Saltar a contenido
Lunes 4 de mayo de 2026
Foto principal del artículo 'Gozar Leyendo con Cambio: los viajes imaginarios de Wade Davis'

Gozar Leyendo con Cambio: los viajes imaginarios de Wade Davis

'Bajo la superficie de las cosas' es una colección de ensayos, casi todos escritos durante la pandemia. Gran paradoja para un antropólogo viajero como Davis, quien en esos largos meses recorrió el mundo desde los libros y la imaginación ante la imposibilidad del movimiento.

Por: Darío Jaramillo Agudelo

Wade Davis, bajo la superficie de las cosas

0  

Recomiendo, o más que recomendar, receto, los tres libros que me dieron a conocer la obra de Wade Davis (Vancouver, Canadá, 1953): el primero fue El río, una deslumbrante crónica sobre el Amazonas. El segundo, también deslumbrante, es En el silencio, sobre los primeros intentos de alcanzar la cima del Everest. Y el tercero, repito adjetivo, el deslumbrante Magdalena, historias de Colombia, sobre el río que engendra una nación.

Davis es un narrador natural, fluido, descomplicado, un tipo que habla después de haber oído mucho, que tiene sentido del humor, que sabe administrar la temperatura del relato para adherir al lector y centrarlo en el placer del texto. Formado en Harvard como antropólogo y como biólogo, allí mismo doctorado en etnobotánica, Wade Davis actúa en sus escritos bajo una determinada concepción de la antropología y dedica al tema un ensayo incluido en Bajo la superficie de las cosas donde cuenta que “Charles King, profesor de asuntos internacionales de la Universidad de Georgetown comienza su extraordinario libro The reinvention of humanity pidiéndonos que imaginemos el mundo tal como existía en las mentes de nuestros abuelos, quizá de nuestros bisabuelos. La raza, observa, era aceptada como algo dado, como un hecho biológico con linajes que separaban a los blancos de los negros y se remontaban a tiempos inmemoriales. Las diferencias en costumbres y creencias reflejaban diferencias en inteligencia y destino, en las que cada cultura encontraba su lugar en la escala evolutiva que pasaba del salvaje al bárbaro hasta el hombre civilizado de las calles de Londres, con la destreza tecnológica, el gran logro de occidente, como única medida del progreso y el éxito. Se suponía que las características sexuales y de comportamiento eran inamovibles. Los blancos eran inteligentes y trabajadores; los negros, físicamente fuertes pero perezosos, y algunas personas apenas se distinguían de los animales; incluso en 1902 se debatió en el parlamento de Australia si los pueblos aborígenes eran seres humanos. La política era el ámbito de los hombres; las obras de caridad y el hogar, el ámbito de las mujeres. El sufragio femenino en Estados Unidos se aprobó sólo en 1920. Los inmigrantes eran considerados como una amenaza, incluso por aquellos que apenas habían logrado abrirse paso hasta la orilla. Los pobres eran responsables de su propia miseria, aun cuando el ejército inglés reportó que los oficiales reclutados en 1914 eran, en promedio, seis pulgadas más altos que quienes se habían alistado, sencillamente a causa de la nutrición. En cuanto a los ciegos, sordos y mudos, los inválidos, morones, mongoloides y dementes, lo mejor sería encerrarlos, practicarles lobotomías e incluso matarlos para retirarlos del acervo genético (…). Hoy en día, apenas dos generaciones después, se da por sentado que ninguna persona educada compartiría ninguna de estas certezas fallidas. Del mismo modo, aquello que damos por hecho sería inimaginable para quienes defendieron ardientemente convicciones que a los ojos modernos parecen transparentemente equivocadas y moralmente reprobables. Lo anterior suscita una pregunta: ¿qué permitió una transformación tan drástica en nuestra cultura en tan poco tiempo?”.

Y continúa: “el catalizador (…) fue la sabiduría y el genio científico de Franz Boas y de un pequeño grupo de valientes académicos (…). Sí nos parece normal, por ejemplo, que un muchacho irlandés tenga una novia asiática. O que un amigo judío encuentre consuelo en el dharma budista, o que una persona nacida con un cuerpo masculino pueda identificarse a sí misma como mujer, entonces somos hijos de la antropología (…). Boas fue realmente visionario, comprendiendo que cada comunidad social única, definida por su idioma o sus inclinaciones adaptativas, representaba una faceta singular del legado humano y todo su potencial. Cada una era moldeada por su propia historia y contexto. Ninguna existía en un sentido absoluto; cada cultura era únicamente un modelo de la realidad. Creamos nuestros propios ámbitos sociales, diría Boas, determinamos aquello que luego definimos como sentido común, verdades universales, reglas y códigos de comportamiento apropiados. La belleza, en efecto, está en el ojo de quien la contempla. Los modales no hacen al hombre, la gente inventa los modales. La raza es un constructo cultural nacido en el ámbito de las ideas y no derivado de la biología (...). Inspirado por el tiempo que había pasado entre los inuit en la isla de Baffin y posteriormente entre los kwakwaka’wakw en las selvas húmedas del noroeste del Pacífico, [Boas] informó a todos los que quisieran escuchar que los otros pueblos del mundo no era intentos fallidos de ser como ellos, intentos fallidos de ser modernos. Cada cultura era una expresión única de la imaginación y el corazón humano. Cada una era una respuesta única a una pregunta fundamental: ¿qué significa ser humano y estar vivo? Cuando se le hace esta pregunta, la humanidad responde en siete mil idiomas diferentes”.

En fin, Wade Davis precisa la forma como ve el mundo y lo que intenta decirnos: “No hay una jerarquía del progreso en la historia de la cultura, no hay una escalera evolutiva hacia el éxito” y, por lo tanto, “toda cultura realmente tiene algo que decir; cada una merece ser escuchada y ninguna tiene el monopolio de la ruta hacia lo divino”.

1

Viajero impenitente, un buen día, por culpa de la pandemia, Davis se vio obligado a cambiar de vida: “con un inmenso alivio, nos refugiamos [él y su esposa Gail] en nuestra pequeña isla cercana a Vancouver, como niños que se toparon con unas vacaciones de verano que no esperaban. Unas vacaciones que se transformaron en un retiro que se prolongó durante dos años. El tiempo se convirtió en algo nuevo. La vida adoptó un ritmo más lento. El trabajo se convirtió en ocio, con nuevas e inesperadas herramientas que, a corto plazo, fueron realmente liberadoras (...)”.

Fue entonces cuando escribió este libro, Bajo la superficie de las cosas, con un título también debido a una frase de un profesor de la UCLA, Johannes Wilbert, quien alguna vez le dijo a Davis que “la antropología revela lo que se encuentra bajo la superficie de las cosas”. Así, este libro contiene ensayos que fueron escritos “durante el encierro de la pandemia” y “cubren mucho terreno, desde guerra y raza, hasta montañas, plantas, clima, exploración, la promesa de la juventud y la esencia de lo sagrado. Están vinculados menos por tema que por circunstancia. Todos se dieron durante aquellos meses sin prisa, cuando alguien que viajaba incesantemente se vio obligado a quedarse quieto”.

2

A pesar de que Wade Davis dice, con modestia, que los ensayos-crónicas de este libro son piezas separadas unas de otras, como lector, a lo mejor despistado, en todo caso gozoso, pienso que sí hay una articulación de temas entre los que se cuentan varios ensayos que se refieren a la historia de los imperios de los dos últimos siglos del pasado milenio, Gran Bretaña y Estados Unidos: “ningún imperio perdura en el tiempo, aunque pocos pueden anticipar su caída. Todo reino nace para morir. El siglo XV fue de Portugal, el XVI de España, el XVII de Holanda. Francia dominó el siglo XVIII y Gran Bretaña el XIX. Desangrados y en bancarrota por la Gran Guerra, los británicos lograron mantener una apariencia de dominio hasta 1935, cuando el Imperio alcanzó su máxima extensión geográfica. Para entonces, por supuesto, la antorcha ya había pasado a Estados Unidos”.

Hay una primera característica de los imperialistas y es su arrogancia. Si ignoran algo, cuando lo aprenden, creen que el asunto comienza con su descubrimiento. Como se ve en los ‘descubrimientos’ geográficos. En verdad, dice Davis, en el ensayo El arte de explorar, “los verdaderos y originales exploradores, hombres y mujeres que en realidad fueron a lugares donde ningún ser humano había llegado antes, fueron aquellos que partieron por primera vez de África, desencadenando oleadas de descubrimientos cuando ellos y sus descendientes colonizaron la totalidad del mundo habitable, una hazaña que se realizó cabalmente cerca de 14.000 años atrás”.

Davis muestra algunos casos de descubridores que no descubrieron. Como Jacques Cartier, que ‘descubrió’ el río San Lorenzo en 1534 “a pesar de que, en ese momento, el valle estaba claramente habitado”. O el caso de Francisco de Orellana, que pasa por ser “el primero en viajar a lo largo del Amazonas”, una cuenca que para entonces estaba habitada por unas diez millones de personas. En el siglo XX está el caso –entre patético y ridículo– de Hiram Bingham, que “alcanzó súbitamente fama internacional y un lugar en el senado de Estados Unidos por su ‘descubrimiento’ de Machu Picchu”.

Sin cambiar de tema, Davis concluye: “en el siglo V a. C, el historiador griego Heródoto recorrió la longitud del mundo conocido. Cuando regresó a Grecia, contó una historia de la corte persa, una mañana en la que el emperador Darío reunió a representantes de dos de sus pueblos vasallos, uno cuya cultura cremaba a los muertos, otro que supuestamente se comía a sus muertos. Darío le preguntó a cada uno si consideraría emular los ritos funerarios del otro. Ambos manifestaron horror de solo pensarlo. Heródoto concluyó de este relato algo evidente: toda cultura prefiere sus propias tradiciones y desdeña las de los otros. Cinco siglos antes de Cristo, este astuto observador pudo discernir el rasgo que, más que cualquier otro, ha atormentado a la humanidad desde los albores de la conciencia: la miopía cultural, la idea de que nuestra manera de hacer las cosas es la correcta y que todas las demás son intentos fallidos de ser como nosotros, aun sin saberlo”.
En otro ensayo (precioso, por no decir deslumbrante), titulado Madre India, Davis aterriza ese idea sobre los falsos descubrimientos con el caso, patético, de una Inglaterra que proclamaba que había llevado la civilización a la India, válgame Dios. Antes de disparar, Davis cuenta qué significa la India: “Se dice a menudo que India es más un estado mental que un estado nacional, una civilización que ha perdurado durante miles de años más como un imperio de ideas que de límites territoriales (...). Gracias a la India contamos del cero al diez y utilizamos un sistema decimal, sin el cual nuestra época moderna apenas sería posible. Los indios fueron los primeros en hilar y tejer algodón, apostar con dados y domesticar pollos, elefantes y mangos. Nos enseñaron a creer en la coexistencia de las contradicciones y, mejor aún, a pararnos en la cabeza para tener una buena salud”.

Pero, ¿quiénes son ellos? “¿Qué significa realmente el nombre India?”, preguntó sir John Strachey durante una conferencia en la Universidad de Cambridge en 1888. “No existe tal país y este es el primer hecho, quizá el más esencial, que debemos aprender sobre la India. India es un nombre que damos a una gran región… no existe un término indio general que le corresponda… En la India jamás destruimos un gobierno nacional, tampoco se ha herido un sentimiento nacional, no se ha humillado ningún orgullo nacional; y esto no fue a conciencia ni es nuestro mérito, lo que pasa es que el concepto de nacionalidad india nunca ha existido”.

Así las cosas, ¿en qué consistió el imperio del Reino Unido sobre la India? “El dominio británico de India fue en gran parte un engaño, un artilugio imperial. Un grupo de apenas 1.300 hombres del Servicio Civil Indio, ninguno de ellos indio, gobernaba una quinta parte de la humanidad entera (...) en gran parte del subcontinente, la autoridad británica residía en un único oficial del distrito, que pasaba cada día a caballo, moviéndose de pueblo en pueblo, manteniendo el control de miles de kilómetros cuadrados, con poblaciones hasta de decenas de miles. La presencia británica en la India dependía en gran medida de la presunción de poder, la cual era reforzada diariamente mediante miles de actos de dominación e imposición cuyo propósito era inculcar en el pueblo indio un sentimiento de inferioridad inherente (...). Al reclamar a la India como creación propia, los ingleses revelaron, entre otras muchas cosas, cuánto les costaba mirar el mundo a través de un lente diferente al suyo. Implacablemente dedicados a su misión de superioridad moral, acostumbrados a desdeñar el hinduismo como idolatría y superstición (...), les costaba entender que India existe y siempre ha existido como una tierra unida por la resonancia espiritual, los vínculos de la fe y las costumbres religiosas”.

El final del imperio británico es patético. Fue la Primera Guerra Mundial, una guerra tan cruel que no tuvo ganador. Todos fueron perdedores. El que se supone que la ganó, el arrogante Imperio Británico fue el primer perdedor. Se acabaron como imperio y tardaron en darse cuenta, parece una ley: la agonía de los imperios tarda muchos años y es casi imperceptible; mientras dura esa decadencia los ciudadanos de la metrópoli ni se dan cuenta de que están en la olla.

Como todas, pero más que todas, la primera guerra mundial fue espantosa: Davis destaca “dos de los aspectos predominantes de la vida en el frente: el sonido y el olor, el ruido aplastante de los bombardeos prolongados y el constante hedor en las trincheras, una combinación nefasta de sudor, miedo, sangre, cordita, excrementos, vómito y putrefacción (...). Un suboficial del 22º regimiento de Manchester que sobrevivió a la batalla de Somme recordó más tarde: ‘El ruido era diferente a cualquier cosa que jamás hubiera escuchado, no solo en volumen, sino en calidad… Nos rodeaba. Parecía como si el aire mismo estuviera agonizando. De repente se volvía agudo y estallaba en quejidos lastimeros, temblaba en golpes violentos, azotado por látigos naturales, y vibraba con un aleteo gigantesco. Y este caos sobrenatural no se movía en ninguna dirección en particular. No comenzaba, no se calmaba, simplemente estaba ahí, flotando en el aire, una imagen sonora inmóvil, una condición de la atmósfera, no una creación humana’”.

Sobre la batalla de Somme, “un soldado canadiense escribió: ‘sentía como si todo el cuerpo estuviera en una danza demente y macabra…, que si levantaba un dedo, tocaría un techo de sonido, como si el ruido fuera sólido’. Se dispararon treinta millones de proyectiles, 600.000 alemanes resultaron heridos o muertos, y después de cuatro meses, el campo de batalla, unas pocas docenas de kilómetros cuadrados, estaba cubierto de capas sobre capas de cadáveres, amontonados de a tres o cuatro, cuerpos hinchados, huesos saliendo al azar del suelo, con las caras negras por las moscas”.

“Que la guerra hubiera destruido la prosperidad de un siglo de progreso no fue inmediatamente evidente para el ciudadano común que aún seguía marchando al ritmo de la tradición. Que hubiera engendrado el nihilismo y la alienación de un nuevo siglo era un pensamiento imposible de anticipar”.

“La victoria, de hecho, había dejado a Gran Bretaña en bancarrota. Antes de la guerra, el costo total de funcionamiento del Imperio Británico era aproximadamente de 500.000 libras esterlinas por día. La guerra costó cinco millones de libras esterlinas al día. Los solos impuestos de sucesión provocaron tales agonías financieras que, entre 1918 y 1921, una cuarta parte de toda la tierra inglesa cambió de manos. Nada parecido había pasado en Gran Bretaña desde la conquista de los normandos”.

Con el orgullo herido y los bolsillos rotos, después del ‘triunfo’ en la primera guerra, los ingleses buscaban causas que trasmitieran el mensaje de que seguían mandando en el mundo. “Los sueños de remontar el Everest se remontan a 1893” y “Gran Bretaña estaba profundamente involucrada en la carrera por alcanzar los polos norte y sur, una competencia que la nación eventualmente perdería”.
Al final estas conquistas sólo serían la patética constancia de su fracaso y de su decadencia: “La Inglaterra de 1938 ya no era un país de grandes gestos imperiales. Después de una década de absoluto silencio (…). La guerra que pondría fin a todas las guerras no había terminado con nada, salvo la certeza, la confianza y la esperanza. La Gran Depresión trajo tanta miseria que incluso quienes tenían una seguridad financiera cuestionaban la legitimidad de organizar costosas expediciones de montañismo, vistas cada vez más como un deporte que invariablemente terminaba en fracaso. Si alcanzar la cumbre del Everest había sido en algún momento un símbolo de redención imperial, el registro de seis intentos fallidos era un recordatorio de la impotencia nacional”.

3

Mientras la decadencia británica se hacía cada vez más visible, iba surgiendo la potencia que vendría a apoderarse de la cabeza del imperialismo: “una vez terminada la guerra [1945], con Japón y Europa reducidos a cenizas, Estados Unidos, con apenas el 6 por ciento de la población mundial, representaba la mitad de la economía global”.

No ha habido un imperialismo más militar que el norteamericano: “Estados Unidos, que antes de la Segunda Guerra Mundial casi no tenía ejército, nunca se desarmó después de la victoria. Hasta la fecha, tropas estadounidenses han sido desplegadas en 150 países. Desde la década de 1970. China no ha tenido una sola guerra; Estados Unidos no ha tenido ni un día de paz. El presidente Jimmy Carter observó recientemente que, en sus 242 años de historia, Estados Unidos solo ha disfrutado dieciséis años de paz, haciendo de este país, como él señaló, ‘la nación más guerrera en la historia del mundo’”.

Ante todo, pues, Estados Unidos es un gran ejército y no una sociedad sino un conjunto de individuos con el sueño de hacer dinero. Davis destaca el rasgo individualista de ese país: “Más que ninguna otra nación, los Estados Unidos de la posguerra enalteció al individuo por encima de la familia y la comunidad”. La codicia es su denominador común: “El 1% que conforma la élite de Estados Unidos posee alrededor de 30 billones de dólares en propiedades, mientras la mitad inferior tiene más deudas que patrimonio. Los tres estadounidenses más ricos tienen más dinero que 160 millones de sus compatriotas más pobres. Una quinta parte de los hogares estadounidenses tienen un patrimonio neto cero o negativo, cifra que asciende al 37% para las familias afroamericanas. La riqueza promedio de los hogares afroamericanos es una décima parte de la de los blancos (...). Aunque viven en una nación que se considera a sí misma como la más rica de la historia, la gran mayoría de los estadounidenses viven en la cuerda floja, sin red de seguridad que los proteja”.

Para convertirse en la gran potencia que ha sido en los últimos decenios, la sociedad norteamericana venía ya dotada desde antes de una gran práctica en eso de considerarse superiores. El blanco norteamericano es el centro de esa sociedad y actúa como un ser superior sobre indios y negros y, partiendo de allí, su superioridad se extiende a mirar por encima del hombro todo aquel que no sea como él. En el ensayo titulado Esto es Estados Unidos, Wade Davis hace un resumen de la historia de ese país en clave de racismo.

Desde el origen, el rasgo distintivo de Estados Unidos es el racismo, comenzando por los padres fundadores; para empezar, Thomas Jefferson, a quien sus solemnes y políticamente correctas declaraciones no le impidieron “hipotecar a 140 de sus propios esclavos a un banco holandés para asegurar fondos destinados a construir su suntuosa casa en Monticello (…). James Madison, quien redactó la constitución, se quejó de que para comprar una colección de libros esencial para su investigación, se había visto obligado a vender a un esclavo que había sido de su propiedad desde que el propio Madison era un niño. (…). Cuando Abraham Lincoln, en 1861, invocó a los ángeles y llamó a la compasión y a la bondad, aseguró a sus compatriotas que no estaba inclinado a interferir con la esclavitud en los estados del sur, y tenía toda la intención de hacer cumplir la ley sobre esclavos fugitivos de 1850, según la cual cualquier esclavo fugitivo , capturado en cualquier estado de la Unión, sería regresado a la fuerza al cautiverio”, anota Davis.

En 1619 llegaron de África los primeros negros encadenados a Virginia. “Los puritanos de Massachusetts, los holandeses de Nueva York, los cuáqueros de Pensilvania, todos explotaron el trabajo de los esclavos. En los primeros años del siglo XVIII, la mitad de los hogares en Nueva York tenían esclavos; para 1776, representaban ya un cuarto de la población. El muro original por el que recibió el nombre Wall Street fue construido por los esclavos para cerrar el lugar donde se realizaban las subastas en que los vendían (…). En 1738, en Filadelfia, Benjamin Franklin publicó uno de los primeros libros que arremetían contra los males del comercio [de personas]; en ese momento, él mismo era propietario de tres esclavos”.

“Con la libertad e independencia de Estados Unidos, la población esclavizada se disparó, pues este oscuro comercio prosperó como nunca: más de un millón de africanos llegaron durante la primera década de vida de la joven nación, la importación más grande en la historia de la trata de esclavos”.

%%imagen%%1

Sin embargo, el racismo de los blancos norteamericanos no era exclusivamente contra los negros. Por ejemplo, “Andrew Jackson (…) sabía cómo matar indígenas. Y ese era su objetivo: deshacerse de ellos en todo el suroriente estadounidense. Sus campañas contra las tribus seminolas, chickasaw y creek fueron poco más que masacres. Uno de los primeros actos como presidente fue impulsar la ley de remoción de los indios de 1830, que condenó a sesenta mil hombres, mujeres y niños al Sendero de las Lágrimas, una marcha de la muerte que obligó a los sobrevivientes a caminar hacia el oeste, hasta los campos de asentamiento más allá del Misisipi. Las tribus se vieron obligadas a abandonar millones de hectáreas de tierras tradicionales que fueron usurpadas por el gobierno, solo para venderlas a menor precio a especuladores, colonos y esclavistas”.

La actividad económica más próspera durante buena parte del siglo XIX fue el algodón, explotado, eso sí, por mano de obra esclava. Cuenta Wade Davis que “a medida que los bosques caían, las plantaciones se extendían y las utilidades del algodón se disparaban. En 1831 el país cosechó 159 millones de kilos, la mitad de la producción mundial; cuatro años más tarde la cifra ascendió a 227 millones de kilos. El valor de un joven vendido en una subasta en Nueva Orleans se triplicó en cincuenta años, hasta llegar a 1.600 dólares, aproximadamente 50.000 dólares hoy en día. Cada año, a medida que las plantaciones se hacían más eficientes y sistematizadas, aumentaba la demanda de fuerza de trabajo. En 1862, un trabajador recogía cuatro veces más algodón en un día que su predecesor en 1800. Los castigos reflejaban las fluctuaciones del precio en los mercados globales. La clave era el látigo. Un esclavo que terminaba el día con cinco libras menos de su cuota, sentía el déficit en su espalda –cinco latigazos para compensar la producción perdida–. Era una economía basada en la tortura”.

Y no había un doble discurso. La esclavitud se aceptaba como algo natural. Así lo declaró la corte suprema: “La sentencia sobre Dred Scott de 1857, redactada por el presidente de la Corte Suprema, Roger Taney, determinó que el Congreso no podía limitar la expansión de la esclavitud en ningún estado, basado en que los padres fundadores que habían redactado la constitución obviamente consideraban a los africanos como ‘seres de un orden inferior y por completo inadecuados para asociarse con la raza blanca, ya sea en relaciones sociales o políticas, y tan inferiores que no tenían derechos que el hombre blanco estuviera obligado a respetar’”. Por su parte, “Jefferson Davis declaró: ‘la condición de la esclavitud es entre nosotros nada más que una forma de gobierno civil para una clase de gente que no es apta para gobernarse a sí misma’ (...)”.

Al ganar el norte y terminarse la esclavitud, no por eso se acabó la discriminación: “Al haber perdido la guerra, el Sur podría ganar la paz, incluso vengando su propia humillación al condenar a los afroamericanos a los márgenes de la vida estadounidense. En 1881, Tennessee insistió en que los negros se sentaran aparte de los blancos en los vagones de tren; una década más tarde, Georgia extendió la ley para incluir cualquier medio de transporte. Las oficinas postales y los bancos pronto dispusieron de ventanas separadas; los parques, fuentes de agua y columpios separados; los tribunales, biblias, separadas. Las ciudades aprobaron leyes de zonificación que excluían a los negros de vecindarios enteros. Los pequeños negocios obtuvieron el derecho a negar el servicio a gente de color. En Alabama que un niño negro jugara ajedrez con un niño blanco en un parque público se convirtió en un delito”.

“En 1913, el mismo año en que Woodrow Wilson impuso la segregación en todos los departamentos del gobierno federal, viajó a Gettysburg para conmemorar el quincuagésimo aniversario de la batalla que, más que ninguna otra, había determinado el resultado de la guerra civil (…). En la ceremonia se percibía un espíritu de reconciliación y un cómodo consenso de que la guerra había sido una lucha por el destino de la nación, los derechos de los estados contra el poder del gobierno federal (…). No se habló de esclavitud, ni se invitó a un solo veterano negro a la ceremonia”.

“La humillación no conocía límites. Cuando terminó la guerra [1945], los hombres negros que habían luchado y habían visto morir a sus hermanos fueron excluidos de la Legión Americana y de la ley que concedía a todo veterano blanco una educación universitaria gratuita. En 1946, un veterano fue linchado en Georgia; un año después, otro en Luisiana”.

“En 1989, cuando cinco jóvenes de color fueron acusados de violar a una mujer en Central Park, Trump publicó anuncios de página completa en los tabloides de Nueva York pidiendo su ejecución. Luego de doce años, nuevas evidencias demostraron su inocencia. Los tribunales les concedieron 41 millones de dólares en compensación por su falsa condena que, según los demandantes, había sido poco más que ‘una conspiración racialmente motivada’. Trump recurrió de nuevo a los diarios, insistiendo, sin ninguna prueba, en que los cinco jóvenes de Central Park seguían siendo culpables. Publicó sus nombres, números de teléfono y direcciones, como invitando a la violencia de masas. Abogados cercanos al caso compararon las acciones de Trump como un llamado al linchamiento”.

“Los cuatro años oscuros de la [primera] presidencia de Trump no fueron anómalos, fueron consistentes con todo lo que ha ocurrido durante una larga historia. La ira, el odio racial, el chivo expiatorio, la violencia, el delirio y el engaño, la retórica y el matoneo, debilidades evidentemente expuestas y llenas de contradicciones es como si nada se hubiera aprendido, nada se hubiera resuelto: la división estructural entre negros y blancos sigue siendo tan grande como el abismo que separa los mitos fundacionales de una nación y su realidad”.

4

Un ejército se justifica a sí mismo señalando los enemigos que combate. Si no hay enemigos, la existencia misma del ejército se pone en cuestión. Pero si un estado es sólo el ejército, la inexistencia de enemigos socava también al estado mismo. Por esa razón, parte del oficio de los presidentes norteamericanos ha sido el diseño de sus enemigos. “La guerra contra las drogas comenzó en 1971, cuando Richard Nixon se aprovechó del miedo y lo transformó en un movimiento político. Poco preocupado por el consumo de las drogas, como su asesor de política interna más cercano, John Ehrlichman, reconocería después, Nixon fabricó la crisis como una estrategia política para estimular a sus votantes antes de la campaña de reelección de 1972. En esa época, la mayoría de los estadounidenses jamás había oído hablar de la cocaína. El tráfico ilícito, tal y como ocurría entonces, estaba en manos de viajeros independientes: jóvenes que deambulaban por Colombia, El Salvador y Perú, atraídos por la buena vida, la cual financiaban introduciendo a los Estados Unidos pequeños paquetes de cocaína, ocultos en sus equipajes o camuflados de manera incómoda en diferentes orificios corporales. Hoy, cincuenta años después, se produce y se trafica más cocaína que nunca antes. Gracias a la prohibición, Estados Unidos es el único país desarrollado en tener más ciudadanos con antecedentes penales que con títulos universitarios (...). La guerra contra las drogas jamás terminará, ya que ganar no está entre los intereses de ningún bando”.

“La guerra contra las drogas no solo ha sido un fracaso grotesco, también ha mancillado el nombre de una de las plantas más beneficiosas conocidas por la ciencia botánica y nos ha privado de la posibilidad de recurrir a ella (...) en su libro clásico La marcha de la locura, Bárbara Tuchman definió la locura como las acciones de líderes políticos que, pese a conocer todos los hechos, adoptan políticas contrarias a los mejores intereses de su gente y sus naciones. Bajo cualquier criterio objetivo, la guerra contra las drogas ha sido la cruzada más desacertada en la historia de las políticas públicas, salvo tal vez por las Cruzadas mismas, y todos sabemos cómo terminó aquello. No obstante, la guerra contra las drogas continúa, mes a mes, década tras década, sin que nadie se haga responsable de sus fracasos y sin ningún final a la vista”.
“En cuanto los médicos y los políticos llegaron a considerar que la cocaína y la morfina eran igual de peligrosas, la coca comenzó a asociarse con el opio, y al público se le hizo creer que los efectos catastróficos del consumo habitual de este último, invariablemente, le deparaban a aquellos que mascaban hojas de coca con regularidad. De esta manera, un estimulante suave que había sido usado durante por lo menos cinco mil años antes de que los europeos descubrieran la cocaína, llegó a ser visto como una droga adictiva. Pero la coca no es la cocaína, y equiparar la hoja de coca con el alcaloide puro es tan insensato como sugerir que la exquisita carne de melocotón es equivalente al cianuro de hidrógeno presente en su semilla. No obstante, durante casi un siglo, esta ha sido precisamente la posición legal y política de los gobiernos y las organizaciones internacionales en todo el mundo”.

En 1983 la U. de Harvard contrató al profesor Schultes para que hiciera una investigación sobre la hoja de coca. También participaron Timothy Plowman, Andrew Weil y el propio Wade Davis. “Plowman y Weil, en colaboración con Jim Duke, de la USDA, examinaron quince nutrientes hallados en las hojas, comparando su concentración con la de los mismos nutrientes cincuenta tipos de alimentos comunes en Latinoamérica: la coca superaba el promedio de calorías, proteínas, carbohidratos y varios minerales. El estudio también reveló que las hojas de coca contenían una gran cantidad de vitaminas, más calcio que cualquier otra planta cultivada –lo cual resultaba especialmente útil para las comunidades andinas, que por lo general carecían de productos lácteos– y enzimas que potenciaban la capacidad del organismo para digerir carbohidratos a gran altitud, un complemento ideal para una dieta a base de papa. Para la decepción y el horror de algunos de nuestros patrocinadores en el gobierno de Estados Unidos, los resultados confirmaron que la coca, consumida a la manera de los pueblos indígenas, sirve como estimulante suave y benigno que beneficia la salud y es altamente nutritivo, sin ninguna evidencia de toxicidad o adicción”.

“Como médico, Weil procedió a reportar que la coca ayuda al bienestar, facilita la digestión y, de manera comprobada, cura los síntomas del mal de altura o soroche. Sus estudios indican que la coca puede ser útil para el tratamiento de reumatismo, la disentería, las úlceras estomacales y las náuseas, además de tener un efecto positivo en la respiración y la capacidad de limpiar la sangre de metabolismos tóxicos, particularmente el ácido úrico. El uso cotidiano de la hoja despeja la mente, mejora el ánimo y tonifica y fortalece el tracto digestivo, lo cual favorece la asimilación de alimentos, a la vez que promueve la longevidad. Citando una leyenda andina popular, Weil concluía que la coca, en efecto, era un regalo del cielo, una hoja sagrada que solo podía mejorar la vida de todas las personas en todos los lugares del planeta”.
De modo que “para los pueblos de Los Andes, no tener coca es una forma de muerte social y espiritual, una excomunión de la existencia misma. Todas las medidas diseñadas para negarles el acceso a las hojas a los runa kuna, como las erradicaciones de los cultivos tradicionales, no son análogas a la prohibición, por ejemplo, de la cerveza en Alemania, del café en Oriente Medio o de la masticación del buyo en la India. Son políticas de genocidio cultural”.

Al respecto, Davis concluye que “habiendo soportado las consecuencias del tráfico ilícito durante tantos años, quizás sea el momento de que Colombia reclame el legado que le usurparon, celebrando la coca como lo que realmente es, lo que los incas sabían que era. Comercializada a modo de té, o tal vez como chicle para aquellos que les atraen las hojas secas o pulverizadas, la planta sagrada podría ser el mayor regalo de Colombia para el mundo, e incluso llegar a superar el éxito comercial del café, por la simple razón de ser un mejor producto”.

5

Para Wade Davis, la peste de Covid-19 es un punto de inflexión en la historia por “el impacto absolutamente devastador que la pandemia ha tenido en la reputación y el prestigio internacional de los Estados Unidos de América”. Así lo manifiesta en El desenlace del sueño americano, ensayo incluido en Bajo la superficie de las cosas que se publicó originalmente en Rolling Stone en agosto de 2020 con un eco impresionante: tuvo cinco millones de lectores en el primer mes y medio de editado “y generado 362 millones de impresiones en las redes sociales”, de modo que tenemos entre manos un texto que realmente sacudió la opinión.

Con motivo de la pandemia del Covid, “por primerea vez, la comunidad internacional se sintió obligada a enviar ayuda humanitaria a Washington. Según informó el Irish Times, ‘Estados Unidos ha provocado un espectro amplio de sentimientos en el resto del mundo: amor u odio, miedo y esperanza, envidia y desprecio, rabia y asombro. Pero hay una emoción que nunca, hasta ahora, se había dirigido hacia Estados Unidos: lástima’. Mientras médicos y enfermeras estadounidenses esperaban ansiosamente la llegada de aviones con suministros básicos venidos de China, el péndulo de la historia señaló el comienzo del siglo asiático”.

“El Covid-19 no dejó a Estados Unidos en la ruina; simplemente reveló lo que desde hace mucho tiempo había sido abandonado. A medida que se desarrollaba la crisis, con otro estadounidense muriendo cada minuto de cada día, un país que alguna vez producía aviones por hora, no podía lograr producir las máscaras de papel o hisopos de algodón esenciales para rastrear la enfermedad. La nación que venció la viruela y el polio y lideró el mundo durante generaciones en innovación y descubrimiento médico se redujo a ser motivo de risa cuando un presidente bufón abogaba por el uso de desinfectantes domésticos como tratamiento para una enfermedad que intelectualmente ni siquiera podía comenzar a comprender (...). Con menos del 5% de la población mundial, Estados Unidos reportó una cuarta parte de las muertes por coronavirus. El porcentaje de estadounidenses víctimas de la enfermedad fue seis veces el promedio mundial”.

Davis no se guarda su diagnóstico: “la república que definió el flujo de información como la sangre vital de la democracia hoy ocupa el cuadragésimo quinto lugar entre las naciones en cuanto a libertad de prensa. En una tierra que alguna vez dio la bienvenida a las masas apiñadas del mundo, hoy más personas prefieren construir un muro a lo largo de la frontera sur que apoyar la atención médica y la protección para las madres e hijos indocumentados que llegan desesperados a sus puertas. En un completo abandono del bien colectivo, las leyes de Estados Unidos definen la libertad como un derecho inalienable del individuo a poseer un arsenal personal de armas, un derecho natural que supera incluso la seguridad de los niños. Solo en la última década, 346 estudiantes y maestros estadounidenses han sido baleados en los terrenos escolares”.

Y concluye así: “El culto estadounidense al individuo niega no solo la comunidad, sino la idea misma de sociedad. Nadie le debe nada a nadie. Todos deben estar dispuestos a luchar por todo: educación, vivienda, comida, atención médica. Lo que toda democracia próspera y exitosa considera derechos fundamentales, como lo son la atención médica universal, el acceso igualitario a una educación pública de calidad, una red de seguridad social para los ancianos y enfermos, Estados Unidos lo desecha como indulgencias socialistas, como si fueran signos de debilidad”.

Y el consuelo que insinúa viene junto con el más negro de los humores: “si llega o cuando llegue el ascenso de China, con sus campos de concentración para los uigures, el despiadado poder de su ejército, los 200 millones de cámaras de vigilancia observando cada gesto o movimiento de su pueblo, seguramente añoraremos los mejores años del siglo estadounidense”.

6

Libro apasionante y con observaciones duras, no me extiendo como debiera con otros ensayos de este volumen, tan reveladores como los que he resumido.

Wade Davis
Bajo la superficie de las cosas
Crítica

%%imagen%%2

Tienda en línea

Recomendado de la quincena: Kaaliawiri, el árbol de la vida de Francisco Ortiz

%%imagen%%3.

Finalización del artículo