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Domingo 3 de mayo de 2026
Radamel Falcao García, entre las lesiones y la ilusión en Millonarios. Crédito Colprensa.

Radamel Falcao García, entre las lesiones y la ilusión en Millonarios. Crédito Colprensa.

Falcao, la mentira, el amor propio

La nueva lesión de Falcao jugando con Millonarios abre la pregunta de por qué, siendo la leyenda que es, sigue jugándose los tobillos y la reputación en las canchas ahuecadas del fútbol colombiano. Opinión.

Por: Juan Francisco García

Conmueve. Verlo a Falcao peleando a muerte contra sí mismo para seguir vigente. Me hace pensar en Djokovic, el mejor tenista de la historia, que a los 38 años sigue llevando el cuerpo y la cabeza hasta los extremos para dar con el ritmo infernal de los veinteañeros que hoy dominan el circuito.

La fabulosa escritora argentina Mariana Enríquez le escribió una oda al serbio en la que cuenta que su padre, para que pudiera seguir entrenando y jugando cuando todavía no llenaba titulares ni vitrinas, le pidió plata prestada a un mafioso. “Si esto va a continuar, es porque vas a ser el número 1”, le dijo. Sabemos todos la forma en la que Djokovic ha honrado su promesa. 

Pero, Falcao, ¿qué pacto está cumpliendo? ¿A quién le debe? ¿Acaso juega para su papá que se murió sin verlo vestido de nuevo con la camiseta de Millonarios? ¿Cómo se explica que el goleador más importante de nuestra historia reciente se juegue los tobillos, la reputación, el sueño, en las canchas ahuecadas de nuestra liga? ¿Por qué arriesgar, otra vez más,  la memoria de goleador imposible que le hizo abrir la boca a Pep Guardiola y se convirtió en el maestro de Mbappé? ¿Quién le aconsejó venir a palidecer sus fotos, bañadas en gloria y en devoción, con la camiseta de la Selección Colombia? ¿Por qué prestarse para jugar a ser lo que ya no se puede ser, como un cantante al que la voz ya no le sube? 

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“Ya quisieran James Rodríguez o Faustino Asprilla haber tenido el amor propio de Radamel Falcao García… hubieran llegado infinitamente más lejos”, me dijo Iván Mejía en una entrevista hace un par de días.

Amor propio. Quizá el amor propio es justamente eso: salir en camilla dos de cada tres partidos y, en vez de renunciar, de ceder ante la sensatez,  hacer uso del buen retiro, volver a intentarlo con el ansia de un juvenil que todavía no debuta. “Mientras pegarle a una pelota de tenis me siga haciendo feliz, seguiré compitiendo”, declaró Djokovic alguna vez que le preguntaron por el retiro. 

Lo mismo hace Falcao cada vez que, mintiéndole al cuerpo, se amarra los guayos y se mete en la camiseta del club de sus amores para sostener, allá afuera, en el circo inescrupuloso del fútbol colombiano, que ese que arrastra los pies y se rompe las fibras cada quince días  todavía es él, El Tigre, ese que puso a aplaudir de pie a Guardiola  y Simeone;  y que fue, por un buen tiempo, el jugador más letal y exquisito en las cinco con cincuenta de la élite. 

La mentira puede salir mal. Como la última vez que terminó puteando por doquier en la rueda de prensa después de perder contra Santa Fe el paso a la final de liga. O bien. Muy bien. Con otra copa más. La más feliz de su vida. Es claro que su apuesta es doble o nada.

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