Gozar Leyendo con Cambio: cría cuervos y escribirás un gran libro
Darío Jaramillo Agudelo explora en profundidad un libro del poeta y ensayista argentino Jorge Fondebrider dedicado a los cuervos, que han acompañado al hombre desde tiempos remotos. Los humanos y estas aves han aprendido a mirarse de reojo y “hacerse pasito”.
Jorge Fondebrider, Los cuervos en la historia
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En Los cuervos en la historia, el poeta y ensayista argentino Jorge Fondebrider (Buenos Aires, 1956) hace un recorrido por los cinco continentes y desde la más remota antigüedad, indagando las complejas relaciones entre dos especies animales (los cuervos, por un lado y, por el otro, los bípedos sin alas conocidos como género humano) en cosmogonías, en mitologías y en textos de tradición oral. El libro está organizado por regiones y, al entrar en cada geografía, Fondebrider comienza por contar las creencias religiosas, las versiones diferentes que los habitantes de esa región han contado acerca del origen, del creador –o creadores– del mundo y los principales mitos que rigen y ordenan a esas mismas sociedades a través de los tiempos. Expuesto el marco general de creencias y atavismos de cada fe, ahí sí el autor se refiere al rol de los cuervos en esas sociedades y en sus religiones.
Antes de comenzar su recorrido, Fondebrider se ocupa de precisar qué se quiere decir cuando se dice ‘cuervo’. “Muchas de las especies del género corvus –aunque no todas– están representadas por pájaros negros, relativamente similares, a los que suele llamarse ‘cuervos’, a pesar de que, por lo general, no lo sean. De hecho, lo que suele verse en muchas ciudades europeas, asiáticas, norteamericanas, africanas y australianas no son cuervos sino cornejas o grajos. En principio, las diferencias se centran en el tamaño, las costumbres y la alimentación (...). Salvo que quien los nombre sea un ornitólogo –y las mencione por su nombre científico– o un observador de aves que busque una cierta precisión, para el común de los mortales se trata de cuervos”.
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Es obvio que cuervos y humanos no son las dos únicas especies animales que existen. En muchos casos aparecen otras zoologías, aun desde la más antigua referencia de la interacción entre hombres y córvidos: “La primera constancia arqueológica de la cercanía entre cuervos y humanos, tiene unos treinta mil años: en una excavación datada en esas fechas, se hallaron huesos de cuervos”. Un paleontólogo finlandés dice que “‘llegamos a la conclusión de que se sintieron atraídos por los cadáveres de mamut disponibles cerca de los campamentos humanos’ (...). Los humanos, a su vez, se aprovecharon de ello, capturando cuervos, posiblemente por sus plumas y carne”.
Aristóteles se refiere a la interacción en cuervos y búhos: “Cuenta que el búho y el cuervo son enemigos entre sí debido al hecho de que la lechuza es miope durante el día, el cuervo al mediodía se alimenta de los huevos de la lechuza, y la lechuza por la noche de los cuervos, cada uno sacándole ventaja al otro, gira y gira, noche y día”.
Cuenta que los cuervos se pueden asociar con otras especies –“muy notoriamente, los lobos– para acceder a presas de gran tamaño” y “son tan solidarios como para avisar a otros animales que pueden estar corriendo peligro. Por último, por extraordinario que parezca, se muestran empáticos con el perdedor de una pelea y, ante los cadáveres de otros cuervos, cumplen con ciertos comportamientos que pueden ser asimilados al rango de rito”.
Entre los antiguos egipcios, “la representación de los cuervos solía ser casi ‘humana’, pero a diferencia del ibis o el halcón, para nada divina”. “Hay un tópico recurrente que aparece una y otra vez en las tradiciones nórdicas, así como en las anglosajonas, que es el de las llamadas ‘bestias de la batalla’, vale decir, el lobo, el cuervo y el águila, los cuales, al cabo de todo combate, se alimentan de los caídos”. En los cantos folclóricos rusos se mencionan con frecuencia al cuervo y al halcón. “Con todo, hay una gran diferencia: al halcón se lo vincula con el día, la luz y el cielo, mientras que al cuervo, con la noche, la oscuridad y el mundo de los muertos”.
Yéndonos a Serbia, el cuervo es muy ambivalente en la cultura eslava. Por un lado, “es un pájaro sombrío”. Forma parte de un grupo de animales impuros y está relacionado con los lobos y, finalmente, con el diablo. “En el folclor búlgaro, el cuervo es un intermediario entre la vida y la muerte (...). Como en otras tradiciones a menudo acompaña al lobo y a ambos se los relaciona con el diablo (...). En el imaginario del pueblo, el cuervo es un ave de mal agüero (...). En el folclor búlgaro el águila suele ser un símbolo positivo y se supone que es el que representa la deidad suprema. La negatividad del cuervo lo determina como su antípoda”.
La tradición oral de Rumania insiste en la fealdad de los cuervos. Hay un cuento sobre un cuervo y un halcón. El cuervo le pide al halcón que no se coma a sus hijos cuando los encuentre. El halcón le pregunta cómo los reconocerá y el cuervo le contesta diciéndole que “los míos son los pichones más hermosos del mundo”. Al otro día el halcón sale y ve “las crías del zorzal, el mirlo y otras aves hermosas” y se dice: “seguramente estos son los hijos del cuervo; mira qué bonitos son, no los voy a tocar”. Eso le pasa ese y los demás días siguientes. “Al tercer día tenía tanta hambre que apenas podía ver con los ojos. Deambulando, el halcón se posó repentinamente sobre el nido del cuervo. Al ver las cosas pequeñas, miserables y feas en el nido”, el halcón termina devorándolas. Ante la tragedia, el cuervo se enfurece, le reclama al halcón y éste le dice: “no entiendo; lo que me estás diciendo es por tu propia culpa. Me dijiste que tus hijos eran los más hermosos del mundo y lo que yo comí eran monstruos horribles. Si no hubiera sentido el pellizco del hambre tan fuerte, no los hubiera tocado. ¡Qué cosas tan feas que eran! Casi me enfermo (...). A partir de ese día, el halcón, si se acerca a los cuervos, los ataca. Y desde ese día hay un odio implacable entre los cuervos y los halcones”.
Los wusun, cultura del Asia Central anterior a la llegada del islam: “como en muchas otras culturas del mundo, los observadores han registrado una asociación permanente entre ambos animales: el cuervo sigue al lobo para alimentarse con las sobras de lo que éste cace y el lobo es advertido por el cuervo, que espera pacientemente entre los árboles cercanos, ante cualquier posibilidad de interferencia”.
Entre los mongoles hay leyendas parecidas a las de los wusun. Por ejemplo, en la Epopeya de Jangar, “el héroe fue abandonado en la estepa cuando tenía dos años, pero apareció una loba y lo dejó alimentarse con su leche, y vino un cuervo y le trajo algo de comer”. Anota Fondebrider que “el motivo mitológico de un lobo y un cuervo cuidando a un niño abandonado no es nada nuevo”. Numun Jils, estudioso de la mitología de los mongoles: “las historias sobre niños humanos criados por un animal probablemente deberían relegarse al mundo de los mitos y leyendas. Los animales que aparecen en estos mitos y leyendas son, por tanto, seres sobrenaturales de naturaleza divina que pueden considerarse como objeto de creencias de un grupo social particular”.
Me detengo en los mongoles para contar que la interacción con otras especies puede darse también entre cuervos y plantas: “Los mongoles tienen mitos que explican por qué los árboles como los pinos, los sauces y los abetos siempre se mantienen verdes. De acuerdo con uno de ellos, en cierta ocasión, un cuervo llevaba el agua eterna de Dios y, accidentalmente, se le cayó un poco sobre estos árboles y desde entonces siempre permanecen verdes”.
En el Popol Vuh, donde se registran las creencias del pueblo maya –México, Centroamérica–, se menciona al cuervo como copartícipe en la creación de los hombres de maíz. Cuatro animales trajeron la mazorca –el gato montés, el coyote, la cotorra y el cuervo–.
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En estos paralelos entre cuervos y otras especies, hay explicaciones sobre la negrura del plumaje de los cuervos que varían de cultura y de época.
Robert Graves cuenta en Los mitos griegos la historia de Corónide, hija del rey de Flegias, a quien Apolo la había convertido en su amante. Apolo se fue a Delfos y dejó un cuervo de plumas blancas como la nieve para que la guardara. Ella se fue la cama con Isquis, su amante secreto. “Incluso antes de que el excitado cuervo partiera para Delfos para informar acerca del escándalo y ser elogiado por su vigilancia, Apolo ya había adivinado la infidelidad de Corónide y, en consecuencia, maldijo al cuervo por no haberle sacado los ojos a Isquis cuando se acercó a Corónide. Esta maldición hizo que el cuervo se volviera negro y desde entonces todos sus descendientes han sido negros”. Esta historia brincó de la literatura griega –Píndaro, Calímaco– a la latina, donde la contarán también Cayo Julio Higinio y el mismísimo Ovidio.
En el Japón hay una historia de un búho dedicado a pintar a los otros animales. El cuervo le dice: “‘soy el más inteligente de los pájaros y lo único que llevo puesto son estas tristes plumas blancas. Dame un abrigo tan asombroso para que todos me recuerden’. El búho inclinó pensativamente la cabeza. ‘Un color para recordar… ¡Sí, sé lo que te conviene!’. Voló hacia un frasco lleno de un líquido oscuro y espumoso: ‘Señor cuervo, por favor, acércate y no te muevas’”. El cuervo se metió en el agua picante y comenzó a retorcerse. Primero quedó de un color verdoso. El cuervo siguió moviéndose a pesar de que el búho le pedía quietud, “pero el cuervo seguía inquieto, sumergiéndose y emergiendo de la oscura cocción. Así, mientras luchaba en el frasco el color se volvió azul. El búho abrió los ojos como platos: ‘esto es suficiente, puedes salir’, pero el cuervo pareció no escuchar. La sombra se volvió más y más oscura. El búho ululó con fuerza: ‘debes salir ahora, bestia tonta’ (...). Una vez blancas, las plumas del cuervo ahora eran del negro más oscuro. Aquí y allá, apenas se reflejaba un brillo azulado. El búho gritó: ‘deberías haberme escuchado. Qué lástima, un azul real te hubiera ido tan bien’ (...). A partir de entonces, día tras día, el cuervo persiguió al búho. Y es por eso que todavía hoy los búhos se esconden en el bosque y sólo salen de noche”.
Por otro lado, una leyenda vietnamita cuenta que el pavo real y el cuervo se estaban preparando para ir a la boda del tigre. En ese tiempo, “el cuervo era blanco y el pavo real amarillo como una gallina (...). El cuervo pintó sobre las plumas del pavo real lunas de color amarillo y verde y arabescos de color azul y negro. El pavo real quedó magnífico”. Se miró en el agua y gritaba: ¡qué hermoso soy, qué hermoso soy! El cuervo lo acosó para que, ahora, el pavo lo pintara, pero “el pavo real estaba orgulloso. El cuervo insistió, pero las pinturas estaban distantes y, cerca, no quedaba sino un frasco”. El pavo real procedió. “El cuervo fue a mirarse en el agua y descubrió que había sido cruelmente engañado. Quería quejarse; pero la voz se le ahogó en la garganta y sólo pudo gritar con dureza ¡cáw, cáw! Desde entonces los cuervos han sido negros y han tenido una voz áspera; mientras que los pavos reales son hermosos con sus mil colores”.
Un relato de tradición oral hinduista en Birmania cuenta que el sol se enamora de una princesa. “Se transformó en un cazador fuerte y la entretuvo tocando notas dulces en una flauta de bambú. El amor surgió entre ellos y el sol apenas pudo soltarse de sus brazos para completar su circuito en el cielo. Los aldeanos se quejaron. No les gustaba que el sol se fuera temprano en la tarde y llegara tarde en la mañana”. El sol sintió la obligación de cumplir y le dijo a su princesa que volvería. Ella aceptó la situación. “El sol la besó y llamó a su ayudante, el Cuervo Blanco. ‘El cuervo te hará compañía –dijo el sol– y cuando nazcan nuestros hijos me traerá la noticia’”. Así fue, y el sol se puso tan feliz, que le envió un enorme y bellísimo rubí. El cuervo blanco lo llevaba en el pico, pero se detuvo cuando vio fiestas en un pueblo, colgó en un árbol la bolsa con el rubí y se fue de rumba. “Un comerciante se acercó al árbol porque el hombre sabía que los cuervos blancos eran mensajeros de los espíritus”. Vio la bolsa, la abrió y daba gritos de alegría. Entonces decidió robarse el rubí y meter estiércol en la bolsa, que volvió a cerrar y a dejar donde la había encontrado. Sin revisarla, cuando volvió del pueblo, el cuervo blanco tomó la bolsa y se la llevó a la princesa, que se alegró al recibirla y grande fue su pena cuando la abrió. Entonces desapareció del alcance del sol. “Y grande fue la furia del sol cuando se enteró de la negligencia del cuervo. Así que, como castigo, quemó al pájaro, dejándolo negro y juró que a partir de entonces todos los cuervos serían así”.
Hay más leyendas australianas alrededor del color negro de los cuervos. En una se cuenta que los cuervos y sus primas las urracas tenían unas plumas muy blancas y estaban discutiendo –como siempre– sobre cuál de los dos era más bello y comenzaron a pelear y se cayeron del árbol. Al pie del árbol había un fuego. “El cuervo se quemó entero. La urraca por partes”. Hay otra versión de la misma historia que tiene como protagonistas al cuervo, la urraca y que añade a las gaviotas, que no se queman y conservan sus colores. Otra historia más sobre lo mismo ocurre entre un cuervo y un halcón que pelean. El halcón tira al cuervo sobre las cenizas negras: “Cuando el cuervo se recuperó de la pelea, descubrió que no podía sacarse de encima las cenizas y, desde ese momento, los cuervos siempre han sido negros”. En esta historia, la pelea ocurre porque, habiendo pactado que se repartirían la comida, el cuervo mintió y la ocultó; “el cuervo también fue castigado por ocultar la comida que no podía comer y condenado a vivir de carne podrida”.
En la cultura primitiva de Australia, el pueblo Bundjil, el cuervo se apodera del secreto del fuego. Los demás dioses le insisten en que lo comparta. El cuervo les arroja algunas brasas que provocan un gran incendio “que le quemó las plumas al cuervo dejándolo permanentemente negro”.
Otra leyenda del noroeste de Alberta, Canadá, dice: “el cuervo era el pájaro más hermoso; dicen que tenía una voz maravillosa y cantaba mejor que todos los demás. Pero era muy orgulloso y siempre se pavoneaba cuando cantaba, despreciando a los otros pájaros. Un día, se dice que un pájaro grande que estaba cansado de verlo y escucharlo, lo agarró por el pescuezo, luego lo hizo rodar en el carbón y lo apretó con tanta fuerza que el cuervo, medio ahogado, sólo pudo gritar ‘coa, coa’. Es por eso que ahora es todo negro y ya no puede cantar”.
“Los lakota sioux –norteamericanos– creían que los cuervos advertían a otros animales acerca de los cazadores que se acercaban. Por eso, explicaban, los cuervos ahora son negros. Originalmente blanco, el líder de los cuervos fue engañado y capturado por un cazador lakota disfrazado de búfalo. Como castigo por estropear continuamente las cacerías, los cazadores lakota lanzaron al cuervo a la fogata. Este escapó con vida, pero no con su color blanco. Desde entonces, todos los cuervos han sido negros”.
Existen otras creencias sobre el plumaje de los cuervos que no vienen de su interacción con otros animales. “W. A. Clouston recoge varias versiones de leyendas y creencias alemanas muy antiguas. Una, procedente del Tirol, propone una interpretación sobre el oscurecimiento del plumaje de los cuervos: ‘antaño eran de hermosa apariencia con plumas blancas como la nieve, que mantenían limpias mediante el lavado constante en un determinado arroyo. Allí se dirigió una vez el niño Jesús y quiso beber, pero los cuervos se lo impidieron, salpicando el agua y empapándolo, luego de lo cual él les dijo: ¡pájaros ingratos! Pueden sentirse orgullosos de su belleza, pero sus plumas, tan blancas como la nieve, se volverán negras, y así van a permanecer hasta el día del juicio’”.
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Fondebrider enumera algunas de las notables manifestaciones de la inteligencia de los cuervos: “se sabe que son capaces de trasmitir datos de grupo en grupo, manteniendo las particularidades propias de cada uno. Entre otras cosas, también pueden resolver problemas complejos y comunicar esos resultados a terceros. Además, saben memorizar y reconocer el rostro de aquellos a quienes consideran enemigos y tienen la habilidad de pasar esa información a otros cuervos, para lo cual desarrollan un lenguaje matizado en razón de lo que se quiere comunicar”.
Entre todos, los cuervos más inteligentes son los de Nueva Caledonia, que “fabrican y utilizan herramientas que confeccionan a partir de lo que ofrece la naturaleza, desde ramas hasta hojas que recortan para crear ganchos con lo que atrapar las larvas que anidan en las maderas. Pero hay más, porque se sabe que estas herramientas y su proceso de fabricación varían de un entorno a otro, lo que sugiere que se trata de un comportamiento cultural (…). Hoy sabemos que, como lo sostiene Deutsch, ‘la cultura no es una propiedad exclusiva de la especie humana’”.
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Prácticamente en todos los lugares en donde hay cuervos, los bípedos implumes que conviven con ellos hallan facultades para predecir el futuro y hacen esfuerzos por interpretar ciertos comportamientos córvidos para conocer sus revelaciones y predicciones, pues pueden, incluso, salvar vidas, como la de san Benito abad, fundador de los benedictinos, que “estuvo a punto de ser asesinado por otros monjes celosos de él. Para ello, según cuenta Gregorio Magno, le ofrecieron un pan envenenado el cual, luego de rezar una oración, le fue arrebatado por un cuervo que, de ese modo, lo salvó”.
Desde los griegos y los romanos, llegando hasta los ingleses, por todas las culturas, es frecuente señalar el carácter profético de los cuervos. En el caso de estos últimos, “a través de signos que “iban desde los distintos sonidos que producían hasta su capacidad de hablar, pasando también por su posición durante el vuelo”.
En algunas tablillas sumerias se encuentran anotaciones como estas: “si un cuervo se queda y grazna a la izquierda del hombre, ese hombre irá adonde él decida y disfrutará de un beneficio. Si un hombre se va de viaje y un cuervo avanza a la derecha del hombre y grazna, ese hombre no irá donde él decida y su corazón no estará satisfecho. Si un hombre arroja la semilla y un cuervo va sobre ella y grazna a la izquierda del hombre, el surco aumentará su rendimiento”.
Hay un texto medieval de origen celta dedicado al “significado de cada uno de los graznidos del cuervo”. Con respecto a los graznidos de los cuervos domesticados, ellos pueden predecir quién vendrá de visita y “una buena parte de los acontecimientos que predice tienen que ver con la muerte. Entre los celtas, “Una de las características percibidas de los cuervos era su capacidad para profetizar el futuro, especialmente el resultado de las batallas”.
Una leyenda tirolesa del siglo XVII dice que “cuando el cuervo chilla es indicio de que habrá una desgracia inminente en el vecindario”. Luego, el historiador Ernst Ludwig Rochholz “refiere lo que ocurre cuando un cuervo se sienta en el techo de una casa donde hay un cadáver: ‘eso significa que el alma del muerto no ha ido al Paraíso’”.
Un poeta inglés del siglo XVIII-XIX, Matthew Gregory Lewis: “encontrar un cuervo, es cierto, trae suerte. Pero dos son desgracia segura. Y tres, son el diablo”.
Hay una compilación de tradiciones y creencias populares rusas, el Voronograi, que relaciona a los cuervos con diversos asuntos que van “desde el simple pronóstico del tiempo a cuestiones de índole moral, pasando asimismo por los distintos avatares que puede presentarnos el destino”. Por ejemplo, “si los cuervos se agrupan: mal tiempo. Si los cuervos se bañan en el agua: mal tiempo (...). Si los cuervos juguetean en la altura y las moscas revolotean: buen tiempo (...). Si un cuervo camina por el camino: ladrones. Quien canta en el bosque y ve un cuervo, tropezará con un lobo. Si un cuervo se posa en el techo de una casa donde hay un enfermo, y además grazna, presagia la muerte del enfermo. Si un cuervo vuela al lado de uno: desgracia (...) quien mata a un cuervo, no podrá evitar tres calumnias. Si un cuervo grazna sobre la cabeza de alguien: mal agüero. Si el cuervo grazna tres veces: muerte”.
Entre las creencias populares de los rumanos están las siguientes: “si dos cuervos sobrevuelan una aldea y graznan, es una señal segura de que habrá muerte en la aldea (...). Si dos cuervos se encuentran en el techo de una casa, y uno viene del norte y el otro del sur, es una señal segura de la muerte de uno de los habitantes de la casa (...). Si se ven cuervos volando en gran número en una dirección, es una señal segura de plaga o de alguna muerte entre las bestias o los hombres (...). Si se ve un cuervo volando sobre la cabeza de un hombre y continúa haciéndolo durante un tiempo, es una señal de la muerte de ese hombre”.
Entre los antiguos textos del budismo tibetano hay un manual del siglo IX, el Kakajarita (Investigación sobre el graznido de los cuervos), lleno de detalles, pues para interpretar qué significan los graznidos y aleteos de los cuervos, hay que tener muchas variables en cuenta como la hora, el ángulo de observación y el lugar desde donde se los observa. Combinando estos factores los resultados son muy diversos. Por ejemplo: “cuervo en arbusto espinoso: enemigo. Cuervo en el árbol de la leche: arroz para ti. Cuervo en árbol seco: sin comida ni bebida. Cuervo en palacio: excelente lugar de descanso. Cuervo en el diván: el enemigo vendrá. Cuervo frente a la puerta. Peligro en la frontera…”.
“Para los lituanos, el comportamiento de las aves permite predecir cuestiones que van desde la meteorología a la proximidad de la muerte (...). La aparición de esas aves en hábitats humanos generalmente se ha interpretado como una mala señal. Por ejemplo, en el norte de Lituania se creía que si un cuervo grazna cuando se posa en el techo de un negocio, alguien morirá en esas casas (...). Además, se creía que después de la muerte, la gente se convertía en cuervos. Los lituanos creían que el alma de un hechicero o una bruja se convertía en una serpiente de cascabel, y los polacos, que un cuervo era una persona castigada por fratricidio”.
Entre los pueblos que habitan el círculo polar ártico están los nenet, que “saludan a los cuervos cuando se encuentran con ellos y mantienen las prohibiciones relacionados con su matanza (...). El pájaro tiene la potestad de leer el futuro. Por lo tanto, si un cuervo grita ‘kaee kaee’, los invitados deben llegar dentro de tres días. Si llora en forma extraña, como si alguien lo golpeara con un palo, es porque va a pasar algo malo”.
En Corea, “como en muchas culturas, hay controversia sobre si los cuervos traen buena o mala suerte. Ante todo, cabe destacar que los cuervos siempre fueron reconocidos como aves espirituales, destacándose por su capacidad de predecir el futuro (...). Sin embargo, desde una perspectiva negativa, se los considera un ave de mal agüero. Se dice que los cuervos traen epidemias. También que, si el cuervo grazna cuando uno sale de viaje, el trayecto será infausto y habrá mala suerte”.
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Que predecir el futuro sea una virtud que supera por mucho las habituales cualidades de un animal, incluyendo al humano, algunas culturas ven todavía más en el cuervo. Por ejemplo, para los indígenas de Baja California, “el cuervo participa en la creación del mundo”. Lo mismo piensa un pueblo del este de Siberia, los kamchatkas: el Cuervo fue el Creador. Por su parte, para los tsimshian, que habitan entre Alaska y la Columbia Británica, “es el proveedor de la luz solar, del agua dulce, del fuego, de las mareas, el salmón y todo lo demás”. Entre los pueblos del extremo oriente de Rusia, así como entre los pueblos de la costa noroeste de América comprenden el ‘cielo del cuervo’: “en ambas regiones se cree que el cuervo creó la luz, el sol y la luna, la tierra seca y el agua dulce. También que dotó de colores a los pájaros y se lo asocia con la invención de la pesca”.
Yéndonos a las antípodas, el pueblo Taungurong, australian, cree que fue Bundjil, el águila, la creadora de “las montañas, los ríos, la flora, la fauna y las leyes para que los humanos vivieran [...y] le pidió a Wang [el cuervo], que estaba a cargo de los vientos, que abriera sus bolsas y dejara escapar un poco de lo que contenían. El cuervo abrió una bolsa en la que guardaba sus torbellinos y creó un ciclón que arrancó árboles. Bundjil le pidió un viento, más fuerte. El cuervo obedeció y Bundjil y su gente volaron hacia el cielo”.
Y, aunque las menciones a los cuervos en la Biblia no sobrepasan las diez ocasiones, también en la tradición judía los cuervos son ayudantes de Dios, no como dispensadores del viento sino, aún más, proporcionándoles alimentos: “en el libro de los Reyes, Dios, antes de mandar una plaga a unos idólatras, le da instrucciones a Elías de que se vaya a orillas del Jordán que Él le mandará a los cuervos para que le den de comer”.
Igual, en las religiones del sudeste asiático: “los cuervos cumplen un papel ambiguo (...). En algunos casos, son algo así como acompañantes y mensajeros de las deidades; en ocasiones son vistos como benéficos y se los honra”. Sin embargo, esos mismos pueblos, como otros muchos, son ambivalentes con los cuervos y “en otras oportunidades, generalmente más profanas, se los considera aves de mal agüero, pero también plagas que atentan contra las cosechas”.
La visión negativa de los cuervos por parte de los humanos, en muchas culturas proviene de sus hábitos alimenticios. Entre los europeos de la Edad Media, el hábito de comer cadáveres llevó a que los cuervos sean considerados como “ave de mal agüero, que generalmente predice la muerte”. Llevándoles la contraria, ese papel de animal carroñero lleva a los mayas a pensar que el cuervo “limpia el mundo de la presencia de la muerte” y que “dar de comer a los cuervos es (...) dar alimento a las almas de los muertos”.
Hay cuervos que pueden ser humanos y hay humanos que pueden ser cuervos. Varios casos que sirven de ejemplo. En Irlanda “los dioses de la guerra, Morrigna y Badb podían cambiar a su antojo de forma humana a cuervo, graznando presagios espantosos y aterrorizando ejércitos con su presencia”. Entre los serbios “el cuervo mismo puede ser la encarnación de un hechicero o un sacerdote lujurioso”. En Suecia hay una creencia “a propósito de que los cuervos son fantasmas de gente asesinada”. Según Silvia Gaona Moreno, para los mayas el cuervo “es la sombra de un hombre muerto”. Y entre los antiguos germanos “se creía que los cuervos eran las almas de los condenados y que en la noche de Walpurgis, festividad pagana que se celebra entre el 30 de abril y el 1º de mayo, las brujas volaban a las montañas de Harz en forma de cuervos para tener allí su cónclave anual”. Añade Fondebrider que el cuervo “es una de las muchas personificaciones del diablo”.
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En algunos casos, los cuervos no llegan a convertirse en humanos, pero sí a poseer algunas de sus características. Por ejemplo, Aristóteles destaca “la capacidad de los cuervos de imitar otros sonidos, incluido el lenguaje humano”, y en la tradición serbia “se considera que el cuervo es la más sabia de todas las aves y los poemas y cuentos le atribuyen los dones del habla y la profecía”.
Por otra parte, los humanos también pueden llegar a hablar como los cuervos. Papel y lápiz que les voy dictar lo que dice la tradición de Islandia: “Para hablar el idioma de los cuervos, es necesario quitarle a un ave viva el corazón latiente y colocarlo debajo de la lengua de la persona que desea hablar, para que sea capaz de entender el lenguaje de los cuervos así como de hablar con ellos”.
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A lo largo de más de cuatrocientas páginas, Jorge Fondebrider hace un exhaustivo recuento, cultura por cultura, época por época, de la imagen del cuervo entre los humanos de los cinco continentes. Así repasa relatos de la creación, mitologías, recopilaciones de tradición oral, historiadores, en un muy entretenido recorrido que termina más allá, mejor, más acá, de las creencias y nos muestra lo fáctico de las relaciones entre la especie pluminegra y la especie implume, particularmente en el último siglo. Las tres últimas páginas se dedican al tema, y yo termino mi reseña de este excelente libro con la transcripción de fragmentos de ese final:
“Hay todo un prontuario que abarca los últimos siglos sobre el poder destructor de los cuervos. Algunos de los desastres que causaron son, en Zanzíbar, 1917, los cuervos son responsables de la pérdida del 12,5 % de la producción de maíz (...) y el problema es mayor en Somalia y en Egipto, donde no existen programas de erradicación de los cuervos”. Si saltamos a la China, el 25 de febrero de 2002, “una bandada de unos diez mil cuervos descendió sobre la ciudad nororiental de Shenyang donde viven unos veintitrés millones de personas, oscureciendo el cielo diurno, ocupando los balcones de los edificios de departamentos e inundando con excrementos las tiendas y los peatones”. En 2007, los agricultores de Israel colocan en los cultivos unas trampas contra las cornejas y matan a las que capturan. Al mismo tiempo, en Australia, las cornejas atacan los cables de electricidad y producen basuras. En diciembre de 2010 “las ciudades japonesas enfrentan plagas de cuervos” “y no conocen maneras de controlar esa población”. En 2011, en la India, los científicos descubren que los cuervos trasmiten la gripe aviar y otras enfermedades.
Poco antes, en 2006, los diarios publican que la ciudad de Riverton, Wyoming, “se había convertido en el sitio de una gran colonia de cuervos americanos. Las aves llegaban por miles, posiblemente decenas de miles, y pasaban las noches en los árboles que bordean las calles principales, para luego dejar tras de sí una voluminosa lluvia de excrementos cada mañana (...). el alcalde comparó su llegada al anochecer con ‘un cielo negro que se cierne sobre uno’ (...), por la mañana, el jefe de policía se sintió abrumado. ‘Los estamos matando masivamente –dijo– pero no sé si estamos teniendo mucho efecto’ (...). En el relato de esta escaramuza estadounidense moderna se encuentran muchos de los ingredientes de una guerra milenaria entre las personas y los córvidos. En la sensación de invasión colectiva de Riverton, que parecía tanto psicológica como material, se detectan las ansiedades inconscientes que esos pájaros negros pueden inspirar (...). Algunos ataques históricos a los refugios de los cuervos hacen que los acontecimientos de Riverton parezcan un juego de niños. En 1937, un grupo de ‘corvicidas’ texanos bien armados, que utilizaron la detonación simultánea de 180 bombas, en dos noches mataron en la región a setenta mil aves. Un par de años más tarde, las autoridades estatales de Illinois masacraron a trescientos veintiocho mil córvidos utilizando dinamita”. Pasando el Atlántico, se estima que, en Europa, se sacrifican hoy en día tres y medio millones de córvidos por año.
Jorge Fondebrider,
Los cuervos en la historia
Sexto Piso
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