Renate Reinsve e Inga Ibsdotter Lilleaas en 'Valor sentimental'.
Foto: Kasper Tuxen
‘Valor sentimental’ se perfila como la película favorita en la ceremonia de los Oscar
Joachim Trier, el director noruego de la película ‘La peor persona del mundo’, de 2021, regresó con ‘Valor sentimental’, un filme que se estrenó el 25 de diciembre en las salas de cine del país,y que cuenta con nueve nominaciones para los Oscar. Desde el 13 de febrero es posible verla en la plataforma MUBI.
Por: Elena Chafyrtth
¿Qué habría sido de la vida de Van Gogh si no hubiese tenido la posibilidad de refugiarse en la pintura para soportar sus crisis de depresión, ansiedad y psicosis? Su obra maestra La noche estrellada la inició cuando se internó voluntariamente en el hospital psiquiátrico de Saint-Paul-de-Mausole, en Saint-Rémy, Francia. En la literatura, por supuesto, también existen historias similares: si Proust no se hubiese consagrado a la escritura en las noches, limitado por el asma crónica que padeció a lo largo de su vida, hoy no contaríamos con los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido. También le pasó a Kafka, quien encontró en la escritura un rincón, un lugar seguro en el cual podía olvidarse por unas horas del miedo, la burocracia de aquella época y la relación distante con su padre.
Pareciera que Valor sentimental, filme del director noruego Joachim Trier nominado a nueve premios Oscar y que es posible ver en la plataforma MUBI desde el 13 de febrero, estuviese de acuerdo con lo que Paul Auster mencionó hace ya varios años en una entrevista: “El arte no va a transformar de inmediato la sociedad ni evitar que los niños sufran hambre; en ese sentido, puede parecer inútil. (…) El arte sirve para otra función, de tipo espiritual. Abre la mente y el corazón a las vastas posibilidades de la vida humana. (…) Sin él moriríamos espiritualmente”.
En Valor sentimental, el arte aparece justamente como ese recurso al que se recurre para comunicarse, para decir aquello que no puede expresarse en voz alta pero que encuentra forma frente a un papel en blanco, en un escenario o en una imagen. El arte sacude y obliga a enfrentarse a un espejo para admitir lo que durante mucho tiempo se intentó ocultar.
El telón está a punto de abrirse. Nora Borg, interpretada por Renata Reinsve, permanece inmóvil entre bastidores. Respira hondo. El corazón late más rápido de lo normal. No es miedo al público ni al escenario. Es una ansiedad que regresa como una ola, golpe tras golpe. La distancia entre padre e hija plantea varias preguntas: ¿Por qué el arte logra comunicar lo que muchas veces no podemos expresar en voz alta? ¿Puede el arte sanar algunas heridas?
La cámara se detiene en una casa de madera donde crecieron Nora y Agnes Borg, interpretada esta última por Inga Ibsdotter Lilleaas. La vivienda, entre tonos grises y rojos intensos, rodeada de árboles, responde a la arquitectura escandinava de finales del siglo XIX. Allí regresan las hermanas para enfrentarse a la ausencia de su padre, Gustav, interpretado por Stellan Skarsgård, cuya presencia vuelve a alterar el equilibrio familiar.
Los pasillos de la casa son largos, igual que las discusiones que tenían sus padres. El eco de los gritos retumbaba por toda la casa. Las paredes siguen teniendo grietas con la silueta de un río. Como escribió Gastón Bachelard en La poética del espacio, la casa es el lugar donde habita la memoria: conserva los pasos y graba las voces de quienes ahora son sólo ausencia, pero también recoge las palabras y las imágenes de la infancia.
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Una nueva grieta se abre en las paredes de la casa cuando Gustav le pide a su hija que sea la protagonista de su próxima película, que se tome el tiempo de leer el monólogo, pero ella se niega, pues recuerda la cicatriz que le dejó su ausencia durante todos esos años. Nora no quiere tenerlo cerca porque, según ella, siempre les ha faltado comunicación. Tras su negativa, Gustav le da el papel a Rachel Kemp. Elle Fanning de la vida a este personaje que siente que algo pasa en la relación de padre e hija.
En el caso de Nora, el arte le habla todo el tiempo. Le permite interpretar a otras mujeres para distraer su mente de sí misma, pero también la sacude y la enfrenta a sus miedos cuando siente que empieza a enamorarse de un hombre, entonces huye de muchas situaciones. Su padre, mirándola a los ojos, con la seguridad de quien ha vivido lo suficiente, le dice: “Sé que ha sido difícil para ti. Me reconozco en ti. Pero estás tan enojada… Es difícil amar a alguien tan llena de ira. ¿Verdad? No quieres estar sola para siempre”.
El único recurso que encuentra su padre es escribir un monólogo dedicado a Nora. Allí le expresa lo que en años de ausencia siempre supo. Nora lee entre lágrimas: “Entonces tuve una especie de crisis. Estaba sola en casa otra vez, acostada en mi cama, llorando. Sé que todos lloran recostados en la cama, pero alguien dijo que rezar no es realmente hablar con Dios, sino reconocer la desesperación: tirarte al suelo porque es todo lo que puedes hacer”. Aquí es donde Trier refleja el arte como salvavidas, no desde la religión, sino desde la desesperación, reconocerse frágil, vulnerable. El arte no cura las heridas del todo, pero permite atravesarlas. Escribir, pintar un cuadro o leer un poema hacen que el sufrimiento deje de ser silencioso y se convierta en arte, en memoria, en consuelo para el alma; permite resistir al dolor, comprender la herida, dejar de evitarla y atravesarla de tal manera que podamos mirarnos al espejo y acariciar nuestras cicatrices.