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Lunes 4 de mayo de 2026
Crédito: Colprensa. Vista del embalse de Salvajina, operando al 93,5 % de su capacidad en julio de 2025.

Crédito: Colprensa. Vista del embalse de Salvajina, operando al 93,5 % de su capacidad en julio de 2025.

El cambio climático golpeará cada vez más a los embalses y la generación de energía en Colombia

El calentamiento global ha intensificado las sequías en todo el mundo, y en Colombia, un país cuya energía es mayoritariamente hidroeléctrica, esta tendencia se convierte en una amenaza crítica. A las vulnerabilidades estructurales del sistema se suma ahora la posibilidad de un nuevo Fenómeno de El Niño en 2026, con el riesgo de repetir episodios de racionamiento y apagones. CAMBIO consultó expertos.

Por: Manuela Cardozo

Desde la revolución industrial, la temperatura de la Tierra se ha incrementado de forma acelerada. Según la NASA, hoy el planeta es 1,47 °C más cálido de lo que era a finales del siglo XIX. Esta elevada temperatura hace más impredecible la disponibilidad del agua y aumenta las sequías en todo el mundo.

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La ONU, en su informe Drought in numbers (La sequía en cifras), ha dicho que desde el año 2000 el número y frecuencia de las sequías en el mundo ha aumentado en un 30 por ciento. Esta tendencia mundial tiene un impacto particular en Colombia, donde entre el 60 y 70 por ciento de la energía producida es hidráulica, es decir, se genera con agua, lo que lo vuelve uno de los 50 países más expuestos al cambio climático y las condiciones atmosféricas extremas, según el Departamento de Planeación Nacional. 

A esta fragilidad estructural se suma un fenómeno natural recurrente: El Niño. Una condición ambiental que produce alteraciones en los patrones ambientales como sequías muy intensas y que ocurre cada dos a siete años, durando entre nueve a doce meses aproximadamente, informó el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM). 

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Este fenómeno se produce por un calentamiento de las corrientes marinas del océano Pacífico, lo que causa una disminución de las lluvias y un aumento de la temperatura. Se trata de un evento propio de la variabilidad climática, es decir, de las fluctuaciones naturales del sistema climático que ocurren de manera periódica y que alteran temporalmente la distribución de lluvias y temperatura en la Tierra.

“Tenemos un calentamiento global, un cambio climático que está calentando todo el planeta, pero que también tiene patrones de precipitación cambiantes”, explica Benjamín Quesada, climatólogo, profesor y director del pregrado de Ciencias del Sistema Tierra de la Universidad del Rosario. "En general, estamos diciendo que las regiones más lluviosas se van a volver más lluviosas y las regiones secas más secas. Entonces, hay que ver que cuando ocurre un Niño se superpone esta tendencia de largo término de cambio climático. Entonces, es un Niño que en Colombia trae más sequías y altas temperaturas”.

Como advierten los expertos, esa variabilidad natural no actúa sola. “El cambio climático lo que hace es intensificar las altas temperaturas y también va a aumentar la evaporación encima de un embalse o encima de los cultivos. Va a acrecentar las severidades de los fenómenos de El Niño”, dice Quesada.

Más aún, cuando El Niño se presenta, “la producción de energía hidroeléctrica en Colombia cae al 50 por ciento de 70, por la falta de agua en los embalses”, comenta el experto. Durante esta temporada de sequía extrema pueden presentarse apagones, racionamientos o una mayor dependencia de las plantas térmicas, que generan energía por medio de gas y carbón, lo que aumenta las emisiones de gases de efecto invernadero y empeora el calentamiento global.

¿Por qué el cambio climático y el Fenómeno de El Niño afectan la producción de energía?

Para entender por qué el impacto es tan fuerte, basta mirar cómo funciona este tipo de energía. La energía hidráulica es una fuente renovable que genera electricidad a partir del movimiento continuo del agua. Para ello, normalmente se construye una presa o se desvía el cauce de un río, creando un flujo controlado de agua que hace girar unas turbinas y produce energía cinética (el tipo de energía que produce un objeto debido a su movimiento) en lo que se conoce como hidroeléctricas. Luego se usan generadores para convertir esa energía en electricidad, dice el Departamento de Energía de Estados Unidos (DOE, por su sigla en inglés).

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El problema es que todo este proceso depende del caudal del río o del nivel del embalse. Cuando El Niño provoca sequías, llueve menos y los niveles de los afluentes disminuyen. Si el agua baja por debajo del umbral técnico de la central, que varía según la planta, las turbinas no pueden girar con la fuerza necesaria y la generación se reduce o se detiene por completo. Este riesgo es cada vez mayor porque las sequías asociadas a El Niño se hacen más severas con el calentamiento global, que acelera la evaporación y reduce aún más la disponibilidad de agua, dice el DOE. 

No obstante, Colombia no es ajena a los apagones y cortes de agua. Quesada recuerda algunos episodios críticos como el apagón de 1992-1993, cuando Bogotá enfrentó cortes de luz de hasta nueve horas diarias, o más recientemente el racionamiento de agua de 2023-2024, cuando El Niño provocó una sequía tan severa que los embalses de la capital cayeron a niveles históricos. 

Fenómeno del Niño en 2026

Según el profesor, distintos modelos dinámicos y estadísticos que estudian el clima apuntan a que entre junio y agosto de 2026 hay un 40 por ciento de probabilidad de que haya otro Fenómeno de El Niño, para el que “estamos un poco más preparados” que la última vez, apunta el experto. 

“Ojo que si El Niño del año pasado, de hace dos años, hubiera durado un poco más, tipo seis meses más, todos los gremios de la academia estaban de acuerdo que ahí tocaba un apagón en Bogotá. Entonces, estuvimos muy cerca de tener otro nivel de racionamiento y de sus consecuencias”, recuerda Quesada. 

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Aun así, el riesgo no desaparece. Quesada insiste en que un nuevo episodio de El Niño se enfrentará a un sistema hídrico y energético que arrastra vulnerabilidades estructurales, tales como la pérdida masiva de agua por fugas, según él, el 40 por ciento no llegan a la ciudadanía; sedimentación acelerada en los embalses; deforestación que reduce la humedad que llega desde la Amazonía y consumos desiguales desde sectores que no asumen restricciones durante las sequías. 

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Sin embargo, hay zonas que corren más riesgo. Según el académico, en las regiones que ya tienen periodos de sequía intensos, como Orinoquía y La Guajira, habría temporadas de mayor temperatura y recrudecimiento del clima. Adicionalmente, también están en riesgo las ciudades densamente pobladas: “las zonas como Bogotá, donde vive mucha población, habría puntos de ruptura potenciales. Estamos hablando de municipios alrededor de Bogotá, y también de Antioquia, donde hay mucha dependencia de los embalses”, dice el experto.  

Soluciones alternativas

Para aliviar la carga de las sequías es necesario implementar planes de mitigación y adaptación al cambio climático, especialmente aquellos orientados a mejorar la gestión integral del agua, dice Quesada. Esto incluye identificar y priorizar las zonas que enfrentan mayor riesgo de aridez, fortalecer los sistemas de monitoreo y avanzar en acciones locales concretas, como la reducción de fugas, el control de consumos industriales y la protección de ecosistemas estratégicos. 

Además, Quesada afirma que la implementación de más sistemas de energía renovable puede desempeñar un papel determinante en la prevención y la resiliencia del sistema eléctrico colombiano. “Las energías renovables, podemos hablar de la solar, fotovoltaica o la biomasa.  Ahí también yo personalmente incluyo el aprovechamiento de los residuos, algo que en Colombia no se ha hecho a escala, que permite generar electricidad a partir del metano que emiten los residuos. Estas pueden limitar o permitir una mayor resiliencia del sistema eléctrico colombiano”, explica. 

Sobre esto, el Plan Energético Nacional proyecta aumentar la participación de estas fuentes para 2030, un salto ambicioso que busca diversificar una matriz históricamente dependiente del agua.  

Aunque Quesada reconoce que “vamos por buen camino”, aunque también admite que “nos despertamos tarde en Colombia frente a este tema”. La transición energética avanza, pero a un ritmo insuficiente para enfrentar un escenario donde El Niño será más severo, las sequías más frecuentes y los embalses menos confiables. La resiliencia, en agua y en energía, dependerá de qué tanto se logre acelerar esa transformación en los próximos años.

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