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Lunes 4 de mayo de 2026
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Bogotá: territorio libre y de tendencias

¿Qué significa estar a la moda en Bogotá? ¿Qué ha marcado y marca las tendencias en una ciudad cada vez más de puertas abiertas, diversa y cosmopolita? ¿Cuál es el verdadero alcance social de las modas y las tendencias?

Por: Maria Clara Salive

La moda es mucho más que una necesidad de cubrir la piel. El vestuario es un lenguaje que refleja distintas dinámicas de poder de una cultura dominante, la encargada de dictar lo que se incluye y lo que se excluye. Sin embargo, ante esto siempre surgen grupos de personas que les causa incomodidad ese cúmulo de reglas. De allí nace la contracultura, que rechaza todos los códigos que dicta la sociedad. Tradicionalmente, se asocia a Medellín con moda y hacemos afirmaciones como: Bogotá es fría, conventual y gris. Nada más falso, la capital es colorida y diversa, y no sólo por el éxito rotundo del Bogotá Fashion Week y en el pasado por el Círculo de la Moda o Bogotá es Moda, sino no también por las innumerables ferias, tiendas de ropa y jóvenes abiertos a probar que transitan las universidades, y la escena nocturna, rompiendo con estereotipos de género, raza y de clase social. Un recorrido por este territorio tan diverso y cargado de sorpresas corrobora esta hipótesis.

En Bogotá, la moda se convierte en algo mucho más que solamente lo que se lleva puesto. Moda también es ritmo, baile, voz y cultura. El afrobeat, por ejemplo, nacido en Nigeria como una herramienta de protesta política, encontró en la capital colombiana un espacio de reinvención donde las narrativas urbanas tienen escenario para crecer en libertad. Esta cultura se vive con colores vibrantes, gestos desinhibidos y estilos que rompen moldes, y convierten el sonido en estética y pertenencia. Así, Bogota demuestra, otra vez, que tiene sus puertas abiertas, que es capaz de acoger tendencias y sobre todo resignificarlas desde lo local. Lo que en principio inició como resistencia política fue creciendo hasta encontrarse con la posibilidad de residir en la moda. Esto confirma que Bogotá no copia sino que integra, celebra y enaltece la diversidad.

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Para gustos… los colores

La moda, la cultura y la tendencia están unidas porque permiten expresar identidades colectivas y sociales. El estilo Old Money, por ejemplo, muestra cómo la vestimenta refleja aspiraciones de elegancia y estatus. En contraste, la cultura del hip hop evidencia que la ropa también puede ser resistencia, autenticidad y orgullo comunitario. Ambos ejemplos revelan que la moda no es solo estética, sino un lenguaje cultural cargado de significados. Así, las tendencias expresan valores, luchas y aspiraciones de cada generación. Desde la calle, al club social, en cada rincón de Bogotá brillan los contrastes.

Un ejemplo evidente son los metaleros, que por medio de su vestimenta muestran rebeldía y antimoda, reflejando que se está en contra de lo sobrio, mientras que, a su vez, revelan diversidad y resistencia. En esta misma línea está lo gótico y la sensualidad. Líneas de ropa como la de Segundo Acto, que se venden por la carrera 13 y se lucen en bares como el emblemático Teatron.

La moda es un espejo de las tensiones culturales. Se pasó del grito punk**, nacido en los años setenta como rebeldía contra el poder y el consumismo, a la neutralidad del** normcore que busca perderse en la multitud. El punk enseñó que la ropa rasgada, los parches o el cuero podían ser armas políticas y símbolos de pertenencia, mientras que el normcore propone la comodidad y lo cotidiano como una forma de resistencia silenciosa. Ambos estilos, aunque opuestos, coinciden en algo: la moda es un lenguaje social que traduce inquietudes de cada época. Lo punk es confrontación, lo normcore es indiferencia, y en Bogotá conviven como reflejo de una ciudad que acepta la diferencia y reinterpreta las tendencias. Aquí la moda se vive como identidad, contradicción y, sobre todo, como un diálogo con el mundo.

El hip hop, por su parte, surgió como una estética de resistencia inscrita en contextos de exclusión racial y socioeconómica, donde sneakers, ropa oversize y grafiti eran signos de visibilidad desde la marginalidad. El hypebeast, en contraste, reconfigura esa misma estética en clave mercantil, transformando lo que fue contracultura en mercancía aspiracional global. Esta tensión entre resistencia y consumo no se vive de manera abstracta. En ciudades como Bogotá ambas expresiones conviven en el espacio urbano, y muestran cómo la moda puede ser, al mismo tiempo, un lenguaje de incomodidad y un objeto de deseo global. Así, aceptar todas las tendencias significa reconocer que la pluralidad estética es también un reflejo de la capacidad de la ciudad para integrar estilos en constante disputa simbólica.

Modas que llegan, se van y regresan

En Bogotá la moda ha sido, a lo largo de toda su historia, reflejo de la cultura y de cómo los ciudadanos instalan sus prácticas en la ciudad. El boho chic, que fue una gran fuerza en los 2000, reconfiguró la estética de la bohemia de los años sesenta y setenta: estampados, accesorios hand-made, naturaleza urbana… En su apogeo se mostraba en ferias artesanales, entornos universitarios, grupos culturales de la ciudad, entre otros. En el presente se ha producido un estancamiento de su presencia en los jóvenes, aunque aún se pueden encontrar restos en lugares como Usaquén o en proyectos artísticos del centro. El boho chic en Bogotá demuestra que la moda es un lenguaje vivo: efímera en las tendencias, pero duradera en su rastro cultural.

La moda se convierte en un escenario vivo de rupturas y resignificaciones. Lo que en los setenta inauguró el _glam roc_k con su estética andrógina hoy encuentra eco en propuestas genderless que circulan con libertad en pasarelas, ferias y calles de la ciudad. Universidades, tiendas independientes y colectivos juveniles impulsan estéticas que desafían los estereotipos de género y clase, y de ese modo evidencian que la capital ofrece un terreno fértil para la experimentación. Sin embargo, estas apuestas no están exentas de la lógica del mercado: lo que en principio surge como resistencia y rebeldía pronto es absorbido por la industria y difundido como tendencia global, muchas veces despojada de la carga política que le dio origen.

En síntesis, este territorio diverso une música y cultura, con accesorios femeninos y masculinos como los que realiza Carolina Novian para Sinosoidal, Meret Pérez, en oro y plata, y Samary para hombre o mujer, y muchos otros locales de Chapinero. Es solo aguzar el oído para entender que Bogotá vibra más allá del frío, para abrir el vestido a las contraculturas que con su estilo reivindican a las juventudes capitalinas y su manera libre de expresarse en el vestido.

(*) Con la colaboración de sus estudiantes de Moda para Inmodar, Pontificia Universidad Javeriana.

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