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Lunes 4 de mayo de 2026
¿Dejaremos de ser alfiles sin albedrío? A propósito de la exposición del archivo de Gabriel García Márquez en la Biblioteca Nacional

Exposición 'Todo se sabe, el cuento de creación de Gabo'.

Foto: Biblioteca Nacional de Collombia

¿Dejaremos de ser alfiles sin albedrío? A propósito de la exposición del archivo de Gabriel García Márquez en la Biblioteca Nacional

La crítica cultural y gestora de archivo Amalia Tapiero Barreto reseña con agudeza las omisiones de la inédita exposición 'Todo se sabe, el cuento de la creación de Gabo', que terminó esta semana.

Por: Amalia Tapiero Barreto

El sábado 2 de agosto concluyó en la Biblioteca Nacional una exposición que trajo de vuelta, al menos por 101 días, parte del archivo de Gabriel García Márquez a su país de origen. El conjunto de documentos expuestos, proveniente del Harry Ransom Center de la Universidad de Texas, en Austin, constituyó una oportunidad única para analizar su legado intelectual y pensar en los modos en que este se divulga, se interpreta y se reactiva en distintas geografías, en este caso, las suyas propias.

Los documentos de archivo expuestos en la Biblioteca Nacional entre el 23 de abril y el 2 de agosto suscitaron en quien escribe una emoción profunda, compartida por otros visitantes, según dejaban entrever sus gestos y silencios a lo largo del recorrido por la sala: ¿cómo no conmoverse ante los dibujos de García Márquez y sus primeras incursiones en la poesía? ¿Qué otra cosa, sino emoción, pueden despertar el liqui-liqui y los videos que registran la celebración del Nobel en Estocolmo, amenizada con cumbias y vallenatos? ¿No es revelador el conjunto de manuscritos en los que se advierte su minucia al escribir?

La respuesta a todas estas preguntas es evidente y podría resumirse en una sola frase: cada uno de los materiales expuestos constituye un acervo de enorme riqueza e incuestionable valor cultural. Sin embargo, más allá de esa evidencia, surgen interrogantes sobre la manera en que fue estructurada la exposición. Cabe preguntarse, cuál es, en última instancia, el mensaje que transmite la muestra a través de sus siete núcleos temáticos. Vista en su conjunto, la exposición traza un camino claro: el de la evolución de García Márquez, desde sus orígenes en Aracataca, en los linderos del mundo, hasta su consagración como escritor global. Precisamente esta narrativa teleológica que pauta el ritmo del recorrido ofrece pistas reveladoras sobre la manera en que los colombianos leemos su obra y, dicho sea de paso, asumimos nuestra identidad nacional.

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La primera implicación tangible de imponer una narrativa global al recorrido vital de García Márquez se hace evidente desde el inicio mismo de la exposición. Quienes siguieron con atención la visita guiada se encontraron, como punto de partida, con dos documentos en aparente tensión: la cubierta del libro Los sucesos de las bananeras, del general Carlos Cortés Vargas —responsable directo de la masacre—, y recortes de prensa del diario El Tiempo que relatan las pesquisas de Jorge Eliécer Gaitán tras los hechos de 1928. ¿Qué versión de la historia se está privilegiando? ¿Por qué no incluir la carátula del libro de Gaitán —La masacre de las bananeras: 1928? ¿No implica esta contraposición de un libro con autoridad editorial a unos pocos recortes de prensa una jerarquización de las versiones del pasado? ¿Qué efectos tiene esta elección en la lectura que se propone del pasado de un país que aún desconoce cuántas vidas cobró la masacre liderada por Cortés Vargas en alianza con los intereses de los Estados Unidos y la United Fruit Company?

Estas preguntas nos conducen a otro aspecto revelador de las decisiones tomadas para hablar del boom latinoamericano. ¿Se privilegió alguna u otra versión de la historia al incluir o excluir documentos claves? Llama la atención que se pase por alto la injerencia de agencias estadounidenses en la promoción de ciertos autores y en la imposición de lecturas sobre sus obras. Es particularmente sorprendente para quien escribe la omisión de una confidencia más bien pública: la intromisión de la familia Rockefeller —propietaria de la filial colombiana de Standard Oil, Esso Colombiana— en los asuntos políticos y culturales de América Latina en pleno auge de la Revolución Cubana, así como el patrocinio de la CIA, a través del Congreso por la Libertad de la Cultura, a diversas revistas en todo el mundo durante la Guerra Fría, entre ellas Cuadernos y Mundo Nuevo.

El número 9 de esta última fue exhibido con orgullo en la muestra al tratarse del ejemplar en el que se publicó el tercer capítulo de Cien años de soledad. La exposición habría sido una ocasión excepcional para compartir con el público la carta que envía García Márquez a Emir Rodríguez Monegal (director de Mundo Nuevo) el 24 de mayo 1967 y que finalmente se publica en el semanario Encuentro Liberal, dirigido por Germán Vargas, el 3 de junio de ese año. En ella, el autor manifiesta su inconformidad ante la certeza de que el Congreso por la Libertad de la Cultura mantuviera “ciertos vínculos extraconyugales” con la cia, hecho confirmado por The New York Times en abril de 1967: “En estas condiciones, señor director —escribe García Márquez—, no me sorprendería que usted fuera el primero en entender que no vuelva a colaborar en Mundo Nuevo, mientras esa revista mantenga cualquier vínculo con un organismo que nos ha colocado a usted y a mí, y a tantos amigos, en esta abrumadora situación de cornudos”.

Dada la postura de García Márquez y su énfasis en que “no dejara de tener una cierta gracia el hecho de que parte del presupuesto del espionaje norteamericano se utilizara para divulgar la obra de este escritor, a quien no se le permite entrar a los Estados Unidos como un homenaje a su peligrosidad política”, llama la atención que la exposición valide su obra a partir de las valoraciones positivas de Cien años de soledad en ese país.

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Se exhiben con orgullo reseñas en inglés de la novela y traducciones de textos fundacionales que consolidaron el fenómeno editorial del boom en ese contexto —como Into the Mainstream, de Luis Harss—, impulsado por el Center for Inter-American Relations (CIAR) y su revista Review, fundados en 1967 por David Rockefeller. ¿Dónde queda, pues, la polémica que ese mismo año provocó en Colombia la publicación de Cien años de soledad, ampliamente documentada por la prensa nacional? ¿No merecía mención el boicot cultural contra Colombia, organizado desde México por José Luis Cuevas en defensa de Marta Traba —expulsada por Carlos Lleras ese mismo año—, a raíz del cual García Márquez amenazó con retrasar la llegada de la novela al país? ¿Es digno de omisión el retraso con que Cien años... se publicó en Colombia?

Por supuesto, se incluyen valiosos documentos alusivos a la publicación de Cien años de soledad en Buenos Aires, así como referencias al grupo de escritores conocido como La Mafia y a los vínculos que estrechó en México D. F. Sin embargo, resulta llamativo que la narrativa curatorial sitúe a México y Argentina como centros naturales del boom, y, en una muestra de sesgo histórico, omita a Cuba y el papel fundamental de Casa de las Américas como articulador de la vida cultural latinoamericana.

De hecho, en 1964, el número 26 de Casa de las Américas, dirigido por Ángel Rama, en el que aparece su influyente ensayo 'Diez problemas para el novelista latinoamericano', junto a textos de autores como Alejo Carpentier, Julio Cortázar y Juan Carlos Onetti, contribuyó decisivamente a consolidar la “nueva novela latinoamericana”, para usar términos de Carlos Fuentes. Para entonces, García Márquez ya era un intelectual reconocido: Ángel Rama había divulgado su obra en la revista y, el 14 de abril de ese año, Haydée Santamaría lo invitó formalmente a colaborar. Además, se le solicitó un libro para la colección Literatura Latinoamericana, en la que ya figuraban José Carlos Mariátegui, Horacio Quiroga, Juan Carlos Onetti y Julio Cortázar. Omitir el papel crucial de Casa de las Américas en la muestra no solo empobrece la narrativa curatorial, sino que distorsiona la historia misma que se pretende contar.

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De hecho, las referencias al apoyo de García Márquez a la 'revolución', en la cual creyó hasta el final de sus días, son más bien tímidos y se reducen a correspondencia o fotografías con Fidel Castro y a su trabajo en Prensa Latina, agencia de noticias de la cual fue corresponsal en Nueva York y motivo por el que Estados Unidos le revocó la visa para entrar a ese país.

Todo esto nos lleva a otra gran pregunta. ¿Cómo entiende la muestra el compromiso político de García Márquez? ¿Se redujo a sus interacciones con Bill Clinton, Juan Manuel Santos o Shakira, como sugiere la selección de fotos en esta parte de la exposición? Dicho brevemente, fue su compromiso con la realidad social lo que lo condujo a la política, desde donde actuó con total independencia, por convicciones propias y definiéndose a sí mismo como “un comunista que no encuentra dónde sentarse […pero sigue] creyendo que el socialismo es una posibilidad real”.

Mientras colaboró con Alternativa, se volcó de lleno al periodismo y al activismo políticos. Se convirtió en una voz clave en la denuncia de las dictaduras militares en América Latina, en especial la de Augusto Pinochet, al punto de declararse en “huelga literaria contra el fascismo”. Su defensa de los derechos humanos lo impulsó a integrar numerosos comités e iniciativas que describía como “cuestiones de solidaridad”, entre ellas, junto a Julio Cortázar, el Tribunal Russell ii sobre la represión en América Latina (1974-1976). Sorprendentemente, los textos de sala omiten cualquier mención al Tribunal Russell y afirman que García Márquez participó en la Corte Penal Internacional, creada apenas en 2002.

Esto nos lleva a la última cuestión. La exposición difunde la versión de que García Márquez “se marchó con Mercedes de Colombia a México porque creía que iba a ser secuestrado”. ¿Secuestrado por quién? Lo cierto es que fue un férreo crítico del Estatuto de Seguridad de Julio César Turbay Ayala y, según diversas fuentes, supo que el Ejército lo buscaba para interrogarlo por supuestos vínculos con el M-19. De ahí que tuviera que exiliarse en marzo de 1981, como tantos otros durante este Gobierno, incluida su amiga Feliza Bursztyn. No habría sido difícil incluir la célebre columna 'Punto final a un incidente ingrato', en la que relata con detalle lo sucedido e interpela directamente a Turbay.

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Ya hacia el final del recorrido, en la sección dedicada a los videos que celebran su consagración como escritor global con la entrega del Nobel, el guía muy conmovido destacó que, gracias al caribeño, pasamos en el imaginario mundial de ser “el país de la cocaína al país de Cien años de soledad y el realismo mágico”. En síntesis, se exalta la consagración de un escritor global dentro de una sociedad neoliberal y capitalista, mientras la narrativa de la exposición diluye las particularidades históricas y presenta a García Márquez como una mercancía despojada de cualquier alusión incómoda. En la misma línea se inscriben los fragmentos de textos sueltos e inconexos que pretenden guiar al visitante a lo largo de la muestra a modo de eslóganes, pero que más que orientar al visitante, lo confunden.

Sin embargo, me quedo con la cita de uno de esos textos: “América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío”. En un país donde la enseñanza de la historia ha sido sistemáticamente anulada, los archivistas, curadores e investigadores que han tenido el privilegio —o la curiosidad— de internarse en los vericuetos olvidados de nuestro pasado tienen la responsabilidad de actuar como faros: iluminar al público para que este llegue a sus propias conclusiones y evitar que naufrague en los lugares comunes, el olvido selectivo o la tergiversación de las versiones oficiales. Tenemos la obligación de releer la historia con mirada crítica, de resistir la comodidad de los relatos prefabricados y de reconocer que la memoria —como América Latina misma— no puede ni debe ser un alfil sin albedrío.

Finalización del artículo