Saltar a contenido
Lunes 4 de mayo de 2026
Foto principal del artículo 'Gozar Leyendo con Cambio: dos miradas del misterio del mundo'

Gozar Leyendo con Cambio: dos miradas del misterio del mundo

Jack London y 'El vagabundo de las estrellas', un cuento fantástico que critica el abuso de poder, y la poesía lírica y a la vez coloquial de Javier Vicedo Alós. Ambos exaltan el placer liberador de la lectura.

Por: Darío Jaramillo Agudelo

Jack London, El vagabundo de las estrellas

Sigo pensando que los mejores libros del estadounidense Jack London (1876-1916) son El llamado de la selva y Colmillo blanco, ambos, obras maestras para cualquier edad. Pero para Fernando Savater, sus preferencias se decantan por El vagabundo de las estrellas (titulada en otras traducciones El peregrino de las estrellas**).** He aquí el brillante y acertadísimo juicio de Savater, expresado en el prólogo de la edición de Nórdica: “Esta novela, admirable, a mi juicio única en el sentido más noble de la palabra (que no excluye, sino que casi supone, las numerosas imperfecciones y hasta deformidades de la auténtica innovación), contiene diversos relatos y numerosas perspectivas: es un cuento fantástico y una despiadada crítica social de los abusos de poder, una novela de aventuras y una meditación metafísica sobre nuestro destino, un canto a la imaginación humana y una reivindicación de la libertad y del coraje. Sobre todo, es una privilegiada metáfora del placer emancipador de la lectura, el cual juntamente se encarga de mostrar y demostrar”.

El narrador y protagonista de esta historia se llama Darrell Standing y era profesor universitario de agronomía cuando mató a un colega suyo en un ataque de ira, ‘ira roja’ la llama. Cuando escribe su cuento, lleva ocho años en la cárcel de San Quintín, cinco de los cuales “los pasé privado de la luz, en la oscuridad: ‘aislamiento total’, así lo llaman. Los hombres que son capaces de soportarlo lo llaman la muerte en vida”. Esto, porque el director del penal le toma una inquina ciega y lo encierra sin luz y se ceba con él en el torturante castigo de ponerle una apretadísima camisa de fuerza.

En cierto momento, por su mal comportamiento en la prisión, concretamente por golpear a un guardia, su condena por asesinato se convierte en pena de muerte. Standing es sentenciado a la horca y lo guardan en los calabozos donde los condenados a muerte esperan a oscuras la ejecución de su pena. El odio del director hacia él es ciego, obsesivo, torturante: “Los hombres inteligentes pueden ser crueles. Los hombres estúpidos pueden ser monstruosamente crueles”, comenta nuestro hombre sobre ese director. Y más adelante dice: “Por favor, mis queridos conciudadanos criados entre algodones, créanme cuando les digo que todavía hoy en día se mira a hombres en las cárceles como siempre se ha hecho, desde que los hombres construyeron las primeras prisiones”.

%%imagen%%1

El entramado de historias que cuenta Standing a lo largo del libro tiene que ver con lo siguiente: “Aprendí (…) cómo dominar el cuerpo a través de la mente. Aprendí a abandonarme al sufrimiento, como sin duda alguna habrán aprendido todos los hombres que, como yo, se han doctorado en cursos de postgrado en camisas de fuerza”. Un compañero de prisión le enseña cómo: “el truco está en morir en la camisa, en querer morirte de verdad. Sé que aún no me entiendes, pero espera. Ya has visto cómo te vas entumeciendo en la camisa. Cómo se te duermen los brazos o las piernas. Eso no lo puedes evitar, pero puedes llegar a controlarlo, a mejorarlo. No esperes a que se duerma una pierna o cualquier otra parte del cuerpo. Túmbate boca arriba, lo más cómodamente que puedas y trata de manejar tu voluntad. Sólo tienes que pensar en esa idea y creer en ella ciegamente. Si no crees, no hay nada que hacer. Lo que tienes que pensar, y tienes que creerte, es que tu cuerpo es una cosa y tu espíritu es otra. Tú eres tú, y tu cuerpo es algo que no tiene importancia. Tu cuerpo no cuenta. Tú eres quien manda y no necesitas de tu cuerpo. Y cuando ya estés convencido, has de ponerlo a prueba con toda tu voluntad. Haces que muera tu cuerpo. Comienzas con los dedos de los pies, uno a uno. Tratas de que tus dedos mueran, los obligas a morir. Y si tienes fe y tienes voluntad, los dedos de tus pies morirán. Eso es lo más difícil, comenzar a morir. Una vez que has logrado que muera el primer dedo, el resto es más fácil, porque ya no te cuesta creerlo: lo sabes. Entonces concentras toda tu voluntad para hacer que el resto del cuerpo muera. Te lo digo, Darrell, lo sé. Lo he hecho tres veces. Una vez que empiezas a morir todo es más fácil. Y lo más curioso es que tú estás ahí en todo momento. Que los dedos de tus pies estén muertos no significa que tú estés muerto en lo más mínimo. Poco a poco consigues que se te mueran las piernas hasta las rodillas, luego hasta los muslos, y tú sigues siendo el mismo de siempre. Es tu cuerpo el que se está quedando fuera, poco a poco. Y tú sigues siendo el mismo que eras antes de empezar (…). Cuando todo tu cuerpo está muerto, y tú sigues ahí, simplemente sales de la piel y abandonas tu cuerpo. Y cuando sales de tu cuerpo, sales de tu celda. Los muros de piedra y las puertas de hierro sólo sirven para encerrar cuerpos. No pueden mantener encerrado el espíritu. Tú lo sabes, lo has probado. Eres un espíritu fuera del cuerpo. Puedes mirar tu cuerpo desde fuera. Te digo que lo sé porque lo he hecho tres veces. He visto mi cuerpo ahí tumbado y yo estaba fuera de él”.

A Darrell le funciona el truco. Cada vez que el director ordena que le pongan la camisa de fuerza, y que la aprieten mucho, y que no se pueda mover, nuestro hombre viaja por otras vidas que ha tenido. Y participa de duelos en la edad Media, y es un niño que viaja en las épocas de la colonización del oeste, durante la fiebre del oro: “¿Acaso no ha quedado demostrado, queridos lectores, que en épocas anteriores he habitado varios amasijos de materia, y he sido, entre otros, el conde Guillaume de Sainte-Maure, un escuálido ermitaño egipcio y un niño llamado Jesse, cuyo padre dirigía como capitán cuarenta carretas durante la gran emigración hacia el Oeste? (…). La materia es una gran ilusión. Es decir, la materia se manifiesta en una forma y la forma es sólo una visión (…). Y ahora mis razones se simplifican. El espíritu es la realidad que perdura. Yo soy espíritu y subsistiré. Yo, Darrell Standing, inquilino de muchos cuerpos, escribiré unas cuantas líneas más de estas memorias y seguiré mi camino. La forma que soy, que es mi cuerpo, dejará de existir cuando haya pendido la soga el tiempo necesario, y nada quedará de ella en este mundo material. Sí permanecerá su recuerdo en el mundo del espíritu: la materia no tiene memoria, pues sus formas se desvanecen y aquello que en dicha forma permanece grabado permanecerá con las mism”.

Tal es el supuesto que le permite a London hacer una novela con las diferentes reencarnaciones de Darrell, mientras el propio Darrell está en capilla para ser ahorcado y vive su tragedia presente: “sufríamos mucho, terriblemente. Los guardias eran unos brutos, unas bestias salvajes, al servicio del honrado ciudadano. Nos rodeaba la mezquindad. La comida que nos daban era inmunda, monótona, insustancial (…). Estábamos enterrados en vida, éramos los muertos vivientes. El aislamiento es una gran tumba, nuestra tumba, en la que de vez en cuando nos comunicábamos a golpes de nudillo como fantasmas en una sesión de espiritismo”.

En otra reencarnación, Darrell fue un marino inglés que vivió entre los siglos XVI y XVII, lo que le da para comentar: “No hay duda de que el hombre blanco ha dado la vuelta al mundo y ha conseguido dominarlo gracias a su comportamiento imprudente e irreflexivo. Esa ha sido su manera de actuar; aunque, por supuesto, siempre guiado por su deseo insaciable de saquear y conseguir riquezas”.

Cada vez que el insaciablemente cruel director de la prisión le imponía a Darrel el castigo de la camisa de fuerza él viajaba a otras vidas anteriores y esto hace que la novela sea un collage de varias biografías diseminadas en el tiempo: “nunca sabía con antelación hacia dónde me llevarían mis viajes a través del tiempo (…). En un período de tan solo diez días en la camisa de fuerza, he ido hacia atrás de vida en vida, y a menudo, he pasado por alto toda una serie de vidas que recorrí en otros tiempos, hasta llegar a la prehistoria y, desde allí, a los días anteriores a la existencia misma de la civilización (…). Es penoso, resulta ridícula la desfachatez de esos cuervos humanos que creen que pueden matarme. No puedo morir. Soy inmortal, como ellos; la diferencia es que ellos no lo saben y yo sí”.

Casi al final, reconoce que “me doy cuenta de lo cansado que estoy de toda esta recurrencia eterna. ¡He vivido tantas vidas! Estoy cansado del combate interminable, del dolor y de las desgracias que han de soportar los que se sientan en las alturas, los que recorren los caminos resplandecientes vagando por las estrellas. Espero que, al menos, el próximo cuerpo en el que habite sea el de un pacífico granjero”.

Jack London
El vagabundo de las estrellas
Nórdica

%%imagen%%2

Javier Vicedo Alós, Ventanas a ninguna parte

Javier Vicedo Alós (Castellón, España, 1985) obtuvo con este libro el prestigioso premio de poesía joven de Radio Nacional de España, una hermosa obra que logra el equilibrio entre un tono de conversación que nunca se diluye en mera cháchara y el más profundo sentido de la palabra poética, y que logra un nivel lírico sin nunca perder la naturalidad del coloquio. Vicedo celebra el misterio del mundo, sin repetirse repite las preguntas trascendentales y siempre mantiene una voz propia, que es la suya.

En busca del poema

El hambre de palabras que no acierto
derrumba y levanta mis días.
En busca del verdor de un grito:
un grito que partiera de lo roto,
y justamente esa fuera su fuerza
para romper el mundo, para recomponerlo.
Y no siempre esta lluvia silenciosa
como una realidad donde no cabe
una respiración o un temblor de hojas.
Cuántos verbos hundidos en su propia tinta,
como si uno fuera demasiado ser para ser.
Sólo me pertenece este sufrir
un cuerpo que se descompone
sin revelar el órgano de su inquietud.
De una honda
–donde el petróleo se pudre hasta lo inútil–
no hay nada en el reverso de la lengua,
sólo un sentimiento de hondura.

Sinceramiento

Y callarse sería lo más sabio.
Aunque parecería poco humano
–porque hay que parecer humano–.
Hay que jugar por estas casillas sin luz
que, tal y mal, no mueven hacia las palabras.
Porque hay que ser humano,
o al menos parecer que somos,
que hasta en el torpe abismo de la voz
brotan algunos tallos de verdad.
Aunque sea la verdad simple
de ser y equivocarse.

Ventanas a ninguna parte

¿Qué miras más allá de la ventana:
el mundo o el mundo que quisieras?
Tal vez no estés mirando nada
y nada es todo lo que de ser, serías.
Mirando nadas se construye un hombre.

Javier Vicedo Alós
Ventanas a ninguna parte
Pre-Textos

%%imagen%%3

Tienda en línea

Recomendado de la quincena: Miguel Hernández en 50 poemas

%%imagen%%4.

Finalización del artículo

Artículo de libre acceso