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Lunes 4 de mayo de 2026
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Gozar Leyendo con CAMBIO: Cortázar, siempre poeta

Más que todo conocido por sus cuentos y novelas, Julio Cortázar también se dedicó a escribir poemas. Tanto en su prosa como en sus versos, la poesía aflora todo el tiempo. 'Poesía completa', de reciente aparición, reúne la obra poética del gran escritor argentino.

Por: Darío Jaramillo Agudelo

Julio Cortázar, Poesía completa

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A principios del decenio de 1960, cuando todavía no se había fabricado la palabra ‘_boom_’ –para bautizar al grupo de narradores latinoamericanos más notable del siglo XX–, cuando alguien que habitaba mi pellejo estaba en la adolescencia y alimentaba la avidez de sus lecturas con los consejos de Hernán Botero Restrepo, ese inocente muchachito recibió de Hernán un libro de cuentos de un desconocido escritor argentino, un tal Julio Cortázar. El libro se llamaba Las armas secretas. Esas armas fueron un flechazo. Y un cuento que está allí, El perseguidor se convirtió en una pequeña biblia.

Colmado por la admiración, yo creía que todo había llegado hasta allí, cuando, pocos años después –¿fines del 65?, ¿principios del 66?–, cayó Rayuela en mis manos y ahí fue el acabose, el no-va-más, el deslumbramiento. La mejor literatura, la mezcla perfecta de novela y humor, novela y juego, novela y más que novela, sí, más que novela, aquello era poesía.

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Repito los pensares de aquel adolescente y me doy cuenta de que fue con Cortázar que descubrí que no hay sino un solo género en la literatura como arte, y ese género es la poesía. Y que un ensayo, una novela, un cuento, un poema, tienen de arte, son literatura, en cuanto trasmitan emociones poéticas.

La paradoja consistía en que, hasta cierto momento, de aquel Cortázar que yo consideraba que era un magnífico poeta, no conocía sino lo que llaman prosa, ningún poema. Esa paradoja se desparadojó con la aparición de La vuelta al día en ochenta mundos y con Último round, donde pude leer sus versos, y más tarde con ese tesoro de la poesía latinoamericana, un volumen completo de versos de Cortázar, Pameos y meopas (1971). Allí aparecían palabras suyas donde decía lo mismo que ya me había hecho sentir antes: “Mis poemas no son como esos hijos adulterinos a los que se reconoce in articulo mortis, sino que nunca creí demasiado en la necesidad de publicarlos; excesivamente personales, herbario para los días de lluvia, se me fueron quedando en los bolsillos del tiempo sin que por eso los olvidara o los creyera menos míos que las novelas o los cuentos. Ahora que amigos insensatos quieren verlos impresos, no me disgusta, y ahí van algunos, pero nada cambia en el fondo para ellos o para mí, creo que nos quedamos siempre como del otro lado del libro, asomando a veces allí donde la poesía habita algún verso, alguna imagen (…). Junto con mi juventud murió en mí el respeto a priori por la poesía, los poetas y los poemas que me imponía un humanismo burgués ya desenmascarado por una ineludible quiebra de valores y sistemas; hoy creo que lo mejor de la poesía no viaja necesariamente en los vehículos tradicionales del género, entre otras cosas porque ya no hay más géneros”.

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Acaso por la calidad de sus novelas y cuentos y por el reconocimiento que tuvieron, la tarea del poeta Cortázar sigue a la sombra. Salvo desde mi adentro, no conozco quién incluya a don Julio en una lista de los grandes poetas latinoamericanos. Lo que es apabullante es la reunión de su poesía que acaba de publicar Alfaguara. Apabullante por su tamaño, ochocientas páginas. Apabullante por el poeta tan original que hay en ellas.

El compilador, Andreu Jaume, anota que esta edición toma como punto de partida la compilación hecha por Saúl Yurkievich –incluida en el tomo IV de las Obras Completas, 2005– rematada con los descubrimientos posteriores debidos a Jesús Rubio Jiménez. Jaume añade, además de los poemas, los textos que Cortázar incluía en los cuadernos donde se dirigía a él mismo a propósito de los poemas que iba escribiendo y que él entendía como predestinados a quedar inéditos.

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El tomo que acaba de publicar Alfaguara, dije, tiene ochocientas páginas y cuando uno va por la 53 no ha leído sino sonetos fechados en 1938: por ese entonces Julio Cortázar era un muchacho de 24 años que se valía de la retórica modernista para fabricar sonetos, sonetos perfectos, utilizar palabras ‘poéticas’ y hacer alusiones muy grecolatinas. Pero después de ese largo juego de poemas de 14 endecasílabos rimados, bajo el título de Salvo el crepúsculo aparece el más personal, el más íntimo poeta que declara sin pudores sus batallas contra el pudor: “Todo vino siempre de la noche, background inescapable, madre de mis criaturas diurnas, mi solo psicoanálisis posible debería cumplirse en la oscuridad, entre las dos y las cuatro de la madrugada –hora inaceptable para los especialistas. Pero yo sí, yo puedo hacerlo a mediodía y exorcizar a pleno sol los íncubos de la única manera eficaz: diciéndolos (…). Allí donde otras veces conté corderitos o recorrí escaleras de cifras, de múltiplos y décadas y palíndromos y acrósticos, huésped involuntario de las noches que se niegan a estar solas. Manos de inevitable rumbo me han hecho entrar en torbellinos de tiempo, de caras, en el baile de muertos y vivos confundiéndose en una misma fiebre fría mientras lacayos invisibles dan paso a nuevas máscaras y guardan las puertas contra el sueño, contra el único enemigo eficaz de la noche triunfante”.
Y al final de esta nota noctámbula delimita los territorios, tan misteriosos el uno como el otro, el insomnio y el sueño: “La noche onírica es mi verdadera noche; como en el insomnio nada puedo hacer para impedir ese flujo que invade y somete, pero los sueños sueños son, sin que la conciencia pueda escogerlos, mientras que la parafernalia del insomnio juega turbiamente con las culpabilidades de la vigilia, las propone en una interminable ceremonia masoquista (…). Sé que los sueños pueden traerme el horror como la delicia, llevarme al descubrimiento o extraviarme en un laberinto sin término; pero también sé que soy lo que sueño y que sueño lo que soy. Despierto, sólo me conozco a medias, y el insomnio juega turbiamente con ese conocimiento envuelto en ilusiones (…). Nada tengo en contra de mi vida diurna, pero no es por ella que escribo. Desde muy temprano pasé de la escritura a la vida, de los sueños a la vigilia. La vida aprovisiona los sueños pero los sueños devuelven la moneda profunda de la vida. En todo caso así es como siempre busqué o acepté hacer frente a mi trabajo diurno de escritura, de fijación que es también reconstitución. Así ha ido naciendo todo esto”.

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El libro está armado con los poemas, pero entre unos y otros, a veces, van ciertas prosas, aunque advierte que “un amigo me dice: ‘todo plan de alternar poemas con prosa es suicida, porque los poemas exigen una actitud, una concentración, incluso un enajenamiento por completo diferentes de la sintonía mental frente a la prosa’ (…). Puede ser –se responde Cortázar–, pero sigo tercamente convencido de que poesía y prosa se potencian recíprocamente y que lecturas alternadas no las agreden ni derogan. En el punto de vista de mi amigo sospecho una vez más esa seriedad que pretende situar la poesía en un pedestal privilegiado, y por culpa de la cual la mayoría de los lectores contemporáneos se alejan más y más de la poesía en verso (...). Nunca quise mariposas clavadas en un cartón; busco una ecología poética, atisbarme y a veces reconocerme desde mundos diferentes, desde cosas que sólo los poemas no habían olvidado y me guardaban como viejas fotografías fieles. No aceptar otro orden que el de las afinidades, otra cronología que la del corazón, otro horario que el de los encuentros a deshora, los verdaderos”.

De repente, irrumpen los poemas brevísimos, como éste: “Vení a dormir conmigo: / no haremos el amor, él nos hará”. O como este otro: “Siempre fuiste mi espejo, / quiero decir que para verme tenía que mirarte”. O éste: “Sólo una cosa habrá en común alguna vez / tu llanto cuando leas esto / y el mío ahora que lo escribo”. O éste: “Pensamiento de una nube: que los árboles hacen cosquillas”.
Ya en caliente llegan los tangos: “No sé en qué medida las letras del jazz influyen en los poetas norteamericanos, pero sí que a nosotros los tangos nos vuelven en una recurrencia sardónica cada vez que escribimos tristeza, que estamos llovizna, que se nos atasca la bombilla en la mitad del mate”.

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Para organizar Salvo el crepúsculo, el propio Cortázar pide la ayuda de sus dos otros-yoes más conocidos, Polanco y Calac y, en las prosas que intercala, conversa con ellos. Y también inventa datos: “Soy capaz de fechar viejos textos sin fecha, el vocabulario es mi carbono 14, no así los temas y los moods porque nada ha cambiado en este terreno donde sigo siendo el mismo, quiero decir romántico/sensiblero/cursi (todo esto sin exagerar, che)”. Sin pudor, inventa idiomas (una especie de italiano macarrónico en una serie de sonetos) o compone un poema en tres idiomas –castellano, inglés y francés– estando en Estambul, ante la tumba de Alejandro.

Sin temor, después de un aperitivo de 43 sonetos en el primer medio centenar de páginas, en plena navegación entre manuscritos y cuadernos, vuelven muy frescos en mitad de este mar poético. Es cuando dice Cortázar: “¿Sonetos en este tiempo de tormenta? Anacrónicos para muchos, yo los siento más bien ucrónicos. Después de todo el soneto es el agazapado íncubo de la poesía en lengua castellana, y el poeta sabe que en cualquier momento asomará un Violante que le mande hacer un soneto”. Y se despacha con una serie de sonetos eróticos entre los que está La ceremonia:

Te desnudé entre llantos y temblores
sobre una cama abierta a lo infinito,
y si no tuve lástima del grito
ni de las súplicas o los rubores,
fui en cambio el alfarero en los albores,
el fuego y el azar del lento rito,
sentí nacer bajo la arcilla el mito
del retorno a la fuente y a las flores.
En mis brazos tejiste la madeja
rumorosa del tiempo encadenado,
su eternidad de fuego recurrente;
no sé qué viste tú desde tu queja,
yo vi águilas y musgos, fui ese lado
del espejo en que canta la serpiente.

Y seguirá a éste una serie de unos 40 sonetos, perfectos, medidos con balanza lírica, inspirados con precisión melódica casi siempre en versos de once sílabas.

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Hay algo que está presente siempre: las dudas de Cortázar sobre él mismo, sobre sus versos: “En el curso de una (ya larga) vida, he ido acumulando poemas nacidos en los momentos y las circunstancias más diferentes, poemas que nunca pensé en publicar y de los que dejado en libertad sólo unos cuantos”, le escribe a Gianni Toti, quien tradujo al italiano Las razones de la cólera. Y le añade: “Me gusta que hayas sido tú el que ha elegido espontáneamente el título de este libro, basándote en una de las selecciones. En efecto, si las ‘razones de la cólera’ fueron para mí, hace veinte años, sobre todo metafísicas y morales, inadaptaciones frente a una realidad que entonces prefería ignorar antes que combatir, hoy estas razones obedecen a un sentimiento directamente enraizado en una conciencia revolucionaria, y la cólera no es un pretexto de fuga o de sustitución sino de ataque y de combate”.

Y mientras tanto yo, lector, no dejo de admirarlo, de gozarlo, de descubrir en sus versos el mundo verdadero.

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(CUANDO ENTRO EN MI AUDÍFONO)

Cuando entro en mi audífono,
cuando las manos lo calzan en la cabeza con cuidado
porque tengo una cabeza delicada
y además y sobre todo los audífonos son delicados,
es curioso que la impresión sea la contraria,
soy yo el que entra en mi audífono, el que asoma la cabeza
a una noche diferente, a una oscuridad otra.
Afuera nada parece haber cambiado, el salón con sus lámparas,
Carol que lee un libro de Virginia Woolf en el sillón de enfrente,
los cigarrillos, Flanelle que juega con una pelota de papel,
lo mismo, lo de ahí, lo nuestro, una noche más,
y ya nada es lo mismo porque el silencio del afuera amortiguado
por los aros de caucho que las manos ajustan
cede a un silencio diferente,
un silencio interior, el planetario flotante de la sangre,
la caverna del cráneo, los oídos abriéndose a otra escucha,
y apenas puesto el disco ese silencio como de viva espera,
un terciopelo de silencio, un tacto de silencio, algo que tiene
de flotación intergaláctica, de música de esferas, un silencio
que es un jadeo silencio, un silencioso frote de grillos estelares,
una concentración de espera (apenas dos, cuatro segundos), ya la aguja
corre por el silencio previo y lo concentra
en una felpa negra (a veces roja o verde), un silencio fosfeno
hasta que estalla la primera nota o un acorde
también adentro, de mi lado, la música en el centro del cráneo de cristal
que vi en el British Museum, que contenía el cosmos centelleante
en lo más hondo de la transparencia, así
la música no viene del audífono, es como si surgiera de mí mismo, soy mi oyente,
espacio puro en el que late el ritmo
y urde la melodía su progresiva telaraña en pleno centro de la gruta negra

POLICRONÍAS

Es increíble pensar que hace doce años
cumplí cincuenta, nada menos.
¿Cómo podía ser tan viejo
hace doce años?
Ya pronto serán trece desde el día
en que cumplí cincuenta. No parece
posible.
El cielo es más y más azul,
y vos más y más linda.
¿No son acaso pruebas
de que algo anda estropeado en los relojes?
El tabaco y el whisky se pasean
por mi cuarto, les gusta
estar conmigo. Sin embargo
es increíble pensar que hace doce años
cumplí dos veces veinticinco.
Cuando tu mano viaja por mi pelo
sé que busca las canas, vagamente
asombrada. Hay diez o doce,
tendrás un premio si las encontrás.
Voy a empezar a leer todos los clásicos
que me perdí de viejo. Hay que apurarse,
esto no te lo dan de arriba, falta poco
para cumplir trece desde
que cumplí los cincuenta.
A los catorce pienso
que voy a tener miedo,
catorce es una cifra
que no me gusta nada
para decirte la verdad.

PARA LEER EN FORMA INTERROGATIVA

Has visto
verdaderamente has visto
la nieve los astros los pasos afelpados de la brisa
Has tocado
de verdad has tocado
el plato el pan la cara de esa mujer que tanto amás
Has vivido
como un golpe en la frente
el instante el jadeo la caída la fuga
Has sabido
con cada poro de la piel sabido
que tus ojos tus manos tu sexo tu blando corazón
había que tirarlos
había que llorarlos
había que inventarlos otra vez

QUIZÁ LA MÁS QUERIDA

Me diste la intemperie,
la leve sombra de tu mano
pasando por mi cara.
Me diste el río, la distancia,
el amargo café de medianoche entre mesas vacías.
Siempre empezó a llover
en la mitad de la película,
la flor que te llevé tenía
una araña esperando entre los pétalos.
Creo que lo sabías
y que favoreciste la desgracia.
Siempre olvidé el paraguas
antes de ir a buscarte,
el restaurante estaba lleno
y voceaban la guerra en las esquinas.
Fui una letra de tango
para tu indiferente melodía

UNA CARTA DE AMOR

Todo lo que de vos quisiera
es tan poco en el fondo
porque en el fondo es todo
como un perro que pasa, una colina
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía
todo eso que es tan poco
yo lo quiero de vos porque te quiero.
Que mires más allá de mí,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina,
y que el placer que juntos inventamos
sea otro signo de la libertad.

DESPUÉS DE LAS FIESTAS

Y cuando todo el mundo se iba
y nos quedábamos los dos
entre vasos vacíos y ceniceros sucios,
qué hermoso era saber que estabas
ahí como un remanso,
sola conmigo al borde de la noche,
y que durabas, eras más que el tiempo,
eras la que no se iba
porque una misma almohada
y una misma tibieza
iba a llamarnos otra vez
a despertar al nuevo día,
juntos, riendo, despeinado

EL FUTURO

Y sé muy bien que no estarás.
No estarás en la calle, en el murmullo que brota de la noche
de los postes de alumbrado, ni en el gesto
de elegir el menú, ni en la sonrisa
que alivia los completos en los subtes,
ni en los libros prestados ni en el hasta mañana.
No estarás en mis sueños,
en el destino original de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás
o en el color de un par de guantes o una blusa.
Me enojaré, amor mío, sin que sea por ti,
y compraré bombones pero no para ti,
me pararé en la esquina a la que no vendrás,
y diré las palabras que se dicen
y comeré las cosas que se comen
y soñaré los sueños que se sueñan
y sé muy bien que no estarás,
ni aquí adentro, la cárcel donde aún te retengo,
ni allí fuera, este río de calles y de puentes.
No estarás para nada, no serás ni recuerdo,
y cuando piense en ti pensaré un pensamiento
que oscuramente trata de acordarse de ti.

RESTITUCIÓN

Si de tu boca no sale más que la voz
y de tus senos solo el verde o el naranja de las blusas,
cómo jactarme de tener de ti
más que le gracia de una sombra que pasa sobre el agua.
En la memoria llevo gestos, el mohín
que tan feliz me hacía, y ese modo
de quedarte en ti misma, con el curvo
reposo de una imagen de marfil.
No es gran cosa este todo que me queda.
Además opiniones, cóleras, teorías,
nombres de hermanos y de hermanas,
la dirección postal y telefónica,
cinco fotografías, un perfume de pelo,
una presión de manos pequeñitas donde nadie diría
que se me esconde el mundo.
Todo lo llevo sin esfuerzo, perdiéndolo de poco.
No inventaré la inútil mentira de la perpetuidad,
mejor cruzar los puentes con las manos
llenas de ti,
tirando a pedacitos mi recuerdo,
dándoles a las palomas, a los fieles
gorriones, que te coman
entre cantos y bullas y aleteos

A UN GENERAL

Región de manos sucias de pinceles sin pelo
de niños boca bajo de cepillos de dientes
Zona donde la rata se ennoblece
y hay banderas innúmeras
y cantan himnos
y alguien te prende, hijo de puta,
una medalla sobre el pecho
Y te pudres lo mismo.

(NO ME DEJES SOLO FRENTE A TI)

No me dejes solo frente a ti,
a la luna filosa de las encrucijadas,
a no ser más que estos labios que te beben.
Quiero ir a ti desde ti misma
con ese movimiento que fustiga tu cuerpo,
lo tiene bajo el viento como un velamen negro.
Quiero llegar a ti desde ti misma,
mirándote desde tus ojos,
besándote con esa boca que me besa.
No puede ser que seamos dos, no puede ser
que seamos
dos.

Julio Cortázar
Poesía completa
Alfaguara

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