Juan Esteban Constain
Foto: Penguin Random House. David Rugeles - Cortesía Revista Diners
“El mundo todo está impregnado por la influencia del cristianismo”: Juan Esteban Constain
En ‘El hijo del hombre’, Juan Esteban Constain explora la gran cantidad de sucesos históricos concatenados entre sí que, a lo largo de varios siglos, hicieron posible que el cristianismo surgiera en una región periférica del Imperio Romano.
Por: Eduardo Arias
De una u otra forma, el cristianismo está presente en todos los rincones del planeta, aún en aquellos donde no es la religión predominante. Muchos valores de la denominada “civilización occidental”, la que ha moldeado el mundo contemporáneo, están profundamente marcados por preceptos cristianos y no hace falta ser un creyente para compartir con el cristianismo sus preceptos y valores.
El escritor Juan Esteban Constain publicó recientemente El hijo del hombre, un extenso ensayo de 500 páginas sobre los orígenes del cristianismo. Su pluma erudita y amena lleva al lector a episodios históricos (algunos aparentemente inconexos) como la expansión el helenismo y “lo griego” por vastas regiones de Asia, África y Europa a partir de las conquistas de Alejandro Magno; al nacimiento mismo de Roma y la leyenda de Rómulo y Remo, y su expansión hasta desembocar en la formación del Imperio Romano; a los diversos episodios que sacudieron al pueblo judío y afirmaron su identidad religiosa. Constaín intercala constantemente apuntes humorísticos y se expresa como si se tratara de una conversación, lo que hace que la lectura se pueda seguir de manera clara, así en una misma página se mencionen los nombres de tres monarcas del imperio seléucida, dos representantes de la dinastía de los Tolomeos y un par de filósofos griegos. Es un libro de gran interés para los aficionados a la historia, sin importar si profesan o no alguna creencia religiosa.
Juan Esteban Constaín nació en Popayán en 1979. Es un escritor, investigador, ensayista y periodista que ha publicado libros de novela y cuentos como Los mártires, El naufragio del Imperio, ¡Calcio!, El hombre que no fue Jueves, Cartas abiertas y los libros de ensayos Ningún tiempo es pasado y Álvaro: su vida y su siglo. En 2022 publicó la novela Cartas abiertas. Es columnista y conduce y dirige el pódcast Calamares en su tinta. Es miembro de la Academia Colombiana de la Lengua y vive entre Bogotá y Berlín. CAMBIO habló con él sobre El hijo del hombre.
CAMBIO: ¿Por qué decidió escribir sobre el nacimiento del cristianismo?
Juan Esteban Constaín: Primero, porque es el tema de la historia que más me interesa y apasiona, el que más me intriga, quizás sobre el que más haya leído justo por esa suma allí, esa síntesis entre lo griego, lo judío y lo romano, en un momento de gran efervescencia cultural, filosófica, espiritual. Y segundo, porque iba a escribir un ensayo de 20 páginas y se me salió de las manos y acabé con un libro de 500, aunque sigue siendo un ensayo: un ensayo histórico y literario sobre los orígenes del cristianismo y ese cruce de caminos que lo explica.
CAMBIO: ¿Qué lo llevó a hacerlo de una manera tan amplia?
J. E. C.: Yo empecé con la idea a propósito de un viaje que hice a Roma después de la pandemia, el primer viaje después del infierno de las cuarentenas. Yo empecé con la idea de hacer un ensayo sobre la presencia de Orfeo, ese bardo y semidiós de la mitología griega, en las catacumbas cristianas de Roma y sobre cómo los primeros cristianos se habían apropiado de la imagen de Orfeo y la equipararon muy rápido con la de su dios, Cristo, “el ungido”, porque para ellos ambos hacían lo mismo: rescatar a los muertos del inframundo, salvarlos, sólo que Jesús ofrecía la vida eterna. Pero para contar eso sentí que tenía que ahondar mucho más en la historia del helenismo, por ejemplo, luego en la de los conflictos entre el judaísmo del Segundo Templo y los imperios que lo sometieron: el imperio seléucida, el imperio romano, en fin. Así, sin darme casi cuenta, estaba ya metido en esa maraña de lenguas, civilizaciones, religiones. Entonces me planteé si debía contenerme y volver a la idea original, aferrarme a ella o lanzarme feliz al abismo de la desmesura, que fue lo que hice, y al final me parece que ese camino es más acorde con la meta que persigue y promete.
CAMBIO: ¿Cuánto tiempo le tomó desarrollar el proyecto?
J. E. C.: Se lo contesté hace poco a un amigo que me preguntó lo mismo: me demoré dos años y toda la vida. Empecé a escribir, lo tengo clarísimo, el 25 de diciembre de 2023 y el libro se fue a la imprenta el 23 de diciembre de 2025, como si fuera un augurio romano. Pero ahí destilé todas mis lecturas sobre el tema, una búsqueda y un interés que venían de muy atrás, y por eso fue también, y yo espero que se note en el libro, que los lectores lo sientan, una experiencia muy plácida y feliz, dichosa, un pretexto para volver sobre textos y problemas de los que me había ocupado desde hacía muchísimo tiempo.
CAMBIO: ¿Cómo se sintió patinando constantemente entre el dato histórico y el mito?
J. E. C.: Ese es un riesgo inevitable, un rasgo más que un riesgo, de cuando uno se ocupa de la historia de la Antigüedad. Aunque como lo digo siempre, nada tiene más futuro que el pasado y los hallazgos de los arqueólogos, de los historiadores, de los filólogos sobre ese mundo permiten verlo cada vez con mayor precisión y complejidad. Como pasa con las fotos del espacio. Cuanto más progresamos, más lejos y mejor podemos verlo, que es también, de cierta forma, una posibilidad de explorar ese pasado que duerme allí y que la ciencia logra desenterrar cada vez con más detalle. En el caso de mi libro, hay periodos de la historia en los que está clarísimo el contraste entre los descubrimientos arqueológicos y el mito, como pasa por ejemplo con Roma y los siglos que van de la fundación de la ciudad a la consolidación de la República. También pasa con la figura misma de Jesús, sobre la que hay unas pocas fuentes, como los evangelios canónicos, los evangelios apócrifos, la obra de Flavio Josefo, poquísimo, apenas nada, en los llamados manuscritos del Mar Muerto y sobre la que recae luego todo el peso mitológico de la “historia sagrada”, además de toda la tradición cristológica, desde el siglo II hasta la llamada “búsqueda del Jesús histórico” y todas sus etapas. En fin: el mito, como transposición de una realidad antigua y subyacente, puede ser también un dato histórico. Lo decían, cada uno a su manera, Alfonso Reyes y Manuel García Pelayo: no hay que despreciar el mito sino darle su lugar, saber para qué sirve y cómo se tejió.
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CAMBIO: ¿Por qué escogió ‘El hijo del hombre’ y no 'El hijo de Dios' como título para el libro?
J. E. C.: Tuve esa duda siempre. El libro tenía otro título al principio, cuando pensé que, en términos cronológicos, iba a llegar mucho más lejos, hasta los tiempos de Constantino. Pero la verdad es que quedó acotado hasta la figura de San Pablo: ahí termina, cuando el cristianismo empieza a volverse un fenómeno cosmopolita, un suceso universal que trasciende el marco del judaísmo y llega al mundo gentil. Entonces pensé que se podía llamar El hijo de Dios, uno de los epítetos obvios y reveladores, valga la paradoja, de Jesús en los evangelios, pero también me sonaba el epíteto mucho más inquietante y polémico de El hijo del hombre, una forma recurrente de llamar a Cristo y que él mismo invoca varias veces, también para vincular su destino mesiánico con la tradición profética del judaísmo, en especial con el libro de Daniel. Al final le pregunté a mi esposa y ella absolvió la duda: El hijo del hombre.
CAMBIO: ¿Algún dato que usted investigó y desconocía lo sorprendió?
J. E. C.: Pues sobre todo la parte en la que pude ahondar en las referencias astronómicas y celestiales que muchos astrónomos en la Modernidad, desde Kepler y Newton hasta Michael Molnar, han buscado para tratar de “documentar” los relatos que están en la Biblia, como el paso augural del hoy llamado cometa Halley cuando la muerte de Antíoco IV, en el Libro de los Macabeos, o lo que pudo haber sido la famosa estrella que persiguen los Reyes Magos, que después se volvieron tres, aunque en el evangelio de Mateo nunca se nos dice cuántos eran; cuando el nacimiento de Jesús quizás en Belén y, según esos astrónomos, ocurrió acaso en primavera entre el año 6 y el año 4 antes de Cristo, lo que quiere decir que sí: que Cristo nació seis o cuatro años antes de Cristo. Lo otro que me gustó mucho fue leer las pesquisas de los italianos, quiénes más, sobre la tradición gastronómica que comparece en la última cena.
CAMBIO: A menudo usted advierte que si no hubiera ocurrido determinado episodio seguramente este libro no se habría escrito. ¿Se podría decir, en términos de Nat Geo y Discovery Channel, que hubo una “tormenta perfecta” que hizo posible que el cristianismo hubiera tomado tanta fuerza e importancia a pesar de haber nacido en un rincón periférico del Imperio Romano?
J. E. C.: Sí, muy buena forma de plantearlo, porque el libro es también un intento por responder esa pregunta, por ahondar en ella y en todas sus posibles respuestas. ¿Por qué una secta mesiánica y apocalíptica del judaísmo del Segundo Templo, como las había tantas, sobre todo bajo la dinastía herodiana, por qué esa secta del Cristo, de “el ungido”, se volvió un suceso universal hasta conquistar el Imperio Romano, hasta tomárselo? Claro, desde una perspectiva religiosa y cristiana la respuesta es obvia: fue un hecho providencial, estaba escrito. Pero desde una perspectiva histórica es mucho más interesante entender cuáles fueron los factores que determinaron eso, cuál fue esa “tormenta perfecta”. Y ahí aparece el helenismo, por supuesto, la forma en que la cultura griega se proyectó sobre el mundo oriental, y su lengua, la lengua en la que se expande el cristianismo, la lengua griega, se hace allí la “lengua común”, la lengua de todos; y aparece Roma con sus conflictos sociales, pero también con su gran triunfo político y militar en todo el Mediterráneo, lo que la vuelve el escenario perfecto para la difusión de un culto que tiene esa vocación cosmopolita. ¿Qué culto? Pues el del cristianismo, pero ya definido por San Pablo, que es quien rompe la vocación judía y refractaria del cristianismo raizal de Judea y lo lleva, a manos llenas, donde los gentiles. Y había también una crisis espiritual por ese tiempo, en el siglo final de la República Romana, que hace que mucha gente busque la trascendencia, de ahí el auge de doctrinas como el estoicismo o el cinismo. El cristianismo irrumpe en ese mundo y todo eso es lo que explica su pervivencia y su deriva triunfal, no exenta de grandes polémicas. Sobre eso es mi libro, sobre eso también.
CAMBIO: Más allá de la religión y la fe, el número de creyentes... ¿en su opinión cuál ha sido la trascendencia del cristianismo, y de la Iglesia católica como institución, en la historia de la humanidad?
J. E. C.: Es que creo que son dos cosas distintas; parecidas, e igual de importantes, pero distintas. La irrupción del cristianismo es quizás el hecho más importante de la historia humana: un hecho que la parte en dos y cuyas consecuencias seguimos viviendo, seguimos transitando, incluso en ámbitos culturales en los que el cristianismo no tiene una gran presencia demográfica ni una gran tradición religiosa. Pero en términos estéticos, civiles, políticos, económicos, en fin, el mundo todo está impregnado por la influencia del cristianismo y de lo que podríamos llamar la “civilización cristiana”, que además es uno de los pilares de eso que llamamos Occidente, y que en el mundo moderno se impuso como el gran poder imperial y colonial. De hecho, ese es también el origen de la Modernidad desde el siglo XV, y ahí sí tiene mucho más que ver lo que usted plantea: el poder del catolicismo como puntal de la identidad de Occidente, con todos sus estragos, pero también con su deslumbrante tradición estética, cultural, simbólica y ritual, y ambas cosas se pueden y se deben reconocer y estudiar y entender. Además, hay que pensar cómo la Modernidad, o lo que llamamos de esa manera, surge justo cuando se rompe la unidad del catolicismo y empieza el protestantismo; la Modernidad, de alguna manera, es el progresivo desmonte de la cultura católica, pero eso le da aún más poder, durante los próximo tres o cuatro siglos, a la civilización cristiana. Uno puede pensar lo que quiera sobre Jesús y su historia, sobre los orígenes del cristianismo, que es el tema de mi libro, sobre su evolución posterior cuando se adueña del Imperio Romano y se vuelve el poder más grande que haya habido jamás, heredero de Roma. Uno puede pensar lo que quiera sobre eso, y juzgarlo como quiera, pero no puede negar su trascendencia histórica. Esa es una de las premisas de mi libro.
CAMBIO: ¿Ha recibido algún tipo de comentarios sobre el libro por parte de académicos o autoridades eclesiásticas?
J. E. C.: Todavía no. Tengo muy buenos amigos en la Iglesia católica, a la que pertenezco, aunque mi fe se resume más bien en el escolio de Nicolás Gómez Dávila que puse como epígrafe del libro: “Más que cristiano, quizás soy un pagano que cree en Cristo”, y les mandé el texto a ver qué dicen; son sacerdotes y teólogos, gente así. También tengo muchos amigos protestantes, descreídos, escépticos, ateos, judíos, musulmanes, en cuyo criterio confío, y les envié el libro, que es un ensayo histórico y literario sobre los orígenes del cristianismo, insisto, y sobre el cruce de caminos entre el monoteísmo hebreo y el paganismo grecorromano, y no es un manual apologético ni catequético ni un intento por persuadir ni convencer a nadie de nada, este no es un libro para convertir a nadie. Eso sí, el manuscrito, o partes de él, lo leyeron, además de mis editores, un amigo muy querido que es un grandísimo filólogo clásico, una gran amiga española que es traductora de Proust, un par de amigos en Bogotá que son siempre los primeros en leer mis libros antes de que se vayan a la imprenta, y otra amiga muy querida que es historiadora del mundo antiguo.