los niños aprenden a tejer, a sembrar, a cuidar los animales. La transmisión de saberes se volvió parte del proyecto.
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Incluso la ganadería sigue una lógica comunitaria. Cada familia debe donar una cría a otro miembro o a sus hijos, para que el ciclo continúe. No es solo producción, es cultura, corresponsabilidad y futuro.
Urapa: el agua que se convirtió en ingreso
En Urapa, otra comunidad wayuu cercana al municipio de Albania, el acceso permanente al agua no solo resolvió una necesidad básica, también se transformó en una fuente directa de ingresos. Antes, el abastecimiento dependía exclusivamente de un molino de viento. Cuando no había brisa, no había agua. Hoy, un hidrosilo surte a más de 20 viviendas las 24 horas del día mediante un sistema de distribución por gravedad, y ese cambio marcó un punto de quiebre para la economía local.
“Contar con agua permanente fue el primer gran logro”, explica Luis Ángel González, autoridad tradicional de la comunidad. A partir de allí, Urapa puso en marcha un proyecto de porcicultura tecnificada que hoy se ha convertido en uno de los principales generadores de ingresos para las familias. El sistema requiere abastecimiento constante de agua para los bebederos, la limpieza de las porquerizas y el control sanitario de los animales, algo que antes era simplemente inviable.
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Gracias a este proyecto, la comunidad no solo mejoró sus condiciones de higiene y seguridad alimentaria, sino que logró consolidar una actividad productiva con retornos económicos altos y sostenidos que permiten cubrir gastos comunitarios, reinvertir en el mantenimiento del sistema y fortalecer otros proyectos productivos, como la ganadería ovina y caprina y los cultivos de maíz.
“El agua fue la base de todo”, resume González. “La empresa puede traer la iniciativa, pero si la comunidad no se empodera y no asume el proyecto como propio, no funciona”. En Urapa, ese empoderamiento convirtió una obra de infraestructura en una actividad económica sólida que beneficia de manera directa a cerca de 80 personas.
Más allá de la mina
La relación entre Cerrejón y La Guajira no puede entenderse sin su peso económico. El departamento es altamente dependiente del carbón. Una eventual salida de la empresa, señala Roys, dejaría una brecha de ingresos que el territorio no podría cubrir, incluso preparándose con anticipación. “Sin regalías ni inversión, programas sociales, infraestructura y procesos de consulta previa quedarían en riesgo”.
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Como guajiro nacido en Riohacha, Roys lo dice sin rodeos: “Pensar en una Guajira sin Cerrejón genera preocupación”. Para él, la empresa no solo sostiene la economía actual, sino que puede ser un actor clave para una transición energética ordenada y para fortalecer otras líneas productivas.
En un territorio donde la escasez de agua y la falta de oportunidades han sido una constante, las comunidades de El Milagro y Urapa están escribiendo otra historia, una en la que, con diálogo, recursos y respeto cultural, recuperan su autonomía y construyen su futuro.
En La Guajira, donde el agua volvió a correr en algunos puntos del desierto, esa afirmación se mide menos en discursos y más en hechos concretos, en una manguera que llega a cada casa, en una máquina de coser que no se detiene, en un joven que aprende a sembrar sabiendo que, esta vez, la cosecha sí será posible.
*Contenido elaborado en colaboración con Cerrejón.