Luis Fayad, autor de ‘El hombre más feliz de la fiesta’. | Crédito: Juan Fernando Rojas - FCE
‘El hombre más feliz de la fiesta’: catarsis, nostalgia y memoria en la obra de Luis Fayad
En trece relatos inéditos publicados por el Fondo de Cultura Económica Colombia (FCE), el escritor Luis Fayad retrata sus recuerdos, sus conversaciones con amigos y familiares y las conexiones con su pasado. En diálogo con CAMBIO, habló sobre la importancia de habitar con sensibilidad los recuerdos: un elemento clave en la construcción de sus personajes, quienes, asegura, “les dan a las anécdotas un sentido”.
Por: Luis Chía
Leer a Luis Fayad es adentrarse en narraciones bien logradas que se mueven entre lo profundo, lo sensible y hasta lo más inédito de lo aparentemente cotidiano. Sus personajes anónimos, las calles de Bogotá y sus raíces libanesas han permeado su obra y consagrado su voz como una de las más importantes de la literatura colombiana. En El hombre más feliz de la fiesta**, su reciente libro de cuentos publicado en la colección Tierra Firme del** Fondo de Cultura Económica (FCE), comprueba que ha encontrado en el oficio literario un refugio para sus memorias.
El autor de novelas como Los parientes de Ester (1978), Compañeros de viaje (1991) y La caída de los puntos cardinales (2000), en esta ocasión, a través de trece relatos, deslumbra con una palabra nítida, cauta y, sin lugar a dudas, nostálgica. CAMBIO conversó con el cuentista y novelista, que habló sobre cómo la escritura le ha permitido volver al pasado sin que ya no duela tanto lo que en algún momento dolió, y sobre cómo este sentimiento le dio forma y vida a El hombre más feliz de la fiesta.
Precisamente, los recuerdos del autor bogotano, las anécdotas de su infancia atravesada por la cultura libanesa y sus más de cincuenta años viviendo en Europa han sido determinantes en su literatura y, en este caso, no es la excepción. Detrás de su reciente libro hubo veinte años de apariciones venturosas y esquivas de cuentos que “venían cuando querían”.
En palabras de Fayad, “los temas y su desarrollo son diferentes, pero coinciden en que el narrador le confía al lector el origen de cada cuento”. Gracias a conversaciones con amigos del pasado, frases que se elevaban entre las estanterías de una librería o simplemente a la remembranza de sus vivencias familiares, el novelista logró reconstruir trece historias, distintas entre ellas, pero conectadas por una particular sensación de nostalgia y despedida.
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La nostalgia y la memoria: la columna vertebral
El hombre más feliz de la fiesta es un viaje por amores secretos, calles de Teusaquillo, verdades calientes de Honda y un tránsito por el sentir de personajes como Imelda, Ifigenio o Nayib, quienes se dejan ver entre recuerdos, partidas, últimos días y hasta despedidas de lo que uno es.
Los personajes son los que construyen, a su propio ritmo, esta atmósfera y estilo tan particular. “En el momento en que el personaje aparece en el cuento, yo no soy dueño de él, él habla por su cuenta, se mueve adonde quiere, piensa sin que nadie se lo diga. Mi ocupación es entenderme con los personajes: si yo a un personaje le hago decir algo que no concuerda con él, él me hace suspender lo que estoy escribiendo, me hace dudar, es una manera de reprochármelo y es él el que me dirige”, cuenta Fayad.
Según él, los personajes se han convertido en sus compañeros y cómplices. Cuenta cómo, casi que con vida propia, siguen sus pasos y lo acompañan al caminar por las calles, al ingresar a una librería, al tomar un café o visitar un parque. Sin embargo, estos son independientes y tienen sus propias perspectivas del mundo.
Así lo define el autor: “Los personajes demuestran que tienen una dimensión humana, se mueven en un argumento y no se quedan en anécdotas locales, les dan a las anécdotas un sentido. Ellos y yo nos entendemos, yo les doy libertad y ellos me guían, son mis cómplices”.
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Ese esfuerzo de Fayad también por abrazar la memoria y sus recuerdos le ha permitido no ceder ante las coyunturas, por el contrario, ha buscado, con letras precisas, contemplar el mundo. “La memoria es una herramienta del escritor, pero los recuerdos son involuntarios en muchos casos, no siempre el escritor tiene que llamarlos, con los años vienen solos en abundancia y más claros. Le ayudan al escritor a saber lo que él fue, lo que es todavía desde niño y lo que ya no es. Hay una alegría en ese momento, la alegría de saber lo que se tuvo y con ella la nostalgia de no tenerlo y de saber que no volverá”, cuenta el escritor.
Aunque estos recuerdos también pueden ser amargos, para Fayad, por más dichosos o infortunados que sean, “hay que dejarle el paso a la sensibilidad y no al sentimentalismo”. En su oficio, asegura que ha sabido seleccionar los recuerdos: algunos para olvidarlos porque no sirven para sus cuentos, pero a otros los acoge y les agradece por aparecer inesperadamente para no solo nutrir sus letras, sino también para hacer catarsis.
“Quiero recuperar para mi literatura lo que pensé y sentí cuando alguien me habló del amor, de la muerte, la lealtad, la envidia, el rencor, la venganza, las sensaciones de ese momento, y es cierto, si algunos son ingratos no duelen, hacerles frente es un alivio e incorporarlos en lo que escribo me consuela. Cuando estoy dedicado a mi ocupación de escritor yo no siento nada ni pienso en nada, hago lo que tengo que hacer. En la pausa larga, al volver al pasado, ya no duele tanto lo que tanto dolió”, reconoce.
Las raíces libanesas: una memoria viva
La niñez de Fayad transitó entre el colegio y las reuniones de vecinos y familiares libaneses en la sala de su casa, conversaciones en árabe y cenas acompañadas de kibbe con papas criollas. Sus padres, la primera generación de inmigrantes nacidos en Colombia, lo acercaron, cuando apenas empezaba a comprender el mundo, a una cultura rica en tradición, historia y costumbres.
Más allá de estos recuerdos, tanto para su novela La caída de los puntos cardinales, donde relata la historia migratoria de su familia libanesa, como para dos cuentos de El hombre más feliz de la fiesta, referenció las anécdotas de sus tías y tíos abuelos, quienes hablaban de cómo algunos se dispersaron en el continente, de su llegada a Bogotá y de su establecimiento en el país.
Pero asegura que fue su padre quien lo hizo enamorarse por completo de la vida en el Líbano. “Mi abuelo le hablaba de sus costumbres y de su geografía y mi padre me entregó ese mundo que habita en mi corazón y ocupó algunas páginas de mi literatura con personajes que vivieron en su lugar de nacimiento, viajaron y se integraron en su nueva tierra”, recuerda.
Con ochenta años de edad y con la publicación bajo el sello del Fondo de Cultura Económica (FCE) de El hombre más feliz de la fiesta, sin duda, Fayad se ratifica como una de las plumas más pulidas, sensibles, honestas y sobresalientes del país. Leerlo es, de alguna forma, ser testigo de su resistencia en la cotidianidad.