Still de Las Locuras. Cortesía: Prensa de Netflix.
Seis historias que se entremezclan bajo una premisa común: mujeres que explotan y lo rompen todo. 'Las locuras', la nueva película de Rodrigo García Barcha, postula a la locura femenina como un eufemismo para expresar sensibilidad, subversión, intimidad, dolor y coraje.
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Para su última película, estrenada por Netflix, Rodrigo García Barcha entró en el laberinto de explorar la locura a partir de seis historias –conectadas entre sí– de mujeres que explotan ante situaciones límite. La apuesta podía salir muy mal: el director blanco y privilegiado que hurga el piso tembloroso de la locura femenina desde la cámara entorpecida del patriarcado.
Pero no es el caso. El laberinto narrativo de Las locuras se construye soportado en un guion brillante y sutil que escapa a las frivolidades, la caricaturización y los atajos. Las historias orbitan en torno a Renata, financiera de treinta años que atraviesa un brote psicótico y que está bajo arresto domiciliario en la casa de su padre, como un animal rabioso que escupe babaza… y verdades. Encarnada por la actriz Cassandra Ciangherottie, la protagonista es de principio a fin un tornado de verborrea que oscila entre la grandilocuencia, las preguntas ontológicas, el delirio y la honestidad brutal.
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Si bien es cierto que la decisión de hacer de la locura un amuleto para acercarse a la verdad es una estrategia narrativa tan vieja como el arte mismo, la puesta en escena de Ciangherotti –desfasada, feroz, burbujeante y libidinal–, se mete sin pedir permiso y rompiendo las puertas en el sistema nervioso del espectador. Que no tiene de otra que preguntarse, como se lo preguntó Ciangherotti en el Festival de Cine de Morelia en donde se proyectó la película, sobre la patología de mantenerse cuerdo y funcional en un mundo profundamente enfermo.
Ese mundo es el que retrata y matiza García Barcha, como si pintara un mural, con humor negro y también con dulzura, en las cinco historias que se desprenden –entrelazan y retuercen– a partir de la crisis de Renata. Las locuras es también una semblanza de la Ciudad de México en la que colisionan sus extremos y se sacan al sol los trapos sucios de Latinoamérica: la violencia omnipotente y omnipresente contra las mujeres –y entre ellas–; el rencor como la salpimienta de los vínculos y los banquetes familiares; la vocación de pecar y rezar para empatar y de contar con Dios como un juez corrupto y pusilánime; el temor hacia la biología del cuerpo femenino y el pasmo ante su emocionalidad, que disloca la farsa de racionalidad y templanza en la que se regodea el sistema.
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La apuesta de García Barcha de abrirse a las cicatrices y la furia de las mujeres para darles paso a sus inquietudes, temeraria en estos tiempos en los que salirse de uno mismo es sinónimo de apropiación y aprovechamiento, termina por ser una antología en la que la explosión femenina, lejos de una denuncia reduccionista de histeria, hormonas y desequilibrio, es apertura, transformación y subversión ante una realidad que se devora a sí mismo bajo la promesa de equilibrio y contención.
En Las locuras la locura terminan siendo un eufemismo para referirse a la pulsión vital de romperlo todo, que sin caer en el maniqueísmo de orden y caos, deja abierta la pregunta sobre la urgencia, en estos tiempos, de dejarse corroer por la sensibilidad, el dolor, la intimidad y la apertura de la locura con la que (estas) mujeres responden a la asfixia, la violencia, el hartazgo y la injusticia.
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