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Lunes 4 de mayo de 2026
La bióloga bogotana y cabeza del Grupo Especial de Tapires (TSG), con presencia en 25 países, Juliana Vélez. Créditos: Foto ilustración de Yamith Mariño para CAMBIO. Fotos: Juliana Vélez.

“Los tapires llevan el bosque por dentro”: la bióloga colombiana que se dedicó a protegerlos

La bióloga bogotana y cabeza del Grupo Especial de Tapires (TSG), con presencia en 25 países, Juliana Vélez. Créditos: Foto ilustración de Yamith Mariño para CAMBIO. Fotos: Juliana Vélez.

Por más de 25 millones de años los tapires han llevado consigo bosques incipientes y han sido guardianes y dispersores imprescindibles de selvas y bosques en nuestra región. La bióloga Juliana Vélez, cabeza del Grupo Especial de Tapires con presencia en más de 25 países, habló con CAMBIO sobre la importancia de poner en práctica mecanismos concretos para cuidarlos, que no es otra cosa distinta a proteger y conservar la vida.

Por: Juan Francisco García

Si Juan José Arreola hubiera incluido a los tapires en su Bestiario de animales, habría hecho maravillas con su trompa singular que, en el agua, le sirve de snorkel. Y no hubiera tenido de otra que afilar la prosa para describir el silbido tan agudo, tan hermoso, con que le cuentan a la tierra que acá siguen, tantos millones de años después, desplegando su ritual de dispersión y poda. Sigilosos, capaces del más elegante silencio, los tapires se han convertido en uno de los grandes vínculos de Juliana Vélez con Colombia, país que dejó para formarse como una de las conservacionistas más relevantes en el continente.

Su primera apuesta académica de estudiar economía en la Universidad de los Andes se frustró muy rápido cuando el profesor encargado de la cátedra de introducción, el exministro de Hacienda Juan Carlos Echeverry argumentó sin sonrojarse y con billetes en las manos que a las personas poderosas siempre hay que decirles que sí. Confiando en su intuición, amor por los animales e hipersensibilidad por los bosques y la naturaleza, Juliana Vélez cambió la facultad de economía por la de biología.

Esa decisión fue una semilla rebelde y fértil que hoy da frutos muy esperanzadores en el ámbito de la conservación en Colombia y América Latina. En vez de hacerse experta en decirles que sí a los poderosos, mientras realiza un posdoctorado en el departamento de Biología de la Universidad de Stanford, Vélez preside el Grupo de Especialistas de Tapires (TSG), con presencia en más de 25 países, y es una de las científicas que más conocimiento ha generado sobre las amenazas que sufren estos mamíferos en el país y sobre intervenciones para proteger su hábitat en áreas ganaderas.

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Bióloga bogotana con maestría en la Universidad Nacional, Juliana se ha volcado a potenciar en sus trabajos de investigación y campo el papel de las mujeres, que, en este país, incluso cuando cuentan con el respaldo de pertenecer a las mejores universidades del mundo, siguen padeciendo el ojo escrutador y violento de un esquema patriarcal que les cierra los caminos.

CAMBIO conversó con Vélez sobre su interés y amor por estos mamíferos que, desde el surgimiento del género Tapirus hace aproximadamente 25,5 millones de años, han dispersado semillas de cientos de especies de árboles, erigiéndose como guardianes y dispersores imprescindibles de selvas y bosques en la región. Su testimonio enuncia las múltiples amenazas que afrontan, pero también, y, sobre todo, los mecanismos concretos para protegerlos, que en este caso es sinónimo de proteger y conservar la vida.

CAMBIO: Empecemos por lo esencial. ¿Por qué es tan importante proteger y conservar a los tapires y su hábitat?

Juliana Vélez: Los tapires son los mamíferos terrestres más grandes del neotrópico. Esto les permite, y hay muchos estudios que así lo prueban, comer frutos con semillas grandes y dispersarlas en distancias largas, al tener rangos de hogar de hasta 30 kilómetros cuadrados y desplazamientos directos de 10-20 kilómetros. Me gusta mucho la interpretación que hizo alguna vez una amiga, que relacionó la dispersión de semillas como un periodo en el que las dantas llevan un bosque incipiente por dentro. ¿No es increíble?

Hay una teoría ecológica detrás que prueba la importancia de su rol, pues las semillas de los árboles grandes tienen mucha más posibilidad de desarrollarse si son dispersadas lejos del árbol parental, entre otras cosas porque van a tener mayor luz y no competirán por nutrientes. Las dantas cumplen ese rol único con cientos de especies de plantas dispersadas, muchas de ellas de árboles grandes que son vitales para la conservación de bosques tropicales.

CAMBIO: ¿Cuántas especies de dantas hay en el mundo y cuántas tenemos en Colombia?

J.V.:  Hay cuatro especies de dantas, de las cuales tres están en las Américas. La danta centroamericana, cuya distribución va desde México hasta el norte de Colombia; la danta de montaña, que está presente en la zona Andina de Colombia, Ecuador y Perú, y la danta de tierras bajas, la cual se extiende desde el norte de Colombia, y hacia el este de los Andes, hasta el norte de Argentina.

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CAMBIO: Entiendo que, en razón de la ganadería extensiva, las enfermedades y el cambio climático, las tres especies de tapires presentes en nuestro país están amenazadas. ¿De qué se trata el proyecto que, con usted a la cabeza, propone una alternativa ganadera lo menos perjudicial para las dantas?

J.V.: Mi primer trabajo con las dantas fue en una zona muy remota en el Amazonas con presencia de bosque continuo y muy bien conservada en donde no había grandes retos de conservación para la especie.

Decidí entonces irme a áreas perturbadas en las que hubiera oportunidades para mejorar estos hábitats, pues la realidad en Colombia y en el mundo es que la agricultura es responsable del 90 por ciento de la deforestación y en muchas partes es en estas zonas agropecuarias en donde quedan los últimos remanentes de bosque y de hábitat para las dantas. La apuesta fue por trabajar con haciendas ganaderas bajo la premisa de prácticas que permitieran un balance entre el ámbito productivo y la conservación.

CAMBIO: ¿Con qué mecanismos?

J.V.:  Gracias al interés de Cesar Barrera, un biólogo dueño de una hacienda ganadera, que es también una reserva natural de la sociedad civil en el Meta, la Reserva Rey Zamuro Mata Redonda, pude diseñar y poner en práctica uno de los primeros estudios y experimentos de exclusión de ganado a escala de paisaje que se han hecho en América Latina.

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Lo que hicimos fue cercar 14 kilómetros de bordes de bosque para evitar que el ganado invadiera estas áreas, para luego comparar los resultados con las áreas sin cercar definidas como control. Así evaluamos el impacto del ganado en las dantas y otras especies de vida silvestre, cuando accede y usa libremente los remanentes de bosque.

CAMBIO: ¿Qué encontraron?

J.V.:  El resultado es muy interesante porque quienes hacemos conservación buscamos escenarios gana-gana. El experimento probó que no solo los bosques se recuperan y la fauna silvestre utiliza más las áreas cercadas donde el ganado fue excluido, sino que también los ganaderos se ahorran costos y energía, pues sobre todo en los veranos el ganado se pierde frecuentemente en los bosques, donde se entierran en áreas pantanosas y en muchos casos mueren. Probamos que ganado y dantas pueden convivir en mayor armonía, sin competir por recursos y disminuyendo el potencial de transmisión de enfermedades cuando interactúan animales domésticos y silvestres.

CAMBIO: ¿Se pueden extrapolar estas prácticas a zonas de mayor extensión y no protegidas?

J.V.:  Es una pregunta difícil. Es claro que pedirle a un ganadero que invierta 40 millones de pesos en una cerca, de entrada, es muy difícil. Pero también puedo hablarte de ideas que tengo a futuro para motivarlos a partir de los servicios ecosistémicos.

Tradicionalmente le hemos dado un valor de cero a todo eso que el bosque ofrece. Y el bosque te da agua, ¿no? ¿Cómo es sostenible un proyecto agropecuario sin agua? Lo mismo con las enfermedades: un bosque sano regula y previene la expansión de ciertas enfermedades, pues contienen depredadores de mosquitos y otros vectores que las pueden transmitir. Mi planteamiento para el futuro será aterrizar cómo conservar los bosques termina ahorrando costos importantes en sistemas productivos.  

CAMBIO: Para cerrar quiero preguntarle por su rol de mentora de mujeres con intereses científicos e investigativos. ¿Cómo lo ha puesto en marcha en Colombia?

J.V.: Estudiar y trabajar por fuera me ha dejado claro que, si el mundo es machista, América Latina es hipermachista. Ser latina me implicó provenir de un lugar en el que mis ideas nunca fueron escuchadas. Eso hoy para mí es súper claro: la misma idea que en Stanford es tomada como prometedora, en Colombia es una idea tonta.

El mundo de conservación en Colombia está lleno de súper machos que lo intentan todo para sabotear o silenciar tu proyecto. Mi respuesta ha sido exigir que en los proyectos que lidero se contraten principalmente mujeres, que evidentemente son igual o más capaces que los hombres que tradicionalmente han trabajado con la fauna silvestre.

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Esto se ha traducido en más mujeres capacitadas en el uso de diferentes tecnologías y herramientas de investigación como la telemetría y las cámaras trampa, en más veterinarias en el trabajo de campo, y en la constatación de que es obvio que podemos trabajar duro, intelectual y físicamente, y sobresalir en nuestras investigaciones.

Me pone feliz que ese impulso y vocación de trabajar con mujeres ha tenido implicaciones muy importantes en las carreras de muchas de ellas.

Finalización del artículo

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