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Lunes 4 de mayo de 2026
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Gozar Leyendo: memorias y poesía

En esta entrega de Gozar Leyendo se comentan un diario y dos poemarios. El diario es del escritor ruso Iván Turguénev. La poesía corre por cuenta de Érika Martínez y Samuel Baena Carrillo.

Por: Darío Jaramillo Agudelo

Iván Turguénev, Diario de un hombre superfluo

Iván Turguénev (Oriol, Rusia, 1818-Bougival, Francia, 1883) es calificado por Agata Orzeszek, la prologuista y traductora de Diario de un hombre superfluo**, como el más europeo de los escritores rusos.** Y uno de los imprescindibles a la hora de hacer la lista de los grandes clásicos de la literatura rusa del siglo XIX. Al respecto, cuenta ella, Nabokov hacía una clasificación en la que el número uno era Tolstói, el dos Gógol, el tres Chéjov y el cuarto el mismísimo Turguénev: se nota aquí que más que lo que decía, su intención era excluir a Dostoyevski, al mirar hacia adentro de Rusia la novela decimonónica está encabezada por la tríada –así la llama– integrada por Tolstói, Dostoyevski y Turguénev y nos cuenta que, pese a la valoración actual de Occidente –que pone por encima de todos a Tolstói y a Dostoyevski– para los rusos el número uno es Turguénev por lo amable de su escritura, que ejerce un gran poder de seducción”.

En verdad, ese “poder de seducción” es notorio en este Diario de un hombre superfluo, una de sus primeras obras (1850), una narración breve en forma de diario, con el sobrecogedor detalle de que el diarista, el hombre superfluo, comienza por contar que está al borde la muerte. Y dice: “¿No resulta ridículo empezar un diario dos semanas, quizá, antes de morir? ¿Y por qué no? ¿Qué tienen de inferior catorce días respecto de catorce años o de catorce siglos? Frente a la eternidad, dicen, todo son futilidades; sí, pero vistas las cosas, la propia eternidad tampoco es más que una futilidad (…). ¿Qué voy a contar? Un hombre bien educado no habla de sus enfermedades; escribir una novela supera mis fuerzas, contar la vida que me rodea no es capaz de atraer mi atención y no hacer nada me resulta aburrido; leer me da pereza. ¡Ah!, me contaré a mí mismo toda mi vida. ¡Excelente idea! Ante la muerte es decoroso y no ofende a nadie. Empiezo”.

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Y empieza contando que su padre –el del personaje– era un apostador empedernido y que su madre era “una mujer muy virtuosa, por cierto. Sólo que nunca he conocido a ninguna mujer cuya virtud proporcionase menos satisfacciones. Caía aplastada bajo el peso de sus virtudes y martirizaba con ellas a todo el mundo, empezando por ella misma (…). Llevaba su cruz a cuestas con esa magnífica y suntuosa paciencia infinita que caracteriza a la virtud y que tanto orgullo egoísta entraña”. Aquí cabe anotar que, en este punto, Turguénev es autobiográfico: la relación con su mandona madre fue siempre motivo de conflicto para él. Cómo sería la dama que condenó a trabajos forzados en Siberia a dos de sus siervos por la gravísima falta de haberle dirigido la palabra a ella, sin ella darles permiso para semejante ofensa.

En verdad, el narrador no cuenta una vida entera sino que centra su diario en un gran amor que tuvo y que terminó en menos que nada.

Anota la traductora: “Lo significativo de las palabras del título, por ese inmenso hallazgo terminológico que para la literatura rusa supuso la acuñación de la expresión ‘hombre superfluo’, que definiría a varias generaciones de la intelligentsia rusa (...). Porque en una literatura como la rusa del siglo XIX, eminentemente realista, los personajes de ficción no son sino trasuntos de una realidad social concreta. Y en la década de los cuarenta (de ‘hombres superfluos’ por excelencia), el panorama intelectual del país, un Estado autocrático y feudal (el sistema de la servidumbre de la gleba, anacrónico ya en una Europa que había vivido la revolución francesa, no se aboliría hasta 1861), anclado en el antiguo régimen, ofrecía un desolado paisaje: censura, represión, cárcel y destierro para todo aquel que intentase oponerse al orden establecido. Tres salidas se presentaban entonces al hombre ruso: optar por el martirologio, adaptarse al sistema y ponerse a su servicio y, finalmente, ‘no hacer’. Nuestro ‘hombre superfluo’ eligió la tercera. Podía permitírselo, porque al ser de origen noble, poseía mayor o menor fortuna. Ocioso, muchas veces cínico e invariablemente dedicado al dolce far niente, sus conocimientos, que solían ser amplios, sus fuerzas y sus energías, en vez de encontrar una utilidad, un fin, una aplicación, se diluían en un mar de bostezos y en una atrofia de la voluntad que los sumía en la incapacidad absoluta para cualquier acción”.

Iván Turguénev
Diario de un hombre superfluo
KRK

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Erika Martínez, Chocar con algo

Ya en el número 81 de Gozar Leyendo aparece la reseña de Lenguaraz, un libro de aforismos de Erika Martínez (Jaén, 1979), aforista y aforistóloga de kilates. Además, pero no además sino antes, Erika Martínez es una excelente poeta como se nota en Chocar con algo, donde me llama la atención el muy agudo sentido de lo poético que se aumenta por la inteligencia para encontrar palabras poco habituales en el lenguaje de los poetas. Y esto no sólo con respecto al vocabulario no ‘poético’ –y esto es ya bastante–, sino con respecto a situaciones o motivos no ‘poéticos’. Que se vuelven material exquisito de un muy peculiar sentido de la poesía.

Hombre adentro

La tarde bosteza y se desmaquilla
sobre la superficie del pantano.
Justo antes de rendirse al cielo
arriesga un brillo de celofán
y el aire es una madre de puntillas
que se retira del dormitorio.
¿Por qué vuelven las cosas que se fueron
desordenándolo todo,
igual que una pelota de colores
salida de la nada?
Acabo de romper con una piedra
la pantalla narcótica el agua
y he recordado a aquel demente
que abrió de un golpe su televisión
tratando de sacar al hombrecito
que gritaba allí adentro.

Abolirse

Se podría afirmar que yo soy mi cuerpo.
Sin embargo, si perdiera la pierna derecha en una batalla o huyendo de la batalla o más bien en un estúpido accidente doméstico, seguiría siendo yo.
También seguiría siéndolo si perdiera las dos piernas, o incluso todos mis miembros.
¿Cuánto cuerpo tendría que perder para dejar de ser yo?
Quizás una mínima parte de mí representaría al resto por sinécdoque. O quizás mis restos me convertirían en otra.
Cortarse la uñas te modifica existencialmente.

Casi amor

3
Mancha de luz.
Cierro exhausta los ojos
y permaneces.
4
Tu axila,
el pozo de tu axila,
en éxtasis el pozo de tu axila.
Hueles igual que una tormenta,
desde lejos, lamo tierra.
5
Lo que tú y yo
estamos haciendo
se lo hacemos al mundo,
aquí en nosotros.
Nos tomamos
nos dejamos
y es lo único,
esto queda.

Erika Martínez
Chocar con algo
Pre-Textos

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Samuel Baena Carrillo, El sonido de la niebla en la montaña

Ningún sistema de pensamiento tiene tanta fe en el silencio como el budismo. Ningún sistema de pensamiento tiene tanta fe en la palabra como el budismo. Las dos cosas, al tiempo, no turnándose sino siempre presentes, si el presente cabe, si el ‘siempre’ dice algo que no sea efímero. Efímero como todo lo eterno. No creo que exista una religión –¿religión? –, mejor, no creo que exista una concepción del mundo menos dada a la ceremonia, a la misa, al acto litúrgico. La visión no es una iglesia, un organización. La visión implica un camino y un sentido de la paradoja nada paradojal, significa una iniciación que conduce al vacío, que es lo mismo que decir, al nirvana. Por ese respeto al silencio, por ese respeto a la palabra, ninguna religión (¿religión?) más cercana a la poesía que el budismo.

Por todo lo anterior, El sonido de la niebla en la montaña, el primer libro de poemas que publica Samuel Baena Carrillo (Bogotá, 1990), no es el primer poemario que escribe: esto es evidente por el taller que denota, por la carpintería que desaparece por virtud de la misma carpintería de cada poema, por la justeza del lenguaje, por el tono sostenido. Baena conoce los paradigmas de un poeta de nuestro tiempo y, más, tiene el talento para convertir ese hondo sustrato en buenos poemas. Y, en cuento al tema, Baena posee el inusitado interés de leer –desde la poesía en la forma en que escribe un poeta colombiano de hoy– el espíritu remoto y bendito del lenguaje y de las cosas en el budismo. Excelente libro. Hermoso libro.

Erosión

Le tenemos miedo la muerte,
a que tras la carne no haya nada
y entre el polvo original
no haya más que polvo.
Tememos que, una vez cerrados los ojos,
el universo finalmente se disipe,
y que no haya un dios más allá de las estrellas
ni oculto entre las grietas del templo.
Tememos que entre el caos de causas y efectos
no exista un orden sutil
o un gran ojo
atento a cada uno de nuestros pasos.
Le tenemos miedo
al azar
a la soledad,
al vértigo.
Y mientras tememos todas estas cosas,
los instantes se pierden en los años
como lágrimas en el océano,
y el tiempo persiste en nuestra erosión.

Silencio

(Vipassana)

El silencio es mi solo mantra.
El hambre, el sueño, la vigilia
se pierden en las noches
como las noches en los días.
Suspender el juicio.
La respiración como única prueba de cordura.
Ver pasar las formaciones mentales
como la niebla sobre la montaña,
y ser la montaña
y el sonido de la niebla en la montaña.
Ser el silencio,
sólo el silencio.

Poeta

Los versos existen a pesar de su poeta.
¿Quién escribe estos versos?
Tan solo una de las innumerables combinaciones
del polvo y la sombra.  

Un labrador

Un labrador preguntó a un iluminado
cómo era posible ser tan sagrado como el Buda.
El iluminado le contestó:
–Nada es sagrado.
Deprimido, el labrador volvió a casa
y pasó triste el resto de sus días. .
Recordando al iluminado en su lecho de muerte, pensó:
–Si todo es sagrado nada en esencia lo es.
Murió sonriente
y dejó un arcoiris en lugar de cuerpo.  

Un iluminado

Iniciado en los arcanos y misterios,
ha asimilado la vibración el sonido primordial
y ha percibido su eco en toda la creación.
Se ha ungido en aguas y fuegos bautismales
y ha sacrificado el mundo y el intelecto:
ya no lo ciegan sus ojos mortales.
Ha visto la inefable majestad
de las formas universales
y su identidad ya no es precisa.
Ha obtenido el hilo áureo
que explica el laberinto.
El tiempo no lo roe
ni el espacio lo limita.
Sabe sembrar la peste y la hambruna,
sabe precipitar la lluvia y las cosechas.
Integra cada ser como el desierto
habita en cada una de sus partículas.
Los pergaminos y las bibliotecas
no le guardan secretos,
están abiertos
donde quiera que mira.
Es el hombre dorado.
Nadie puede ver su rostro
sin enloquecer o morir en el acto.
Los cincuenta y cuatro arcanos
del sánscrito
dan a sus palabras
la autoridad de un emperador
y a sus silencios
la gravedad de su sepulcro.
Sabe congregar a todos los pájaros del cielo
y a las sierpes del abismo.
Ha cartografiado las regiones más recónditas
de la consciencia infinita
y ha descubierto que el mapa
coincide puntualmente
con las cicatrices
que en su piel dejaron los suplicios.
En sus ojos custodia
las llaves de los cielos sucesivos.
Entra y sale impunemente
del reino de los muertos.
En las amapolas ha encontrado
evidencias teológicas
pero lo tienen sin cuidado.  

Una copa de vidrio

Un iluminado sabe que también el tiempo es ilusorio y, por ende, puede ver simultáneamente pasado, presente y futuro.

Al ver una copa de vidrio, por ejemplo, ve la arenilla de la que proviene el vidrio, ve la copa recién fabricada, ve la copa desgastada tras años de uso, ve la copa rota, y ve el polvo al que finalmente retorna. Sabe que ninguna de esas versiones de la copa es la copa y que, al mismo tiempo, todas lo son. Un iluminado sabe que, de alguna manera, aun nueva, la copa ya está rota. Por saberla rota, cada momento que pasa con la copa es precioso.

Un iluminado ve también todos los hombres que bebieron, beben y beberán de la copa, y sabe que, de alguna manera, ya todos estamos muertos y cada momento que pasamos los unos con los otros es precioso.

Samuel Baena Carrillo
El sonido de la niebla en la montaña
Taller de Edición Rocca

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Recomendado de la quincena: Un montón de escritura para nada de Sara Uribe

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