Foto ilustración de Kim Vega para CAMBIO
La intromisión militar de Estados Unidos en Venezuela; la escalada bélica entre Rusia y Ucrania; los desgarradores incendios en la Patagonia; la caricatura de Javier Milei y los bailes de Luis Díaz; el fracaso del derecho internacional; la muerte de Beatriz González... la escritora Amalia Tapiero se detiene en los sucesos más relevantes del primer mes del año para reflexionar sobre la lógica algorítmica y el imperio del ruido en nuestra relación con la realidad.
El tiempo se ha precipitado, y este año difícilmente será mejor que los anteriores. Un imperialismo avasallador se impone como ordenador incuestionable de nuestras sociedades: antes camuflado bajo las maneras de los falsos órdenes mundiales de la segunda posguerra, hoy revela sin pudor su naturaleza. El balance del ocaso del siglo XX en el poema de Wisława Szymborska inspira aquí no un cierre, sino el inventario de un comienzo turbulento, de un amanecer neblinoso. Escribo este texto desde la desesperanza de los inicios frustrados, aunque también desde la ilusión –improbable pero no imposible– de algún resarcimiento.
Quedan 11 meses, pero el primero ha demostrado que “la esperanza / ya no es esa muchacha joven, / etcétera, por desgracia”, como dijo Szymborska. Aun cuando el bullicio de las 12 a. m. del primero de enero, con su atavismo ritual, nos hizo pensar lo contrario. La explosión alegre de los fuegos artificiales nos sugería a muchos, ingenuos, que no regresarían las desgracias: la violencia, el hambre y tantas otras. “Que esto sea lo más cerca que estemos de una guerra”, susurró una voz amiga a esta interlocutora conmovida por la ilusión de ese nuevo comienzo que tan solo duraría tres días. Aquellos fuegos eran, en realidad, una premonición brillante –pero tan oscura y ominosa– del ruido que marcaría el año: estallidos ya no en el cielo, sino en la avalancha de noticias, imágenes y amenazas en las pantallas.
Aquellos fuegos eran, en realidad, una premonición brillante –pero tan oscura y ominosa– del ruido que marcaría el año: estallidos ya no en el cielo, sino en la avalancha de noticias, imágenes y amenazas en las pantallas.
Desde el norte, los estadounidenses nos sorprendieron con una intromisión descarada y ajena a toda dignidad en tierras venezolanas, que pronto escaló a amenazas de invasión contra Colombia y Cuba. En las regiones australes de la Patagonia argentina, los bosques y sus criaturas ardían, ignorantes de que su ruina era obra de la última crueldad y avaricia humanas. En el extremo polar, Groenlandia dejó de ser remota para convertirse en objeto cercano al deseo geopolítico: botín posible y frontera abierta a la ambición de un gobernante despótico dispuesto a la traición para alcanzar sus objetivos. Irán volvió al centro del discurso como sinónimo de la represión, mientras que, en la misma región, los bombardeos persistían sobre la desamparada población de Palestina, sostenida al borde del exterminio.
Más lejos aún, China se afirmaba ya no como amenaza difusa, sino como potencia visible. Rusia, por su parte, confirmaba el temor no a un vestigio del pasado, sino a una fuerza aún capaz de anexar, destruir y silenciar. Ucrania, abastecida por la Otan, se fijaba como escenario bélico entre la repetición exhausta –casi automática– de la palabra guerra. En el extremo oriental, Taiwán, en permanente vigilia, era acechado por un conflicto anunciado, pero nunca consumado. Incluso el norte virtuoso, Noruega, otrora símbolo de mediación y dignidad, era arrastrado al ruido: su prestigio reducido a gesto vacío, burla pasajera, moneda en el teatro cínico del poder, ahora escenificado en una nueva y grotesca Junta de Paz.
Noruega, otrora símbolo de mediación y dignidad, era arrastrado al ruido: su prestigio reducido a gesto vacío, burla pasajera, moneda en el teatro cínico del poder, ahora escenificado en una nueva y grotesca Junta de Paz.
Todo ello nos alcanzó en fragmentos: consignas, amenazas y simplificaciones desfilando por pantallas espía que median hoy nuestra relación con el mundo. Eran flashes que, activando afectos –miedo, indignación, euforia–, se alternaban sin pausa con anuncios, rutinas de ejercicio, partidos de fútbol y postales de vacaciones. En ese flujo indistinto, resultó inevitable interrogarse sobre la forma en que habitamos el planeta y hasta qué punto las redes sociales están configurando una mente cada vez menos crítica y creativa.
No pretendo ahondar aquí en la complejidad de estos acontecimientos. Pero me atrevo a señalar que asistimos a la creciente ineficacia de los mecanismos del derecho internacional –surgidos tras la Segunda Guerra Mundial– y a una reconfiguración del orden geopolítico y las alianzas globales, hoy despojadas del pudor con que antes disimulaban su imperialismo. Lo que más me inquieta es el modo en que nos llegan estos procesos: los nuevos circuitos de información y reacción, a través de los cuales la sociedad se informa, opina y responde.
En 1939, al analizar a Baudelaire, Walter Benjamin advirtió que el mundo capitalista suscitaba un cambio profundo en nuestra manera de experimentar la realidad. La experiencia, entendida como algo colectivo, histórico y transmisible, comenzaba a atrofiarse: en su lugar, se imponían vivencias aisladas, impactos breves que no lograban integrarse en un relato ni en una memoria común. Para él, esto era claro en la prensa no porque falseara los hechos, sino porque –basada en la novedad constante, la brevedad y la desconexión entre las noticias– impedía que los acontecimientos obraran sobre la experiencia del lector. La información se consumía rápidamente y se olvidaba a la misma velocidad.
Como observó Karl Kraus, el estilo periodístico terminaba por paralizar la imaginación. El antiguo relato era sustituido por datos sueltos, y, con ello, se debilitaba la capacidad de comprender y elaborar el mundo.
Las redes sociales llevan esta lógica un paso más allá y radicalizan lo advertido por Benjamin. Si el periódico ya fragmentaba la experiencia, estas la reducen a un flujo de estímulos diseñados para respuestas rápidas. Noticias, imágenes, opiniones y pasiones fluyen sin jerarquía hasta anular la posibilidad de asociación, de distancia crítica y de pensamiento sostenido. En este régimen de ruido permanente, la experiencia no se acumula; se disuelve.
Noticias, imágenes, opiniones y pasiones fluyen sin jerarquía hasta anular la posibilidad de asociación, de distancia crítica y de pensamiento sostenido. En este régimen de ruido permanente, la experiencia no se acumula; se disuelve.
Jodi Dean lo formula con precisión al hablar de visualidad secundaria: una forma de comunicación de los medios digitales en la que palabra, imagen y gesto se funden no para producir comprensión, sino para provocar reacciones inmediatas. No se trata solo de informar, sino de orientar afectos: qué sentir, a qué adherir o qué repudiar; conmover, indignar, irritar, entusiasmar, escandalizar. Bajo este régimen comunicativo, la palabra pierde centralidad a favor de combinaciones de imágenes, hashtags, emojis, memes, GIF y reels. La lógica de las redes privilegia mensajes condensados que, en vez de argumentar, circulan rápido, exigen poco esfuerzo interpretativo y activan respuestas emocionales.
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En las redes, los acontecimientos geopolíticos de enero circularon despojados de contexto y jerarquía, reducidos a gestos repetibles y reacciones previsibles. La extracción de Nicolás Maduro fue procesada como meme: su sudadera, sus antiguos bailes y sus frases recicladas, masificados como signos de adhesión o de burla. La cesión simbólica del Nobel de la Paz a Trump derivó en una coreografía de ironías visuales y bailes repetidos que ocultaban el sentido político del hecho. Los incendios patagónicos, por su parte, se volvieron imágenes impactantes entre anuncios, desafíos virales y contenido banal, mientras que osos polares y leones marinos con vestido militar –otra aberración de la IA– emblematizaban una supuesta resistencia groenlandesa: una paradoja si se considera el impacto climático de los centros de datos, su consumo de agua y la explotación de minerales raros.
Los incendios patagónicos, por su parte, se volvieron imágenes impactantes entre anuncios, desafíos virales y contenido banal, mientras que osos polares y leones marinos con vestido militar –otra aberración de la IA– emblematizaban una supuesta resistencia groenlandesa: una paradoja si se considera el impacto climático de los centros de datos, su consumo de agua y la explotación de minerales raros.
Todo ocurrió en el mismo plano de la catástrofe, la farsa y la publicidad. No se distinguía entre gravedad y consecuencia, hasta el punto de que Nike agotó el outfit de Maduro. Cada acontecimiento provocaba indignación o euforia antes de ser inmediatamente reemplazado por otro. E incluso la tragedia era neutralizada en sus propias imágenes: estas, atajos afectivos, no circulaban porque explicaran mejor, sino porque exigían menos. De ese modo, la esfera pública no se empobrece por falta de información, sino por exceso de estímulos: una multitud sincronizada emocionalmente reacciona sin pausa, atrapada en un flujo donde lo trágico, lo grotesco y lo banal se confunden en un mismo ruido persistente.
Este proceso transforma tanto la circulación de la información como la forma en que nos entendemos como sujetos. Sentimientos, posturas y reacciones ya no se elaboran desde el raciocinio propio, sino que, en cuanto lenguaje genérico, se toman prestados de un repertorio común de imágenes y expresiones. Vemos con otros, otros ven por nosotros; nos expresamos a través de gestos ajenos que circulan antes de que podamos apropiarnos de ellos.
Estas dinámicas se sostienen en vínculos de imitación y empatía. Reaccionamos replicando lo que ya fue validado por la mirada masiva y viral, con lo cual anulamos nuestra propia capacidad de agencia y el libre albedrío. Como advirtió Gabriel Tarde, en las sociedades de imitación las creencias y las pasiones se propagan por contagio. En las redes, ese contagio se acelera: casi cualquier afecto puede compartirse de inmediato y sumarse al gran flujo emocional que domina el espacio digital.
El efecto es una simplificación progresiva del carácter crítico. La visualidad secundaria disuelve lo singular en lo genérico, reemplaza el análisis por la repetición y vuelve innecesario el esfuerzo de argumentar, sustituido por un cómodo botón para repostear lo que ya dijo otro –y que ya otro había dicho–, y así sucesivamente. La palabra –que matiza, se detiene, elabora– cede su lugar a imágenes insulsas que se reproducen sin fricción.
La palabra –que matiza, se detiene, elabora– cede su lugar a imágenes insulsas que se reproducen sin fricción.
En este entorno, los usuarios creen ocupar el rol de editores o curadores, cuando en realidad responden a una lógica afectiva gobernada por la popularidad y la masividad. Así, la subjetividad se empobrece y se vuelve predecible. Más que individuos críticos, producimos sujetos sonámbulos de la repetición, particularmente vulnerables a la manipulación política en un régimen donde sentir juntos importa más que pensar en común.
Esto nos conduce a otra cuestión: el orden del ruido. Porque esta forma de circulación no es inocente. Detrás del flujo aparentemente caótico opera un orden preciso: la lógica algorítmica, que, ni abstracta ni neutra, jerarquiza, visibiliza e invisibiliza contenidos. Hace apenas un año, durante la posesión de Donald Trump, la presencia ostentosa de la élite tecnológica –arquitectos de los sistemas que median la atención global– personificaba ese nuevo poder. Lo que entonces pareció una postal incómoda hoy adquiere pleno sentido y nos recuerda la distinción entre fuerza y bondad en Szymborska: “Dios iba al fin a creer en un hombre / bueno y fuerte”, pero “el bueno y el fuerte / siguen siendo dos hombres diferentes”.
En este enero saturado de farsas y catástrofes, se volvió más visible ese orden, que no organiza el caos para comprenderlo, sino para hacerlo circulable, rentable y gobernable. El resultado no es un espacio público ampliado, sino una proliferación de cámaras de eco donde la diferencia se diluye y la crítica se vuelve improbable.
Estos días, un anuncio del MAMBO apareció en mi pantalla justo después de una noticia sobre la eventual reunión entre Petro y Trump. Seguí bajando. Un par de videos más sobre las vacaciones de los corredores de la Fórmula 1; la champeta de Lucho Díaz; el petróleo venezolano; el delicado orden público en Colombia; las atrocidades del ICE en Minnesota; el risible “general Ancap”, la caricatura con la que Javier Milei presentó sus redes en inglés, y, entonces, la muerte de Beatriz González. Todo ocurrió en la misma superficie, sin transición ni jerarquía: diplomacia, farándula, violencia incesante, promoción cultural, pérdida irreparable.
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En ese instante, el orden del ruido se volvió evidente. Esa muerte de una de las más críticas y lúcidas artistas colombianas también quedó atrapada en una repetición agotadora de fotografías de usuarios junto a la maestra, como si retratarse con ella fuera un requisito para llorarla y honrar su legado. Lamenté entonces no solo su partida, sino también cómo la pérdida se convierte en un contenido más, rápidamente consumido y desplazado. En un país que vibra en clave electoral –con discursos endurecidos, imágenes simplificadas y afectos instrumentalizados–, este régimen del ruido no solo confunde: ordena. Este prepara el terreno, modela adhesiones y desgasta la atención.
En un país que vibra en clave electoral –con discursos endurecidos, imágenes simplificadas y afectos instrumentalizados–, este régimen del ruido no solo confunde: ordena. Este prepara el terreno, modela adhesiones y desgasta la atención.
Ante esto, resulta urgente la defensa de la expresión escrita en la era digital. Recuperarla es también recuperar la complejidad, la distancia crítica, la elaboración lenta del sentido. En este contexto, el arte y la literatura –el arte escrito– siguen siendo un espacio irreductible para la formulación de argumentos complejos y la formación de sujetos críticos. No se trata de nostalgia, sino de resistencia. Ya lo planteó Eduardo Galeano: escribimos “a partir de una necesidad de comunicación y comunión con los demás, para denunciar lo que duele y compartir lo que da alegría”. Y Beatriz González lo expresó con una lucidez que hoy resuena con más fuerza: “Los artistas estamos para que la memoria no se tire a la basura”.
Las preguntas, entonces, no pueden eludirse. ¿Qué responsabilidad tienen artistas, curadores, críticos e intelectuales en el ecosistema de la viralidad y el afecto prefabricado? ¿Qué les espera a las obras que exigen tiempo, atención y pensamiento cuando la palabra es desplazada por el estímulo inmediato? ¿No habrá, como anticipó Lyotard, más libros en este siglo, ni como objeto ni como símbolo? En el orden del ruido, estas preguntas no admiten respuestas veloces ni tranquilizadoras; reclaman, por el contrario, una interrupción del flujo, una voluntad de lectura y una demora consciente. Dijo Szymborska: “La estupidez no es graciosa. / La sabiduría no es alegre”. Tal vez solo desde ese hecho sea posible comprender este momento histórico y geopolítico y saber reaccionar a él durante lo que resta del año.