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Miércoles 6 de mayo de 2026
Alberto Medina López. · Foto: Carlos Barragán

Alberto Medina López.

Foto: Carlos Barragán

Los lugares reales de las grandes novelas colombianas en un solo libro

En ‘La realidad de la ficción’ el escritor y periodista Alberto Medina López reúne siete reportajes en los que intenta descubrir qué tan real es la ficción de siete novelas clásicas de la literatura colombiana.

Por: Eduardo Arias

¿Dónde queda exactamente Macondo? ¿La marquesa de Yolombó existió o es producto de la imaginación de Tomás Carrasquilla? ¿Qué se esconde en la hacienda El Paraíso más allá del amor de Efraín y María? ¿León María Lozano era tan malvado como lo pintan en la novela Cóndores no entierran todos los días? ¿Sigue siendo Tipacoque una región de siervos sin tierra?

Centenares de preguntas como estas suelen surgir cuando se lee una novela. Alberto Medina, periodista y escritor, se dio a la tarea de meterse en el corazón de siete obras clásicas de la literatura colombiana: Siervo sin tierra, de Eduardo Caballero Calderón; La vorágine, de José Eustasio Rivera; La marquesa de Yolombó, de Tomás Carrasquilla; Cóndores no entierran todos los días, de Gustavo Álvarez Gardeazábal; María, de Jorge Isaacs; La rebelión de las ratas, de Fernando Soto Aparicio, y Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Para ello, Medina viajó una o varias veces a los escenarios donde transcurren estas novelas, en lugares como Palmira, Yolombó, la zona bananera del Magdalena o las minas de carbón de Boyacá.

Para cotejar qué es realidad y qué es ficción, en cada una de estas obras Medina habló con habitantes de los lugares donde ocurren las novelas, así como con historiadores, investigadores o expertos en literatura.

Con un lenguaje sencillo y directo, sin ningún tipo de ínfulas, Medina lleva de la mano al lector a esos parajes y ciudades que inmortalizaron los escritores y los coteja con lo que aparece escrito en las novelas.

Alberto Medina López nació en Filandia, Quindío, Es profesional en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia y periodista de Inpahu. Ha trabajado en varios medios escritos y audiovisuales y en la actualidad es subdirector de noticias del noticiero Caracol Televisión. Además, escribió las novelas El credo de los amantes y Para el alma no hay éxodo y la colección de cuentos En todas partes hay mariposas negras. CAMBIO habló con él acerca de La realidad de la ficción.

CAMBIO: ¿Cuándo y por qué decidió realizar sus reportajes en lugares relacionados con obras literarias?

Alberto Medina López: Cuando leo novelas, por simple curiosidad, siempre me pregunto por los personajes de las historias, por los lugares y por los hechos narrados. Y me lo pregunto porque esos personajes y su momento histórico me permiten descubrir el alma de los hombres en una época determinada, algo que solo es posible en la literatura porque la historia casi siempre se queda en los hechos y en los contextos, pero olvida el alma. Empecé a contar estas historias cuando descubrí que Cien años de soledad estaba llena de pistas de realidad, más allá de lo visible: la Guerra de los Mil Días o la masacre de las bananeras. Empecé a encontrar pistas para ubicar a Macondo, personajes de la ficción equivalentes a personajes de la realidad y hasta árboles en la novela que son árboles en la realidad, entre muchas otras cosas. Cien años de soledad es la primera novela con la que exploro la realidad de la ficción y después empiezan a llegar las otras.

CAMBIO: ¿Cuál fue el criterio para escoger las siete novelas?

A.M.L.: Las elegí porque se trata de siete obras que recogen lo que somos como colombianos, recogen nuestra historia, nuestro mestizaje cultural, nuestra raíz. Detrás de cada una de ellas están los hombres y mujeres que han construido, desde el poder o por fuera de las esferas del poder, lo que somos como país. En estas novelas están representados los campesinos, los indígenas, los mineros, los empresarios, los militares, los gobiernos, las mujeres que han enfrentado el machismo o lo han sufrido, y un largo etcétera de personajes. Además, son novelas que cuentan nuestra historia: la colonia, la esclavitud, las luchas sociales, la presencia de las multinacionales, la riqueza de nuestro suelo, las bonanzas, nuestro devenir en la historia. Por supuesto que detrás de toda selección hay injusticias, y es seguro que dejé por fuera grandes obras. Aspiro a llenar ese vacío en ediciones futuras, si la vida lo permite.

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CAMBIO: Varias de esas obras (salvo Cien años de soledad y La vorágine**, en gran parte a raíz del centenario celebrado en 2024) en el imaginario de la gente parecieran formar parte del grupo “me tocó leerla en el colegio”, pero se las ve como piezas del pasado. Sin embargo, usted parece demostrar que estas obras siguen vivas, no solo por la vigencia de lo que cuentan, sino también por la importancia que les siguen dando a novelas y a escritores quienes viven en esos lugares. ¿Cuál es su impresión al respecto?**

A.M.L.: Tiene razón. Cuando yo menciono esas novelas la gente dice: “Esa me tocó leerla en el colegio”. A mí también me tocó leerlas en el colegio y ese carácter obligatorio marcaba una distancia del texto porque no se trataba de una lectura para el disfrute sino para obtener una nota. Pero, más allá de la obligación, esas eran las novelas que podían alimentar en el estudiante el conocimiento de nuestras venturas y desventuras como nación. Estas obras ya no están en todos los colegios como planes de lectura, porque las cosas han cambiado.
Ahora, nada peor que obligar a leer. Pero, en lo personal, ahora que he reasumido esas lecturas, sin la obligación del maestro, he encontrado el valor literario e histórica de cada una de esas novelas. Cuando he llegado a los sitios donde se desarrollaron esas historias, he encontrado que la gente las valora altamente. Es increíble ver, por ejemplo, en Yolombó, el culto que le rinden a la Marquesa, o en Tipacoque el valor de Siervo Joya. Y aunque estén enfocadas en un punto de la geografía, lo cierto es que nos representan a todos los colombianos.

CAMBIO: ¿Qué retos enfrentó para conseguir la información?

A.M.L.: Lo más difícil fue ganarme la confianza de las personas con las que quería hablar en las regiones. La gente no creía que alguien tuviera interés de hablar sobre esas novelas. Para La vorágine, por ejemplo, fue necesario establecer contactos desde Bogotá, tanto en La Chorrera, Amazonas, como en Iquitos, Perú, con las comunidades indígenas. Esa fue una tarea muy compleja porque eran por lo menos cuatro comunidades las que debían dar el visto bueno a la visita. En el caso de Cóndores no entierran todos los días, conseguir una entrevista con Violet, la hija de León María Lozano, el Cóndor, fue difícil. Ella nunca había hablado sobre el tema de su padre y fue importante construir puentes de confianza. Cada historia tenía sus retos y era necesario enfrentarlos.

CAMBIO: Como lector de finales del siglo XX y del XXI, ¿cuál es su impresión de estas novelas?

A.M.L.: Las leo y recupero mi propia historia. Creo que son la memoria de Colombia. Gracias a esas novelas, descubro de dónde vengo, y me reconozco en el mestizaje racial y cultural que somos. Esas historias me permiten acercarme al alma de los colombianos en distintos momentos de la historia, desde la colonia hasta nuestros días. Además del valor artístico de cada una de ellas, tienen un enorme valor cultural.

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