Retrato de Marta en Buenos Aires, 1970. Foto: Alberto Traba Cortesía de Fernando Zalamea y BADAC
¿Qué hubiera pasado si el siniestro aéreo en el que murió Marta Traba no hubiera tenido lugar? Esa pregunta de respuesta imposible es la semilla que germina a lo largo de este homenaje a una de las críticas de arte más aguda en pisar estas tierras.
A Marta Traba es propicio pensarla desde la historia alterna: ese delicado experimento de la imaginación que interroga el pasado desde la fragilidad de la conjetura, del ¿qué habría ocurrido si…? Este interrogante no busca rehacer los hechos, sino revelar la fuerza y las relaciones ocultas que nos han traído hasta hoy. Es desde esta incertidumbre hipotética que me acerqué por primera vez a esta intelectual argentino-colombiana.
¿Qué habría ocurrido si Marta Traba y el vuelo 011 de Avianca hubieran aterrizado en Madrid el 27 de noviembre de 1983? Más que reescribir la tragedia, la pregunta pretende pensar en la huella que han dejado las vidas interrumpidas demasiado pronto. Ese accidente, ocurrido hace 42 años este mes, apagó muchas voces, como las de Ángel Rama, Manuel Scorza, Jorge Ibargüengoitia y Marta Traba.
Crítica de arte, escritora, gestora cultural e intelectual, su pérdida también fue la de una mirada apasionada e insumisa sobre el continente. Su partida fue una afrenta contra la libertad más íntima: imaginar; aquella que, precisamente, la volvería indispensable.
%%imagen%%1
Si hoy especulo con su vida más allá de aquel aterrizaje imposible, también debo recordar su llegada a Colombia en septiembre de 1954: aterrizaba desde Buenos Aires junto a su esposo, el periodista Alberto Zalamea, y su hijo Gustavo. Desde entonces ya nos había enseñado a imaginar más y mejor.
Menuda, de pelo corto y –según Lucy Nieto de Samper– vestida a la moda go-go, Marta se adueñó de la naciente televisión colombiana. Ágil y de cadencia vivaz, capturaba la atención con su sonrisa. Con fluidez verbal, enseñaba a explorar formas desconocidas; a imaginarse y sentirse parte del mundo, ese que presentaba en La rosa de los vientos, su primer programa, donde desplegaba viajes y geografías remotas.
Tiempo después, los colombianos entenderían que era mucho más que una agente turística. Marta Traba llegó con una pasión que abarcaba el arte, la literatura y el cine, y que definiría el devenir cultural del país. Desde el comienzo, Colombia le había parecido más interesante y con mayores posibilidades que Argentina; aquí pudo “encontrarse y ser una criatura humana”, cosa que, confesaría, no podría haber hecho en otro país.
%%imagen%%2
Así, Marta Traba conquistó a un público poco habituado a las aventuras de la imaginación y la estética. Con El museo imaginario, en 1954, trajo a nuestra televisión las vanguardias europeas mediante láminas. Luego, difundió y entrevistó artistas colombianos. Convertía lo que antes había sido privilegio de minorías en una experiencia compartida.
%%recuadro%%1
Pero en 1956 llegó la persecución con Rojas Pinilla y su censura infundada. Según ella, “emitir en Colombia opiniones enérgicas (…) es lo más parecido a vivir en guerra permanente (…), más cerca de la antropofagia y las masacres”. Conviene analizar aquí ese momento y la autoproclamada Atenas Sudamericana que la recibió. Traba recordaba así sus sensaciones iniciales:
“Al llegar a Bogotá, tan alta, entre tantas montañas, me sentí un poco agobiada. Lo sentí por años. Como soy costeña, la sensación de estar en el centro, y en un ambiente melancólico como el de Bogotá, me abrumó... Sentía como si las montañas me aprisionaran y me impidieran salir...”.
A pesar de esto, en Bogotá había una nueva generación de artistas e intelectuales: una élite exigente y moderna que, minoritaria, emprendió el titánico esfuerzo de situar la producción colombiana en la cultura mundial durante el Frente Nacional. Es comprensible que Traba se haya integrado a este sector, desde donde, según Ángel Rama, luchó por “la modernización de la cultura colombiana referida especialmente al terreno de las artes plásticas”.
Por esos años, García Márquez narraba la violencia sin la crudeza del testimonio; Alejandro Obregón pintaba nuestra tragedia; Santiago García y Patricia Ariza revolucionaban el teatro; Camilo Torres proclamaba su amor eficaz; Édgar Negret forjaba sus aparatos mágicos; Hernán Díaz jugaba con la luz; Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna leían la violencia de nuestra historia, y Rogelio Salmona materializaba su genio con ladrillo. En esa gran constelación de la cultura se insertó Marta Traba. Imaginó y se propuso volver real un país en la escena artística internacional y una América Latina con voz propia.
%%recuadro%%2
Exaltaba la herencia europea que la formó, pero reivindicaba a América Latina como un todo con sus particularidades. Lucy Nieto decía que no les “enseñó quién es Picasso”, pero sí despertó una curiosidad profunda por las vanguardias, lo que incomodó a críticos y artistas que sintieron que su terquedad, “furibunda” según Victoria Verlichak, los desplazaba. Ella misma lo admite:
“Ocurría entonces una cosa grave: todos eran amigos, pintores y críticos, lo que le restaba objetividad a la crítica (…) Yo quise hacer una crítica orientadora con todos los elementos de la objetividad, del análisis, del rigor del estudio”.
En medios como El Tiempo, El Espectador, Semana, Mito, Plástica, Prisma (fundada por ella) y La Nueva Prensa, Traba reivindicó el arte abstracto y su acogida en el país; desmontó la figura del artista “comprometido”, y arremetió contra el americanismo, el indigenismo, el muralismo mexicano (que reivindicaría después) y toda estética sometida a causas ajenas al arte.
Impulsó a los seis intocables de Hernán Díaz y también a la generación emergente de Feliza Bursztyn, Santiago Cárdenas, Beatriz González y Luis Caballero, entre otros. “El país de poetas se ha convertido francamente en país de pintores”, dijo alguna vez, “al margen, por supuesto, del inevitable y perpetuo país de politiqueros”.
“El país de poetas se ha convertido francamente en país de pintores”, dijo alguna vez, “al margen, por supuesto, del inevitable y perpetuo país de politiqueros”.
Imaginó y fundó el Museo de Arte Moderno; formó a quienes hoy educan a los artistas en instituciones como la Universidad de los Andes; trabajó en la Universidad Nacional; publicó decenas de libros entre crítica y literatura; analizó el arte latinoamericano como pocos; condujo entrevistas imaginarias; libró innumerables batallas contra quienes la atacaban en Salones Nacionales de Artistas y bienales, y, sobre todo, no soportó las maneras cuidadas e hipócritas de la sociedad bogotana.
%%imagen%%3
Pero su ímpetu nacía de su sensibilidad, casi desprotegida, que vibraba ante cada injusticia y sufría cada golpe como la criatura humana (madre amorosa, amiga generosa) que fue para quienes la conocieron. Esa vulnerabilidad también la acercó a las mujeres, a los estudiantes, a los desposeídos, a todo lo que dolía: para ella, Colombia dolía hondo.
Era –diría– “la América desconocida e imprevisible para un porteño”, un país atravesado por “la miseria real (…) resignada y sin esperanzas” y por una estructura “verdaderamente feudal” en la que unas familias lideraban mientras el pueblo “carecía absolutamente de todo”. Una “sensación de culpa (le pesaba) todo el tiempo sobre el alma”, y tal vez por eso se volvió tan firme al defender un país distinto.
Esa intensidad ha llevado a encasillarla en categorías que ella jamás habría aceptado. Algunos la llaman “intelectual comprometida”, aun cuando criticó con severidad la servidumbre del arte a razones externas; otros, “feminista”, aunque ella misma advirtió no serlo. Sin embargo, reconocía el feminismo que buscaba solucionar “el desamparo de las mujeres del pueblo (…) frente al compañero, al empleador, a los propios hijos, al Estado (y) a los otros grupos sociales más favorecidos”.
Tampoco han faltado quienes, con imprecisión histórica y conceptual, la han tachado de “fascista”. Estas etiquetas revelan la incomodidad que siempre generó su vehemencia en una sociedad machista, xenófoba y clasista que la caricaturizaba.
La persecución contra Traba se alimentó de sospechas contradictorias. En plena Guerra Fría, le achacaron ser emisaria de Washington, aliada de la OEA y defensora del abstraccionismo por su cercanía con José Gómez Sicre y los patrocinios de la ESSO al arte en Colombia; otros, peronista solo por ser argentina (¡a una ferviente opositora de Perón!). Para ella, el rechazo y la burla del arte contemporáneo eran el único punto de encuentro entre la ortodoxia de izquierda y el extremismo de derecha.
Y su simpatía inicial por la Revolución cubana, de la que se apartaría tras el caso Padilla, alimentó ataques de género. La llamaron “histérica”, “neurótica”, “dictadora” e incluso “centro de la conjura comunista”, aunque jamás militó en ningún partido. Ella, sin perder la compostura, lo respondió con ironía: “Mi agresividad es de naturaleza alegre, optimista, y sobre todo, llena del sentido del humor”.
La causa de los epítetos era otra: Marta desenmascaraba los abusos e imposturas del poder. Del Frente Nacional, por ejemplo, avistaba el “reverso siniestro” de las promesas incumplidas. Su crítica, que ni adulaba ni negociaba, descubría la fachada de una democracia más retórica que real, y por eso mismo la quisieron silenciar.
Mi agresividad es de naturaleza alegre, optimista, y sobre todo, llena del sentido del humor”.
Pero persistió, aunque se sintiera como “María Antonieta en la guillotina”. Incluso, protestar contra una toma militar de la Universidad Nacional le valió una orden de expulsión de Carlos Lleras Restrepo en 1967. Entonces debió renunciar a todos sus cargos públicos.
Tras ese episodio se dedicó a la Librería Contemporánea, que fundó en 1966 junto a Álvaro y Roberto Villar, con un comité asesor casi mítico (Ángel Rama, Jorge Zalamea, José Pubén, Beatriz Salazar, Santiago García, Álvaro Cepeda y Fernando Martínez). Este espacio en Bogotá fue decisivo para las primicias literarias de América Latina y nuestra imaginación en tiempos de cerrazón política: con él, transmitía su “entusiasmo por la literatura latinoamericana (y…) que este continente vale la pena”.
Marta Traba no se limitó a analizar las tensiones de su tiempo: las encarnó en una encrucijada viva. Al inicio su pensamiento dialogó con el desarrollismo de la Cepal; más tarde, ante un insoslayable imperialismo estadounidense, se abrió a las teorías de la dependencia y al proyecto de autodeterminación latinoamericana, enriquecido por Marcuse, Lukács, Lefebvre y Eco. Sobre todo, jamás fue doctrinaria.
Prefiero entenderla como intelectual mundana en el sentido de Edward Said, a saber, quien sostiene que toda cultura está enredada en el contexto social y no puede pensarse al margen del mundo exterior. Ni al margen de su propio mundo, pues enfrentó las “intimidaciones, los anónimos y las amenazas telefónicas que siguieron” desde la intimidad vulnerable de la “muchacha que llora sin parar en el fondo de un cuarto oscuro”, como escribió en Las ceremonias del verano. Esta novela, premio Casa de las Américas, revela el refugio que hallaba en la ficción.
A esa tensión entre fragilidad y temple se sumó el exilio de Colombia en 1969. Primero a Uruguay y, tras varias mudanzas a lo largo y ancho de las Américas marcadas por la asfixia política, a París, junto a Rama. Junto a él terminó de iluminar su conciencia sobre nuestras épicas batallas, en un continente imaginado y herido que plasmaría en aquellas obras finales sobre las dictaduras del Cono Sur.
Y cuando, por fin, Belisario Betancur le concedió la nacionalidad colombiana tras su exilio estadounidense y parecía posible un regreso, la muerte la alcanzó en el aire.
América Latina entera fue para ella una patria afectiva y, al mismo tiempo, una cadena de despedidas. Y pese a sus sesgos y excesos, terminó por pensarnos desde aquí: desde el temblor, la desigualdad, la invención y la belleza. Entendió que la utopía no podía decretarse desde un mapa ajeno, sino construirse donde se vive, se imagina y se toma la palabra.
%%imagen%%4
Florencia Bazzano-Nelson señaló en 2002 que, pese a la relevancia de Traba, su archivo aún no había recibido el reconocimiento merecido. Dos décadas después, comienza a materializarse en el BADAC de la Universidad de los Andes. Allí, vuelve a leérsele, a la espera de un impulso necesario y, ojalá, definitivo que consolide un fondo en construcción. La publicación de su obra literaria completa a comienzos de este año también permite revalorar la dimensión ficcional de una intelectual que enaltecía los juegos de la imaginación.
¿Qué habría ocurrido si Marta Traba y el vuelo 011 de Avianca hubieran aterrizado en Madrid el 27 de noviembre de 1983? La pregunta invita a reformular mis hipótesis iniciales: ¿Y si el vuelo en el que llegó a Bogotá no hubiera aterrizado aquí en 1954? Imposible saberlo. Hoy solo podemos agradecer su arribo y que, con terquedad furibunda, acogiera a Colombia como “el sitio donde se trabaja, se lucha (y) se hacen propias todas las causas nacionales con verdadera y apasionada voluntad de servicio”.
“el sitio donde se trabaja, se lucha (y) se hacen propias todas las causas nacionales con verdadera y apasionada voluntad de servicio”.
A 42 años de su muerte, parece que la patria que ayudó a imaginar comienza a reconocerse en su legado. Y con ese gesto de memoria hay otro aterrizaje posible: uno de la imaginación, pues en 2026 sus cuentos inéditos se publicarán en Seix Barral, sello que ya la había publicado antes.
Releerla será fantasear con la utopía latinoamericana de otras épocas. Desde el territorio de la ficción, y en el ejercicio de imaginar que bien nos enseñó, podremos encontrar certezas para entender por qué aún hoy, como escribió décadas atrás, “la única medida colectiva de América es la soledad”.
Bienvenida de vuelta, Marta: ojalá tu regreso nos encuentre más abiertos a la imaginación y, por qué no, a la concreción de la utopía.