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Lunes 4 de mayo de 2026
Daniel Buriticá, director de Colombia Construye Confianza. | Crédito: Cortesía

Daniel Buriticá, director de Colombia Construye Confianza. | Crédito: Cortesía

El país que se ve cuando cambiamos de perspectiva

En esta columna, Daniel Buriticá, director de Colombia Construye Confianza, comparte una experiencia que revela el país que podemos ser cuando nos atrevemos a mirar desde los ojos del otro.

Tenía lágrimas en los ojos. Me miró, respiró hondo y, con la voz entrecortada, alcanzó a decir: “lo logré, encontré al papá de esa niña”. Fue uno de los momentos más conmovedores que viví ese fin de semana. Aquel hombre, que años atrás formó parte del mismo grupo armado que secuestró a mi tía, había logrado hallar el cuerpo del padre de una niña de diez años que le suplicó públicamente que la ayudara. Gracias a él, esa familia podrá por fin darle una sepultura digna.

Nos fundimos en un abrazo de esos que quedan tatuados en el alma, y pensé que ojalá en este país tan polarizado pudiéramos darnos más abrazos así. El pasado no lo olvidamos, pero tampoco permitimos que nos quite la posibilidad de construir futuro. Estábamos en medio de las montañas, junto a un grupo de empresarios, líderes sociales y políticos convocados por la Fundación Origen y la Fundación Bancolombia para atrevernos a mirar el país desde las gafas del otro. ¡Qué experiencia tan poderosa! 

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Ese encuentro me recordó la vieja historia de los dos ciegos frente a un elefante. Uno toca la trompa y dice que se parece a una culebra. El otro abraza una pata y asegura que es como un gran árbol. Ambos describen una verdad parcial. Lo mismo nos ocurre en Colombia: abrazamos realidades distintas y terminamos convencidos de que la nuestra es la única versión posible. Sin embargo, al conversar con personas cuyas experiencias están lejos de la mía, descubrí que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Sin importar nuestras posturas políticas, todos queremos una Colombia más próspera, sin pobreza y donde quepamos todos.

Estar ahí me permitió entender que los problemas del país no se pintan de ningún color. El niño que no tiene tres comidas al día, o el bosque que está siendo arrasado, no le preguntan al gobernante de turno de qué color es su bandera política. Lo que importa es que seamos capaces de trabajar juntos, poner la casa en orden y resolver viejos problemas sociales con nuevas ideas. Eso es, precisamente, lo que hoy NO ocurre. Pero ese fin de semana dejamos a un lado las etiquetas, cambiamos de gafas y nos reconocimos unos a otros como seres humanos, cada uno con una historia válida y un deseo profundo de aportar. Esos pocos días de convivencia de personas tan diferentes nos demostraron que, sin pensar igual, todos queremos lo mismo: una Colombia mejor. 

Nos despojamos de la necesidad de tener la razón y nos encontramos en las historias de tantos colombianos que luchan por salir adelante. Entendí que gran parte de nuestras discusiones se estancan porque creemos que las soluciones son binarias. Diagnosticamos bien, pero resolvemos mal. Nos quedamos atrapados entre la opción de la izquierda y la de la derecha, sin considerar que casi siempre hay tres, cuatro o cinco caminos adicionales para enfrentar un mismo problema. Nos falta creatividad para imaginar soluciones que nos incluyan a todos y voluntad para volverlas realidad.

Quizás lo que más necesitamos es aprender a ver al elefante desde más ángulos, comprender que puede parecer una culebra o un árbol, y aun así entender que es el mismo animal. Solo así podremos darnos la mano y construir juntos la Colombia que soñamos.

Ojalá entendamos, de una vez por todas, que Colombia necesita más convivencia entre quienes piensan diferente. Este país no cambiará solo con discursos brillantes sino con la valentía de sentarnos con quienes piensan distinto y construir soluciones juntos. Quizá ese sea el verdadero acto de liderazgo que Colombia necesita hoy: la capacidad de encontrarnos para volver a creer.

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