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Lunes 4 de mayo de 2026
Carolina Sanín y su novela ‘La Mayor’: epopeya de la niña a quién la selva protegió

Carolina Sanín y su novela ‘La Mayor’: epopeya de la niña a quién la selva protegió

Carolina Sanín.

Foto: Lina Botero

Adentrarse en la manigua es descubrir un milagro, el de la heroína que se convirtió en salvavidas de su familia en el corazón del Amazonas. ‘La Mayor’, la nueva novela en verso de Carolina Sanín, nos invita a recorrer la selva en un relato de valentía, fe y resiliencia, que será presentada este viernes 2 de mayo, a las siete de la noche en el Gran Salón B de Corferias.

Por: Elena Chafyrtth

Aquí, la selva habla, se mueve; recoge los olores del yagé, vibra con el ruido de los helicópteros y resuena con los ecos de los hombres que pronuncian nombres, dos fuerzas ideológicas aparentemente opuestas pero que, en este contexto, se unen por una única causa: salvar y resignificar la vida. En ese escenario, la selva se convierte en La Mayor, que protegió, cuidó y cumplió con su misión.

En su libro de poemas La Mayor, publicado por la editorial independiente Laguna Libros, Carolina Sanín no se limita a describir la selva con versos; sus palabras son ante todo susurros alegóricos, oraciones esperanzadoras que son un llamamiento a mantener la fe y revelan cómo el peligro y la incertidumbre pueden dar paso al milagro de la vida. El libro se inicia con un poema que describe lo que quizá sintieron los niños perdidos en la espesura: “Los ojos de agua, vivientes, petrifican. / Si son de aire, calcinan / —de ánima— / en un altar incesante. / Vamos a acercarnos / a esta parte, / a esta / sin mirarnos a la cara…”. Más adelante, Sanín escribe: “Vamos a los ajenos cuerpos / graves, grandes, / como el sol se oculta: / mirando con luz pendiente” (…). El resplandor de la noche, desde la lectura, hace al lector un testigo de la fuerza que antecede a la oscuridad: una resistencia, una intuición, la memoria corporal que guía en medio de la penumbra.

Sanín comenzó a trabajar en este libro durante el mismo rescate, con la emoción fresca del milagro que aún perduraba. A partir de las crónicas de Daniel Coronell y José Alejandro Castaño, y documentales, dio forma a los primeros versos, buscando capturar la esencia de un suceso que fue mucho más que un rescate: un acto de supervivencia en su estado más puro.

Pero La Mayor no se limita a recordar el suceso de 2023, cuando tres niñas y un niño se perdieron en la selva. Sanín trasciende ese hecho para rendir homenaje a la valentía de Lesly Mucutuy, de 13 años, quien dejó de ser hermana para convertirse, sin preparación alguna, en madre: la mayor. Durante 40 días cuidó de su hermana de nueve años, su hermano de cinco y su hermanita de apenas once meses. “Y, mientras tanto, yo musitaba la plegaria / «Que te encuentre el mundo», / refiriéndome a mí misma”. Una súplica, un quiebre existencial. una oración interna, y un anhelo de autocomprensión y aceptación por parte del mundo.

Este libro es el fulgor simbólico de la selva tal como la concibe Sanín, pero también parece una continuación de la selva de Dante: espesa, melancólica, donde perderse es inevitable por el movimiento de los árboles que confunden y extravían a quienes la habitan. Pero la selva amazónica ofrece también su sabiduría: perderse es la única forma de encontrarse. La espera aterradora en la oscuridad se torna en la prueba del milagro, y la poesía lo inmortaliza en un país donde las tragedias ocurren a diario, y los héroes —o en este caso, la heroína— son olvidados con la misma rapidez con que el tiempo avanza. En conversación con CAMBIO, Sanín explicó cómo esta obra captura la esencia de un suceso convulsionante mediante la poesía.

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CAMBIO.: Hace un año, en su monólogo Encuentro y aparición, usted habló de la valentía de Lesly Mucutuy y reflexionó sobre la figura de la hermana mayor: “Cuando uno está recién huérfano... tiene que sacar de uno mismo a la hermana mayor, que no es madre, pero tiene que servir como madre”. ¿Busca con esta novela en verso inmortalizar ese milagro en un país donde se olvida tan fácil?

Carolina Sanín.: Quise, efectivamente, hacer un canto con el que recordáramos que existió esa gracia entre nosotros: la de una niña, una adolescente, que sobrevivió; que estaba perdida y fue hallada; que pudo, esperó, estuvo y volvió. El milagro del amparo. Me parece importante que, entre tanta fascinación por los mártires, admiremos no a una caída, sino a una viva; y que, entre tanta reverencia por los patriarcas, por los padres, honremos a una hija y una hermana, que es, digamos, lo exactamente opuesto al patriarca. También me parece importante que nos demos cuenta de que, al rememorarla a ella, traemos la selva a la imaginación —la selva, que también es la mayor—.

CAMBIO: En el poema Afuera aparecen versos profundamente melancólicos: 'Ser humana es parecerse y / haber sido expulsada, estar ausente, / lo no enterrado, lo que debemos enterrar, lo último que se pierde, / el primer día — el próximo primer día —, y alcanzar, no poder, alcanzar, ir a alcanzar, convertirse'. ¿Qué lugar ocupa la infancia —particularmente una marcada por la desaparición y la espera— dentro de su visión poética de Lesly?

C.S.: Durante toda la vida, el ser humano se pregunta qué es y cómo debe ser un humano. Decimos cosas sobre nosotros, que nos ayudan a entendernos: que venimos de un jardín, por ejemplo; que debemos madurar, educarnos y mejorar, por ejemplo; que resucitaremos. Eso, en cuanto a los versos que citas. En cuanto a la niñez, siempre me ha impresionado que el niño o la niña es el perdido; dentro de cada uno de nosotros —dentro de la selva de nuestra experiencia y de nuestro pensamiento— el niño existió y se ha escondido, y no puede escucharse y no se recuerda, aunque esté presente. Se escabulle y se agazapa en nuestro cuerpo el niño que fuimos, como la hermana mayor en la selva.

CAMBIO: ¿Podría decirse que su selva es una continuación del canto primero en La Divina Comedia de Dante Alighieri, en el sentido de atravesar el dolor y la melancolía? ¿Sentir el dolor es lo que lleva a encontrar el camino?

C.S.: La “selva selvaggia” donde Dante se encuentra antes de que Virgilio —que es de muchas maneras su hermano mayor, más que su ancestro— lo rescate y lo guíe es una selva alegórica: significa la pérdida del camino, lo espeso y vasto, lo oscuro y estrecho, lo enredado. También puede ser alegórica la selva Amazónica para nosotros —además de ser, por supuesto, factual y material—: un momento, un estado; el extravío y también el poder, la pureza, la suspensión.

CAMBIO: Hay un fragmento en La Divina Comedia que dice: “Por muchas autoridades sagradas conozco la esperanza, pero sobre todos por los salmos de David. Cantos del Espíritu Santo”. Este poemario es un canto a la esperanza. Hoy, con tanta incertidumbre y crueldad en el mundo, ¿cree que podríamos aferrarnos a la esperanza para resistir ante el caos de la vida contemporánea?

C.S.: Quise cantar a la esperanza, la confianza y la alegría en mi poema. Y quise agradecer. Creo que uno puede reconocer la ruina alrededor, y el desvalimiento y hasta cierta ruindad en uno mismo, y al mismo tiempo confiar en que el camino existe. Confiar en la selva y en el camino.

CAMBIO: En el poema V. El llamado usted describe cómo, al inicio de la búsqueda en el Amazonas, el Ejército y los pueblos indígenas, que parecerían operar en bandos opuestos, se pusieron de acuerdo para un propósito común: salvar cuatro vidas. ¿Qué significado le da a este momento, en el que se dejaron de lado las diferencias para luchar juntos por algo tan sagrado como lo es velar por la vida de otros?

C.S.: Fue hermoso admirar la seriedad y la integridad de esos hombres capaces de mirarse y caminar juntos y deponer las diferencias para buscar un bien indudable (encontrar a los niños vivos). Creo que hubo allí una humildad que procede de entregarse honestamente a la curiosidad. Me parece que deberíamos seguir invocando ese momento cuando pensemos en la posibilidad de una paz nacional —o de una paz interior—.

CAMBIO: Estos poemas invitan al lector a revivir el heroísmo y la esperanza que el país experimentó al conocer que las tres niñas y el niño estaban vivos. Sin embargo, Alex Rufino, un indígena ticuna, quien imparte cursos sobre el cuidado y la vida en la selva, comentó que el lenguaje emotivo refleja una ignorancia sobre el mundo indígena, ya que, en su opinión, “más que estar perdidos, los niños estaban en su entorno” aseguró que desde pequeños han aprendido a defenderse en la selva. ¿Qué opina usted de esta perspectiva?

C.S.: No creo que estar “perdidos” y estar “en su entorno” sean mutuamente excluyentes. Los niños tenían un saber y una pertenencia, y eso no significa que no hubiera también un milagro con ellos y un brillo en ellos, que fueron supervivientes durante cuarenta días sin agua, sin alimentos, sin madre, sin herramientas y sin rumbo, después de haberse accidentado en un avión. Me parece que podemos preguntarnos todos hasta qué punto nuestro entorno nos es propio; cómo puede a la vez protegernos y desampararnos nuestro entorno.

CAMBIO: Si algún día tuviese usted la oportunidad de conocer a Lesly, ¿cuál sería el primer poema de este libro que le mostraría? ¿Le hablaría de la poesía épica, donde los héroes suelen ser los patriarcas, y le diría que esta vez la heroína fue ella?

C.S.: Le entregaría mi libro y le diría que es suyo; que ella me lo dio antes a mí. Le contaría que quise imaginarla, y que su voz inventada por mí —su voz mía, que también es ella— me guiaba a través de la selva de las palabras, mientras yo escribía su canto, así como sus pasos guiaron a sus hermanos en la selva amazónica. Le pediría que me contara de sus días. Y, sí, a lo mejor yo le contaría sobre Ulises, perdido en el mar y volviendo a nacer en cada costa, como el alma humana.

Finalización del artículo