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Lunes 4 de mayo de 2026
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‘Postales del desarraigo’: cuerpos migrantes en busca de la utopía

El pasado 10 de septiembre, en el Teatro La Candelaria, se estrenó la obra ‘Postales del desarraigo’. Su directora, la maestra Patricia Ariza, define esta creación colectiva como “fractal”: abre múltiples caminos de reflexión y expresión sobre los éxodos humanos, el desasosiego de los cuerpos y la herida profunda del desarraigo migratorio.

Por: Amalia Tapiero Barreto

La puesta en escena no se limita al teatro vivo. Una cámara registra lo que sucede y lo proyecta en tiempo real, como un espejo que incomoda: una clara alusión a la experiencia contemporánea de migraciones, expulsión de cuerpos, genocidios y devastaciones presenciadas a través de pantallas que nos vuelven espectadores de un mundo decadente. Hoy mismo sucede en Gaza, o en el Catatumbo, o en Myanmar, o en Sudán, o en Ucrania, o en el Darién, o en la costa mediterránea, o a lo largo y ancho de Estados Unidos.

Cada fragmento de la exposición Postales del desarraigo es una postal enviada desde la orilla del exilio. Vemos mujeres que cruzan la selva bajo el acecho vigilante de coyotes inescrupulosos, y también desplazados por la guerra interna; se muestran pueblos expulsados por la voracidad imperialista y el extractivismo que arrasa la naturaleza, así como gentes perseguidas en países extranjeros. Son migrantes lanzados por la sociedad “a los perros, a los chulos, a los buitres”; migrantes que, parafraseando a Cortázar, son árboles ya cortados cuyas copas secas no engañarán a los pájaros, pero cuya raíz guarda la posibilidad de brotar en otra tierra. Son esos que posibilitan el enriquecimiento mutuo y el intercambio cultural, siempre recíproco, que transforma tanto a quienes llegan como a quienes los reciben.

Aun así, el desarraigo es también río que se extravía, cauce que no encuentra desembocadura, agua detenida que se transforma en nube movediza. “Todos somos tierra que anda”, susurra el montaje: semillas, ríos, raíces errantes en busca de donde volver a florecer. O, parafraseando de nuevo a Cortázar, ríos que discurren a los que no deben levantárseles diques, porque en el aire libre cabalgarán las nubes.

Entre esas voces aparece Soledad Valencia Trujillo, un ánima errante que deambula en un cementerio buscando a sus hermanas. Su figura, a medio camino entre lo real y lo espectral, reúne la soledad de tantas mujeres que se quedaron sin nombres, sin cuerpos y sin linaje en las fosas de la violencia.

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Hay también personajes desarraigados de sí, como un transeúnte que declara: “Salí de mí mismo y sigo siendo mí mismo”. Y está el Quijote, ya sin Sancho ni Dulcinea, que sentencia: “No elegí el exilio; el exilio me eligió a mí”. Luego añade que, como su utopía se ha desvanecido, migra en busca de ella y del tiempo perdido para vencer la injusticia.

La obra no olvida tampoco el drama de los jóvenes que deben dejar atrás su hogar y sus afectos; esos que, en sus nuevas tierras, son estigmatizados como delincuentes. Como si el desarraigo no fuera ya lo suficientemente cruel, se les condena además a cargar con la sospecha y el rechazo. Bien lo resumió Cortázar en sus versos:

“Al hombre desterrado

No le hables de su casa

La verdadera patria

Caro lo está pagando”

Postales del desarraigo reflexiona también sobre la desigualdad más brutal: a pesar de la voluntad popular, los ricos siguen siendo los dueños del mundo y acumulando poder y riquezas mientras fantasean con huir a Marte dejando tras de sí un planeta devastado.

Y aunque las postales puedan parecer casos aislados, terminan enlazadas, como una misma respiración, en la totalidad de la obra y la música interpretada por todos los personajes. Esa polifonía demuestra que no hay salida individual, que la única esperanza es colectiva y solidaria. El arte nos recuerda eso con insistencia: la utopía será común o no será.

La obra recoge también una intuición de Juan José Saer: todo gran creador de ficciones es, de algún modo, un exiliado. Al reinventar las expresiones de su tiempo, el artista se vuelve extranjero dentro de su propia realidad. Así, Postales… habla no solo de los desterrados que abandonan sus territorios, sino también de esa condición radical del arte: vivir en la intemperie, resistir desde el desacomodo, habitar siempre un margen.

Como la caída de Constantinopla, el montaje sugiere que asistimos al agotamiento de Occidente; al desplome frente a nuestros ojos, en vivo y en directo, de un supuesto orden que nunca fue tal. Y, sin embargo, desde ese abismo, Postales del desarraigo invita a soñar como el Quijote: a recuperar la utopía, a tejer lazos de solidaridad en pro de la justicia, a transformar la herida del exilio en memoria fértil y en horizonte compartido.

Al final, gracias a esta obra, entre las postales del desarraigo presenciadas en vivo y transmitidas en una gran pantalla, quien escribe recordó los versos finales del poema de Cortázar, que parecían escritos para ese instante:

“El árbol ya cortado
El río que discurre
Y el hombre desterrado
Caro lo están pagando.”

Este eco poético aún resuena, y con mayor fuerza durante la temporada de ‘Postales del desarraigo’ que se presenta en el Teatro La Candelaria hasta el 20 de septiembre.

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