Hasta que empieza a brillar es una biografía novelada de María Moliner, la autora de un magistral diccionario de la lengua castellana. Su autor, el escritor argentino Andrés Neuman.
Andrés Neuman, Hasta que empieza a brillar
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Más allá –y más acá– de las biografías preparadas por historiadores en las que cada hecho ha sido confrontado –entre testigos, entre papeles, en todas las fuentes posibles–, y en las que la precisión histórica es un buen rasero, más allá de los libros fielmente históricos, la literatura ha construido un nicho que unas veces es más novela que biografía y otras más biografía que novela. Oscilamos entre la novela biográfica y la biografía novelada. Es todo un género en el que puede encontrarse desde la hagiografía hasta un tono correcto de artículo de enciclopedia, disfrazado de literatura sólo para disimular la ausencia de confrontación de los hechos o para sustituir un uso literario de lenguaje. Pero cuando están bien usadas las palabras, con sensibilidad y precisión, la biografía novelada o, como en el caso que nos ocupa, la novela biográfica, puede ser un exquisito plato, un muy refinado banquete para el lector que busca placer: tal es Hasta que empieza a brillar, el libro que escribió Andrés Neuman (1977, Buenos Aires, quien vive en Granada desde su infancia) sobre doña María Moliner (1900-1981).
Comencemos por situar el personaje según las palabras de, nada menos, don Gabriel García Márquez: “María Moliner –para decirlo del modo más corto– hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Se llama Diccionario de uso del español, tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total, que pesan tres kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y –a mi juicio– más de dos veces mejor. María Moliner lo escribió en las horas que le dejaba libre su empleo de bibliotecaria”.
María Moliner es conocida por su Diccionario de uso del español, una obra descomunal que ella comenzó cuando ya tenía 52 años. Su vida no está rodeada de aventuras y acontecimientos. Pero es todo un personaje. El arte de Neuman consiste en hablarnos de ella de un modo tan atinado, apelando con finura a pequeños detalles que logran desde un principio que el lector sea cómplice y ame a primera vista la María Moliner que él nos presenta: una niña venida de Aragón, que estudia en la Institución Libre de Enseñanza, hija de un médico rural que se irá a Buenos Aires y desaparecerá pronto de su vida y obligará a su madre a regresarse al Aragón de donde había venido. Neuman tiene la sensibilidad de poeta como para meterse en el pellejo de aquella María, que casi niña ya ayudaba a la economía familiar dando clases particulares de alemán o de latín en una edad más propia para ser alumna que para enseñar.
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María Moliner tenía 17 años y ya trabajaba en el Estudio de Filología de Aragón: “El Estudio andaba casualmente inmerso en la elaboración de un diccionario de vocablos aragoneses, si en ese momento alguien le hubiera soplado su futuro al oído, María se habría muerto de la risa”.
A sus veinte años se graduó con honores en historia: “Restando horas de sueño y sumando exámenes libres, María comprimió dos años lectivos en uno solo. Encontraba un placer vengativo en adelantar a sus pares. Por haber llegado tarde a casi todo, tenía más prisa que el resto. Terminó la carrera antes de cumplir los veintidós, y le dieron el Premio Extraordinario al mejor estudiante (…). Al final decidió concursar al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios”.
Trabajó en el Archivo General en Madrid, en los archivos de Hacienda en Murcia y en Valencia: “se pasaba las mañanas con la nariz metida entre ficheros cotejando papeles del Estado (¿no era el Estado mismo un compendio de archivos, comprobantes, normativas?)”.
Se casó con un murciano, profesor de física, Fernando Ramón y Ferrando, y tuvo cinco hijos: “Sus hijos le enseñaron a hablar de nuevo sílaba por sílaba, una palabra tras otra, como si hasta entonces las hubiera dado por sentado, creyendo que dominaba lo que era apenas una inercia, un rebaño de convenciones cuya razón había olvidado. Igual que sólo entendía en verdad lo que explicaba en clase. María sintió que tocaba su corazón verbal cuando sus hijos la obligaron a desarmar la lengua para mostrársela por dentro, como una caja de música”.
Fue directora de la biblioteca de la Universidad de Valencia. Con compañeros de docencia en esa universidad contribuyó a fundar una escuela inspirada en el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza, la Escuela Cossío: “María organizó los talleres de lectura y asumió las clases de Lengua. Aunque lo consultaba a diario, a veces echaba en falta un diccionario más claro y cálido que el académico. Sus definiciones desconcertaban a sus estudiantes, obligados a ir de una palabra a otra, hasta enredarse en una maraña que desvirtuaba el sentido de la búsqueda”.
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Colaboró en el proyecto del gobierno republicano para dotar de bibliotecas a todos los pueblos de España; “presidido por el señor Cossío, el Patronato de Misiones Pedagógicas se proponía crear centros educativos y bibliotecas ambulantes en las zonas rurales de todo el país”. En particular, trabajó sobre el tema de las bibliotecas escolares y no faltó quién le restara importancia a ese proyecto: “¿Para qué iban a perder el tiempo sus hijos leyendo, cuando podían hacer cosas útiles? (…). En su opinión, esa barbaridad aristocrática daba por hecha la inutilidad del arte y subestimaba las funciones de la belleza. ¿Cómo no iba a ser útil la lectura si mejoraba la vida cotidiana, si fundaba una soledad asociativa, si ofrecía más experiencias de las que nos tocaba en suerte, si ampliaba nuestras identidades, nuestro conocimiento de prójimo y nuestro concepto mismo de realidad, si nos permitía comunicarnos con otras épocas, e incluso hablar con muertos?”.
Estaba en esas cuando los republicanos perdieron la guerra. María continuó con entusiasmo en su trabajo de nuevas bibliotecas. Escribió: “Hay que aspirar, como ideal, a una organización tal que permita que cualquier lector, en cualquier lugar, pueda obtener cualquier libro”. Redactó un “proyecto de bases de un plan de organización general de bibliotecas del Estado”. A esas alturas, el ministerio canceló su programa.
Poco después, el franquismo ganó la guerra y el nuevo gobierno aplicó un programa de depuración que le significó a María bajar dieciocho peldaños en el escalafón; regresó a su puesto de archivera en Valencia. “En el Archivo de Hacienda, entre pasillos idénticos, se imponía metas que la mantenían sedada. Alinear la posición de los sellos, revisar los certificados impares, actualizar los legajos terminados en siete. Extrañaba su oficio bibliotecario, aunque no parecía el momento de retomarlo con las bibliotecas, librerías arrasadas”. Vivía un miedo que le imponía discreción. Deciden –ella y su marido– mudarse de nuevo a Madrid: “dirigir la biblioteca de la Escuela de Ingenieros Industriales no era lo que ella había soñado, pero hacía bastante que sus sueños no se entrometían en sus decisiones. Se sentiría cómoda rodeada de anaqueles. Eso se dijo. Eso quiso creer. Lo que no se imaginó es que se trataría de una biblioteca tan escasa de libros como de lectores”.
En Madrid, “los días se plagiaban entre sí. Al salir del trabajo, María demoraba su regreso sentándose en los parques. Se quedaba mirando la escritura de las ramas. Sentía que estaba a punto de tener una revelación que no llegaba, como esas palabras perdidas en algún pliegue entre la cabeza y la lengua”.
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Los años pasaban, la familia crecía, lo hijos tomaban su rumbo aparte de la casa paterna. “Ahora que era casi libre, necesitaba convertir ese fin en un medio para otra cosa. Haber cumplido 50 tampoco la entusiasmaba demasiado. Aunque no, se repetía, no se trataba tanto de la edad. Lo peor era la melancolía de las energías desaprovechadas (…). Así que necesitaba algún proyecto lo bastante excesivo como para despertarla (…). Una tarde cualquiera, sola en casa, mientras hojeaba una joven novelista, se detuvo para hacer una consulta. Abrió el diccionario de la Real Academia, localizó el vocablo, comprobó que ninguna de las definiciones la convencía. Y, casi sin pensarlo, las enmendó a su gusto con un lápiz. Repasó en voz alta el resultado. Asintió satisfecha. Y cerró el sólido volumen. Volvió a sentarse, pero le fue imposible reanudar la lectura. Se quedó absorta en las sombras de la ventana. Se hizo un silencio denso, efervescente. Con el lápiz todavía entre los dedos, apretándolo fuerte, se puso en pie de un salto, impulsada por una idea tan disparatada que la hizo reír”.
Ese día nació la idea de hacer un diccionario. Con el tiempo, fue madurando la idea. “Anhelaba inventar el diccionario que le hubiera hecho falta, ese que le habría encantado consultar como estudiante, investigadora, bibliotecaria, madre. Trabajaba con sus huecos. Escribía desde allí”. “Por encima de la ortodoxia, ella tenía en mente el habla. El purismo le parecía una contradicción del tamaño de la basílica del Pilar. Conocía demasiadas palabras que la institución había tildado de barbarismos para, tarde o temprano, asimilarlos. Otros quedaban excluidos como meros tecnicismos, cundo ya eran de uso cotidiano; pensaba en cibernética, entropía, reactor (…). Los aduaneros verbales se escandalizaban de que control, test o récord viajaran de boca en boca. Lo cómico del asunto, rumiaba María, era que su origen se remontaba al latín. Paladeó una risita mientras anotaba: ‘negarse a emplear un recurso ofrecido por esa herencia, solamente porque otro de los herederos se ha anticipado a sacar provecho de él, es puerilidad o reparo de hidalgo picajoso’”.
Su diccionario, pensaba, iba a ser muy distinto del diccionario de la Academia. Neuman lo cuenta invocando el eslogan de la Academia: “Limpia, fija y da esplendor”. Solía repetirse en voz baja, masticándolo, el lema académico. No tenía ningún interés en hacer limpieza, prefería detenerse en las huellas que las palabras dejaban a su paso. Se sentía como con un lápiz. Con sus trazos provisionales, cambiante, sin fijar. Y desconfiaba de las pretensiones de esplendor. Siendo precisa, para ella la lengua era esplendente: reflejaba la luz, la lucidez de quien la hablaba”.
María trabajaba instalada en la mesa del comedor. Papel, lápiz, máquina de escribir: “doblaba los papeles con el sello de la Escuela de Ingenieros, los economizaba transformándolos. Dos fichas por hoja, un vocablo por ficha. Desgastaba su lápiz en los borradores de cada definición. Si quedaba conforme, transcribía la entrada en su Olivetti Pluma 22. Terminaba de hacer las últimas correcciones, sobre el texto mecanografiado, con la maltrecha Mont Blanc de su padre”.
“Superado el desaliento inicial, la alevosía con que la ignoraban en la Escuela de Ingenieros resultó una bendición. María llegaba puntualísima, saludaba en voz baja, resolvía las cuestiones urgentes. Y, en cuanto podía, se encerraba con un montón de fichas que no eran de la biblioteca”.
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Al principio se puso un plazo de dos años. De seguro, pronto se dio cuenta de que era poco tiempo. El proyecto crecía. En secreto, su marido contaba las fichas que llevaba. “Centímetro a centímetro, sus cajas fueron terminando en los armarios, estantes, mesitas, alacenas, fueron multiplicándose detrás de las puertas y debajo de las camas. Su hogar se convirtió en una selva de vocablos”. Un día que su marido “se topó un fajo de fichas dentro del botiquín, presentó formalmente su protesta. ‘¿El baño o yo?, querida’. ‘¿Me dejas pensarlo?’, respondió ella, de seguro sonriendo”.
Un viejo amigo de María, Dámaso Alonso –escritor, profesor en España y fuera de ella, miembro de la Academia– se enteró de en qué andaba María y se apareció con otro académico en su casa con el pretexto de llevarle unos libros. Admirado, Dámaso le dice a María: “Lo que no entiendo es cómo lo haces” y ella le contesta: “Nada del otro mundo: escribo una palabra y me quedo mirándola hasta que empieza a brillar”. Al día siguiente, Alonso volvió a la casa de María y se llevó varias fichas que llevó como muestra a una reunión de la Editorial Gredos. Discusión entre los cinco miembros del consejo editorial: “¿Un diccionario alternativo? ¿De una mujer? ¿De oscuro pasado político? ¿Enmendándole la plana a la mismísima Real Academia? El proyecto sonaba delirante. Dámaso se limitó a pronunciar un sucinto pronóstico: ‘Si no publicamos esto, nos arrepentiremos como de tantas cosas’”. La decisión se demoró varios días. Le ofrecieron un anticipo. María en persona se encargó de negociar, y solicitó mejores condiciones. Al final todos estuvieron de acuerdo.
María “sabía que le quedaba por delante un trabajo desmesurado, pero aquel compromiso formal la obligaba a terminar algo que se le estaba volviendo interminable. Tras la firma del contrato, María sumó efectivos a su causa. Carmina [la hija menor] trasnochaba algunas noches (…) para organizar las fichas por familias léxicas. Fernando [su marido] le echaba una mano con las entradas científicas. A fuerza de repasar conceptos juntos, ella sintió que volvían a acercarse. Sus sobrinas se convirtieron en asesoras de slang juvenil”.
“En la mesa del comedor: encima y debajo. En cada hueco libre de la cocina. En estantes, armarios y cajones. En el baño, nunca muy lejos del retrete por razones estratégicas. En los apoyabrazos del sofá. En cajas, por qué no, a los pies de las puertas: le servían de freno. En cualquier parte, en todas, María almacenaba fichas. A menudo ni siquiera recordaba haberlas dejado ahí. Su aparente reproducción espontánea le parecía un misterio. Descubrió más de una entre las sábanas, como si ella misma las hubiese parido en camisón”.
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“La fecha de entrega se acercaba cada vez. O, mejor dicho, no dejaba de aplazarse, ella intentaba concluir desesperadamente, pero su manuscrito se negaba, escupiendo errores en pasajes que ya había corregido o inventando problemas que antes no existían. ¿Cuánto llevaba con el monstruo? ¿Década y pico? Dámaso le pedía tranquilidad y la ponía nerviosa. (…). Cuanto más entusiasmo le trasmitían sus editores, más objeciones le ponían. Algunas le resultaban útiles y muchas más contradecían sus intenciones. Le reprochaban la carencia de fuentes documentales en sus ejemplos, cuando justo de eso se trataba: de pensarlos como hablante, desde la escucha de la lengua viva, y no sólo a partir de figuras canónicas o antiguas autoridades”.
Ya con el diccionario en la imprenta seguían las revisiones y los cambios. “No era infrecuente que tuvieran que deshacer algún cambio introducido con anterioridad, o añadir algo que ya había sido eliminado (…). Las semanas finales fueron un carrusel de urgencias. Cuanto menos tiempo quedaba, más se detenía ella en pormenores que los demás encontraban prescindibles. María se sentía víctima de un malentendido: su presunta paciencia nacía de la ansiedad, necesitaba tanto rematar aquello, cerrarlo para siempre, que estaba dispuesta a demorarse todo lo que hiciera falta”.
Apenas, por fin, dio su labor por terminada: el diccionario estaba en corrección final de pruebas. María se fue de vacaciones a visitar a su hijo en Ginebra, al otro que vivía en Canadá. Pero “terminó cayendo en otras vacaciones atareadas. A causa de ese oxímoron se dio cuenta, horror, de que había olvidado la palabra oxímoron. Hizo llamadas. Escribió cartas. Y mecanografió unas largas Instrucciones para la corrección de pruebas. Se extendió en toda clase de indicaciones sobre la forma de las entradas, el orden de los ejemplos, las acentuaciones de términos grecolatinos o los nombres científicos de las plantas, para lo cual resultaba absolutamente indispensable que, por favor, fueran con Mati a su casa y consultaran un manual francés de botánica en el corredor, a mano izquierda, en el tercer estante empezando por abajo”.
Y en el mismo talente estaba al volver de vacaciones: llegó al taller “con un fajo de tachaduras frescas”. La editora le dijo: “Doña María, no podemos seguir así” y ella le contestó: “¡un esfuerzo más y ya estamos!”. La editora: “eso nos dijo hace seis meses”. Respuesta de una María impertérrita: “Cómo vuela el tiempo, ¿verdad, bonita?”.
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Por fin, la imprenta y, un buen día, una caja en su casa. La miró. No parecía atreverse a abrirla. Por fin lo hizo. Cogió el primer tomo. Pesaba como un bebé. Observó cada detalle de la carátula. “¡Lo abrió por cualquier página y empezó a leer, a leerse la lengua! Detectó inmediatamente una argumentación discutible, un par de frases que no la convencían, algunos adjetivos innecesarios. Sufrió. Gozó. Y ahora, ¿ahora qué?”.
El libro empezó a circular. Mucha prensa. “En los medios de comunicación, y también entre sus lectores, había comenzado a propagarse una costumbre que la tenía perpleja: su nombre había sustituido al del diccionario. Ya no era de uso, ni de español, ni nada. Lo llamaban simplemente el María Moliner. Vaya por Dios, ¿para qué se había devanado los sesos con el título? No estaba segura de si eso humanizaba su libro o la convertía a ella en una especie de mujer diccionario”.
Uno, lector, cree que ahí paró todo. Pero no. En las siguientes vacaciones, antes de su jubilación, María emprendió el proyecto de leer de nuevo todo el diccionario y hacer un documento de erratas y correcciones del primer tiraje. Su marido protestó. Pensaba que ya se había acabado su competencia con un diccionario. Y hasta ahí llegó María. Se dedicó a la vida familiar. A cuidar a Fernando, que se estaba encegueciendo. Todo era vida familiar.
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Todo era vida familiar. Hasta que llegó el día en que, por iniciativa de Dámaso Alonso, un poco contra su propia voluntad, María Moliner presentó su candidatura a la Academia de Lengua. Si la elegían, sería la primera mujer miembro de la Academia. Mucha prensa comentaba el asunto. “Abundaban los reportajes que la describían como una especie de artesana sin mayor ambición que sus fichitas, un ama de casa bendecida por la intuición. Se sentía en las antípodas de ese retrato: de hecho, cifras en mano, temía haber dedicado bastantes más horas al trabajo que a su familia. Y aquella estupidez de remendar calcetines que se repetía en cada noticia, ¿de dónde demonios había salido? Quizás ella lo habría mencionado medio en broma, o alguien lo había escrito en alguna parte, y ya era tarde para explicar que no. Que ella apenas cosía, y se le daba regular”.
Parecía muy difícil que la eligieran. Ya existían antecedentes de españolas que habían fracasado en su aspiración. Gertrudis Gómez de Avellaneda y Emilia Pardo Bazán. Incluso había un decálogo redactado por Juan Valera, demostrando que “los usos y las costumbres, ya fundadas en la razón, ya contrarios a ella, se oponen a que haya académicas”.
Acortando el cuento, la Academia no consideró a María Moliner digna de pertenecer a tal ilustre institución. Y doña María se retiró aún más a su casa, y poco a poco se fue extinguiendo, perdió a su marido, perdió el uso de su propio lenguaje, oh paradoja, y después murió entre los suyos, el 22 de enero de 1981.
Una novela, una biografía, plena de emoción, de comprensión profunda por el personaje, de humor y buena escritura es la que Andrés Neuman le dedicó a María Moliner.
Andrés Neuman
Hasta que empieza a brillar
Alfaguara
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