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Lunes 4 de mayo de 2026
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Gozar leyendo con CAMBIO | Dos novelas que desnudan el racismo: 'Las bocas del silencio' y 'Piel sospechosa'

‘Las bocas del silencio’ de Juan Antonio Pizarro y ‘Piel sospechosa’, de Luis Rafael Sánchez, tratan, cada una a su manera, la funesta tara del racismo.

Por: Darío Jaramillo Agudelo

Hay una religión literaria que cree que las novelas son para entretener, que fueron inventadas para llenar de placer el tiempo libre. En esas novelas pasan cosas, no hay regodeos metafísicos ni aburridiálogos interiores, no hay una primera persona quejándose o contando en cámara lenta los caprichos de la abuelita, la biografía de la tía que latía, o la autobiografía de alguien a quien nunca le ha pasado nada. En esta religión de contadores de historias el dios mayor es Dumas y el culto imperó hasta diciembre de 1899. Hay otros cultores posteriores, como Joseph Conrad, como Italo Svevo, como Mario Puzo o como García Márquez, ninguno contagiado por el psicoanálisis, ni por la posmodernidad o por los jueguitos de palabras que solo le parecen ingeniosos al que se los inventa. Los dioses son Dumas, Dickens, Hugo, Stevenson, Defoe, Trollope, Zola, Balzac, Flaubert, Jane Austen, Von Kleist, las Brontë, Melville, Hawthorne, Dostoyevski, Elizabeth Gaskell, Machado de Assis, George Eliot, Eça de Queiroz, Julio Verne, William Thackeray y un largo etcétera de señoras y señores que se divertían escribiendo libros que divierten.

Encontrar un escritor de nuestro tiempo adscrito a esa religión es cada vez más difícil. Hoy, la mayoría se entretiene mirándose en el espejo. Por eso, es un goce poder encontrar otro descendiente de Dumas o de Victor Hugo, descubrir que apareció una novela, Dios mío, en la que suceden cosas, una novela que uno, hipnotizado, no puede soltar sino hasta el final, una novela que produce esa deliciosa contradicción coital entre no querer que se acabe y no poder parar. Y este es el caso de Las bocas del silencio, de Juan Antonio Pizarro (Bogotá, 1948).
Entre las principales líneas narrativas de Las bocas del silencio destaco tres. La primera es una voz que comienza por relatar la vida de su abuelo, Fernando Orellana Pizarro, un nativo de Trujillo, Extremadura, que con quince años decide repetir la aventura de los héroes locales, cruzar el Atlántico hasta llegar a Cartagena: “Un hombre que se distraía con el vuelo de los alcatraces, los colores del atardecer cartagenero, los culos de las muchachas, el golpe de las fichas de dominó. ‘Cualquier cosa que no sea trabajar’”. Todo ocurre en la segunda mitad del siglo XVIII. Orellana se fuga de su casa, llega a Cádiz, cruza el océano, quiere llegar al Perú, pero se queda a vivir en Cartagena porque se enamora de una negra, la abuela de este narrador, cuya madre, su bisabuela, una costurera magistral, odia a Orellana. Es ese abuelo el que le cuenta al narrador lo que él dice para comenzar la novela: “nací, según contó mi abuelo, en una casa de Gimaní un 1º de enero del año de 1800, de madre puta y padre desconocido”. Más adelante dirá: “Mi padre compró a mi madre, que tenía en ese momento 15 años, en el decaído mercado de esclavos de Lagos varios años antes de que Joao I aboliera la introducción de esclavos a Portugal en 1761. Su objetivo era comprar una amante que pudiera desechar en unos años por una más joven. Dos cosas le fallaron en este plan: se enamoró de mi madre y tuvieron un hijo, yo”.

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La segunda línea narrativa corre a cargo de Ramiro Escobar, un amigo del primer narrador, “un joven brillante que había salido con la frente alta para Santa Fe a estudiar jurisprudencia y que regresó unos meses más tarde con el rabo entre las piernas al no ser admitido en el colegio de San Bartolomé. Decían las malas lenguas que durante el proceso había salido a la luz que uno de sus abuelos había desempeñado un trabajo que no estaba a la altura de los hijodalgos: trabajó por unos años como herrero en un taller de ornamentación. Al realizar este trabajo manual manchó su sangre y la de sus descendientes, por lo que el hombre, aún muy joven, que me saludaba, no había podido estudiar a pesar de tener el talento y los recursos para hacerlo”. Escobar cuenta esta historia deleitándose con fruición en los detalles de su venganza; y hace de cronista de la vida santafereña. Allí se había hecho amigo de Santander y, por éste, había conocido a Caldas. La tercera línea narrativa tiene la voz de la madre de nuestro primer protagonista, es decir, la puta que menciona el abuelo como madre el narrador inicial.

Toda la novela, sea quien sea el que esté contando el cuento, se desarrolla en dos planos. El primero, contiene las historias de los personajes de la ficción. En cada uno de los cortos capítulos, en todos los párrafos, frase por frase, palabra por palabra, suceden cosas, siempre, sin detener el vértigo de la acción, con las explicaciones estrictamente necesarias para absorber al lector en la lectura, para embriagarlo de imaginación y de gracia. Hasta ahí la ficción, porque el segundo plano incrusta esas historias inventadas por el novelista en la historia real, los reinados de Carlos III, Carlos IV, Fernando VII y los invasores napoleónicos de España. Aparece la supresión de los jesuitas, algún personaje concreta así las revoluciones de fines del siglo XVIII: “… las tres revoluciones más importantes del mundo: la americana de 1776, la francesa de 1789 y la haitiana de 1804”. Aparte, el primer narrador, nacido, como dije, en 1800, siendo un niño participa –de un modo ciertamente pintoresco– en la declaración de independencia de Cartagena el 11 de noviembre de 1811, padece la hambruna del sitio a Cartagena por Morillo y conoce –¡y conversa!– con Bolívar cuando el libertador pasa por allí.

En la novela quedan claros algunos aspectos de la cultura y las formas de vida de la época. El racismo, el machismo, la discriminación social, las ideologías deterministas que se consideraban científicas, como las del sabio Caldas, copiadas de Buffon, de que “América no solo era el más atrasado de los mundos, sino que además tenía un clima que degeneraba a hombres, animales y plantas”. El mismo Caldas divide a los hombres entre piratas y negros, por un lado, y gente decente por el otro; y creía que el trópico y el calor degeneran a la gente: al referirse a los Pombo, originarios de Popayán y habitantes de Cartagena dice que “con el tiempo, de permanecer su familia en esos climas perversos, sus descendientes están condenados a la degeneración como ocurre con todos lo que habitan esas tierras (...). Las artes, las ciencias, la humanidad, el imperio de la tierra son el patrimonio de la raza blanca; la estolidez, la barbarie y la ignorancia son el patrimonio de la segunda” (los africanos). Al contrario del, entre comillas, “sabio” Caldas, nuestro protagonista pensaba “que el sitio para los humanos era la tierra caliente que exigía poca ropa, abría el corazón a la alegría y ofrecía mejores viandas. No puede ser mejor un sitio donde la gente conspira más y sonríe menos”. 

Juan Antonio Pizarro
Las bocas del silencio
Yarumo Libros

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Luis Rafael Sánchez, Piel sospechosa

Más o menos sabido –y menos asimilado como tara– es el racismo explícito y violento de la Alemania de los nazis o de los Estados Unidos de siempre, hasta ahora, primero volviéndose ricos explotando africanos a quienes convirtió en esclavos, luego librándolos de la esclavitud y reduciéndoles a una discriminación que hace ya parte de la american way of life (de paso, más way que life), discriminación que se ha extendido a los latinos que ahora expulsan de su territorio, inclusive, en algunos casos, a latinos nacidos allá.

Todo eso está sabido. De lo que se habla poco, lo que se disimula, es el racismo no reconocido como racismo en territorios como América Latina o como Puerto Rico, lugar que individualizo porque es el escenario principal de la compilación de ensayos breves escritos por Luis Rafael Sánchez (Puerto Rico, 1936) a lo largo de medio siglo y que ahora Seix Barral reúne en el libro Piel sospechosa.

“Prohibido por la constitución, inaceptable como práctica según los reglamentos de las corporaciones públicas y privadas, descartado por cuanta organización se inscribe y se legitima en el departamento de estado, el prejuicio racial se filtra en los recintos educados y democráticos de la sociedad puertorriqueña, a través de los curiosos rechazos y las súbitas exclusiones que tienen por sujeto a los puertorriqueños negros... Sin embargo, la mirada echa de menos a los puertorriqueños negros en los altos puestos gubernamentales, en los altos mandos de la guardia nacional, en las juntas directivas de los clubes donde se malea el civismo, en los departamentos con misiones de vidriera para consumo del público extranjero como la secretaría de estado. Ni siquiera en el tribunal supremo de justicia hay jueces negros”.

Es cuando menos venenosa la manera de encubrir, de negar, el racismo: “a causa de la oblicuidad que sustenta la psique puertorriqueña, el prejuicio racial, home made, evita pronunciar la palabra ‘negro’ en su dimensión etnográfica. Para sustituirla acude a una sarta de enchapes eufemísticos, portadores de sufijos diminutivos y aumentativos, que le dan una irónica relevancia: quemadita, bien quemadita, piel café con leche, trigueño quemado, trigueño pasado, trigueñote, trigueñota, indio, aindiado, caoba, azabache, sepia, morena, oscura, morenota. No, no se trata de matices lexicales afectivos, sugeridos por el muy heterogéneo basamento mestizo del país –la escala cromática de lo negro desconoce el agotamiento en la encendida calle antillana–. Tampoco se trata de una modulación que registra el cuadrante de la gentileza y la simpatía; una gentileza y una simpatía que, cuando se extreman, parecen gestos de condescendencia. Se trata, lisa y llanamente, de otra práctica negrófoba en el nombre equívoco del ingenio”.

En ciertos momentos, el autor de La guaracha del macho Camacho se sale de las fronteras de su Borinquen para, en un caso, dedicar un capítulo al tal vez más eminente humanista del siglo XX, el surafricano Nelson Mandela. En otro, se refiere a los Estados Unidos, comenzando con una frase de Condoleezza Rice: “la esclavitud constituye el error congénito de la nación norteamericana”; enseguida, Sánchez recuerda que “apenas redactar una constitución de resonancias libertarias, apenas cumplir la mayoría de edad, los Estados Unidos de Norteamérica construyen una economía próspera sobre la explotación de la raza negra (...) Sí, el secuestro de millones de hombres y mujeres provenientes de diversas tribus y etnias africanas, junto a su traslado a las dos Américas, en calidad de mercancía, obligó a habilitar rutas transoceánicas y a organizar compañías negreras responsables de industrializar la esclavitud”. Semejante cultura, la de la discriminación, la de un racismo explícito, militante y cotidiano, engendra héroes que la contradicen: uno de los textos de Luis Rafael Sánchez se refiere a Cassius Clay, quien “de deportista célebre pasa a ser un célebre agitador de masas. De célebre agitador de masas pasa a ser hombre celebérrimo a quien libertó la libertad de ser negro (...) la proclama (…), ‘black is beautiful’ se abrió paso hasta tornarse en el versículo laico de un humanismo nuevo. La proclama, o el versículo, operó como el detonante que descarriló, o reencarriló, los complejos y las inseguridades de millones de negros alrededor del mundo. Aupados por el orgullo que les supuso el descubrimiento inesperado de la propia hermosura, millones de negros, alrededor del mundo, juraron aceptarse, celebrarse, quererse…”.

Todo eso, a pesar de la negrofobia: “Pero, al fin de cuentas, ¿de qué hablamos cuando hablamos de negrofobia? Hablamos de la ansiedad, el miedo o la incomodidad que produce la cercanía de cuerpos negros. Hablamos del fastidio causado por los negros indóciles que se niegan a estarse en su sitio. Hablamos de suspicacia y odio y rabia sorda cuando la persona negra desafía los estereotipos, se disciplina y logra sobresalir a costa de su talento y competencia. Hablamos de repulsiva intransigencia enfermiza cuando hablamos de negrofobia .... La negrofobia supone el fracaso estrepitoso de la inteligencia. Si el color de la piel o el origen afro, los rizos del pelo o el grosor de los labios, sirven de criterio para desmerecer a persona alguna, entonces el Universo detuvo su marcha en el grado cero de la estupidez”.

Volviendo a Puerto Rico, el autor cita el libro Narciso descubre su trasero, de Isabel Zenón Cruz: “el dato más original y omnipresente del racismo puertorriqueño es la negación absurda y obstinada de su existencia”. Antes, en su libro de 1934, La isla de la simpatía, el poeta español Juan Ramón Jiménez, intermitentemente avecindado en Puerto Rico, observó: ‘lo blanco pierde aquí sitio, calidad y valor. Los blancos son, somos, sin duda, lo otro’”.

Libro impresionante. Impresionante por el tema. Impresionante por la prosa de Luis Rafael Sánchez, una de las más notables, una de las más fluidas y magistrales hoy por hoy del idioma castellano.

Luis Rafael Sánchez
Piel sospechosa
Seix Barral

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Recomendado de la quincena: Mi Cristo negro de Teresa Martínez de Varela

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