Willie Colón
Foto: Colprensa
Ídolo entre los latinos, Willie Colón es uno más en el racismo de Estados Unidos
En mayo de 1988, la periodista Susana Cato entrevistó al gran trombonista y compositor boricua Willie Colón, quien falleció este sábado 21 de febrero a los 75 años. En esta entrevista, el intérprete de ‘Pedro Navajas’ se cuenta como uno más de “las millones de historias en la Ciudad de Nueva York”, en una impactante similitud con el racismo y el clasismo en los tiempos actuales. Y, como el boricua Bad Bunny, habla de la música como una poderosa arma.
Por: Susana Cato
30 de mayo de 1988
En la madrugada –como dice la canción– fueron encontrados los cuerpos sin vida de Pedro Navajas y de una prostituta sin dinero. “No hubo curiosos, no hubo preguntas, nadie lloró”, porque se trata solo de la historia de dos latinos en “ocho millones de historias que tiene la ciudad de Nueva York”, el tema que Rubén Blades y Willie Colón convirtieron en éxito de la salsa neoyorquina dándola a conocer en el mundo entero.
‘Pedro Navajas’-éxito del disco ‘Siembra’, que incluye ‘Plástico’ y ‘Buscando guayaba’– es una canción más del movimiento latino en el país de los extraños, donde la música representa uno de los principales elementos de identidad y cohesión.
Es también uno de los temas que interpretó Willie Colón con su grupo ‘Legal Strangers’ (Extranjeros Legales) durante su última gira en México –21 al 24 de mayo–, calentando tanto al público que, cuando los agentes de seguridad del Auditorio Nacional prohibieron bailar en los pasillos, la gente bailó de pie en sus asientos.
Y esta es la historia de Willie Colón, lejana a millones de destinos perdidos.
Una costurera puertorriqueña, Antonia Pintor Romano, llegó a Nueva York en 1928 y se casó con Félix, un muchacho de Manatí, su pueblo. Tuvieron una hija, Aracelys, que nació en Manhatan, madre de Willie, nacido en el South Bronx en 1950, y a quien, a pesar de pertenecer a la segunda generación parida en Estados Unidos, le siguen preguntando: “Sí, pero ¿de dónde eres?”.
Los emigrantes traían en su escaso equipaje algo que no pesaba, la música afroantillana. “Se armaban tremendo rumbón en la calle. Fue lo primero que yo vi y mi escuela principal para poder identificarme con mis raíces”, cuenta Willie.
El acento con que habla es suave y mestizo, entre caribe y gabacho, porque a los cinco años entró a otra escuela donde no solo aprendería a leer y a escribir, sino a comprender el mundo en inglés. Le enseñaron a distinguir la intención de una mirada (la “mirada de odio”, the hate look**) y la diferencia entre los sanitarios para blancos y para extranjeros**.
Su abuela Antonia tuvo otro hijo que murió. Se llamaba Gilberto y era músico, “y entonces ella siempre decía que el espíritu de él era el ángel guardián mío, y cada rato que me veía silbando cualquier cosa decía: Ah, ¿tú ve que va a ser músico él?”.
A los once años, su abuela le compró una trompeta en una casa de empeños. Willie formó su orquesta en la escuela, que tocaba primero en bailes, después en bodas, y a los catorce años era ya miembro del “circuito cuchifrito” donde tocaban todos los salseros.
A los dieciséis, Willie Colón había compuesto los temas suficientes para grabar un disco. Su fortuna lo colocó en el camino de Al Santiago, uno de los principales descubridores de las estrellas de Fania –como Ricardo Rey y Johnny Pacheco–, quien lo ayudó a editar su primer LP, ‘El malo’. Allí empezó Willie su carrera de grabaciones, que suma ocho años con el cantante Héctor Lavoe, alternando después con Rivera, Celia Cruz, seis años con Rubén Blades y, desde 1982, como solista.
Hoy, Antonia Pintor puede jurar que no se equivocó. Su nieto tiene ya 43 discos grabados y prepara uno nuevo que se llamará Altos secretos.
Willie –su historia es distinta– se hizo millonario en poco tiempo. Con el dinero de su segundo LP se compró una casa en las afueras de Nueva York, donde todavía vive. Pero también en poco tiempo perdió sus millones –un mal día para inversionistas– y hoy apenas se está recuperando.
Salió del barrio, pero no de lo latino, trasnochaba, iba, seguía con sus amigos.
“Al principio me costó acostumbrarme a vivir sin el bullicio en la calle, sin todo ese ruido. Pero el silencio me ayudó entonces a componer más, a no distraerme con lo de afuera”.
Willie Colón, que en el día viste tenis, playera y jeans, y en el escenario –según dice, “a lo antiguo”– usa traje y corbatas de colores “porque es mi trabajo”, y vive al derecho y al revés la fama y el anonimato simultáneos de un latino en Estados Unidos:
“Somos la segunda generación nacida allá y todavía nos pregunta: 'Sí, pero ¿de dónde eres?'. Si fuéramos rubios o irlandeses nadie lo preguntaría. Eso se refleja en el trato. Por eso el grupo se llama Legal Strangers**, porque nosotros nacimos en Estados Unidos y somos tratados como ilegales**. Y cuando haya que escoger quién va primero, no somos nosotros los que entramos primero.”
–¿A pesar de ser tan famoso?
“Ellos no me pueden distinguir. Por mi pinta yo soy cualquiera. Tendría que caminar con un rótulo que dijera Yo soy Willie Colón'.”
En su habitación del Hotel Fonta, desde donde se ve una manifestación de protesta frente al templo de San Hipólito, Willie recuerda lo que no se puede olvidar:
“Yendo a la escuela, cuando era chamaquito, teníamos que caminar en bandilla, porque si te agarraban los blanquitos con el pelo rojo de la escuela católica, te caían a piñazos, y era muy común que sus propios padres les dijeran barbaridades de los niños latinos. Esas son cosas que impresionan, que te dejan un sentimiento de desquite, y entonces, para sentir que uno tiene alguna clase de valor, va buscando sus raíces. Porque uno tiene que hacer algo positivo con su odio”.
Sobre la mesa de la habitación se halla un libro enorme de pasta dura. Su título está en inglés, pero sorprende. Wille Colón quiere aprender a pronunciar palabras en náhuatl. Se compró A dictionary of Morphological Náhuatl. Y defiende también a la música como tradición oral:
“La música nuestra tiene muchas funciones y una de las más importantes es que es una razón para unirnos. En el verano tenemos unas fiestas grandísimas, en las que hay manifestaciones de noventa mil hispanos, que son colombianos, mexicanos, dominicanos, puertorriqueños, y es muy bonito, me da como esperanza”.
Porque “hay una organización, y es una reacción a la manera dura como el gobierno federal nos ha tratado durante la presidencia de Reagan. Hay un retroceso en los derechos y muchas de esas organizaciones racistas aparecen en los medios como si nada, y dicen que están en su derecho de odiarnos porque están en su patria libre, y eso me preocupa de una manera positiva –aunque muchos no lo crean–, porque eso nos acerca más”.
Para el trombonista, cantante y compositor, el mundo de Norteamérica se divide entre “ellos” y “nosotros”.
“Nosotros, los latinoamericanos, estamos reconquistando Norteamérica. Somos ya casi treinta millones. México también está recuperando su territorio, y ellos sienten que es una invasión y tienen, van a tener, que bregar con esto de una manera inteligente, porque a la buena o a la mala esto va a seguir.
“Así, con el poder político y económico que estamos recuperando los latinos, la póliza hacia Latinoamérica va a tener que parar”.
Dice Willie Colón que, sin embargo, “ese modo de trato no es solo para el latino o el chino. Ellos mismos abusan de ellos mismos, vendiendo al ignorante comidas que no alimentan y alimentándolo desde chiquito con propaganda para que sea un buen soldado. Para ellos todo es económico, y procuran antes lo económico que el bien de su propio pueblo”.
En el Auditorio Nacional, Willie Colón y su grupo neoyorquino dejaron correr toda su música por el cordón que los une al ombligo de América, que está “esperando el momento preciso del ahora es cuando, esperando, esperando y luego desesperando”, y le cantaron a México, a Puerto Rico, a Panamá.
“A los que dicen que porque vivimos allá somos menos latinos, es lo contrario. Viviendo allá pocas veces podemos olvidar que somos distintos, que somos latinos, y quizás ustedes se distraen, pero allá eso se recuerda todo el tiempo”.