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Lunes 4 de mayo de 2026
Feliciano Samudio, Ángel Solano, Julio Benítez y Ernesto Ortiz, miembros de Acaprosin, la asociación campesina de Laguna Flor, en Sincelejo. Foto Ana María Cañón.

De disputa histórica a modelo agrícola: la historia de éxito de la tierra fértil de Laguna Flor

Feliciano Samudio, Ángel Solano, Julio Benítez y Ernesto Ortiz, miembros de Acaprosin, la asociación campesina de Laguna Flor, en Sincelejo. Foto Ana María Cañón.

El predio Las Pavas y Las Yayas, en Sucre, pasó a manos de la asociación campesina Acaprosin en medio de la entrega de tierras de la ANT. La comunidad es vista como un modelo miniatura del sueño de una buena reforma agraria. ¿Cómo lo lograron?

Por: Rainiero Patiño M.

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Ernesto Ortiz se acomoda la cachucha, desenfunda el machete y de dos cortes certeros echa al suelo el palo completo. Escarba para sacar los últimos trozos de yuca y el olor a tierra mojada inunda el ambiente. Los dedos son gruesos, las uñas ennegrecidas, es el testimonio de una vida de campo. Hace parte de los 48 campesinos que pasean felices y orgullosos por Las Pavas y Las Yayas, un predio que le entregó la Agencia Nacional de Tierras (ANT) a la asociación campesina de Laguna Flor, en Sucre. Un trabajo digno de mostrar y que en poco tiempo se convirtió en un caso exitoso de producción y desarrollo agrícola. Para algunos, un modelo miniatura del sueño de una buena reforma agraria.

Ortiz ahora camina con las yucas colgantes entre la nuca y los hombros, y bajo el sol del mediodía los palos brillan como una extraña corona doble de faraón. A pocos metros va Ángel Solano, también campesino, con una auyama musculosa apoyada en la palma de su mano, a la altura de la barbilla; la imagen parece como de movimiento de lanzador olímpico. “Luchamos mucho tiempo el terreno con López”, cuenta Solano para resumir bruscamente la historia de las 44 hectáreas que se disputaron con un privado.

El predio hace parte del plan de entregas masivas de tierras que adelanta el Gobierno nacional a través de la ANT y que, con corte a julio de 2025, ya había gestionado 700.000 hectáreas, según los reportes oficiales.

Laguna Flor es uno de los 21 corregimientos que tiene Sincelejo. La vereda está a 10,5 kilómetros de la capital de Sucre, en una zona rural, sobre la vía que conduce al municipio de San Antonio de Palmitos. El pueblo es reconocido por la fertilidad de su tierra, sus recursos ambientales y la vocación campesina de su gente. En sus calles, los árboles frutales se asoman por todos lados.

El terreno de Las Pavas y Las Yayas era del ganadero Fernán López, quien después de largos años decidió venderlo voluntariamente. Y en julio de 2025, surtidos los trámites legales, la ANT se lo adjudicó de manera oficial a la Asociación de Pequeños Campesinos Agrícolas de Sincelejo (Acaprosin).

La tierra y el pueblo: una historia unida

La historia de esta tierra empieza en 1973, cuando en medio de los proyectos del Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (Incora), unos hacendados compraron el predio y le dijeron a la comunidad que podía trabajar en algunas zonas bajo condiciones establecidas. Esto funcionó así, en medio de situaciones conflictivas, durante varios años.

Luego, en 2004, llegó la familia López diciendo que era dueño del terreno, pero el predio ya hacía parte de la identidad comunitaria, por lo que se inició una disputa legal y de confrontación en la que muchas veces tuvieron que intervenir la Policía y otras autoridades locales. Por eso, en esos días, la gente presentó solicitudes ante el Instituto Colombiano de Desarrollo Rural (Incoder). A pesar de los problemas, los campesinos nunca dejaron de sembrar ahí. Finalmente, el Gobierno nacional compró la tierra en 2023.

Héctor Fabio Villalba, el representante legal de la asociación, sabe el cuento con detalle y afirma que la historia del predio va paralela a la del pueblo mismo. Dice que en ese lugar trabajaron los abuelos de algunos de los campesinos que están hoy. Por eso cree que, con matices oscuros y claros, esa tierra ha sido el pilar de la alimentación de la comunidad y, en consecuencia, de su desarrollo. “Hace parte de la idiosincrasia y de la identidad de Laguna Flor”, insiste, mientras se balancea en un taburete y se encaja un sombrero vueltiao que combina, espontáneamente, con una sudadera y unos zapatos deportivos, testimonio de una nueva generación de campesinos.

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Villalba nació y creció en Laguna Flor. Es hijo de un profesor y de una auxiliar de enfermería, “privilegios” que le permitieron ingresar a la universidad pública y luego volver al pueblo con su título de economista. Es un soñador que tiene los pies anclados en el campo y que dice estar de acuerdo con aquellos que insisten en que en la educación está el secreto de la transformación. “Así nosotros estamos modificando el vivir de nuestro corregimiento. Hoy nos consideramos empresarios del campo”, afirma.

Acaprosin nació hace 11 años de la necesidad de los campesinos de tener voz y voto, de sentirse representados y organizados ante las instituciones del Estado. Ante la escasez de tierras para trabajar, la lucha de la asociación se enfocó desde el comienzo en la legalización de Las Pavas y Las Yayas. 

Como antecedente y referente del trabajo comunitario en Laguna Flor está la experiencia de una picadora de yuca, que en el año 1998 llegó a pagar una nómina de 16 millones de pesos mensuales a los campesinos del pueblo.

“Hoy cultivamos tranquilos y el Gobierno nos ha dado todas las herramientas. Producimos con vocación de servicio. La identidad de Laguna Flor huele a tierra, a yuca, ñame, plátano, arroz, granos propios de la región y muchos más. Los mismos que se comercializan, con base en la Ley 2046 de 2020, con diferentes instituciones del estado”, explica Villalba orgulloso, sentado bajo un quiosco de palmas, en la sede de la asociación.

La mano de las mujeres en la tierra

Las mujeres de Laguna Flor son parte fundamental de la asociación. Algunas de ellas también trabajan la tierra y otras participan en diferentes etapas de la producción. Todas realizan actividades comunitarias. Tedys Mercado se integró a Acaprosin hace cuatro años y hoy hace parte del grupo que transforma las cosechas en productos elaborados. En sus manos la yuca y los plátanos se convierten en arepas empacadas al vacío y las frutas en pulpas congeladas para jugos, por ejemplo.

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Rocío Garay Barragán también hace parte de esa fuerza femenina. Hace 14 años que está asociada y, además de tesorera, hoy también participa en la producción de alimentos. Tiene en su memoria cientos de historias de la lucha del pueblo por la tierra. Su esposo, por ejemplo, estuvo preso en medio de ese proceso por trabajar la tierra sin autorización. “No fue fácil, pero hoy estamos más unidos y tenemos el compromiso y la responsabilidad, bajo la visión de líderes que nos orientan”, señala.

A ella aún le parece un sueño que la economía de la comunidad haya cambiado tanto en tan poco tiempo, desde que recibieron de manera oficial la tierra, y que ya estén cerca de tener su propia maquinaria para producir. Ahora, además de ella y su esposo, su hijo también trabaja en la asociación. 

Acaprosin: una red que crece

Los rápidos resultados de la asociación le permitieron abrir nuevos caminos y opciones de negocios. Hoy, además de la transformación de alimentos, la asociación ha establecido convenios con entidades privadas para la comercialización de sus productos transformados, entre ellos las arepas de yuca y las arepas de plátano verde. Esto ha permitido fortalecer la economía local y abrir nuevas oportunidades de ingreso para las familias campesinas de la región.

La fórmula es directa. Como los operadores de servicios de alimentos del ICBF tienen la obligación de comprar el 30 por ciento de sus insumos a productores locales, los campesinos de Laguna Flor aprovecharon para mostrar su trabajo en las ruedas de negocios locales que organiza el instituto. Así lograron llegar a nuevos clientes.

Tatiana Padilla Alvis, directora (e) del Icbf en Sucre, dice que la articulación con Acaprosin se complementa con una segunda vía de acompañamiento administrativo, que busca que estos puedan mostrar más lo que hacen. Y como prueba del éxito de Laguna Flor, señala que es la primera vez que la entidad trabaja de manera directa con una asociación campesina que siembra, realiza todas las etapas de producción y transforma los productos. “Lo grande es que explotan la riqueza agrícola de esta tierra, con procesos limpios y productos naturales. Es una experiencia significativa” agrega.

Se trata de una operación comercial de gana gana, ya que una de las quejas más frecuentes de las comunidades educativas locales en donde el Icbf brinda alimentación es que las frutas se dañan muy rápido. Con Acaprosin eso no pasa, porque, además de manejar las pulpas, también entregan frutas frescas casi a diario y de manera directa del campo a las cocinas, productos que son estudiados por los nutricionistas para ser incorporados a las dietas de los niños y así apostarle a una soberanía alimentaria.

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Uno de los ejemplos de esa articulación es el Hogar Infantil Camilo Torres, donde son atendidos 177 niños, de entre 2 y 5 años de edad, la mayoría pertenecientes a estratos 1 y 2 de comunidades del noroccidente de Sincelejo. Allí, Martha Álvarez González, la coordinadora, cuenta que desde marzo de 2025 trabajan con Acaprosin, después de ver su trabajo en un evento de presentación de nuevos proveedores.

“Nos pareció importante que ahora pudiéramos trabajar de la mano de aquellas personas que hicieron parte del proceso histórico del Icbf”, dice para contar que el propio Villalba fue estudiante de un hogar infantil del instituto que funcionó hace muchos años en Laguna Flor.

Lo importante de esta alianza también es que los productos de Acaprosin están en línea con los requerimientos del hogar infantil para la alimentación de los niños, sobre todo los tubérculos, los vegetales y las frutas, como el mango, la guayaba, la maracuyá, el ají, el tomate y la habichuela larga. “Son muy frescos y de buena calidad, no están en bodegas por mucho tiempo, son del campo a los platos”, reitera la coordinadora.

Una marca propia: Laguna Flor

Como apoyo complementario, los miembros de Acaprosin también fueron beneficiados de la convocatoria del programa Sembrando Vida, de la misma ANT, con una inversión de 700 millones de pesos para el desarrollo de sus cosechas y la producción de queso. El propósito es garantizar el cumplimiento de los compromisos de suministro adquiridos con el Icbf y fortalecer la producción local para abastecer otros mercados en la región.

Ahora la asociación está en los trámites finales para registrar su propia marca, con la que esperan posicionar sus productos en las grandes superficies bajo el nombre de “Laguna Flor”. El arroz podría ser uno de los primeros productos con esta marca, que será la primera creada por familias campesinas del departamento de Sucre.

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Por eso, con claridad, pero tímido orgullo, Villalba dice, mientras camina por el predio junto a sus compañeros, que la propuesta de Laguna Flor y Acaprosin debería ser replicada en muchas partes del país.

“Hoy tenemos tranquilidad porque tenemos la tierra y la comida para sostenernos”, dice Luis Miguel Morillo, otro campesino asociado que antes escuchaba a Villaba. Va sentado sobre el lomo de Morocho, un burro de orejas paradas y pelaje gris que lo acompaña a todos lados. “Le estamos poniendo amor y estamos unidos”, remata, mientras acomoda un gajo de guineos verdes y un par de ahuyamas, frutos de su trabajo, hijos de sus manos.

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