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Las palabras del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, en Múnich, y diversos reportajes sobre el deterioro social en la isla, ayudan a entender el contexto de una crisis energética y económica que se traduce en apagones diarios, transporte casi inexistente, hospitales operando al mínimo y una vida cotidiana marcada por la incertidumbre.
Por: Juan David Cano
Hace apenas algunos días, el pasado 14 de febrero, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, habló de historia y poder. El funcionario recordó especialmente la crisis de los misiles en Cuba para explicar la lógica de confrontación entre Washington y los regímenes que considera adversarios estratégicos; defendió la presión económica y energética como instrumento legítimo de política exterior; y señaló que Estados Unidos está dispuesto a usar su influencia para cambiar equilibrios en el mundo.
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Ese discurso se produjo en medio de una ofensiva estadounidense para restringir el suministro de petróleo hacia Cuba. En los últimos meses, el flujo de crudo venezolano, clave para sostener el sistema eléctrico cubano, se redujo y luego se detuvo de golpe, y proveedores alternativos enfrentaron amenazas de sanciones o restricciones comerciales. El resultado fue una crisis energética que aerolíneas internacionales han confirmado al ajustar rutas por falta de combustible en la isla.
Lo que en Múnich se plantea como estrategia geopolítica, en Cuba se traduce en vida cotidiana.
Una ciudad que funciona por horas
En La Habana, la electricidad dejó de ser una certeza. Los cortes pueden durar más de medio día en algunos sectores, es decir, entre 14 y 18 horas. Las familias reorganizan su rutina según el horario del apagón: cocinar antes de que se vaya la luz, cargar teléfonos cuando regresa la corriente, guardar agua cuando el bombeo funciona.
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El sistema eléctrico cubano depende en gran medida de combustibles importados. Sin petróleo suficiente, las plantas se detienen, los generadores fallan y el país opera por turnos. Las empresas reducen jornadas, las oficinas públicas trabajan menos horas y el comercio se adapta a horarios variables. La oscuridad dejó de ser noticia. Es rutina.
El país que se mueve menos
La gasolina es el nervio de la crisis. El transporte público funciona de manera irregular. El transporte intermunicipal es mínimo y en algunas rutas simplemente desapareció. Viajar entre ciudades puede tardar días o ser imposible.
Las aerolíneas internacionales han tenido que ajustar operaciones por falta de combustible para aviones. Algunas hacen escalas técnicas en otros países para repostar. El turismo, que era una fuente importante de divisas, se ha reducido aún más.
Moverse se volvió un privilegio. Ir al trabajo implica caminar kilómetros. Visitar un hospital puede tomar horas. Transportar alimentos es más caro. La escasez de combustible afecta a toda la economía.
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Hospitales en modo emergencia
Los centros médicos tampoco se salvan de la tragedia y priorizan urgencias. Las consultas no esenciales se aplazan. Pacientes estables continúan tratamiento en casa. El personal trabaja con recursos limitados.
La falta de medicamentos y equipos se suma a la crisis energética. Sin combustible suficiente, ambulancias y generadores fallan, el transporte de insumos se retrasa y los hospitales reducen servicios. La salud también depende del petróleo y está, irónicamente, en urgencias.
Escuelas con horario de apagón
El sistema educativo también cambió. Las universidades reducen jornadas y priorizan modalidades a distancia. Las escuelas siguen abiertas, pero con interrupciones eléctricas constantes.
Estudiar depende de la luz disponible. Profesores adaptan horarios, estudiantes hacen tareas cuando hay corriente, bibliotecas funcionan con limitaciones.
Eventos culturales, congresos académicos y ferias tradicionales se han aplazado. Museos reducen horarios. La jornada laboral se acorta en varias entidades estatales.
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La presión externa y sus lecturas
En Washington, la estrategia se presenta como presión para provocar cambios políticos. El petróleo, el turismo y el sistema financiero se convierten en instrumentos.
Sin embargo, en círculos diplomáticos, se comenta que una eventual transformación política en Cuba tendría impacto electoral en Estados Unidos y podría proyectar el liderazgo futuro dentro del Partido Republicano de Marco Rubio, secretario de Estado de origen cubano, quien ha vivido obsesionado con la idea de sacar del poder en Cuba a los hermanos Fidel y Raúl Castro, el primero fallecido hace nueve años y el segundo, ya retirado, con 94 años a cuestas, pero cuyos hijos han ejercido influencia política en el país. Uno de ellos es Alejandro Castro Espín, un excoronel del Ministerio del Interior
Así, pues, un cambio de régimen en Cuba beneficiaría directamente a Rubio, quien no solo ha estado gestionando las diversas sanciones contra Cuba junto al presidente Trump, sino que además defiende abiertamente la presión como mecanismo para provocar una contrarrevolución: el discurso de Múnich se lee en ese contexto: una defensa de la presión económica como herramienta estratégica. Todo indica, pues, que Rubio lo que anhela es tumbar el régimen cubano, erigirse como candidato del Partido Republicano y suceder a Trump.
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La vida cubana que sigue
Por estos días, muchos cubanos recuerdan la crisis de los años noventa, cuando la caída de la Unión Soviética dejó a la isla sin petróleo. Apagones, escasez y transporte limitado marcaron aquella etapa.
Hoy la comparación vuelve. La variación es que la economía global, las sanciones financieras y la dependencia energética hacen la crisis más compleja. Pero, la diferencia más importante es que en Cuba ya no habita Fidel, ese líder de la revolución cuyo carisma era innegable. Además, entre la juventud que aún queda en la isla, porque muchos ya se han ido, el espíritu de Fidel, y sus principios y enseñanzas, se han ido diluyendo.
No obstante, entre apagones, filas y transporte escaso, la vida continúa. La gente cocina cuando hay gas. Carga celulares cuando llega la luz. Y camina cuando no hay bus.
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Las discusiones geopolíticas siguen en las conferencias internacionales. Pero, en Cuba, la crisis se mide en horas sin electricidad, en kilómetros sin transporte y, lo que era impensable, en consultas médicas aplazadas y en pacientes sin medicinas.