Santiago Trujillo, secretario de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá
Foto: Archivo personal del autor
La democracia y el arte de lo posible. Por Santiago Trujillo
Santiago Trujillo Escobar, secretario de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá analizó, durante la ceremonia de entrega de los premios Gabo de periodismo, la crisis de la democracia y habló de cómo la cultura responde a ella.
En el mundo de la cultura suele decirse que el arte se ocupa de nombrar lo imposible: cuánto quisiéramos hoy que se ocupara también de nombrar lo posible.
Ahora que la guerra vuelve a rondar al mundo, las confianzas tejidas por décadas de aperturas y cooperaciones mutuas se rompen y fracturan; y muchos ven desde la tribuna con la inercia de lo que ya tildan de inevitable, cómo las sociedades de tantos países ceden ante las derivas autoritarias y la mediocre seducción de nuevos populismos clientelares.
En medio de todo esto, nuestras democracias atraviesan una nueva crisis, una crisis que debemos pensar, una crisis que en Colombia no puede entenderse como la simple disputa entre intereses opuestos que, una vez dirimidos a través del diálogo social, es superada para dar paso a periodos de equilibrio y estabilidad. ¡No! En Colombia, la crisis nunca ha sido una coyuntura pasajera, sino más bien el estado permanente de la realidad que habitamos.
No terminamos de comprender una crisis que calificamos como la peor posible, para que al poco tiempo aparezca una nueva que nos desborda.
En esta suerte de deriva distópica, la democracia parece agotarse y en esa refriega de insultos y acusaciones que habitan la conversación nacional atrapada irremediablemente por el odio, el adversario es ya un enemigo, pues los liderazgos políticos se afirman y legitiman, ya no en la capacidad de concertar intereses, llegar a acuerdos y gerenciar soluciones, sino en nombre de quienes prometen arrasar con el oponente. Esta crisis, que se replica de maneras bizarras en otras realidades del continente, ha encontrado en los extremos del espectro político sus principales voceros.
Es una crisis que va más allá de las disputas ideológicas de los partidos políticos e incluso de la división de poderes; es una crisis en la que, según expertos en teoría cultural, la politización de la otredad y la privatización del enemigo operan como estrategias simbólicas que cierran en vez de abrir el diálogo. Es allí donde queda en evidencia que tal vez no estamos formulando las preguntas pertinentes que nos lleven a las respuestas que necesitamos para salir de nuestros malestares; es allí donde advertimos la ausencia de preguntas que alimenten una genuina conversación en democracia.
Además de los académicos y los centros de pensamiento, son los periodistas quienes buscan y ponen en la escena pública estas preguntas urgentes e incómodas, pero necesarias.
Desde lo que nos corresponde como parte del sector Cultura en Bogotá, hemos respondido a esta crisis de las preguntas de manera contundente con programas como Barrios Vivos, una estrategia de innovación sociocultural que construye desde lo local, que no interviene desde arriba, sino que teje colectivamente sueños, relatos y aspiraciones en los territorios barriales. La dimensión holística del arte y la creatividad nos enseña que la cultura que trasciende y que transforma es a la vez justicia cultural: una cultura que dialoga, que incluye y resignifica. Una cultura que parte del mutuo reconocimiento en una agenda común en la que tanto las comunidades como el sector público asumimos un rol.
\Aquí coincido con la tesis de Orlando Fals Borda: es necesario recuperar narrativas desde abajo, descubrir saberes locales y convertirlos en motor de transformación social. También sostengo, y lo comparto con la perspectiva de quienes estudian multiculturalismo crítico, que no basta con reconocer la diversidad, pues hoy más que nunca estamos urgidos de una mayor equidad narrativa: quién habla, quién calla, qué historias se construyen y cuáles se invisibilizan.
Nuestra apuesta es clara: la justicia cultural debe incluir a quienes han sido históricamente silenciados en los barrios populares, en las movilizaciones urbanas, en las identidades creativas que suman a la confección de un nuevo relato de ciudad y que exigen una mejor distribución de los bienes, productos y prácticas simbólicas que definen esta sociedad. La justicia cultural no solo reivindica la equidad de género o de raza, sino también la equidad de las narrativas, la equidad de la manera en la que nos nombramos, la equidad que nace de nuevas formas de liderazgo social.
Mientras algunos piensan que son protagonistas de la épica de Cien años de soledad encarnando a Aureliano Buendía, otros, angustiados, no alcanzan a encontrar los árboles para amarrar los delirios de tantos José Arcadios. Lo que hoy vivimos, más que una segunda oportunidad sobre la tierra, es en realidad el otoño de sus más consumados patriarcas, una suerte de parodia paralela en la que los extremos políticos naufragan una y otra vez.
Por eso invito a derrotar a lógica de la exclusión, a reconocer al otro no como una amenaza sino como un interlocutor legítimo; a recuperar la capacidad de formular preguntas incómodas tal como lo hace el buen periodismo, que hoy nos convoca en torno a la libertad de expresión y a la conversación abierta al desacuerdo. Invito a recuperar la confianza en la diversidad y en la posibilidad de disentir, cambiar de opinión, convivir sin miedo.
Barrios Vivos es un ejemplo concreto de cómo la cultura puede sanar y reconstruir esa confianza: devolver la palabra, restaurar narrativas, habilitar la conversación.
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Porque si no podemos hablar, no podemos confiar; si no confiamos, no participamos; y si no participamos, nunca tendremos una ciudad, un país y una Latinoamérica distinta.