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Lunes 4 de mayo de 2026
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Gozar Leyendo con Cambio: un duelo de 232 días

Francisco Pulgarín Hernández acompañó los últimos siete meses de la agonía de su madre con la escritura. ‘232 días’ es el conmovedor resultado de esa experiencia.

Por: Darío Jaramillo Agudelo

El 15 de febrero de 2019 la señora Edilma Hernández recibió diagnóstico de “cáncer de pulmón con metástasis a varios órganos”. Murió el 4 de octubre del mismo año, 232 días después. Durante todo ese tiempo estuvo con ella su hijo, Francisco Pulgarín Hernández. En cierto momento “escribí en poco más de un mes, casi a la par de la muerte de Edilma, mi madre: una temporada febril en la que cada noche me sentaba al frente del computador y escribía sin descanso, sin otro propósito que zafarme la angustia que definía esos días y echaba sombras al futuro. A veces me levantaba en mitad de la noche y tenía que ir al computador, era como si ella me dictara nuestro largo martirio de aquel entonces. Decidí escribir sin filtros ni eufemismo. Todas las palabras que durante meses evité, como una suerte de superstición personal, al fin fueron pronunciadas: el cáncer era cáncer, la muerte era la muerte, el dolor era el dolor. Durante estos siete meses aprendí que al dolor hay que nombrarlo por su nombre, por eso, esa palabra se repite una y otra vez, porque ningún sinónimo era más apropiado para definir lo que sentía. Sólo después, con el paso del tiempo, me di cuenta de que en realidad había escrito un largo recuento de nuestras angustias y una crónica de la relación con mi madre. Los siete meses que vivimos desde el diagnóstico y hasta que ella murió, me permitieron generar otro vínculo, abrazarla, decirle que la amaba, en suma, redescubrirla y admirarla desde otra perspectiva. Para muchos, escribir sin distancia es un error, para mí fue una necesidad, un delito de amor y de soledad, sin embargo, ahora creo que solo así se puede decantar el dolor y tratar de que sea algo más que sufrimiento. Cuando estás hecho trizas, cada palabra levanta una nueva ampolla, una herida”.

Esa inicial catarsis verbal, sin ser detenida, interactúa con otro tiempo de escritura. Además de ese momento inicial, cuando escribe “casi a quemarropa, sin distancia, sin frenos, devastado, con el dolor como única guía”, hay otro momento “un año después, cuando a lo escrito, sin agregarle ni quitarle nada, decidí sumarle un comentario, una nota sobre cómo me sentía en ese momento o un contexto mayor a las situaciones que allí habían quedado (...). Se escribe, no para cambiar el mundo ni mucho menos para entenderlo, se escribe, en realidad, para darle un sentido y un orden al caos”. De este modo, cada uno de los más de 60 textos que integran estos 232 días, está dividido en dos partes separadas por tres asteriscos, la primera en medio de su travesía, la segunda redactada más de un año después.
El resultado final es conmovedor. Pulgarín no exhibe nada, no presume de su resistencia y mucho menos de su dolor. Solo muestra con una frialdad llena de calor, de sentido humano. Con esto acerca al lector y comunica la memoria de un golpe que todos entendemos, aún sin haberlo vivido o aun habiéndolo vivido de manera distinta.

Aparte de la emotividad, el autor mira el contexto de los libros de duelo: “Descubrí, para mi sorpresa, que se ha escrito mucho sobre la muerte de esposas, esposos, padres, hijos, pero muy poco sobre la de la madre”. Menciona los textos de Roland Barthes y de Manuel Vilas y hace el reconocimiento de La peor parte, de Fernando Savater “por su visceralidad para relatar y enfrentar la muerte de su esposa. Con Savater pude entender que quienes vivimos el duelo, aunque no lo creamos, repetimos comportamientos, sentimientos y palabras. Las experiencias humanas son limitadas y cíclicas, hasta la desventura última se repite tantas veces entre nosotros, que no hay nada nuevo en la muerte a la que todos nos enfrentaremos alguna vez”.

En 232 días hay algunos referentes que le sirven de asidero, de materia de comparación, no sé cómo decirlo, sí, de metáfora de lo que se vive, más, en una vía para entenderlo, para conferirle un sentido que se sabe arbitrario pero, aun así, es necesario. Sobre todo, porque es la misma Edilma Hernández quien la dicta: “Esta casa soy yo”. Por eso mismo, al final, el autor reivindica su fidelidad a los hechos: “Nada de lo escrito aquí pertenece a la ficción, se hizo ficción con ese artilugio de la literatura y de las palabras, pero todo ocurrió tal como está consignado; al menos así lo recuerdo. También que cuando se enfrenta una situación como esta nada es real, todo se vuelve borroso y, como es natural, esa incertidumbre que siempre acompaña a los recuerdos se trastoca y multiplica. Creo entonces que todo fue así, puedo asegurar que este libro es fiel al dolor que vivimos y que siempre me acompañará (...). Hay libros que se escriben con la imaginación como guía, salen y pertenecen al mundo de las ideas. Hay otros, en cambio, que surgen del dolor y están atravesados por ciertos claroscuros. Este es de los segundos, en la urgencia de escribirlos no había lugar a la imaginación”.

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La casa nueva

Esta casa soy yo. Decretaste abrumada, con el diagnóstico tan reciente, sin tiempo para asumir la dimensión de sus estragos. Eras la casa y todo lo demás.

Esa tarde, devastados, entrelazamos las manos antes de entender que la vida, casi siempre, es un ligar pequeño, y que cuando la muerte llega se reduce aún más hasta ahogarnos.

Intuíamos, sí, que nada sería igual, que vendrían otras ruinas, otras heridas. Que en la nueva casa éramos apenas corazones atravesados, gatos tristes que se mirarían en silencio. Vivir también es descubrir heridas que estaban ahí, dolores que nos aguardan pacientes, rincones de la casa que surgen sin oponerse a nuestro desamparo.

***

Nunca entendí las palabras de mi madre hasta que ya no estuvo. En el primer día de su enfermedad nos llamó a Leo y a mí, y nos dijo que la casa era ella, que nadie más la sostenía y que esa batalla la iba a dar toda. Antes no había pensado, aunque sí lo sabía, que ella era la casa. Luego, el tiempo de la enfermedad no da tregua, no deja pensar, embota los sentidos y el cerebro. Cuando murió, la casa y sus rutinas tomaron forma, exigieron tiempo y atención. Solo en ese momento se entiende la devoción que mi madre ponía en el hogar para que todo siempre estuviera en su lugar y listo para nosotros. Sin ella, que era la casa, quedamos a la deriva, sin nada.

Copito

Perseguías al gato por los cuartos. Lo vigilabas en sus largas excursiones a cazar lagartijas. Lo habías impuesto en la casa y ya después todos lo quisimos. Se parecía un poco a ti, siempre en silencio, a la espera de los días, fiel, ajeno a su propia soledad. También él te perseguía, saltaba a tu lado, te impedía arreglar la casa. El tiempo de los gatos, dicen, se va más lento que el de los humanos. Quizá por eso lo envidiaba, creía que por ese artificio te había tenido más tiempo del que yo lo hice.

Al final, era Copito quien te vigilaba, agazapado siempre, a los pies de la cama. Temeroso de lastimarte, apenas se movía. Expiaba tus dolores, se aferraba a las sábanas, no aceptaba juegos que no fueran tuyos.

Ahora, va por la casa, de un lado para otro. Maúlla, se hunde en la oscuridad como si esperara tu regreso. El tiempo de los gatos se va más lento; por eso ya no puedo envidiarlo.

***

Mi madre siempre quiso tener un gato, pero en la casa, Leo y yo nos negábamos a tener mascotas. Una mañana llegó con Copito, se lo había regalado una amiga que lo rescató de la muerte. Copito era entonces un sobreviviente y ella no estaba dispuesta a que se perdiera de nuevo. Lo impuso, lo volvió el compañero de sus tardes de hastío, lo hizo uno más de la casa. Cuando ella enfermó, Copito siempre estuvo a su lado y veló sus días. Hoy duerme conmigo.

Reclamo

Este cuerpo mío, territorio del desastre, acechado por dolores que se clavan como banderas sobre mi lomo. Pequeñas alertas, recuerdos que siguen ahí y duelen. Este cuerpo mío eco de tu ausencia, dueño de mis amarguras, continente de mi soledad. Este cuerpo fiel mapa del derrumbe. En él, las cicatrices que la piel repuja: caminos hacia ti, constancias del abandono.

***

Una de las formas de atravesar el duelo es somatizarlo. En el cuerpo estallan las penas que la mente recoge. Tal vez, hay sufrimientos que para desaparecer requieren pasar por el crisol de la piel, tomar forma en nuestro cuerpo; al fin de cuentas, es allí donde en primera instancia se vive el desajuste, donde el abandono cobra fuerza. Nos llenamos de padecimientos físicos, aunque el martirio real nunca se vive en la carne.

232 días

Habíamos negociado con los días. En silencio hicimos un pacto de amargura, sin saber el tiempo que nos quedaba. Jugar a ciegas también es jugar, y una desdicha así exigía transar con ella, someterse a reglas, ganar tiempo.

Después entendimos que nada detiene al mundo, 232 era la cifra de la tristeza. Ahora, maltrato la memoria, juego con ella, intento amainar la tormenta: digo tu nombre, lo susurro sin consuelo como un conjuro por los mismos rincones de esta ciudad y de esta casa, que alguna vez nos acogieron y que hoy son desolación.

232 días, tamaño del martirio, medida de esta nueva soledad que nos contiene, a su furia me aferro para enfrentar los que faltan, para alcanzar mi propio plazo. He negociado con los días, busco acortar la espera: sé que un dolor así exige transar con él.

***

Desde el 15 de febrero hasta el 4 octubre se tiende un arco de dolor. La primera es la fecha en que diagnosticaron el cáncer de mi madre, la segunda el día de su muerte. 232 días exactos, los de la enfermedad, los del frío y la agonía. Y cuando uno cree que todo acabó empiezan los otros, los más duros, los del duelo, los de la soledad y la devastación. En los primeros, estaba con ella, en los segundos, el dolor se afila en nosotros, sabe cómo hacernos daño y lo hace. Esta segunda etapa es adentrarse en la noche, transitar en la oscuridad, en la soledad brutal de los recuerdos. Nadie sabe la vida que le espera. Cuando aceptamos el agrio camino de la quimioterapia lo hicimos con la esperanza de una sobrevida de, al menos, tres años. Al final fueron algo más de siete meses, 232 días para transitar el martirio, para conocer el dolor, para decirnos adiós.

Lomo herido

Uno

Entrar en los días, en su rutina incierta, sin esperar nada a cambio. Aceptar el desencanto y la amargura. Extender mi lomo herido sobre este catre. Entonces rezumar ausencias, ahogarse en el tedio. Pensar que todo mal estuvo precedido siempre, antes, de una alegría.

Dos

Ahora que no estás me aferro a ti para salir ilesa de los días. En la oscuridad de las horas, me tiendo desnudo sobre la tierra: que el sol queme mis heridas, que la sal se aferre y arda en mis llagas.

Tres

Busco rendijas. Ojos que me vean y descubran la fractura de la luz, sus estragos, su derrumbe.

Cuatro

Nadar. Anclar en la orilla del desastre. Plantarse y en medio de la noche iniciar el viaje opuesto: del dolor hacia tu rostro: de la impiedad hacia la esperanza.

***

Las horas de duelo se van lentas, se alargan, lastiman, nada puede acelerarlas, aunque quisiéramos.

Milagros

Abrir la puerta, enfrentar desde lejos las fauces de esta soledad. Después, entrar, esperar en vano que estés ahí, en tu cuarto, en la cocina o por la casa con el gato detrás mientras arreglas tus matas. Verte una última vez tejer tu soledad.

Creer en un milagro: que me vas a llamar, que me vas a preguntar si estoy ocupado, y después sin prisa, contarme en secreto, una y otra vez, tu amor por Juliana, reclamar mis ausencias, mis malos genios, decirme que me extrañas, que me quieres.

Pero ni hoy ni mañana vas a volver. La muerte destierra los milagros. En este mundo sin ti solo me queda tu nombre, algunos recuerdos, estas palabras con las que te invoco para conjurar el caos. Poemas contra la devastación porque en este mundo sin ti ya no quedan esperanzas ni milagros posibles.

***

El trajín de la vida moderna, su culto a la salud, a la belleza, nos obliga a creer que todo es pasajero y que ni la muerte, que no se puede mencionar, también lo es. La trampa es hacernos pensar que como todo tiene un precio, todo se puede recuperar o adquirir de nuevo. Por esa falacia simple cuando la muerte llega, que siempre ha de llegar, su golpe nos aturde con fuerzas duplicadas.

Escombros

Cómo salvarnos si somos los escombros del desalojo. Cómo aplazar la desazón que impregna todo. Cómo preservarnos del zarpazo artero. Cómo escapar a la amargura que chorrea por las paredes y se ensancha como una llaga. Esta ciudad, que ahora nos expulsa, alguna vez también nos acogió. Por sus calles vamos, a ti, Señora Muerte, nos rendimos. Arrasados por ese huracán feroz que a su paso reconstruye nuestros miedos y alienta nuestro desencanto.

***

Hay un punto de la enfermedad en el que debemos aceptar lo inevitable. Llegamos a él llenos de pavor porque creemos que en el devenir hemos dejado las ganas de luchar. En este punto, el de mi mayor desconsuelo, Edilma había hecho el viaje inverso, suya era la paz, e intentaba transmitirme algo de ella. Para mí, en ese momento, la vida eran los escombros de un huracán feroz y desalmado del que tampoco yo escaparía.

Lo que no se puede cambiar

Dices lluvia, y el cielo se abre dispuesto a desplomarse sobre nuestras cabezas. Dices ausencia, y la vida es un barco perdido que navega en medio de la nada hacia el abismo. Dices enfermedad, y nuestras miradas se cruzan, se agachan, se hunden en el infame sosiego de los medicamentos. Reclamas vida y este hijo tuyo se rebela, impreca, grita. De pronto, hecha dolor, sin soltar mi mano, decretas esperanza e intentas sonreír en medio del miedo que nos cerca. Entonces, por un momento, olvidamos que no somos más que un par de corazones rotos, atravesados por esta soledad que nos roba las palabras y calcina.

***

El desamparo de la enfermedad nos lleva a reaccionar de muchas formas. A veces con rabia, otras, las más, con una tranquilidad que surge de entender y aceptar lo que no se puede cambiar. Es curioso cómo en medio de todo se filtra la esperanza de saber que no hay esperanza. Son los momentos más duros y también los de más silencio.

Fe

Más allá de la furia y de este amanecer me quedan las palabras para dar cuenta de tus días. Palabras que me enseñabas de niño cuando no quería aprender a leer y tú te obstinabas en que lo hiciera. Quizás, presentía que con ellas me entregabas también un designio, una tabla de salvación: ser el notario de nuestro dolor.

Ahora, los dos somos motivos ocultos en estos poemas tejidos de lluvias y de ausencias. Y mi fe –madre, así lo querías– está en las palabras que me entregaste para defenderme del mundo, para inventar estas páginas que son el único lugar posible donde aún podemos encontrarnos.

***

No hay cómo explicar por qué alguien siente la necesidad de escribir sin caer en lugares comunes y frases de cajón. Y lo es porque una vocación no se escoge desde el lado racional del cerebro y, la mayoría de las veces, no es una decisión que surja de un ejercicio de planificación. Por qué no, entonces, solo derramar el dolor sin filtros o pudores innecesarios.

Más difícil es explicar por qué en un momento dado se vuelve una imposición escribir sobre algo tan íntimo como la muerte de una madre, y por qué esto termina siendo una reflexión de la vida y de las cosas que nos mueven a seguir en ella. Cuando mi madre me hacía repetir una y otra vez, mientras ella barría por la casa, cómo se conjugaban las letras para dar lugar a las palabras, nunca debió pensar que estaba cultivando mis dones, pero así lo hizo. Y después, cuando compró por largos plazos con enormes sacrificios la Enciclopedia Salvat, tampoco debía imaginar que me regalaba una de las pasiones inagotables de mi vida: leer.

Tal vez todo fue así, su empeño y mi rebeldía para aprender a leer y a escribir, porque de otra forma nunca hubiera alcanzado la fe que me mueve ahora: que con las palabras se combate a la muerte, se derrota a medias el olvido.

La casa

A pesar de tu ausencia, para mi pesar, la casa sigue ahí. Trato de mantener todo igual. Las rutinas y las cosas.
Hay también ciertos lugares que evito: tu cuarto de noche, esa silla en la que te sentabas. Aun sí, no me sorprende que en medio de este orden artificial y planeado algunas cosas se rebelen y denuncien la verdad: que después de tu muerte la casa y todo lo que hay en ella cambió para siempre. Los objetos, aunque sigan allí, han hecho de su estancia reproche y espera. Y a las rutinas se las ha tomado el silencio.
La casa que parece igual: espejo implacable de mis vigilias, fiel testigo de mi derrumbe.

***

Durante el duelo buscamos espantar el dolor, creamos cábalas, intentamos creer que al mantener las cosas iguales nada va a cambiar, todo seguirá igual, cuando la verdad es que cuando pretendemos imponerles a las cosas reina la desazón de entender que nunca más volveremos a ser lo que fuimos y que la alegría es parte del pasado. Al menos cierto tipo de alegría.

Incendio

Desde tu partida la casa es un incendio, una hoguera que arde y quema. Lugar del que todos huyen. No me resigno a partir. He plantado tiendas aquí, miro desde el balcón hacia la nada y esta espera es una pobre réplica de mi soledad. Aquí me quedo para ahogar la ausencia, para atizar ciertos recuerdos que nos unen. Heridas nuevas, cicatrices futuras, trofeos que recuerdan que la casa, cuando aún estabas, no fue siempre este incendio de tristezas. Aquí, alguna vez, bajo tu presencia, existió ilusión por los días. Tal vez, solo por eso resisto, me quedo.

***

No se acaba de entender la vida ni su indescifrable poder, ni su fuerza que nos obliga a estar aun cuando creamos que no hay nada más en ella para nosotros. Cada recuerdo es una estocada, pero es también la posibilidad de seguir, de burlar a la muerte. No sé por qué sigo, no sé el porqué de mi testarudez, no sé por qué no soy capaz de huir de esta casa que se me ha vuelto metáfora de tantas cosas. Este libro es un homenaje y un testimonio amargo de unos días que ya amenazan con desaparecer para siempre. Y ahora, desde la distancia de los años, entiendo que cuando yo no esté, quiero pensar que alguien va a leerme y que estas hablarán de Edilma y de mi amor por ella, y salvarán algo de nuestras historias, se las arrebatarán a la nada.

Francisco Pulgarín Hernández
232 días
Universidad CES

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