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Lunes 4 de mayo de 2026
Gozar Leyendo con CAMBIO: tres voces cambiadas

Gozar Leyendo con CAMBIO: tres voces cambiadas

‘Felicidad conyugal’ de León Tolstoi, ‘Fuego en la sangre’ de Iréne Nèmirovsky y ‘La dama pálida’ de Alejandro Dumas: tres novelas en las que el autor le da la voz a un personaje del sexo opuesto.

Por: Darío Jaramillo Agudelo

Lev Tolstói, Felicidad conyugal

Que un novelista hombre escriba narraciones en las que la voz que cuenta sea la de una mujer no es ninguna novedad. Ya en el siglo XVIII, más exactamente en 1722, el simpar Daniel Defoe publicó Moll Flanders y, luego, en 1724, Roxana, dos brillantes y muy divertidas novelas en las que ambas, Moll y Roxana, son las que hablan contando sus vidas. Más cerca, recuerdo a César Aira con tres breves joyas: Yo era una chica moderna, Yo era una niña de 7 años y Yo era una mujer casada; y también está ¡Que viva la música! de Andrés Caicedo. Lo que yo no sabía era que Tolstói, nadie menos que don León Tolstói, escribió una breve novela en la que hace lo mismo. Felicidad conyugal, que así se titula la traducción de Joaquín Fernández-Valdés, es una pequeña joya plena de detalles y allí la protagonista cuenta cómo se enamora de su amado, ella de 17, él (Serguéi) 36 años.

“Mi héroe era completamente distinto: delicado, enjuto, pálido y lánguido. En cambio, Serguéi Mijáilych, al que ya no se podía considerar joven, era alto, robusto y siempre me parecía alegre”. Ella, María, es casi una niña; él, en cambio, es un adulto que aparece en su vida como administrador de los bienes de su padre que ha muerto. Serguéi le dice a la hermana mayor de María que “ni usted ni yo estamos ya para casarnos. A mí ya hace tiempo que las mujeres dejaron de mirarme como a un hombre con el que puedan casarse. Y, ni qué decir tiene, también yo he dejado de pensar en ello, y desde entonces me siento bien, esa es la verdad”.

En cierto momento, ella se enamora perdidamente: “Todas mis ideas y sentimientos de entonces no eran míos, eran sus ideas y sus sentimientos, que de pronto se habían hecho míos, se habían transformado en mi vida y la habían iluminado (…). En aquel entonces yo aún no sabía que esto era el amor y creía que podía ocurrir siempre, que era un sentimiento que uno entregaba sin más”.

La relación se transforma: “En ese momento ya no era un señor mayor que me hacía mimos y me aleccionaba, sino un igual que me amaba y me temía, y al que yo temía y amaba”. Apenas hacen explícitos sus sentimientos, Serguéi y María se casan: “De repente sentí que ya no le temía, que ese miedo era amor, un amor nuevo, mucho más tierno y fuerte aún que el de antes. Sentí que ya era suya por completo y que su poder sobre mí me hacía feliz”.

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Ella es completamente feliz y eso la intriga y, oh paradoja, la hace sufrir: “Me atormentaba que esta felicidad no me costara ningún esfuerzo, ningún sacrificio, cuando me sentía abrumada por el vigor en mí para el esfuerzo y el sacrificio”. Discuten el asunto y él, sabio, le dice: “Te amo, por lo que no puedo sino desearte una vida sin ansiedad. En esto radica mi vida, en mi amor por ti; así pues, no le pongas trabas a mi vida”.

De vivir en el campo, pasan a una intensa vida social en San Petersburgo y en los lugares de moda de Europa. Serguéi le escribe a su madre en una carta: “No reconocerías a Masha, ni siquiera yo la reconozco. De dónde habrá sacado la encantadora y graciosa seguridad en sí misma, la afabilidad, incluso la destreza en sociedad y la gentileza. Y todo le sale de un modo sencillo, adorable, candoroso. Todo el mundo está entusiasmado con ella, y yo mismo no me canso de admirarla y, si fuera posible, volvería a enamorarme de ella aun con mayor intensidad”.

En cierto momento, con tres años de matrimonio y un niño, todo estalla. Ella vive la vida social como un vértigo. Sin estar satisfecha, sí disfruta ser la reina de la fiesta. Él no es así. Y, además, está celoso. Viene la crisis. Hasta se dan cuenta de que han pasado del amor y la pasión a la solidaridad un tanto fría de las responsabilidades comunes. No hay delirio y tienen que pasar al respeto mutuo. ¿Lo conseguirán?

Lev Tolstói
Felicidad conyugal
Ediciones Invisibles

Iréne Nèmirovsky, Fuego en la sangre

Iréne Nèmirovsky (1903-1942), nacida en Kiev (entonces parte del imperio ruso, hoy Ucrania) y muerta en el campo de concentración de Auschwitz, escribió su obra en francés. Fuego en la sangre está escrita en la primera persona de un hombre mayor, nacido en un pueblo agrícola del centro de Francia, donde todos en la región están adaptados a una vida tranquila, rutinaria, ajena a los viajes. Pero él desde muy joven abandonó sus tierras y se fue a recorrer el mundo. Luego regresa a envejecer a su lugar, donde observa con distancia a sus parientes hasta que ocurre una muerte, en apariencia accidental, que destapa su pasado y las épocas en que ha decidido emigrar. El planteo de la narración, la manera como se anuda y, luego, como se desenlaza, es todo un perfecto mecanismo de relojería que roba la atención del lector. Lo curioso es que Iréne Nèmirovsky, una mujer que murió a los 39 cuenta en primera persona la vida y los sentimientos de un hombre mucho mayor de 40.

Aun habiendo nacido en el lugar, hijo de gente del lugar, el hecho de que él se haya ido a conocer el mundo establece una distancia con los lugareños: “Conozco el juego, porque lo han practicado conmigo. Se ejerce contra todos aquellos que no son del lugar, o que han dejado de serlo, o que por una u otra razón se consideran indeseables. Tampoco a mí me apreciaban. Ya había hecho dejación de mi herencia. Había preferido otros países. Todo lo que quería comprar automáticamente duplicaba su precio, todo lo que yo quería vender era despreciado. En las cosas más insignificantes podía reconocer una malevolencia asombrosamente activa. Calculada para hacerme la vida imposible y obligarme a marcharme lejos de aquí”.

Silvio, que así se llama nuestro narrador y protagonista, no se arrepiente ni de haberse ido ni de haber regresado: “No echo de menos el tiempo perdido en perseguir la fortuna, el tiempo en que compraba caballos en Canadá, en que traficaba con copra en el Pacífico. Esa necesidad de partir, ese hastío asfixiante que me inspiraba mi provincia, los sentí a los 20 años con tanta fuerza que estaría muerto, creo, de haberme quedado aquí”.

Ahora, ya mayor, tiene claros los cambios que trae la edad (ojo, esta novela la escribe una lúcida mujer menor de 39): “Disfruto de las cosas sencillas y que están al alcance de mi mano: una buena comida, un buen vino, esta libreta que me procura, garabateando en ella, una alegría sarcástica y secreta; pero, por encima de todo, la divina soledad. ¿Qué más se puede pedir? Pero a los 20, ¡cómo ardía!... ¿Cómo prende en nosotros ese fuego? Lo devora todo en unos meses, en unos años, en unas horas, a veces, para luego extinguirse”. La diferencia es clara: “En las reuniones de la gente de edad reina algo imperturbable, se adivinan organismos que han digerido todos los platos pesados, amargos y picantes de la vida, que han eliminado todos los venenos, que están durante diez o quince años en un estado de equilibrio perfecto, de salud moral envidiable. Están satisfechos de sí mismos. El penoso vano trabajo de la juventud, por medio del cual trata uno de adaptar el mundo a sus deseos, ha quedado ya atrás. Han fracasado y ahora descansan. Dentro de unos años volverá a agitarlos una sorda inquietud, que esta vez será la de la muerte; pervertirá extrañamente su gusto, los volverá indiferentes, o extravagantes, o irascibles, incomprensibles para su familia, extraños para sus hijos. Pero de los 40 a los 60 disfrutan de una paz precaria”.

Reconoce que “desde hace algún tiempo, ante los jóvenes siento una especie de asombro, como si contemplase una especie animal ajena a la mía, como un viejo perro observando bailar a los ratones”, aunque recuerda que “bastantes locuras hice en mi juventud para no tener ya derecho a mostrarme severo, ¡y qué hermosas locuras son las del amor! Sin tener en cuenta que suelen pagarse tan caro que no hay que evaluarlas cicateramente ni para uno mismo ni para los demás. Sí, se pagan siempre, y a veces las más pequeñas al precio de las grandes. (…). ¡Extraña locura! El amor a los 20 años se parece a un ataque de fiebre, a un acceso delirante. Cuando se acaba, cuesta recordar otros… El fuego en la sangre pronto se apaga… Ante aquella llamarada de sueños y de deseos me sentía tan viejo, tan frío y tan sensato”. Con sarcasmo se refiere a sí mismo.

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Con picante, hace pinitos psicológicos dignos de un Flaubert: “¿Quién conoce a la verdadera mujer? ¿El amante o el marido? ¿Son realmente tan distintas la una de la otra? ¿O están sutilmente mezcladas y son inseparables? ¿Están hechas de dos pastas que, reunidas, forman una tercera que ya no se parece a ninguna de las otras dos? Lo que sería tanto como decir que ni el marido ni el amante conocen a la verdadera mujer”.

También se trata con dureza: “¿para qué tienes tú necesidad de calor, viejo bonachón de corazón seco? Observo mi casa y me siento aterrado. Yo, antes tan ambicioso, tan activo, ¿soy yo quien puede vivir así? Ya no existo. No pienso ya en nada, no amo ya nada, no deseo nada. En mi casa no hay periódicos, ni libros. Me duermo junto al fuego, fumo mi pipa. Acaricio al perro. Hablo con la criada. Y es todo, no hay nada más”.
Termino con una frase que pronuncia Silvio y que deberíamos recordar diariamente: “El mayor favor que podemos hacerles a nuestros hijos es dejar que ignoren nuestra propia experiencia”.

Iréne Nèmirovsky
Fuego en la sangre
Ediciones Invisibles

Alejandro Dumas, La dama pálida

También el inagotable Dumas (1802-1870) convirtió su voz narrativa en el relato de una mujer en La dama pálida, una breve narración cuya atmósfera está definida en el primer párrafo: “Soy polaca; nací en Sandomir, es decir, en una región donde las leyendas se convierten en artículos de fe, donde creemos en nuestras tradiciones familiares tanto, o tal vez más, que en el Evangelio. No hay castillo entre nosotros que no tenga su espectro, ni cabaña que no posea su espíritu familiar. Tanto en la mansión del rico como en la morada del pobre, en el castillo como en la choza, se aceptan por igual el principio amigo y el principio enemigo. A veces estos dos principios entran en lucha y combaten. Entonces resuenan en las galerías misteriosos rumores, rugidos espantosos en las antiguas torres, sacudidas tan formidables que estremecen las paredes, y los aldeanos y nobles corren a la iglesia en busca de la sagrada cruz o de las santas reliquias, únicas protecciones contra los demonios que nos atormentan”.

Pues resulta que la dama suscita el amor entre dos hermanos que, si antes se detestaban y competían entre sí, ahora, por causa de la disputa que suscita amar a la misma mujer, llegan hasta la muerte. El hermano asesinado sobrevive de algún modo, extraño modo: “Todo estaba muerto, todo era cadáver… carne, ropas, movimientos… solamente los ojos, aquellos terribles ojos, estaban vivos”.

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Ah, no les voy a contar el final con vampiro incluido. Pero sí les cuento que La dama pálida es un texto breve, que no ocupa todo el volumen de esta edición. Entonces, alcanza a caber otro cuento de Dumas, Historia de un muerto contada por él mismo, también de ultratumba, en la que el narrador se encuentra con el demonio y conversa con él. Termino con algunas de las palabras que el diablo le dice al personaje: “Esta noche estoy muy alegre; hoy han ocurrido en el mundo cosas que me encantan. Creía que a los hombres degenerados algo los había vuelto virtuosos desde hace algún tiempo, pero no, son siempre los mismos, tal como los creé. Y bien, querido, rara vez he conocido días como este. He cosechado, desde ayer, 622 suicidas solo en Europa, y entre ellos hay más jóvenes que viejos, lo cual es una pérdida, porque mueren sin hijos; 2.243 asesinatos, solo en Europa; en las demás partes del mundo ni llevo la cuenta. Con ellas me pasa lo que, a los mayores capitalistas, no puedo enumerar mi fortuna. Dos millones seiscientos veintitrés mil novecientos setenta y cinco nuevos adulterios; esto es menos sorprendente debido a los bailes; 200 jueces se han vendido; habitualmente tenía más. Pero lo que mayor placer me ha dado son 27 muchachas, la mayor de las cuales no tenía 18 años, que han muerto blasfemando a Dios. Cuenta, querido, todo eso es un ingreso aproximado de 2.628.000 almas solo en Europa. No cuento los incestos, las falsificaciones de moneda, las violaciones: pura calderilla. Por eso, haciendo una media de 3 millones de almas que se pierden al día, calcula en cuánto tiempo el mundo entero será mío. Me veré obligado a comprarle a Dios el paraíso para ampliar el infierno”.

Alejandro Dumas
La dama pálida
Eneida

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Recomendado de la quincena: Por la ventana, Europa de Antón Chéjov

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