Guillermo Londoño.
Foto: Eduardo Arias
Los paisajes de la mente de Guillermo Londoño
Guillermo Londoño lleva 15 años de su vida dedicado a pintar paisajes de lugares imaginados por él. Varios recuerdan su anterior etapa, como pintor abstracto. En el Museo de Artes Visuales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano expone hasta el 7 de marzo unas 200 obras en la muestra titulada ‘Lo que el ojo no ve’.
Por: Eduardo Arias
Desde el pasado 4 de febrero y hasta el 7 de marzo, el Museo de Artes Visuales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano presenta Lo que el ojo no ve, una exposición del pintor colombiano Guillermo Londoño que reúne unas 200 obras que realizó entre 2011 y 2025. La muestra recorre una trayectoria pictórica que transita entre la figuración, la abstracción y los lenguajes contemporáneos.
Esta, su tercera exposición individual en museos colombianos, es un recuento de 15 años de trabajo que le ha dedicado a paisajes imaginarios. Territorios ambiguos, sin referencia directa a la realidad. Como señala Juan David Zuloaga en el texto curatorial, “cada obra se plantea como una experiencia única, en la que cada espectador se apropia de la obra identificándola como un paisaje de su propia vivencia”.
Quienes miran las obras, muchas veces sin darse cuenta, buscan en sus memorias referencias que terminan siendo muy personales. Donde alguien ve Australia otro podría suponer que se trata de Guasca. Además, son pinturas que, en varios casos, están en el límite entre la figuración y la abstracción que se entrelazan en esos paisajes utópicos.
Londoño utiliza los colores de tal manera que sus obras parecen provenir tal vez de algún recuerdo muy borroso, de un sueño, de pronto de un mundo que aún nadie ha visitado. Pero, aunque sean complemente imaginadas, varias de ellas hacen referencia a hechos muy reales como los arados, la agricultura intensiva, el cambio climático, la deforestación, las quemas, las grietas provocadas por actividades humanas como la minería en sus montañas y en su topografía. Incluso ha plasmado en sus telas desastres como la avalancha de Armero, tema que el artista abordó bajo el título de Silencio compartido en el Museo del Tolima, donde se expone en la actualidad.
Aunque en las pinturas de Londoño se ve la impronta de un solo autor, estos más de 200 paisajes son muy variados. Permanentemente cambia la paleta de los colores. Los límites no siempre son precisos, en algunas de ellas suelo y cielo se confunden. Algunas evocan paisajes muy familiares del planeta Tierra. Otras, en cambio, parecen visiones de mundos muy lejanos.
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La única referencia específica es una serie de 120 cuadros de pequeño formato (30 por 40 centímetros, un poco más altos que la portada de la cubierta de un disco de vinilo) alineados en una cuadrícula de nueve cuadros de alto por 14 de ancho, que representan un viaje inanimado al Nevado del Tolima. Ninguna de esas imágenes retrata la cumbre y tal como es. Ante todo, se trata de una evocación a Martín Restrepo, su tatarabuelo, quien en algún momento de su vida fue dueño de todo el nevado.
Esta serie en particular se pensó para exhibirse en el Museo del Tolima, pero la pandemia impidió su montaje y exhibición. Estuvo en el Museo Colonial en La Habana, una exposición que organizó el Museo Lam. “La obra estuvo perdida cuatro años y apareció hace dos meses”, dice Londoño.
Al comienzo de su carrera, Guillermo Londoño fue un pintor abstracto porque cuando estudió en la Universidad de California, y en Berkley le enseñaron que no podía hacer nada que no fuera minimalista y que tuviera una referencia. “Lo más cercano a una referencia era un ladrillo sacado de la calle y puesto en un museo”, dice.
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En 2000 se fue a vivir a Alemania y tuvo la oportunidad de estudiar el romanticismo alemán que lo impresionó mucho. “Me produjo deseos de pintar como pintor, de pintar con brocha”. Ese tránsito de la abstracción al paisaje no fue nada fácil para él. “Yo estuve tal cuatro años en la universidad y dos más tomando cursos y en los seis años que estuve nunca aprendí a pintar, aunque pintaba. Sólo cuando entendí la dimensión de la pintura, empecé leyendo, estudiando de cero sin profesores, porque hoy en día, en la modernidad, nadie sabe pintar, eso es verdad”, reflexiona.
Otro reto que afrontó fue cómo pintar paisaje sin parecerse a un movimiento tan importante como el romanticismo, la Escuela de la Sabana que tuvo un gran auge en Colombia en el cambio de siglo del XIX al XX y en la obra de artistas como Gonzalo Ariza. “Las manchas que yo hacía anteriormente siempre tenían un título de paisaje y siempre evocaban de alguna manera un lugar, aunque fueran abstractas”. De ahí partió para intentar él mismo crear unos paisajes que no intentaban retratar un lugar específico. “Quería meterme en un mundo de paisajes que vinieran de la mente. De ahí viene el título de esta obra, Lo que el ojo no ve, porque la historia del paisaje se ha hecho con el ojo del artista que mira y copia lo que ve”. Londoño, al contrario, trata de alejarse al máximo de cualquier referencia, de cualquier foto, de cualquier pintura, “para no contaminar algo que cada vez me parece más fantástico, que simplemente es estimular a través de las manchas, del color y del pincel lugares inexistentes que en los ojos y en la cabeza del espectador se vuelven lugares específicos. Me parece que esa comunicación entre el espectador y mi imaginación hace que este trabajo tenga un tipo de validez”.
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De todas maneras, es inevitable que haya referencias que de una u otra forma de transfieren a los cuadros. Londoño dice que cuenta con una memoria visual muy muy poderosa. “Si usted me pregunta ahora cómo era el jardín de alguna tía suya que conocí, se lo podría describir con perfección. Tengo una memoria visual muy fuerte, entiendo imágenes que no quiero ver pero que sí siento que las tengo en un archivo en la cabeza. Aquí puede haber 300 imágenes en una. Hay un referente de imágenes y curiosamente hay más referencias de imágenes de la historia del arte. Recuerdo más la historia del arte que los lugares”.
El próximo paso de Londoño consiste en presentar una exposición en el Museo del Meta, en Villavicencio, con 300 obras suyas pertenecientes a Silencio compartido y Lo que el ojo no ve.