Antonio Correa Losada. | Foto: Fondo de Cultura Económica (FCE)
‘Memoria del volcán’: amor, fuego y vulnerabilidad en la novela de Antonio Correa Losada
En su novela, publicada por el Fondo de Cultura Económica (FCE), el poeta Antonio Correa Losada reflexiona, con intensidad, sobre el amor, las relaciones de pareja, los recuerdos y su lazo con la furia de la naturaleza. En conversación con CAMBIO, compartió su percepción sobre el lenguaje, la memoria y su poderosa obsesión por los volcanes.
Por: Luis Chía
Antonio Correa recuerda con lucidez la erupción del volcán Chichonal de Chiapas, la más devastadora en la historia de México. Ese 28 de marzo de 1982 quedó grabado en la mente del escritor, nacido en Pitalito (Huila), cuando el noticiero mostró cómo las cenizas lo cubrían todo a su paso. El hecho –aterrador por su naturaleza destructiva– lo llevó a obsesionarse con los volcanes y su relación con el deseo, las relaciones y la condición humana. Comprendió, además, que el amor, al igual que un volcán, es inestable, cambiante, tenso y vívido.
En Memoria del volcán, su reciente novela publicada en la colección Tierra Firme del Fondo de Cultura Económica (FCE), esta obsesión aterriza en palabras precisas, intensas y minuciosamente pensadas desde una vocación poética. La historia –sobria en apariencia– de la relación entre Alma y Sebastián conduce hacia reflexiones profundas sobre la memoria, el desamor, los recuerdos, la melancolía, el dolor, el lenguaje y el frenesí de los vínculos amorosos.
Correa Losada, autor de libros de poesía como La ladera del volcán (2025), Oscuridad arriba (2019), Cabeza devorada (2016), y de la novela Bajo la noche (2016), logra en esta obra describir con vulnerabilidad la intimidad de un amor que está a punto de explotar. Con el propósito de entender sus inspiraciones y su sensibilidad, CAMBIO habló con él sobre cómo la memoria, los recuerdos, los paisajes geográficos y la dicha de las relaciones se entrelazan en un complejo tejido de contrastes.
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Narrada desde las perspectivas de Alma y Sebastián, en Memoria del volcán el lector puede adentrarse en los pensamientos, miedos e inseguridades de ambos mientras transitan entre los insospechados temblores de la geografía latinoamericana. La actividad de los volcanes Popocatépetl, Chichonal y Paricutín en México; la imponente presencia del Pichincha y Chimborazo en Ecuador; y la fuerza del Galeras y del Nevado del Ruiz en Colombia acompañan el agitado y pedregoso camino de la pareja.
“Yo pienso que la relación amorosa se asemeja a lo que sucede en un volcán: la explosión, la violencia, la tensa calma y lo maravilloso que todo esto trae. Nosotros también llevamos un volcán dormido por dentro, cada uno, hombre o mujer. Y es el lenguaje lo que nos permite que aflore, que salga, que no se contenga”, explica Correa.
Los volcanes, sin duda alguna, dan luces al lector sobre el estado de la relación entre Alma y Sebastián. Mientras esto sucede, en silencio también nace otra batalla: la de los recuerdos y la memoria, la columna vertebral de la novela.
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Alma, Sebastián y el lenguaje como personaje
Preguntarle a Antonio sobre el origen de sus personajes es permitirse escuchar una voz nostálgica y ocurrente. Esboza una sonrisa al recordar su vida en Quito (Ecuador), país que de forma indiscutible ha trazado el camino de su carrera literaria. Allí, en las calles quiteñas, una pregunta lo sacudió: ¿por qué un mismo hecho que se vive y se ve es diferente en la cabeza de cada persona?
La pregunta le robó la atención de tal manera que empezó a plantearse reflexiones sobre la reminiscencia, el pasado y la forma en la que la memoria moldea el amor. Fue así como a través de las voces de una geóloga, Alma, la narradora principal, y desde la perspectiva de Sebastián, su amado, Antonio guía al lector hacia una historia donde los escenarios volcánicos envuelven la intensidad y el ardor de las relaciones de pareja.
Estos temas ya habían sido abordados por el autor en Bajo la noche (2016), su primera novela, en la que profundiza en el impacto de un accidente sobre la percepción de espacio, tiempo y lugar del protagonista. La novela se sumerge en el doloroso e introspectivo proceso de intentar recordar los amores, acontecimientos y personas que marcaron la vida de Riascos, el personaje principal. Según Correa, esta obra le regaló los elementos necesarios para construir Memoria del volcán.
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En palabras del autor, “la estructura de la novela es la de un hecho ficcional apoyado en hechos reales, donde los personajes nacen y transitan en múltiples imágenes de la vivencia propia y del otro”. Para él, escribir esta obra también fue una forma de combatir el mito que aguarda en los fondos de la escritura literaria que dice que si lo que se escribe no es autobiográfico, es plagio. “Aquí los personajes se construyen a partir de la vida real y se enriquecen con los elementos de ficción que uno puede aportar para darle la mayor verosimilitud posible a esa vivencia”, precisa.
El lenguaje en sí mismo es también un personaje. En su obra, Antonio Correa Losada entrega un lenguaje especial, uno que no se construye solo en las palabras sino en la posibilidad de permitir que un hecho cobre vida. La poesía –destaca– también es parte esencial de la novela: “Aquí hay un lenguaje lento, un tanto poético, que cautiva y llama la atención. Yo pienso que un valor que debe tener la nueva escritura es el ingrediente poético. Las palabras no son un inventario, no son un código frío, las palabras tienen mucha fuerza y producen hechos”.
Se puede decir, sin contemplaciones, que la geografía también es otro elemento fundamental de la obra. Para el autor, la memoria, la historia y la geografía están intrínsecamente relacionadas. “Somos un hecho geográfico”, afirma, mientras comenta cómo la travesía libertadora de Simón Bolívar tuvo como escenario los Andes y el descubrimiento de un nuevo mundo geográfico.
“Pienso que los jóvenes se están acercando más a la naturaleza y a esa búsqueda de lo que significa vivir en un espacio. Y ese espacio significa geografía. No son nuestras ciudades, no son nuestros pequeños espacios, no es nuestro cerrado mundo, no son las condiciones sociales, es la geografía la que determina nuestro ser, nuestro entorno y cómo nos comportamos de una u otra forma”, expresa Correa Losada.
Para él, un individuo que nació en un valle con un horizonte inmenso no siente lo mismo que uno que nació al frente de una enorme masa de montaña, u otro que creció solo mirando el mar. La invitación de Correa Losada –tan poderosa y revolucionaria en estos tiempos– es conversar y escuchar la naturaleza. “En nuestro país tenemos las selvas, el Caribe, el Pacífico, los Llanos Orientales. Son elementos maravillosos e importantes para registrar, mirar y hablar desde lo que sentimos”, sostiene.
Las memorias en disputa
En la novela, las memorias de Alma y Sebastián se conectan, se entrelazan, gritan y hasta discuten. Sus memorias, como la misma naturaleza del volcán, hierven en un silencio estremecedor. Según Parra, la memoria es esencial no solo para la escritura, sino también para la vida. Todos –comenta– estamos construidos de memorias, con los aciertos, dolores y maravillas que implica el acto de recordar.
“La memoria es caprichosa: muchas veces la invocamos y no aparece. Muchas veces aparece distorsionada porque le damos poco valor. Nuestros temores e inseguridades pueden desviar un poco su esencia”, reconoce Correa Losada. Sin embargo, el autor huilense también comparte una visión poderosa para entenderla: “Vivimos el presente sabiendo que fue tejido con un elemento casi indivisible, que es el pasado, y a la vez, con otro elemento indivisible: el futuro, lo que viene. En ese centro, en la mitad, está la memoria”.
Su voz es carrasposa, usa anteojos oscuros y tiene los cabellos blancos. Antonio Correa Losada, con su larga trayectoria, les regala a sus lectores una novela con vida propia. Bajo el sello del Fondo de Cultura Económica (FCE), Memoria del volcán aporta reflexiones entrañables, honestas y sensibles sobre la vida misma. Leer y escuchar a Antonio es un privilegio que todos, al menos una vez, deberían concederse.