Sara Jaramillo Klinkert.
“Es muy bello que una novela sea lo que te haga aguantar el dolor”: Sara Jaramillo Klinkert
En 'El cielo está vacío', su cuarta novela publicada por Penguin Random House, la autora narra el desarraigo de una joven inmigrante que atraviesa la soledad, el despertar sexual y la necesidad de idealizar al ser amado para luego destruirlo.
Por: Elena Chafyrtth
Sara Jaramillo Klinkert no escribe para entretener. Tampoco para complacer. Ni siquiera porque este sea su oficio. Lo hace para sobrevivir al dolor. Escribe para emerger en los días sofocantes, para encontrarse entre la luz y la oscuridad y porque si no lo hiciera, se ahogaría en sus propios pensamientos.
Hace años entendió que más que talento, lo que se necesita es voluntad. Voluntad para sentarse cada día a escribir, aun cuando nada fluya. Voluntad para enfrentarse al miedo. Por eso siempre deja su libreta sobre la mesa de noche. Al despertar, anota lo que le susurra el sueño. “Yo escribo porque me gusta pensar con la mano”, dice. No titubea. Tiene claro que escribir es su forma de respirar. “Es una manera de hurgar en el inconsciente. Las cosas están ahí, pero hay que sacarlas. A mí me salen por escrito”.
El cielo está vacío es su nueva novela. La protagonista, una joven de 23 años, deja Colombia con una maleta llena de miedos y una sola certeza: escribir su primera novela. Desde los 14 años sabía que era eso lo que quería hacer. “Entonces murmuro en voz baja, para que no se me olvide, que prefiero parir novelas en vez de hijos”, confiesa la narradora, y con ella, también Sara Jaramillo. Desde la primera cita dejaba todo claro: “Yo veía que el man me gustaba mucho y le decía de una vez: que sepa y entienda que yo no voy a querer hijos. No los quiero hoy ni voy a quererlos mañana”.
Esta es una historia íntima. La de una joven que se fue para encontrarse. La historia de Sara, cuando tenía 23 años y decidió dejarlo todo para escribir una novela. Cruzó el océano con la esperanza de sentir nieve en las mejillas. En Inglaterra conoció a un hombre mayor que no le ofreció certezas, pero sí instantes de dulzura. Le regalaba orquídeas, le hablaba al deseo, le hacía olvidar la frialdad del exilio. Mientras Londres apagaba las luces, él se empeñaba en encenderle el fuego en medio de tanta crueldad.
Sara Jaramillo Klinkert ya había insinuado este episodio años atrás, en un capítulo breve de Cómo maté a mi padre**.** Lo llamó El amante inglés. Estaba al final del libro y parecía un desvío mínimo. Pero no lo fue. “Pensé que iba a pasar desapercibido”, dice. “Y fue todo lo contrario. Todo el mundo me preguntaba por él. ¿Esto sí ocurrió? ¿Cuándo pasó? ¿Por qué no contó nada?”. Lo preguntaban sus amigas, su familia, sus lectores. Pero ella no respondía. Guardó silencio hasta ahora. El cielo está vacío es la historia completa que nunca antes se atrevió a contar.
Al mismo tiempo que su primera novela avanzaba, también lo hacía el dolor. Uno paralizante. Primero le dieron un diagnóstico grave. En las noches que pasó pensando en la muerte solo le angustiaba no alcanzar a escribir la novela. “Ay, no, si me dan seis meses de vida yo alcanzo a terminar la novela”, confiesa entre risas. “Pensaba: si a uno le dan seis meses de vida, ¡juemadre!, todas las cosas que hay para hacer con seis meses de vida… Pero yo pensaba: yo quiero terminar la novela. Si a mí me dieran solamente seis meses, yo no recorrería el mundo… No, yo terminaría la novela”.
Luego se enteró de que el diagnóstico había sido erróneo. No era lo que pensaban: era culebrilla. Sin embargo, después de unos meses, el dolor volvió, esta vez con más fuerza. Necrosis en el talón. Soportó todo hasta entregar la novela. Solo entonces apareció una faceta que nunca había conocido: la Sara enferma, débil, inmóvil, empepada —llena de medicamentos para apaciguar el dolor—, aferrada a cualquier cosa que le permitiera resistir.
“Pero, ¿sabes qué, Elena?” —me mira con dulzura, y también con algo de orgullo por esa versión suya que resistió—. “Lo que me daba esperanza en ese momento —porque fueron momentos muy duros, muy duros, muy duros, muy duros—, lo que me daba esperanza era saber que ya había entregado la novela. Y que esa novela se iba a publicar en unos meses. Y que, a ver, es muy bonito, porque entonces el proceso de escritura fue lo que me hizo recibir esperanza de una novela. Es algo muy bello, que una novela sea lo que te haga aguantar el dolor”.
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Puede escribir durante horas sin darse cuenta del paso del tiempo. Le ha pasado más de una vez: no recuerda si comió, no le da sueño, no siente incomodidad. Solo escribe. Para hacerlo, necesita silencio total. Por eso, a menudo abandona la ciudad y alquila casas en las afueras, donde puede quedarse hasta un mes entero. “Si no entra la señal, mejor. Si no hay vecinos en la redonda, mejor”. En la casa de turno contempla la naturaleza, prepara café cerrero, sin azúcar y bien oscuro, como acostumbran en su tierra. Siempre lo compra en grano y, cada mañana, muele solo lo que va a tomar. Es su ritual sagrado. Confiesa que para escribir necesita días enteros. “Con tiempo por delante. A mí no me funciona de a poquitos: ‘Ay, tengo media horita, voy a aprovechar’; ‘después de almuerzo tengo otra horita’; ‘y por la noche, me siento diez minuticos’. No. El día que me siento a escribir es porque puedo quedarme ahí todo el día. Porque, imagínate, uno a veces entra en esa etapa de fluidez donde ya no se da cuenta ni qué hora es, ni qué día es, ni si tiene hambre, ni si tiene ganas de hacer pipí. Nada. Llegar a esa fase de fluidez es precioso y absolutamente mágico. Entonces, al llegar allí, he descubierto que necesito saber que no tengo nada a la vista”.
Un día, alquiló una casa flotante. Vivía en medio de una represa, en una casita diminuta que una avalancha se habría llevado en segundos. Durante su estadía, las lanchas pasaban y todo se tambaleaba. Todo era precario. No encontraba la voz narrativa de esta cuarta novela. Estaba insegura, con miedo, sola.
Escribió entonces algo que publicó en su cuenta de Instagram: “Ustedes ven el idilio, las imágenes solo muestran la superficie, el trasfondo es otra cosa: escribir es una lucha por llegar a él (…) No saben que he llorado y que me castigo tirándome al agua helada hasta que se me ponen morados los labios cuando siento que el capítulo está a años luz del resultado que quiero. Los dedos me sangran por el borde de las uñas. Me duele el hombro izquierdo. Me hago una bola compacta e insignificante y salgo a navegar todas las noches solo para incrementar mi insignificancia. Ustedes me ven bien parada pero a menudo me tiemblan las piernas. También tengo mi inseguridad. Sé por qué emergen burbujas a la superficie, sé que algo adentro respira y no soy yo”.
Aún sigue sumergiéndose en lo profundo del agua cuando un párrafo no le convence, cuando la desespera perder el ritmo de la narración. Luego de unos segundos, vuelve a la superficie, abraza su inseguridad, borra y vuelve a escribir. Tacha, quita y pone palabras. En todas sus novelas duda de sí misma, pero es precisamente esa duda la que la empuja a dar más, a perseguir su voz y su propio ritmo. Entonces, casi como un mantra, repite en voz alta la frase de Dorothy Parker que lleva grabada en su memoria: “Yo odio escribir, pero amo haber escrito”.