En ‘Bajo otras luces’ conviven la excelencia del cronista y el poeta obsesionado por el sonido, el sentido, el orden, el ritmo, el vecindario de palabras y frases. El resultado, una narración fluida que es un gozo para quienes leen por placer.
**Frank Báez, Bajo otras luces
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“Escribir bien” no es una expresión unívoca. Significa muchas cosas e, históricamente, ha cambiado mucho y en muchas direcciones. Vamos desde el barroco más extremo, como estilo, mejor, vamos desde el barroco más recargado hasta la más sofisticada sencillez. Por épocas, y como parte de los mecanismos de discriminación, se inventan los arquetipos de ‘lo bello’, ‘el buen gusto’ y la ‘elegancia’, asunto que da lugar a los más desestimulantes momentos de prestigio de un tieso academismo, de la más aburrida oratoria, cuando no predicación. Lo admito: es cuestión de momentos, de personas, de gestos.
Por mi parte, que no reivindico como la única (pues de algo deben vivir los profesores), mi búsqueda de lector es confesionalmente sensualista. Busco que la lectura me proporcione placer, quiero jugar el juego del poder de encantamiento que puede llegar a proporcionar la lectura. Y no se crea que escribir para proporcionar placer es algo fácil. Cocteau decía que “con lo fácil que parece no se nota el trabajo que nos costó”.
Ante todo, quien escribe las crónicas de Bajo otras luces posee una formidable conciencia del lenguaje. Acaso porque, antes que el excelente cronista, está el poeta obsesionado por el sonido, el sentido, el orden, el ritmo, el vecindario de palabras y frases. Hay un diseño mental que opera procesando –con paciencia, con malicia, con humor, con inspiración– cada palabra, cada gesto que aparece en la crónica, cada aparente desvío del relato, desvío que contribuye al sabor de la mezcla de los hechos y de las palabras que los expresan.
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Lo primero que destaco del magnífico Bajo otras luces es la fluidez de la narración. Uno, lector gozoso, lector gocetas, uno que lee por placer, se deleita con la forma de hablar por escrito de Frank Báez.
En los tiempos que vivimos, la crónica es un género que se destaca como el que más en la literatura escrita por hispanohablantes del continente americano. Y, las mejores, escritas de un modo establecido desde antes de la existencia de la literatura escrita, en forma de narración oral. Como Las mil y una noches, como Los cuentos de Canterbury, como el Decamerón. Sin ir tan lejos, como la mejor literatura de viajes, pues de eso se trata, de un libro de viajes, como lo dice el título, Bajo otras luces. Y eso es lo que hace Frank Báez: contar un cuento, conversarlo por escrito con naturalidad y con humor, usar de referentes a sus más cercanos.
Comenzando por su familia: Bajo otras luces empieza con un relato en contrapunto, que va de Vargas Llosa a Franc Báez, padre del autor. El contrapunto es sencillamente magistral como instrumento para enlazar al lector en un viaje que comienza casi despreocupadamente con una confesión: “la noche del domingo 25 de septiembre de 2016, justo cuando me disponía a dormir, recordé que había dejado plantado a Mario Vargas Llosa (…) Había faltado al desayuno que agendé con el Nobel el sábado en el restaurante del hotel Crown Plaza Santo Domingo donde se hospedaba. Sucede que lo entrevisté y habíamos resuelto proseguir la conversación literaria ese sábado en la mañana, fecha que tenía libre en su apretada agenda (…). Debía disculparme con su asistente a la mañana siguiente y explicarle la razón de mi ausencia, una razón que justificaba cualquier desconsideración: mi padre había fallecido el 23 de septiembre, un día antes de nuestro pautado encuentro”.
En síntesis, sin enfatizar en lo más público –un autor famoso en persona– lo más privado aparece en un triste momento para el cronista. Y, alternando esos dos extremos, Báez cuenta la muerte del padre, un padre querido, que días antes se ha emocionado porque su hijo escritor entrevistará a uno de sus autores más admirados.
Me detengo en la primera crónica de este libro porque es el lazo que envolverá al lector con el resto del libro, crónicas localizadas en Santo Domingo sobre el año de la peste, sobre el monumento a Colón y su fucú, y una crónica-ensayo sobre la geografía de la isla donde nació, donde están dos países que se desconocen, que ni siquiera hablan el mismo idioma y que desconfían el uno del otro, Haití y República Dominicana. Por un lado, el de Haití, “para una clase intelectual haitiana nosotros somos como un hazmerreír porque negamos nuestra afrodescendencia. Pero para un grupo de gente de la frontera nosotros somos una amenaza. Y para la gran población de Haití los dominicanos no significamos nada. Y es interesante pensar eso dentro del imaginario, porque nosotros tenemos a Haití demasiado presente”. Antes, Báez se refiere al “rechazo a todo lo haitiano que hay en el país”, y rememora los hechos ocurridos en 1937, cuando el ejército dominicano eliminaba a todo haitiano que intentara pasar la frontera y “entre los métodos que usaban las tropas dominicanas para identificar a los civiles haitianos el más efectivo era ordenarles que pronunciaran en español la palabra perejil. Ya que en el creole haitiano no se pronuncia de manera suave la letra “r” el lenguaje solía delatarlos y acababan convirtiéndose en potenciales víctimas. Una palabra mató 25.000 personas…”. Han sido los artistas de ambos países, cuenta Báez, quienes han intentado el acercamiento y la crítica de los prejuicios que distancian a la gente de ambas naciones.
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La segunda parte de Bajo otras luces contiene crónicas de viajes a varias ciudades europeas, Cartagena, Málaga, Granada y Venecia, para regresar a su Caribe amado en la tercera parte y detenerse en una reflexión sobre el oficio de escritor en su país, en el Caribe todo, partiendo de un planteamiento de Derek Walcott: “el premio Nobel argumentaba que mientras los poetas europeos sufren de la angustia de las influencias y del fardo de la tradición, nosotros, los isleños, los habitantes de las excolonias, tenemos las libertad de saquear varias culturas como piratas y con ese material nutrir nuestras obras. Es decir, podemos ensamblar nuestros poemas y nuestras novelas con piezas de otras culturas y lenguas sin miedo a traicionar nuestra identidad, que se va forjando a medida que tomamos lo foráneo y lo replanteamos. Aunque a mí me parece que no es algo propio de los escritores caribeños, más bien es algo inherente a la condición del poeta que pone en crisis todo, especialmente su instrumento: el lenguaje”.
Poco más adelante admitirá que “los poetas caribeños no conocemos el Caribe y continuamente extrapolamos dicha inopia a nuestras lecturas y a muchos de nuestros referentes literarios. Es sorprendente que estemos más familiarizados con las obras de autores que residen miles de millas de distancia que con las de un poeta que viven en la isla de al lado. ¿A qué se debe esta ignorancia? Puedo lanzar mi hipótesis. Pero creo que en el fondo se debe a que no tenemos una idea clara de qué es el Caribe. En términos geográficos se podría argumentar que la región está constituida por las islas situadas alrededor del mar Caribe. Ahora bien, ¿qué hacemos con las islas fuera del mar Caribe, como Bahamas o Barbados?, ¿no son caribeñas? De igual modo, pensemos en los territorios continentales bañados por estas aguas, como, por ejemplo, Centroamérica. En el mismo tenor, ¿qué tal las costas de Colombia, Venezuela y México? ¿Pertenecen al Caribe? ¿Y qué hacemos con las áreas continentales como Luisiana o la Florida que no son bañadas por el mar Caribe sino por el Atlántico?”. Para más equívocos, Báez recuerda que “Édouard Glissant señalaba la versatilidad del Caribe para escaparse de sus límites geográficos y expandirse por el resto del planeta. En este caso, la diáspora caribeña en Estados Unidos es de una importancia vital no solo en los procesos sociales y culturales de esa nación sino también de los países de nuestra región”.
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Es en la cuarta parte de este libro en donde Báez se ejercita a plenitud con el género del relato de viajes. Lugares distantes y desconocidos. Culturas ajenas. Extrañeza y, al mismo tiempo, el trasfondo profundamente humano que nos hermana a todos: viajes a Nueva Delhi, a Old Delhi, al Taj Mahal, a Jaipur y a Calcuta. Espléndido libro. Lectura feliz.
Frank Báez,
Bajo otras luces
Yarumo Libros
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Alfonso Martínez Galilea, Puertos de paso**
Embozado en el oficio de lector, en los avatares del librero, invisible casi de tan discreto, en apariencia incrustado en una realidad verosímil, misteriosamente clara, a veces fantasmal, el poeta aborda cara a cara, valiente y asombrado, los más insondables misterios de sí mismo, su propia identidad, su memoria, el amor, la muerte ineludible. Y su silenciosa lucidez se hace palabra que nos asalta, nos aborda, nos interroga. Impávido o aterrado, el poeta se vuelve palabras para revelar su silencio mostrando al tiempo que él mismo es su silencio, su ineludible conciencia del tiempo, del misterio de las cosas más simples, de la belleza de la noche, de la estación, de todo lo que vive.
Discreto y lúcido, casi oculto, al cabo de los años de escritura, esta selección de poemas de Alfonso Martínez Galilea (Logroño, España, 1959) se convierte en una revelación, en una guía para entender la vida y lo que somos.
Una canción
Cuando en la medianoche te sorprendas
imaginando una canción y adviertas
que sus oscuras notas te recuerdan
los días más hermosos de nuestro amor,
no desdeñes pensar en esos días:
tiempo tendrás de acomodar tu hastío
a las cambiantes formas de la dicha.
Esa noche recuérdame contigo.
Bolero
No puedo darte nada: ni estas manos vacías
puedo darte, estas manos que trabajosamente
han buscado tus manos en la noche apagada
o en la noche encendida han buscado tus manos.
Quizá algo pueda darte... Te lo diré: mis sueños.
No siendo para ti mis sueños algo nuevo
puedo dártelos, nada me lo impide, mis sueños
–en los que tú vivías antes de conocerlos.
También te doy mi olvido. Ya no recuerdo nada.
La noche está estrellada. El mundo está dormido.
Tiendo hacia ti mis manos, mis manos sucias, vagas...
Nada te pido, nada.
Todo se apaga. Todo
se paga.
Ya no recuerdo nada.
Puertos de paso
Ay, renunciar a todo
y no poseer nada,
huésped de las apariciones,
empleado de una corporación fantasma.
Que la vida se arrastre
vaga por la profundidad de un turbio mapa
desconocido y familiar a un tiempo
de las tierras de esta comarca.
No otra ilusión. De rocas
implacables, de formas bastas
está sembrado el campo,
está sembrada la sombría casa.
Y tú celebras abismado tanta desposesión
con el despojo de las palabras.
Piensas: “Amor, no hay otra playa”.
Dices: “Y no poseer nada”.
Alfonso Martínez Galilea
Puertos de paso
Eafit
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