Gozar leyendo con CAMBIO: cuatro propuestas narrativas
En esta entrega, Darío Jaramillo Agudelo analiza obras de Tiago Ferro, Antonio García Ángel, Javier Váscone y Ryunosuke Akutagawa.
Tiago Ferro, Su terrible abrazo
Por necesidad, Su terrible abrazo es una novela corta. Semejante ritmo haría muy fatigante el relato extenso. Pero con este tamaño, no sólo se resiste sino que uno se explica ese vértigo que forman unas frases que se refieren, cada una, a un asunto distinto. Así es la vida en una gran, en una inmensa, en una apabullante ciudad, São Paulo. Así es la vida de unos adolescentes que experimentan con todo, con su cuerpo, con su alma –cuando la tienen, en los momentos en que no son unos desalmados–, unos adolescentes que beben alcohol y mezclan sin piedad el destilado con el fermentado, unos adolescentes que ejercen el sexo como un deporte.
Las frases entrecortadas están en la primera persona del presente. El narrador es el protagonista. Y el tiempo presente mezclando asuntos distintos frase tras frase, conforman un caos que el narrador quiere volver explícito, real; bueno, mucho más que real: más como si la realidad quedara, toda, a veinte centímetros de los ojos, en un invariable primer plano que es el mismo plano de los ruidos. Ese eterno presente –mucho más presente que eterno– se extiende largo rato en la adolescencia, toda narrada en un presente que hace pensar que el mismo narrador mientras escribe es un adolescente, y no. Es, sí, el protagonista de la historia que narra la novela, historia que es, ni más ni menos, la vida del narrador. Pero mientras el narrador cuenta en tiempo estrictamente presente esos primeros años, uno ni sospecha que ese protagonista/narrador está treinta o más años adelante; se da cuenta de esa distancia real sólo cuando al narrador le da la gana confesarla.
Esa inmediatez permite seguir a un individuo que disiente de las convenciones, que se resiste a los valores de clase media que se le ofrecen como fórmula de supervivencia. Él disiente: “comienzo a sentirme mal con esos tipos victoriosos no mucho mayores a mí, sus camisas dobladas hasta el codo de una manera que nunca logré reproducir y sentirme bien. No es que me sienta menor a ellos, no es eso, es que esa gente de verdad me revuelve el estómago. En el fondo tengo la certeza de que, si quisiera, podría estar en su misma situación. Sólo que no quiero. Tal vez de ahí viene el malestar, tal vez en el fondo no soy yo tan distinto a ellos, tal vez sólo estoy quemando mis reservas de prestigio y dinero de la familia en un proyecto de autodestrucción, mientras ellos hacen que su pastel crezca día tras día”. Y agrega poco más adelante: “luego descubriría que quien se sale de la vía se vuelve una amenaza para esos idiotas que siguen una carrera, hacen una familia y tienen miedo de la muerte”.
%%imagen%%1
De repente, y sólo en esa ocasión con tanta explicitud, a ese narrador/protagonista, alguien que no es él le arrebata esa primera persona: “entro en la cabeza del personaje principal del libro que habla en primera persona, pero no sé nada de él. Sólo veo detrás de sus ojos y oigo lo que otros personajes hablan con él o acerca de él. No escucho las voces de los pensamientos de su cerebro, no soy capaz de crearlas. Es como si estuviera preso en un cuerpo extraño, se me ocurre que esa sensación puede ser la de alguien diagnosticado con Alzheimer. Parece estar en una fiesta, la gente a su alrededor está vestida con cierto cuidado, pero cuando él mira hacia abajo noto que el personaje principal tiene jeans, camiseta negra y unos tenis seminuevos. Con cada trago de vino blanco siento la inestabilidad de esa nave orgánica. La gente parece estar feliz de encontrarlo, lo cual me deja perdido en este punto de la trama. Él ya sabe su enfermedad…”. Ojo, aquí está la clave, el punto de quiebre, el nudo argumental de esta vertiginosa y breve novela, “su enfermedad”.
Para hablar de la enfermedad, hay un personaje, el doctor Miranda: “No hay cura. El doctor Miranda lo dice así, sin lágrimas ni piedad, casi con un gustillo de placer. Es de esos médicos que incluso niega la evidencia científica más obvia en nombre del fascismo. Ahora debo unirme al grupo de los paliativos”. El final está al final, en esta novela que se devora con asombro y con pena.
El autor, Tiago Ferro, nació en São Paulo, Brasil, en 1976. La traducción se debe a Diego Cepeda.
Tiago Ferro
Su terrible abrazo
Yarumo Libros
%%imagen%%2
Antonio García Ángel, Que pase lo peor
Antonio García Ángel (Cali, 1972) tiene la virtud del buen contador de cuentos. Te envuelve, te encanta, te hipnotiza mientras suelta su historia, simplemente (y eso no es algo tan simple) echa su rollo con humor, con la fluidez de su pluma bendecida. Ya en el # 58 de Gozar Leyendo apareció un comentario sobre otra novela suya, Declive, en la que el protagonista es alguien “sin pasado ni futuro, absorbido por un presente demandante, triste y rutinario”, a quien le suceden cosas extrañas. El narrador/protagonista de Que pase lo peor se diferencia del de Declive en que no es enfermero pero, igual que éste, es alguien con un nivel profesional que puede referirse con ironía a las modas intelectuales: “Fabio Herrera daba una clase llamada Modelos semánticos y había sido mi director de tesis. Nunca me quedó claro qué belcebúes era un modelo semántico. Además las lecturas para establecerlo eran desconcertantes (...): un montón de teóricos de los que no retuve nada. En ese momento regía el imperio de los imaginarios urbanos, la posmodernidad y la deconstrucción, todo lo sólido se disolvía en el aire y una jerigonza incomprensible había embriagado las ciencias sociales y buena parte del profesorado. Herrera llegaba a clase con una mochila arhuaca, tenis Adidas y gafas gruesas cuadradas de pasta negra (...). Peroraba durante horas y no se le entendía nada pero todo le sonaba muy profundo…”.
Los dos protagonistas, el de Declive y el de Que pase lo peor**, con todo lo cultos que son, llevan una vida muy precaria en la que cualquier metafísica se agota ante problemas más alarmantes como llegar a fin de mes, pagar las cuentas vencidas y tratar de garantizar de alguna manera un trabajo que permita los pagos que se vienen encima**; y está vacunado por las necesidades más urgentes contra otros vicios de nuestra época: “tampoco extrañaba las redes sociales, esa vitrina de las miserias humanas, mundillo de celebridades de gama baja, melting pot del odio, la pose y la superioridad, cloaca de la opinión, sumidero de la inteligencia, veneno de venenos, camposanto de la verdad, cilicio con el que se victimizan los victimarios y hoguera en que los savonarolas del teclado hacen sus purgas morales”.
Cuando uno va en poco más de la tercera parte de Que pase lo peor, la novela es casi obsesivamente realista. Una Bogotá que cualquier bogotano reconoce, donde los sitios se identifican con su nombre real, cosa que enfatiza su realismo. Pero lo que sucede está cada vez más lejos de ese realismo. Si ese despelote factual se insinuaba en Declive, en esta nueva novela se vuelve vertiginoso, aunque, de todas maneras, permanece atado a ciertos convencionalismos literarios: Nelson, el protagonista, puede observar el lugar donde están todos los lugares, El Aleph de Borges redivivo en Chapinero. Y eso no es todo. En una segunda invasión de lo fantástico, Nelson tiene un encuentro con su doble, que también se llama Nelson, que tiene su misma memoria y que se dedica a hacerle marranadas a los amigos del Nelson original, dejándolo tan mal que hasta lo golpean. Y todavía falta más en este vértigo donde la literatura fantástica invade la vulgar realidad del personaje.
Sí, todavía falta: siempre que un bípedo racional e implume se convierte en otra cosa, el lector convencional rebota en La metamorfosis de Kafka, como si Gregorio Samsa fuera el único: en verdad, la historia de esta transformación es larga, tan antigua como las obras de Ovidio –y aún desde antes– y tan actual como, por ejemplo, la poesía del portugués Antonio Franco Alexandre (1944); los dos primeros versos de su libro Aracne dicen: “Gregorio se transformó en insecto gigante. / Yo no: me hice arácnido”. Pues en Que pase lo peor, uno de los personajes, no el principal, se convierte en cucaracha gigante que acaba con Bogotá: “era aún demasiado temprano para saber el tamaño del desastre, sin embargo ya se sabía que después de destruir Ciudad Montes, Policarpa, Alquería, Monserrate, La Candelaria –incluido el Museo Botero con sus Dalís, Giacomettis, Manetses y Mondrianes–, el Palacio de Justicia, la Casa de Nariño con todos sus habitantes y dos tercios de las Torres del Parque, Yeison –ahora caigo en cuenta de que soy el único que conoce su nombre, pues para el resto de la humanidad es el monstruo, el bicho, la cucaracha gigante– se había lanzado contra la Plaza de Toros…”. A pesar de todo el desastre, el lector, y más el lector que lo lee en Bogotá, alcanza a sonreír con el humor negro de esta disparatada novela que, de todos modos, no ha podido soltar durante más de trescientas páginas.
Antonio García Ángel
Que pase lo peor
Random House
%%imagen%%3
Javier Vásconez, El coleccionista de sombras
A la hora de inventar teorías, más, a la hora de hallar leyes físicas fuera de la física, se me ocurrió que la forma de identificar si una novela del siglo XIX es si en ella se desmayan las señoras, o si hay adulterio o si hay casos de ludopatía. En algunas novelas del XX, sólo recuerdo que un señor se desmaya en alguna novela de Saul Bellow, hay bastantes adulterios pero no existen novelas del adulterio como Madame Bovary o Anna Karenina**; y, salvo la estupenda** Los tontos mueren de Mario Puzo, poco de ludopatía; sin embargo, el ecuatoriano Javier Vásconez (1946) escenifica en un casino de Quito buena parte de su novela El coleccionista de sombras, especialmente en una sala amarilla “porque ahí se hacían las entregas o, lo que es lo mismo, los sobornos a todo tipo de personas. El maletín de la suerte se desplazaba en todas las direcciones, unas veces salía rebosante de dinero del salón amarillo y otras regresaba engordado del Palacio de Gobierno”. El dueño del lugar es un conde, ¡un conde!, que recibe una comisión y se deleita observando la corrupción y hasta encargándole a su amante “que tomara fotos de las manos, sólo de las manos en el momento de la transacción”. Ella guardaba todo un archivo donde podía notarse “el puño blanco de la camisa de un uniforme y la mano con la piel irritada de un militar, o la palidez de los dedos donde resaltaba la gema y el oro del anillo del obispo de la ciudad”.
El narrador omnisciente presenta un personaje que se llama como el autor, Vásconez, que ha escrito libros con títulos idénticos a los del autor, y que confiesa que “su relación con la literatura era pasional. La llevaba en el alma, en los sueños, en las orillas del amor. En realidad, convivía con ella como un paciente con su enfermedad. Acosado por el insomnio y la violencia de las palabras cuando éstas se resistían a salir con la libertad que él necesitaba para vivir”. Y este personaje, a la vez narrador en tercera persona, a lo largo del texto asocia cada cosa con el mundo de las letras, y aprovecha para confesar cosas de su infancia, como la estadía en un internado inglés, recién llegado, sin conocer el idioma. Un relato pleno de alusiones literarias y de hechos retorcidos e inesperados.
Javier Vásconez
El coleccionista de sombras
Pre-Textos
%%imagen%%4
Ryunosuke Akutagawa, Cuentos herejes
Ryunosuke Akutagawa (Tokio,1892-1927) es uno de los más importantes narradores japoneses del siglo XX. La señora Wikipedia dice, acertadamente, que “fue uno de los primeros poetas y escritores asiáticos que intentó combinar el estilo literario nativo con la literatura europea y así modernizarlo. A través de su estilo de escritura, revolucionó su época y ha tenido una influencia duradera en los más grandes escritores japoneses”.
Aunque vivió apenas 35 años, alcanzó a escribir bastantes textos, principalmente narraciones. Uno de los temas que más le atrajo fue la historia de los primeros católicos en el Japón, siglo XVI, principalmente en Nagasaki, incluyendo la persecución de que fueron víctimas a partir de cierto momento. En uno de sus cuentos, Akutagawa muestra la particular manera que históricamente han tenido los japoneses para asimilar conocimientos y creencias provenientes de otras partes, el ”poder y la capacidad de nuestra gente de transformar y adaptar lo que viene del exterior”. Un sabio le dice al cura católico que “vuestro dios no es el único que ha venido a estas tierras desde muy lejos. Cuando este país era muy joven, llegaron de China las enseñanzas de algunos sabios como Confucio, Mencio y Chuan Tsu. Los japoneses viajaron a la China y trajeron cosas novedosas como el jade y la seda. Sin embargo, la adquisición más importante fue la escritura china, formada por los preciosos ideogramas que luego fueron adaptados a nuestra lengua. ¿Crees que por esa razón China conquistó nuestro país? Fíjate bien en los caracteres chinos que utilizamos y te darás cuenta de que fuimos los japoneses los que conquistamos China (...). Como podrás observar, hemos superado con creces la herencia de China, adaptándola al espíritu japonés”. Lo mismo sucedió con Buda, llevado de la India al Japón. El sabio que le habla al sacerdote de Cristo remata sus palabras de este modo: “lo que quiero decirte es que ninguna deidad que llegue a ese país desde el extranjero tiene la mínima posibilidad de triunfar, ¡ni siquiera tu dios!”.
La mayor dificultad que tienen los nipones para asimilar la religión católica es entender el diablo. Dicho en palabras de uno de los cuentos de Akutagawa: “llamáis a vuestro dios omnipotente, como si él entendiera todos los fenómenos del pasado, presente y futuro. Si fuera de verdad omnipotente, hubiera percibido las intenciones de Lucifer antes de crearlo. Crear a alguien destinado a cometer pecados es un acto despiadado, similar a crear demonios con la intención de que impidan a las personas de bien seguir el camino correcto. ¿De qué sirve entonces crear demonios inútiles sólo para dañar el bien?”.
Un personaje de Cuentos herejes que va de cuento a cuento es un sacerdote que ha llegado al Japón como misionero, el padre Organtino. A él se le aparece el Lucifer, quien le dice: “¿Sabe?, a nosotros, los diablos siempre nos ocurre lo mismo: las personas que quisiéramos mantener lejos de nuestras malévolas artimañas son precisamente las que más nos atraen para hacerles daño: es algo muy extraño que, de paso, me produce una gran melancolía. Cuando esto sucede, mi espíritu oscila entre la esplendorosa luz que alguna vez contemplé en el paraíso y la oscuridad que padezco en el infierno. Por favor, tenga compasión de mí. ¿Acaso no ve lo triste y desamparado que me encuentro?”. Como quien dice: es más difícil ser malo que ser bueno y el diablo suele padecer la insoportable tentación de ser bueno.
Algunos de los cuentos de Akutagawa dan cuenta de la muy cruel persecución que padecieron los japoneses conversos al catolicismo: “al descubrir a los creyentes los quemaban vivos o los crucificaban. Sin embargo, cuanto más violento se volvía el acoso contra los cristianos, más benévolo se mostraba el señor Deus omnipotente con los fieles de esa religión. Sobre las aldeas de Nagasaki, iluminadas por la luz del atardecer, descendían de cuando en cuando los ángeles y los santos”.
Más allá de mostrar con narraciones –muchas de ellas basadas en documentos del siglo de san Francisco Javier, el XVI– los avatares, los avances, las persecuciones y las leyendas de la evangelización del Japón, en este libro hay, por lo menos, dos cuentos perfectos. Uno es Crónica de una deuda liquidada, que para el traductor y prologuista, el escritor venezolano Ednodio Quintero, “podría ser incluido en una antología de cuentos de suspenso e imaginación”. El mismo Ednodio dice de El mártir que “en mi opinión este es el relato más completo y, me atrevería a decir, de esta antología, bordea la perfección. Akutagawa despliega en él sus geniales estrategias como narrador, valiéndose de la historia de un bello niño japonés abandonado y adoptado como expósito por los sacerdotes de un templo cristiano. A lo largo de la narración, el lector mantiene su alma en vilo. Al final, su curiosidad será recompensada con una impresionante vuelta de tuerca”.
Ryunosuke Akutagawa
Cuentos herejes
Pre-Textos
%%imagen%%5
La Diligencia Libros - Tienda en línea
Recomendado de la quincena: Tres cuentos espirituales de Pablo Katchadjan
%%imagen%%6.