Claustro de San Ignacio visto arriba en la actualidad. Créditos: cortesía Comfama.
CAMBIO visitó el centro de Medellín para recorrer, con asombro, el Claustro de San Ignacio: 12.000 metros cuadrados de historia que además de presentarle al público los vestigios mejor conservados del primer acueducto de la ciudad, se ha convertido en un centro cultural que recibe a millones de visitantes y donde se han formado más de 86.000 personas.
El director de Comfama, David Escobar Arango, dice que la intervención y repotenciamiento del Claustro San Ignacio, uno de los órganos vitales del primer complejo arquitectónico construido en Medellín, tuvo un espíritu borgiano.
Se propusieron que entrar al edificio fuera sinónimo de salir a un oasis que contenga y propicie lo esencial del ser humano: arte, diseño, arquitectura, historia, gastronomía, música, literatura, teatro, cine, ajedrez. Un centro cultural en su acepción más democrática y elevada que logra ser una extensión del espacio público y un paréntesis de reflexión, encuentro y creatividad para todas las edades en el corazón del convulso y estigmatizado centro de Medellín. Entrar para salir.
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Siguiendo con la metáfora borgiana, es justo decir que recorrer sus más de 12.000 metros cuadrados es abrirse a la experiencia de uno de esos rincones milagrosos en los que pensó el memorioso escritor argentino al escribir el Aleph. El claustro es un edificio que está vivo, lleno de cicatrices, estilos y materiales yuxtapuestos –barro cocido, piedra limolita, ladrillo, concreto, madera, vidrio–, secretos y tesoros que respiran por debajo de los siglos y de las múltiples remodelaciones y usos que lo han signado desde 1803, cuando se inició su construcción.
Fue la primera institución educativa de Medellín, albergó la primera obra de teatro de la ciudad, fue convento franciscano, colegio jesuita, estación de policía, cuartel militar, mirador astronómico y hasta cárcel. Desde que se puso su primera piedra, 222 años atrás, como se lee en el “Informe histórico” de Comfama, la caja de compensación que lo administra desde el 2007, ha sido atravesado por “las vicisitudes de la lucha por la independencia, los conflictos inherentes a la conformación de la nación colombiana y las incesantes guerras civiles que sacudieron al país hasta la Guerra de los Mil Días. Todos esos acontecimientos, de los cuales alumnos, maestro y directivos fueron decididos partidarios de uno y otro bando, pusieron al edificio en el centro de los acontecimientos, como lugar de debate o confrontación, en una dinámica que se juega de manera alternativa entre los libros y los fusiles”.
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Libros, fusiles y hallazgos arqueológicos que hacen del Claustro un testigo privilegiado de la historia de Medellín desde La Colonia hasta el siglo del imperio del reggaetón y la Inteligencia Artificial.
Revelación fortuita: el feliz accidente arqueológico que descubrió vestigios del primer acueducto de Medellín
El diseño inicial de la restauración del patio central del claustro buscaba que este se convirtiera –preservando el hermoso guayacán que se yergue en su centro como protagonista– en una zona verde y de encuentro. Los planes cambiaron y lo transformaron en una sala de exposición al aire abierto cuando en las primeras excavaciones se descubrieron piezas en piedra limonita, tabletas de barro, fundaciones y acequias del primer acueducto de la ciudad. El hallazgo implicó el trabajo de un equipo de arqueólogos, arquitectos y equipos técnicos que desde abril de 2023 hasta septiembre de 2024 llevaron a cabo, con rigor y arte quirúrgico, la excavación, el levantamiento, la conservación y restauración del tesoro; que dos siglos después reposan a la vista de todos como una huella invaluable que ha logrado burlar los vejámenes del tiempo.
“Si bien el edificio ha pasado por muchas remodelaciones en el pasado y se han venido abajo ciertas cosas, hay otras muchas que sí se han conservado. Uno de los retos principales de la restauración fue honrar el compromiso que adquirimos, no solamente con Medellín sino con todo el país, de administrar con respeto un edificio patrimonialmente tan importante como el Claustro”, le dijo a CAMBIO el responsable de mediación del hoy centro cultural, Pablo Restrepo.
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Un equipo robusto de arqueólogos, historiadores, arquitectos e ingenieros se dispuso, por más de un año, a encontrar la mejor forma de mover, restaurar y exponer los vestigios. La ejecución responsable de uno de los hallazgos arqueológicos más relevantes para la ciudad en el último tiempo tuvo un reconocimiento técnico por parte del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH). Restrepo le explicó a este medio que el impecable estado de forma en que encontraron los vestigios da cuenta de un impresionante nivel de sofisticación y proyección hacia el futuro de los constructores coloniales. “Si hoy le pasamos una manguera a los vestigios, el agua fluye sin atascos, fisuras ni filtraciones”.
Además, el descubrimiento permite nuevas certezas arqueológicas e investigaciones ulteriores sobre los materiales que se usaron en la etapa de construcción inicial del Claustro. La piedra limolita presente en los vestigios del centenario acueducto indica que el edificio fue cimentado sobre materiales provenientes de ríos cercanos y de las quebradas de La Palencia y Santa Elena. Su hallazgo promete ser una pieza clave para armar el rompecabezas del acueducto desde el edificio hasta el museo del agua, uno de los otros lugares que tienen muestras del primer acueducto, pero en peores condiciones.
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A lo largo y ancho de todo el edificio se exponen otros vestigios arqueológicos que son testimonio vivo de la historia de Medellín. Entre ellos sobresale un mural ornamental que apareció gracias al trabajo quirúrgico y en extremo paciente de los restauradores que, con espátula en mano, removieron siete capas de pintura que durante siglos lo mantuvieron a la sombra.
Cultura y educación pa´todo el mundo
Desde que en 2021 Confama empezó la restauración y repotenciación del Claustro, más de dos millones de personas han disfrutado de su nueva versión como centro cultural, y 86.000 se han inscrito en los cursos de educación sobre la vida que alberga el edificio.
Además del Patio Teatro, las salas para edición de audio y video, cafés, espacios museográficos y nuevas aulas que se entregaron en la primera etapa en el 2023, entre ese año y el final del 2025, se sumaron una cocina de última generación destinada a prácticas culinarias, talleres de oficios con contenidos de joyería, cerámica, carpintería y artes gráficas y la renovación de las bibliotecas general e infantil y la mediateca. Se espera que 2000 personas se inscriban a los cursos en los talleres de oficios y 5.000 a los de prácticas culinarias en el próximo año.
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Todo esto en un edificio que deliberadamente tiene múltiples entradas y en el que los límites con el "afuera" –la Plazuela de San Ignacio con sus miles de transeúntes diarios– se difuminan. Según Paola Mejía, responsable de Cultura en Comfama, la dinámica del claustro, gracias a incluir activamente a las comunidades del centro, especialmente a los habitantes de calle y los vendedores ambulantes, tiene como adjetivos la confianza, la seguridad y la inclusión. No hay guardias armados. No se piden cédulas en la entrada. El periodista que firma este artículo atestiguó que es verdad que el Claustro de San Ignacio le abre sus puertas por igual al niño, al estudiante universitario, al extranjero, al adulto mayor, el empresario y el habitante de calle.
“No es una cuestión percepción – le dijo a este medio el mediador de Comfama Pablo Restrepo–, si revisas los informes de seguridad de la ciudad se evidencia que la Comuna 10, en donde está el claustro, no tiene los índices de inseguridad que el estigma presupone y que sí tienen otras zonas de la ciudad que aparentemente son más tranquilas.”.
Afuera del edificio, en mesas que dispuso el claustro, ocurren tremendas partidas de ajedrez entre los asiduos visitantes, trabajadores y residentes del centro, y cada vez toman más fuerza los puntos de lectura –con más de 8.000 libros– que el centro cultural ha dispuesto. “Nuestra intención es llevar esa vida de la calle, que es donde nos encontramos todos, a la cotidianidad del claustro, que nació para ser una extensión vital e incluyente del espacio público”, dijo una de las mujeres que trabaja en la dirección de cultura de Comfama.
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Recorrer el claustro más antiguo de Antioquia, con todos sus rincones, revelaciones y silencios, puede llevar un día entero. Es lo que ocurre cuando los patrimonios arquitectónicos históricos se piensan y habitan desde una visión democrática y popular. Es lo que ocurre cuando en la visión de la administración de los espacios que nos corresponden a todos impera una lógica borgiana y utópica. Y a largo plazo.