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La moda y los “ideales de belleza” muchas veces son el resultado de colonialismos culturales que afectan a gran cantidad de mujeres.
Por: Maria Clara Salive
Pensar que la moda no tiene un contenido político es por completo inocente. Y si el Old Money ya estaba haciendo de las suyas, connotando la vuelta de la ultraderecha con sus apellidos de abolengo y su ropa beige para ir al club, el último anuncio de American Eagle que elogió Donald Trump es una clara evidencia de que el mandatario está proclamando la supremacía de la raza aria. “Sydney Sweeney tiene unos jeans geniales”, dice el anuncio, un juego de palabras en inglés que juega con la ambigüedad entre genes (o sea la herencia genética) y jeans (bluyines).
Este acto de patriotismo eugenésico es un retroceso a las épocas donde los modelos de belleza eran una imposición de los vencedores contra los vencidos y un sinónimo de poder arbitrario.
Y sí, la belleza siempre ha sido un capital, como lo enuncian Eva Illiuz y Dana Kaplan en su libro El capital sexual en la modernidad tardía, esta sirve desde el matrimonio de mujeres por la dote, hasta la consecución de un trabajo por responder a los patrones de belleza femeninos de un periodo determinado, pasando por la prostitución. Pero, ¿quién determina qué es bello y que es feo? Lo hicieron los portugueses y, en general, los europeos al comercializar con esclavos y humillarlos quitándoles su cabellera para que después su pelo se considerara maluco. Lo hicieron los españoles durante la colonia y la conquista mientras violaban a las indígenas para avergonzar a sus hijos de sus facciones y el color de su piel. También lo hicieron en su guerra contra los moros. Y así desde tiempos inmemoriales, en una lucha por el poder que es atravesada por los juicios sobre la belleza que hoy monopolizan los medios masivos de comunicación.
Lo más grave, tras la afirmación de Donald Trump, es el retroceso a los mismos argumentos que utilizó Hitler contra los judíos y que combatieron por años las contraculturas. No en vano, tras la llegada del star sistem que condenó a las actrices de Hollywood desde los años treinta a responder a los valores de una raza blanca. Así, el capitalismo gradualmente encuentra un negocio rentable en la decoloración del pelo, los secadores, la keratina y un sinfín de aditamentos que ayudan a las mujeres a verse como las actrices de las pantallas. Sometiendo a las mujeres a teñirse el pelo, maquillarse y vestirse como las actrices cada vez más estereotipadas por el pelo rubio que se volvió, dicho sea de paso, un estigma indirectamente proporcional a la inteligencia.
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Así, desde Marylin Monroe no habíamos tenido un retroceso tan grande en la lucha contra estás imposiciones de la patriarcal industrial de Hollywood, la cual nos lleva a pensar que de nada sirvió la reivindicación afro representada por Noemí Campbell, la recolonización de las divas latinas como Karol G y en la moda Kali Uchis, y la revolución trans, representada por la mexicana Miss México en un concurso de belleza que históricamente representaba a las mujeres cisgénero y que por años estuvo en manos del gobierno de turno de los patrocinadores norteamericanos del certamen.
Son muchos los esfuerzos de las feministas para que la moda se abra a cuerpos imperfectos, diversos, gordos, flacos y sin distinciones de raza o discriminaciones de género, pero al parecer el nuevo gobierno del imperio se enorgullece de la homofobia, el racismo y ahora, como en la Segunda Guerra Mundial, la supremacía de la raza blanca, en una marca que obviamente se lucra del nuevo nacionalismo. El asunto ya no es político sino de raza, pues la esposa de Trump, una mujer fría e impecable, originaria de Yugoslavia (de la actual Eslovenia), es al igual que Sídney, la actriz de Euphoria Sweeney, alta rubia y de ojos claros.
En fin, el tema es preocupante y da cuenta de cómo mientras América Eagle sube sus acciones con este anuncio, la historia de la humanidad va en retroceso. No solo por el peligro en el orden mundial que representa una persona en el poder que alimenta su ego con argumentos eugenistas en pleno siglo XXI, sino por modas que la gente sigue ciegamente sin cuestionar lo que representan.
La moda siempre ha sido elitista y desde siempre ha tenido la maña de excluir a los que no manejan el arbitrario código del lujo. Así que si quieres vestirte con marcas como Polo, Lacoste, y Armani y usar joyas de Tiffany pero que no se note. Piensa que estás diciendo que eres algo inseguro pues el beige se usa para nunca desencajar y que además quieres mostrar tu linaje. Cosa absolutamente ridícula en un país de migrantes donde hasta la Estatua de la Libertad es francesa y debe estar que la deportan. ¿De qué Old Money estamos hablando?