Saltar a contenido
Lunes 4 de mayo de 2026
Gozar Leyendo con CAMBIO: un viaje a la mente de las abejas

Gozar Leyendo con CAMBIO: un viaje a la mente de las abejas

‘¿En qué piensan las abejas?’ es un libro que cambia por competo la mirada despectiva de la mayor parte de las personas hacia los insectos y, en particular, hacia estos polinizadores.

Por: Darío Jaramillo Agudelo

Mathieu Lihoreau, ¿En qué piensan las abejas?

0

Dice doña Wikipedia que, actualmente, Mathieu Lihoreau es investigador del Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS) de Toulouse. Lihoreau comienza por responder a la pregunta “¿qué es una abeja? Aunque la abeja melífera (Apis melifera), domesticada desde la antigüedad, tiende a ser la protagonista, las abejas comprenden cerca de 20.000 especies, emparentadas con las avispas y las hormigas. Este universo incluye todas las especies de abejas productoras de miel (ocho, que también explotamos por su cera, su propóleo, y la polinización de los cultivos), los abejorros (250 especies, algunas de las cuales también se han domesticado para la polinización), las abejas sin aguijón (500 especies que, como su nombre lo sugiere, no pican) y miles de especies de abejas solitarias a las que se suele dedicar menos atención, pero cuya importancia es crucial para nuestro medioambiente”.

1

El libro está repleto de informaciones asombrosas acerca de este universo: “Se suele considerar que una abeja melífera pecorea en un radio de tres kilómetros. En todo caso, es la distancia de referencia que utilizan los apicultores cuando quieren desplazar sus colmenas a un nuevo lugar. Pero es muy probable que la estimación se quede corta. Jürgen Tautz y su equipo de la Universidad de Würzburg, Alemania, han puesto de manifiesto, por ejemplo, que las abejas capturadas en una zona de alimento, transportadas a oscuras y luego soltadas a diez kilómetros de distancia son capaces de regresar a su colmena de origen al cabo de unas cuantas horas. Algunas abejas euglosinas (las abejas de las orquídeas) pueden recorrer hasta 20 kilómetros. En las especies sociales, como las abejas melíferas y los abejorros, las forrajeadoras repiten esos trayectos decenas de veces al día, durante varios días o incluso varias semanas. Como las zonas de alimento se renuevan a lo largo del tiempo, a medida que la flores segregan nuevas cantidades de néctar o que los árboles producen nuevas flores, las abejas pueden aprender a regresar a esos emplazamientos. Así, pues, desarrollan tantos recuerdos como zonas conocidas tienen para explotar (…). O sea, que las abejas aprenden a desplazarse entre su nido y una fuente de alimento y son capaces de memorizar ese trayecto para comunicárselo al resto de los miembros de la colonia (…). Hoy se sabe que las abejas utilizan el movimiento de las imágenes que perciben en la retina de sus ojos compuesto cuando se desplazan. Es lo que se llama ‘el flujo óptico’. Cuantas más imágenes percibe una abeja por unidad de tiempo, más larga es la distancia que ella considera que ha recorrido”. Por otra parte, “los abejorros son capaces de aprender y de optimizar los circuitos de forrajeo y de modificarlos muy rápidamente cuando se quita, se añade o se desplaza una nueva fuente de alimento en su entorno”.

2

“En los insectos que viven en sociedades complejas, como las abejas y las avispas sociales, las hormigas y las termitas, el reconocimiento social suele permitir que se identifique el papel del individuo en la colonia y su pertenencia al nido. En efecto, las colonias de insectos pueden contener varias decenas de miles, incluso varios millones de individuos. Los miembros de la colonia no son todos idénticos. Y cabe identificar grupos que se llaman ‘castas’. Los insectos pertenecientes a una misma casta desempeñan todos un determinado papel. En las abejas melíferas esta división del trabajo se lleva al extremo. La colonia incluye una sola hembra reproductora, la reina. Esta sobrevive varios años y es la que pone los huevos. También cuenta con machos cuyo único papel es el acoplamiento, y con hembras estériles que se llaman ‘obreras’ y cuya esperanza de vida varía entre unas semanas y unos meses (…). Cuanto más envejece una abeja, más arriesgadas son las tareas que realiza lejos de su colonia. Una joven obrera se ocupa primero de la limpieza de las celdillas que contendrán las larvas y luego las reservas de miel y de polen (los tres o cuatro primeros días). Luego la abeja alimenta a su reina y a las larvas (entre cinco y diez días), produce el opérculo de cera que recubre las celdillas (11-16 días), se sitúa a la entrada de la colmena para controlar los accesos y ventilar si hace demasiado calor (12-22días) y, por último, se convierte en forrajera hasta su muerte (a los 23-30 días), al cabo de aproximadamente un mes de leales servicios a la colonia”.

3

¿Cómo los miembros de la colonia reconocen a la reina? “Para conseguir que se la reconozca entre estas masas de obreras anónimas, la reina produce una feromona real que segregan unas glándulas situadas en la base de sus mandíbulas (las pinzas de la mandíbula). Esta feromona real atrae a las obreras que la alimentan y la asean. En ese momento, las obreras se cubren ellas mismas con el olor de la reina, que distribuyen a los demás miembros de la colonia mediante contactos. Esta feromona real es esencial para el buen funcionamiento de la sociedad. Entre otras cosas, inhibe a las obreras la construcción de nuevas celdillas reales que encumbrarían a otras reinas competidoras y reduce en ellas el desarrollo de los órganos genitales (ovarios) para evitar que pongan huevos”.

Y ¿el reconocimiento de los individuos como miembros de la misma colonia? “Otras señales químicas que cubren la superficie del cuerpo de los insectos (la cutícula) permiten a las obreras identificar su pertenencia a la colonia. Estas señales son unos lípidos que se denominan ‘hidrocarburos cuticulares’. Como el petróleo y el gas natural, se trata de compuestos orgánicos constituidos exclusivamente de átomos de carbono y de hidrógeno (…). En las colonias de abejas y de hormigas, los hidrocarburos de superficie se intercambian continuamente a través del roce de los individuos con su nido o del contacto entre las antenas y de los intercambios de alimento (las trofalaxias –o regurgitaciones de alimento predigerido en el aparato bucal de una obrera a otra–). A través de estas transferencias químicas, las obreras hermanas, hermanastras o emparentadas en menor grado de una misma colonia acaban por llevar todas el mismo olor. Esta mezcla, procedente de la homogenización de los olores individuales de todos los miembros de la colonia, es única y permite el reconocimiento colonial. Así, pues, dos colonias de la misma especie suelen llevar la misma cantidad de hidrocarburos cuticulares, pero en proporciones relativas diferentes, hecho que permite distinguirlas”.

“Aunque el reconocimiento colonial sea la norma en los insectos sociales, algunos han perdido esa capacidad, lo que permite a colonias vecinas de la misma especie unirse a ellos sin distinción. En estas poblaciones concretas, las obreras, las reinas y las larvas, así como el alimento, se intercambian en el seno de inmensas redes de colonias que constituyen una única ‘supercolonia’. Esto se da en particular en varias especies de hormigas (…). En la actualidad ostenta el récord la hormiga argentina (…). Desde principios del siglo XX, la hormiga argentina ha sido importada a numerosos países, donde se ha instalado con éxito, Laurent Keller y su equipo de la Universidad de Lausana, Suiza, han descrito una supercolonia de estas hormigas en el área mediterránea. Se extiende por más de 6.000 kilómetros, de Portugal a Italia (…) y cuenta con miles de millones de obreras y millones de nidos y de reinas”.

#

%%imagen%%1

4

Hablemos de cucarachas. Dice Lihoreau que “en general las cucarachas despiertan más el deseo de aplastarlas que de estudiarlas (…). La mala reputación de las cucarachas se debe a que una quincena de especies vive en nuestros edificios sin ser bienvenidas. Son algo así como unos parásitos obligatorios del ser humano, hasta tal punto que no se sabe si estas especies podrían sobrevivir en la naturaleza (…). Existen cerca de 40.000 especies de cucarachas de morfología y costumbres diversas (…) para comprobar si las cucarachas son capaces de reconocer su grado de parentesco cuando se encuentran, y no su mera pertenencia a un grupo, como las abejas, estudié en profundidad su vida sexual (…). Los animales eligen a sus parejas con el criterio de optimizar la calidad de sus descendientes. Los acoplamientos incestuosos, entre hermanos y hermanas en particular, suelen evitarse, pues la descendencia no es viable debido a incompatibilidades genéticas (…). Basándome en esta constatación, decidí poner a prueba si las cucarachas evitaban acoplarse con los miembros de su familia cuando podían elegir (…). Pudimos demostrar que estos insectos eran capaces de reconocer con gran precisión su grado de parentesco entre parejas sexuales, ya fueran hermanas, hermanastras, primas, miembros de la misma familia ampliada o de poblaciones más alejadas (…). Este reconocimiento de parientes estructura la vida social de las cucarachas. Los machos y hembras prefieren acoplarse con desconocidos por la noche. Pero cuando se trata de elegir un lugar para descansar durante el día guarecidos de los predadores, se agrupan prioritariamente en familia. Acurrucándose unas contra otras, las cucarachas se calientan y consumen menos energía (…). Se cree por lo tanto que las cucarachas forman estos grupos de parientes porque son altruistas: comparten los beneficios de la vida en grupo prioritariamente con quienes tienen un mayor número de genes en común”.

5

Cuando un científico estudia animales, las abejas y sus parientes abejorros u hormigas, inevitablemente parte de comparaciones y analogías de esas criaturas con su propia especia humana. La conclusión, casi siempre, es que el animal humano tiene más parecidos que diferencias con los otros animales, mucho más allá de las formas tan diferentes que puede tener el bípedo implume comparado con un abejorro, con una cucaracha o con una abeja.

Lihoreau parte de que “vivir en grupo, cualquiera que sea, permite aprender unos de otros. En contacto con nuestros congéneres adquirimos nuestros conocimientos y competencias que luego trasmitimos. Es la acumulación de este saber lo que constituye la base de nuestras culturas”. Desde los años cincuenta del siglo pasado los investigadores comenzaron a observar que la trasmisión del conocimiento colectivo, la cultura, no es exclusiva de la bestia que desciende de Adán y Eva: “por ejemplo, unas poblaciones de herrerillos azules en Inglaterra adquirieron la costumbre de perforar el precinto de aluminio de las botellas de leche para beberse su contenido. Unos grupos de macacos en Japón lavan sistemáticamente la batatas en un arroyo antes de consumirlas. Unos chimpancés en Tanzania se dan la mano para saludarse. Hasta muy recientemente, no sospechábamos que este tipo de trasmisiones culturales pudieran observarse también en los insectos. Pero así es. Y las abejas abusan de esta facultad (…). Los insectos son capaces de aprender unos de otros por simple observación”, aún más, “este aprendizaje social también puede producirse entre observadores y demostradores de especies diferentes, como las abejas melíferas”. La conclusión es que “las abejas, así como otros insectos, son capaces de adquirir informaciones a través de la observación de sus congéneres”. Aún más: los cerebros en miniatura de los insectos poseen “la capacidad de inferencia transitiva, es decir, la posibilidad de producir nuevas relaciones entre objetos a partir de relaciones conocidas entre otros objetos”.

6

Todavía hay más: las colonias de insectos son, en sí mismas, unos superorganismos que tienen inteligencia colectiva “fruto de la acción coordinada de todos sus miembros que se comportan como un solo organismo. Esta inteligencia colectiva permite a las colonias generar comportamientos de grupo cuyo resultado supera con creces el que produce un solo individuo”. Esto ocurre entre las abejas o entre las hormigas, por ejemplo, como el caso de las hormigas cortadoras de hojas en Suramérica. Estas “construyen nidos subterráneos que pueden contener más de 7.000 cámaras que se extienden por una superficie de 150 metros cuadrados y que alcanzan una profundidad de ocho metros. Estos nidos son auténticas megalópolis pobladas por millones de habitantes que cuentan con autopistas, caminos, jardines y túneles. Entre estas hormigas, las obreras crean inmensas pistas para cortar las hojas de los árboles y almacenarlas en el nido. Utilizan las hojas para alimentar un hongo que ellas cultivan y con el que alimentan a sus larvas, comportamiento que se considera una forma de agricultura. La comunicación química entre estos insectos permite pues coordinar millones de cerebros para alcanzar un objetivo común (…). Mientras que en matemáticas 2 x 2 = 4, esto no siempre ocurre en las sociedades de insectos (…). Una de las sorprendentes propiedades de estos superorganismos es que la inteligencia colectiva puede ser superior a la suma de las inteligencias individuales. Es lo que llamamos ‘la sabiduría del enjambre’ (…). Todos los grupos animales se caracterizan por un determinado grado de diversidad comportamental, y cada vez más estudios sugieren que esta diversidad es la clave para producir comportamientos de grupo adaptados. La organización en las colonias de insectos se basa en esta diversidad, con una división del trabajo y un sistema de castas entre obreras, cada una especializada en tareas bien definidas. Incluso en el seno de una casta, los individuos pueden presentar importantes diferencias fisiológicas, morfológicas, comportamentales y cognitivas que repercuten en el funcionamiento del grupo”.

Es muy impresionante la organización de los experimentos con insectos. Por ejemplo, los científicos han infiltrado robots entre colonias de hormigas, robots que se incorporan al grupo y que, agárrate, pueden cambiar los comportamientos de esas sociedades de hormigas: “El estudio de las decisiones colectivas de las abejas, las hormigas, las moscas, las orugas y las cucarachas ha permitido resolver el misterio de cómo son capaces de generarse estas inteligencias colectivas siguiendo unas reglas sencillas y universales. Más allá de los insectos, hallamos estos mismos principios, en términos generales, en los bancos de peces, en las bandadas de pájaros y en las hordas de primates”, dice el autor, en un momento en que el lector puede por sí mismo continuar la enumeración, con lo que sigue a las hordas de primates, que son los comportamientos de las bestias humanas.

7

Me alargo demasiado. Todavía tendría que contar de los daños que hacen los insecticidas. Pero, sin ahondar más, tan sólo trascribo partes del párrafo que mide el tamaño del problema y usted me dirá si esta noche dormirá tranquilo: los insectos “en la actualidad se encuentran por todas partes, en todos los continentes, en casi todos los climas, y han conquistado tanto el medio terrestre como el acuático. Solo los océanos no han sido colonizados. Con cerca de 1,3 millones de especies descritas, los insectos representan el 85 por ciento de los animales y el 55 por ciento de la biodiversidad global. Se estima que hay 10.000 millones de millardos de insectos en el planeta, lo que representa una biomasa 300 veces más importante que la de la humanidad entera y cuatro veces mayor que la de todos los animales vertebrados. Solo las hormigas, si las reuniéramos a todas, pesarían lo mismo que la humanidad. Los insectos también son esenciales para el funcionamiento de nuestros ecosistemas. Esos pequeños animales, a menudo herbívoros, constituyen el alimento de muchos otros animales de mayor tamaño. Esta es la base de la mayoría de las cadenas tróficas y garantizan un determinado número de funciones ecológicas esenciales para el mantenimiento de la biodiversidad, como la reproducción de las plantas (polinización y dispersión), el reciclaje de la materia orgánica y la depredación, sin las cuales el mundo tal como lo conocemos no existiría (…). En la actualidad se estima que más del 40 por ciento de las especies de insectos están en declive y que un tercio está en peligro de extinción. Las abejas se están viendo particularmente afectadas por esta crisis de la biodiversidad y de hecho existen zonas geográficas enteras privadas de ellas (…). En 20 años, los apicultores europeos y estadounidenses han sufrido una merma anual de sus colonias de abejas domésticas que han pasado del 10 por ciento al 40 por ciento, e incluso en algunos lugares al 90 por ciento. Las colonias se vacían: se habla de un síndrome del colapso de las colonias. Jonathan Chase y su equipo de la Universidad de Halle, Alemania, han analizado datos procedentes de 41 países que ponen muy claramente de manifiesto que la biomasa mundial de insectos disminuye entre un 1 y un 3 por ciento anual desde la década de 1920. A este ritmo, todos los insectos podrían desaparecer en un siglo, lo que pondría en peligro tanto los servicios ecológicos que garantizan como en conjunto de la biodiversidad. ¿Cómo sería un mundo sin insectos? Es difícil responder con precisión a esta pregunta. De lo que no cabe duda es que todos los ecosistemas terrestres tal como los conocemos se verían gravemente afectados y de que la mayoría de nuestros alimentos desaparecerían”.

Mathieu Lihoreau,
¿En qué piensan las abejas?
Ediciones Pirámide

%%imagen%%2

La Diligencia Libros - Tienda en línea

Recomendado de la quincena: Bosques tejidos de Mateo Hernández Schmidt

Finalización del artículo