Crédito: Cortesía. Fotos de Angélica Sánchez, Cari Letelier y Mario Carvajal durante un viaje de Misión Polar a Islandia.
“Bailan encima tuyo”: así es el meticuloso proceso de búsqueda y observación de una cazadora de auroras boreales en Islandia
Con mapas meteorológicos, carreteras heladas y paciencia extrema, Angélica Sánchez, una cazadora de auroras boreales colombiana, guía a hispanohablantes en plena oscuridad de Islandia para que puedan conocer esta maravilla de la naturaleza. CAMBIO habló con ella.
Por: Manuela Cardozo
En la noche del 11 de noviembre, el cielo del hemisferio norte se iluminó con un espectáculo de luces rojas: una aurora boreal única. De 2024 a 2026, el sol se encuentra en la etapa más activa de su ciclo, en un periodo que se repite cada 11 años y que desatará algunas de las auroras más potentes de la década, según la NASA.
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¿Qué es y cómo se forma una aurora boreal?
Su nombre viene del latín borealis, que significa norte, ya que el hemisferio norte es la región del planeta en donde son visibles. A diferencia de esto, cuando aparecen en el sur se llaman auroras australes.
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Estas se producen cuando el Sol tiene explosiones que lanzan nubes de partículas cargadas al espacio que viajan hasta la Tierra y chocan con un ‘escudo protector invisible’ llamado magnetosfera, cuya función es desviar la mayor parte de esa radiación. Normalmente, las moléculas rebotan contra este escudo, pero en los polos sucede algo distinto: el campo magnético se abre y guía esas partículas hacia abajo, permitiéndoles entrar en la atmósfera terrestre. Allí chocan con átomos de oxígeno y nitrógeno y, al liberar la energía de ese impacto, producen las distintas luces que vemos como auroras, dice la NASA.
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Ver auroras boreales: entre la magia y la persistencia
Angélica Sánchez es una periodista especializada en viajes que desde hace años ha convertido la observación de auroras en un infaltable cada año. Con un grupo de experiencias fotográficas, llamado Misión Polar, viaja a Islandia dos veces al año para guiar grupos de hispanohablantes al “techo del mudo” y ver las luces en el cielo.
Sánchez vio su primera aurora en 2023 en Islandia, cuando viajó solo por gusto y sin imaginar que ese momento cambiaría el rumbo de su trabajo. Allí se conectó con el fotógrafo colombiano Mario Carvajal, hoy su socio en estas expediciones, y la respuesta al viaje fue tan fuerte que decidió lanzar su primera convocatoria. “Hicimos sold out de dos grupos en tres semanas: fue una locura”, recuerda.
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Desde entonces regresa cada temporada. Cada viaje, dice, es distinto, no solo por el cielo sino por quienes la acompañan. “Cada persona tiene una motivación distinta para estar acá. No cualquiera hace un viaje a Islandia”, explica. Algunos llevan años soñando con ver una aurora; otros llegan movidos por la ciencia, la fotografía o el deseo de “tachar” un imposible. Ver esa primera reacción, el silencio, el grito y el llanto son para ella parte esencial del fenómeno
La colombiana, quien ha tenido la oportunidad de ver el fenómeno decenas de veces, le explicó a CAMBIO desde Islandia por qué es raro que las luces que iluminan el cielo sean rojas. “Las auroras van cambiando de color conforme se van alejando de la superficie. Entonces, mientras estén más cerca de nosotros, ellas van a ser más verdes y azules. Por eso las sientes casi así que encima tuyo. Pero a medida que se van alejando de la superficie terrestre, van cambiando de color y se vuelven rojas, violetas”.
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Aunque muchas personas imaginan que basta con abrir la ventana del hotel para verlas, Sánchez insiste en que el trabajo real ocurre en carretera. En la mayoría de las noches hay que revisar estaciones meteorológicas, interpretar datos de viento y nubes, leer la actividad solar y recorrer kilómetros buscando un único hueco en el cielo. “A veces son veinte minutos; a veces son dos horas. Ver auroras no es fácil y requiere insistir muchísimo”, dice. Antes de esta temporada estuvo en Finlandia, donde alcanzó a ver algunas entre nubes. “La lluvia allá complica todo. Aquí en Islandia ya cayó nieve, y la nieve te da una mejor maniobra. La lluvia no”.
Para quienes, como Sánchez, han convertido la observación de auroras en una profesión y una forma de vida, la rareza del color es solo una parte del relato. Verlas implica mucho más que levantar la mirada, requiere leer datos meteorológicos, interpretar actividad solar, recorrer carreteras en plena noche y, a veces, esperar horas bajo temperaturas extremas.
“Yo creo que ese es uno de los momentos más emocionantes: cuando la gente ve una aurora por primera vez, o cuando las ve en general, y es cuando bailan encima tuyo. Cuando tú percibes ese movimiento, se mueven y hacen figuras, la gente empieza a decir: ‘Esto es un ave Fénix, mira, esto parece un corazón, esto parece una espiral’…".
Además de guiar a los viajeros, el grupo de Sánchez realiza astrofotografía para registrar el fenómeno, ya que, como dice ella, fotografiar una aurora no consiste en apuntar y disparar, sino que requiere configurar la cámara para capturar luz tenue en plena oscuridad, anticipar el movimiento de las cortinas luminosas y entender cuándo el cielo está a punto de cambiar.
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Misión polar también retrata la Vía Láctea desde Perú, porque, dice, quiere que la gente vuelva a mirar el cielo. “Nos hemos acostumbrado a fotografiar postres y outfits**. Nosotros queremos que la gente fotografíe el cielo y se conecte con eso que siempre ha estado ahí”.**
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