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Lunes 4 de mayo de 2026
Thimothée Chalamet como Marty Supreme, personaje basado en el estafador y jugador de tenis de mesa profesional Marty Reisman. Créditos: Diamond Films.

Marty Supreme no tan suprema: ¿qué queda debiendo la nueva película de Timothée Chamalet?

Thimothée Chalamet como Marty Supreme, personaje basado en el estafador y jugador de tenis de mesa profesional Marty Reisman. Créditos: Diamond Films.

Más allá de las nominaciones a los premios más importantes del cine en el mundo, y de la impactante actuación de Thimotheé Chalamet para encarnar a un jugador profesional de tenis de mesa que oscila entre la gloria y el hampa, vale la pena preguntarse qué le faltó a 'Marty Supreme’ para trascender dos horas largas de entretenimiento.

Por: Juan Francisco García

Montaje, edición, dirección de arte, ritmo, humor, se orquestan con audacia y precisión en Marty Supreme, la última película de Timothée Chamalet. Dirigida por Josh Safdie (Uncut gems, Good time, Heavens knows what), la película fue nominada a mejor dirección, largometraje, actuación principal y fotografía en los premios Oscar de este año. 

El objetivo de atar al espectador a la silla, de cogerlo del pescuezo para hacerlo transitar por la vergüenza, la ansiedad, la rabia, la conmiseración, el dolor, el desplome, la redención, se cumple. Chalamet entrega una actuación que corrobora que lleva por dentro la gracia macabra que se requiere para inmortalizar personajes dignos de tomarse un trago con Martin Scorsese. 

Su puesta en escena de un alienado jugador profesional de ping-pong que se juega el cuerpo y la conciencia con tal de llegar a la cumbre del deporte –cuando este estaba en su apogeo en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial–, es un derroche energético que oscila entre el cinismo y el patetismo, la audacia y la humillación, la autosuficiencia y la súplica, la erección y la inclinación, que perdurará en el tiempo. El aliento de Marty Supreme tiene el tufo del Lobo de Wall Street de Di Caprio y comparte la sombra con el Adam Sandler de Uncut gems.  

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La película avanza, pues, sustentada en la premisa de que su protagonista no va a descansar, y está dispuesto a quemarlo todo –un hijo que está por venir al mundo, la incondicionalidad de un amor de infancia, las amistades, la cordura, la madre, la palabra, todo– con tal de probar la gloria. Josh Safdie apostó por montar al espectador sobre los hombros de un hombrecito de barro y con acné que, para vengarse y redimir su condición de marginal, necesita, así sea por un instante, ver el mundo desde arriba.  

Y esa necesidad vital, esa rabia, ese vacío, se traducen en un retrato en incesante movimiento que sensorialmente es eficaz, y que deja unas cuantas escenas formidables, además de ganarse la risa oscura y la taquicardia de quien paga la boleta. 

Pero… 

Pero al día siguiente, cuando baja la espuma del viaje alienado y caótico persiguiendo a Marty Supreme, al poner el shock eléctrico que produce la actuación de Chalamet en perspectiva se hace evidente que la película, como su protagonista, se tropieza y trastabilla. Y entonces salen a flote las preguntas sutiles que el guion, en su afán de alterar sistemas nerviosos, pasó de largo. 

¿Por qué el hombrecito alienado escogió el ping-pong como obsesión para salvarse la vida? ¿De qué formas singulares el tenis de mesa, con sus obstrucciones formales, le permite abstraerse y transmutar su miseria en ensoñación? ¿Qué es eso que lo llama, que lo empuja, hacia el dominio absoluto de la pelota mínima y la raqueta de madera? ¿Qué es lo que experimenta, de qué formas surca su deseo, cuando cambia el sudor de la huida por el sudor de la competencia?

Marty Supreme versa sobre un cretino de los márgenes que, en razón de su talento deportivo, a pesar de sí mismo, es también un artista. Eso explica las escenas tan bellamente logradas en las que deja la vida y la respiración en los metros encogidos de las mesas de ping-pong en Nueva York, Londres y Tokio. De allí la obsesiva preparación de Chalamet, durante más de seis años y en todos los sets de grabación en los que estuvo, para mostrarse verosímil, elegante, atlético y exquisito en las escenas de juego. Pero el guion lo condena a participar de su arte sin la más mínima introspección y condenado al mero impulso y a la reactividad frenética. Como una rata a la que le descargan electricidad si no persigue su comida. 

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Entonces, después del chorro de dopamina de la función de 140 minutos, Marty Supreme se aparece como un personaje monolítico volcado exclusivamente hacia afuera. Y eso, aunque alimenta su neurosis y narcisismo, aunque permite a Chalamet sostener la película en los hombros y tener que tensar todos los músculos y probar matices nuevos, le niega el misterio. El arte. Las sombras. Los secretos. 

Lo que impera al final es la transpiración incesante, la dopamina, el ruido: el mero entretenimiento.

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