La historia sorprendente de Guillermo ‘el Mago’ Dávila y el periódico más pequeño del mundo
Retrato del verdadero ‘prestidigitador de maravillas’ que Gabriel García Márquez solía mencionar cuando invocaba sus inicios en la prensa caribeña y que también fue un reconocido linotipista. Una nostálgica historia sacada del increíble mundo de realismo mágico que el escritor de Aracataca vivió en Cartagena junto con uno de sus amigos de juventud literaria.
Por: Erick C. Duncan
Cuando Gabriel García Márquez era apenas un joven redactor de noticias, un cronista de la cotidiano y de lo absurdo, conoció a un linotipista contemporáneo en edad que, además, era prestidigitador. Su nombre era Guillermo y le decían ‘el Mago’ Dávila porque buscaba los espacios muertos en la redacción para impresionar al personal del periódico con algún truco repentino. La experiencia me decía que encontrar a este tipo de personajes extraviados en la historia (y en los relatos garciamarquianos en este caso) en medio de la densidad de la ciudad no sería fácil. Llegar a él no resultaba sencillo, y buscarlo en las estribaciones de sus 89 años, menos.
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Puesto en la tarea, empecé la pesquisa.
Supe que alguien lo había visto en medio del público fugaz de una conferencia sobre los primeros años del escritor de Aracataca en el periodismo del Caribe. Lo curioso era que en ningún evento donde se presentaba con su sombrero de fieltro lo reconocían. Antes de abandonar la tarea, defraudado por la ausencia de pistas claras, le escribí al director de la entonces Fundación para el Nuevo Periodismo (hoy fundación Gabo) Jaime Abello Banfi. A los minutos tenía su respuesta:
–Lo acabo de ver y es un ser humano maravilloso. Ya te doy el contacto.
Lo siguiente fue pactar un encuentro con el mago. Lo llamé varias veces, pero nunca contestó, por lo que decidí dejarle un mensaje en el celular y esperar. Le escribí en una noche de agosto y a la mañana siguiente tenía un mensaje en mi pantalla, que decía: “Erick, llámame mañana a las nueve y estaré listo para colaborarte, gracias”.
El mensaje terminaba con el emoji de un sombrero de mago. Todo de manera breve, mágica y ad-portas de los noventa años del famoso linotipista.
Encuentro mágico
Todas las puertas del pasillo están cerradas, menos la del 504, ligeramente abierta. Adentro, vestido de negro con un chaleco impermeable y pantuflas, me espera Guillermo el Mago Dávila.
–Sigue, sigue Erick… –me dice mientras me estrecha la mano con una actitud de viejo conocido.
Lleva la barba blanca intacta y la mirada fija y compacta de sus ojos verdes. Atravesamos la sala de estar hasta llegar a un estudio al final del corredor principal en el que nos sentamos. Dos bolsas a su lado delatan la historia.
–Acá conservo recortes, fotos y cosas que vas a querer ver –dice, y me pasa unas fotos sepia recortadas sobre laminas negras.
En una aparece con mostacho, el pelo peinado hacia atrás y afirmado con gomina. Tiene las manos levantadas en actitud de ritual y, debajo de ellas, un hombre acostado en el aire, levitando gracias a sus artilugios de misterio. Otras son recortes de periódico en los que se dice que Guillermo Dávila es una de las figuras que despunta en el panorama de la magia en Colombia.
–Ése soy yo, en una de mis presentaciones como mago.
Sale del estudio y regresa enseguida con un carné laminado de la Sociedad de Magos de Colombia, fechado en 1953.
–Usted es un caso único en el mundo periodístico de Colombia –le digo–: ejerció como mago, linotipista y periodista en varias salas de redacción.
–Desde los once años me sumergí en el mundo del linotipo, maestro. Soy el heredero de una familia de linotipistas: mi padre, mis hermanos, todos ejercíamos ese trabajo mágico que siempre colindó con la prestidigitación.
Nace un periódico
Guillermo Dávila es uno de los personajes nombrados con más nostalgia en el libro de memorias de Gabriel García Márquez. Se conocieron en los años cincuenta del siglo pasado, cuando un jovencísimo Guillermo Dávila llegó a la redacción de El Universal, de Cartagena, para trabajar como linotipista, y un muchacho de mostacho incipiente y pelo ensortijado, lector ávido de William Faulkner, fue contratado para trabajar como periodista y columnista. Tenían 22 y 24 años, respectivamente.
–Yo me di cuenta de que el hombre era talentoso. Yo no leía lo que a él le gustaba: lo que leía era sobre magia, historias de brujería y por ahí fue la conexión. Pasábamos horas mamando gallo y hablando sobre eso que se escapa a la razón: esa parte del mundo y de la vida que se pierde en las aguas de lo inexplicable. Íbamos al mercado de Cartagena, a la bahía de Las Ánimas, y ahí comíamos pescado frito con arroz después de salir del periódico. El mundo y el Caribe comenzaban ahí, con toda su turbulencia de colores y sabores.
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García Márquez lo recordaba así: “Eran tipógrafos cultos por tradición familiar, gramáticos dramáticos y grandes bebedores de sábados. Me hice a su gremio. El más joven de ellos se llamaba Guillermo Dávila y había logrado la proeza de trabajar en la costa a pesar de la intransigencia de algunos líderes regionales que se resistían a admitir cachacos en el gremio. Tal vez lo logró por arte de su arte, pues además de su buen oficio y simpatía personal era un prestidigitador de maravillas”.
–Un día, le digo al hombre: “Gabriel, hagamos un periódico tú y yo. Un periódico distinto, pequeño, en el que se cuenten los hechos de la semana con una mirada distinta. Tú escribes y yo me encargo del linotipo, la impresión y demás”.
–¿Y qué nombre le ponemos? –respondió García Márquez.
–Comprimido, porque va a ser pequeño y es para lo que nos alcanza.
El mago se queda callado unos segundos. La nostalgia se hace carne en sus palabras.
–Yo tenía un ahorro importante: 120 pesos. Con eso pensamos financiar por un tiempo la impresión y los gastos del periódico. Ese tiempo resultó ser de cinco días.
Me muestra una carta dirigida a él y al joven García Márquez en la que el fundador de El Universal, Domingo López Escauriaza, los autoriza para utilizar la maquinaria del periódico para hacer Comprimido. En cada tirada salían mil ejemplares que se repartieron gratis en Cartagena. La gente lo leía rápido y preguntaban para cuando salía el otro.
Al sexto día, los ahorros del mago se evaporaron, como por arte de magia.
“COMPRIMIDO dejará de circular desde hoy, aunque sólo de manera aparente. En realidad, consideramos como un triunfo nuestro –y así lo reclamamos- la circunstancia de haber sostenido durante seis días, sin una sola pérdida, una publicación diaria que según todos los cálculos cuesta un noventa y nueve por ciento más de lo que produce. Ante tan halagadoras perspectivas, no hemos encontrado un recurso más decoroso que el de comprimir este periódico hasta el límite de la invisibilidad. COMPRIMIDO seguirá circulando en su formato ideal, que ciertamente merecen para sí muchos periódicos. Desde este mismo instante, éste empieza a ser el primer periódico metafísico del mundo”, escribía García Márquez en el último número que se imprimió de la corta aventura periodística.
Después de esto, los caminos del mago y del escritor se bifurcaron. El mago empezó a asistir, desde su inauguración en 1954, al hipódromo de Techo. Se enamoró de los caballos y comenzó a hacer pronósticos de victoria en publicaciones especializadas. No pasó mucho tiempo para que, un día, conociera a un joven lector que asumía la dirección de un periódico de línea liberal, y que en adelante sería su amigo: Guillermo Cano. El nuievo timón de El Espectador.
Podemos decir que el periodismo, las rotativas, el linotipo, siempre se atravesaron en el camino de un mago, que hoy, de manera intempestiva, saca una baraja y me pide que escoja una carta sin que él la pueda ver. Recorto las cartas por la mitad y escojo una que después meto entre las últimas del paquete. El mago coge el naipe, revuelve las cartas, juega con ellas y después elige un cinco de corazones; la misma que yo había seleccionado minutos antes.
–Usted es un caso curioso –le digo–. Siento que su vida ha estado llena de misterios, de sucesos y coincidencias más bien sin explicación.
El mago suelta una carcajada desde su orilla. Desde la otra, el misterio, como siempre, le sonríe.
*Nota del autor: Guillermo el Mago Dávila falleció en abril de 2020. Partió tan tranquilo como aquella tarde retratada en este texto.