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Lunes 4 de mayo de 2026
Entrevista al empresario Gabriel Jaramillo Sanint: “No nos ‘enyesemos’ con una ideología que, objetivamente, no nos lleva por un buen camino”

Gabriel Jaramillo Sanínt fue presidente de Citibank en Colombia y México, y del Banco Santander en Colombia y Brasil. Ahora está dedicado a la filantropía y a sacar adelante su sueño de poner a producir la Orinoquía

Foto: Cortesía.

Entrevista al empresario Gabriel Jaramillo Sanint: “No nos ‘enyesemos’ con una ideología que, objetivamente, no nos lleva por un buen camino”

El banquero y empresario Gabriel Jaramillo Sanint, en entrevista con Patricia Lara, muestra el camino para que Colombia, en pocos años, dé el salto hacia el desarrollo. Para comenzar, dice, “pensemos de forma diferente a como hemos estado acostumbrados a pensar en Colombia”.

Por: Patricia Lara

Gabriel Jaramillo Sanint es un manizaleño muy particular. Estudió Mercadeo y obtuvo un máster en Administración de Empresas en la Universidad de California. Luego se dedicó a la banca: fue presidente del Citibank en Colombia y México, y del Banco Santander en Colombia, Brasil y Estados Unidos.

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En 2011, a los 60 años, se retiró y se dedicó a la filantropía. Entonces se convirtió en CEO del Fondo Mundial de la Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria, con sede en Ginebra, Suiza. Y en dos años recaudó 12.000 millones de dólares para luchar contra esas enfermedades.

Luego, la Universidad de Harvard lo contrató como profesor de Liderazgo en la Escuela de Graduados de Salud Pública. En 2014 se embarcó en una nueva aventura: la ganadería. Y ha logrado un desarrollo de última generación en la Orinoquía colombiana. Ahora, a los 75 años, le está donando su tiempo durante un año a un proyecto que, según él, bien puede hacer que Colombia dé un salto adelante para que de verdad salga del subdesarrollo.

**CAMBIO: ¿Por qué ahora está dedicado a la filantropía?

Gabriel Jaramillo Sanint:** Cuando uno se retira, normalmente lo que hace es seguir en lo mismo. Pero yo decidí que, más bien, esa era una oportunidad para empezar otra carrera totalmente diferente. Y me puse tres condiciones: una, hacer cosas de las que no sabía nada. Dos, que el factor económico no fuera la razón para hacerlas. Y, tres, que tuviera un impacto en otra gente. Y ahí empecé a trabajar en el tema de la malaria a nivel global. Pasé a dirigir el Fondo Global para la Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria, en Suiza, una organización fantástica, con un staff de colaboradores de 95 nacionalidades. Cobré un euro de salario por ese año de trabajo y fui fiel a mis principios. Así que empecé una nueva vida en el mundo de la salud global. Eso me llevó a dictar clases en la Escuela de Graduados de Harvard durante dos años, en donde inicié la práctica de Liderazgo en esa facultad. En ese momento, Marta Inés, mi esposa, y yo, decidimos pasar la mitad de nuestra vida en Colombia, y la otra en el exterior. Vivimos en Pereira una parte del año. E iniciamos un proyecto que ya dio frutos: nos demoramos diez años, pero, con un extraordinario grupo de personas, nos propusimos construir el mejor hospital de Colombia, en el Eje Cafetero, cuyas obras comenzaron hace un mes. Es de la Fundación Santa Fe de Bogotá y se llamará algo así como Fundación Santa Fe de Bogotá del Occidente. Estará terminado en el primer trimestre de 2028.

**CAMBIO: Y después de eso, ¿qué siguió en su vida?

G.J.S.**: Quise hacer algo en el área de desarrollo económico, con una curiosidad muy grande y, de cierta manera, con un sentido de culpabilidad. Me afecta que conseguimos un gran desarrollo social pero no una sociedad muy igualitaria. Tenemos un nivel de desempleo enquistado. Entonces quise hacer algo que saque a Colombia de ese letargo, porque siempre el único mecanismo para atender nuestras necesidades ha sido incrementar las tasas de impuestos en el país, y ya llegamos a un punto en el que va a ser muy difícil seguir con ese modelo.

¿Qué hacer en Colombia? Colombia es un país muy rico que no ha materializado esa riqueza. Ese es el fundamento de lo que quiero dar a conocer a partir de 2026, no porque sea el final del Gobierno de Gustavo Petro o del gobierno de izquierda –y me parece fantástico que la izquierda tenga su oportunidad–, sino porque el mundo cambió. Y aunque en Colombia nos parece que aquí todo está patas arriba, es el mundo entero el que está patas arriba porque tenemos un nuevo paradigma: se acabó una época que produjo, globalmente, un beneficio enorme a la población. Sin embargo, hay un gran descontento.

**CAMBIO: ¿Cómo hacer para que Colombia dé el salto en el nuevo paradigma?

G.J.S.:** Hay países que la tienen fácil y los hay que la tienen muy difícil. Si yo estuviera en Dinamarca hoy, un país que consideramos muy desarrollado y muy establecido, y me preguntaran cómo hacer para que ese país crezca en ese nuevo paradigma, tendría problemas para encontrar más de tres frentes. En cambio, Colombia tiene ocho vertientes con ventajas competitivas claras, con las cuales puede acelerar su proceso de desarrollo.

**CAMBIO: Enumeremos esas vertientes…

G.J.S.: Somos un caso de éxito en energía. Nuestra matriz energética sería una de las más eficientes del mundo porque tenemos todos los biomas, los climas, las alturas. Y tenemos petróleo, gas –offshore y onshore–, energía eólica… Colombia debería ser una potencia como Venezuela, no por sus reservas, sino por su diversidad energética. Y esto está ahí para materializarlo, y el dinero para hacerlo puede llegar si somos claros en nuestros planes y ofrecemos seguridad jurídica. El Estado no tiene que poner mucho y en cambio sí tiene oportunidad de enriquecerse y, con esa riqueza, solucionar las cosas realmente importantes como la educación, la salud y la seguridad.

La segunda vertiente es la industrialización, que cuenta con ventajas competitivas.** Es increíble que, en estas montañas nuestras, en Medellín y en Bogotá, tengamos una actividad industrial como la que tenemos, y que no se haya concentrado en el Caribe y al pie de los puertos. Eso no es sustentable. Estados Unidos, el mayor mercado del mundo, con un ingreso per cápita que quintuplica al de China, es un mercado que ha decidido no depender de Asia. Y nos presenta una oportunidad enorme. Nosotros somos próximos a Estados Unidos por el Golfo de México. Y, claramente, enviar containers allí es muy fácil y hasta más barato que el ferrocarril que va a Chicago desde México. México y Colombia tienen una enorme ventaja competitiva para sustituir al Asia como proveedores de la mayor economía del mundo.

**CAMBIO: ¿Cuál es la siguiente vertiente?

G.J.S.: La agricultura industrializada. Colombia es el único país de Suramérica que no produce su propia comida,** y que tiene un déficit enorme lo que compromete nuestra seguridad alimentaria. Tenemos puerto tropical en el Pacífico. Esa es una gran ventaja competitiva. Y una cuarta parte del país, la Orinoquia colombiana, está sin tocar. Allí está todo lo necesario para producir nuestra comida y convertirnos en una despensa relevante para el mundo. Es lo que ha sucedido en Brasil, que en el año 2000 importaba su comida y hoy es el mayor proveedor de ella en el planeta, con una economía agrícola que crece a dos dígitos.

**CAMBIO: ¿Y la siguiente ventaja?

G.J.S.: La vivienda.** Tenemos que inventarnos cómo va a ser nuestro desarrollo en la construcción ‘pos2026’, para atender la demanda represada que tenemos en nuestro nuevo paradigma. Igual sucede con el turismo, la minería, la infraestructura y la inclusión financiera. Ahí están las ocho vertientes. Si hacemos bien una de ellas, movemos la aguja de la economía colombiana. Si hacemos tres, la sacamos del estadio.

**CAMBIO: Hablemos del desarrollo de la Orinoquia, un tema al que le está donando su tiempo durante este año…

G.J.S.:** Queriendo hacer algo para lo que yo llamo sacar al país de su letargo, vi que una de las oportunidades obvias es el desarrollo de una agricultura industrializada potente, con enormes posibilidades de exportación y de producir nuestra propia comida. Estudié el problema y, con la ayuda del Banco Mundial, desarrollamos un proyecto a 20 años, validado por ellos antes de empezarlo. Yo estaba en la Universidad de Harvard en esa época. Y cuando uno es profesor de universidad y está en ese pequeño cubículo preparando clases, hay mucho down time. En mi caso, yo utilicé ese período para estudiar la Orinoquia colombiana y hasta la visité muchas veces para estar seguro de que no iba a emprender algo que no era posible.

Hice un plan a 20 años, y ya estoy en el año 10. Solamente los viejitos podemos hacer planes de largo plazo. Los jóvenes tienen mucho afán y no les queda el tiempo para eso. Pero estas cosas son de largo alcance, porque estamos hablando de transformar un país, lo que suena un poco rimbombante; pero si no pensamos en que tenemos que cambiar estas cosas, nunca las vamos a cambiar. Lo que queremos hacer es que Colombia amanezca en el año 2026 con unos estudios que establezcan planes concretos para 2045 en por lo menos cinco de estas oportunidades. A los países que planean a largo plazo les tiende a ir mejor que a los que no lo hacen. Y hoy no tenemos en Colombia un plan de Estado, solo planes de gobierno.

**CAMBIO: ¿La idea sería presentarle al próximo gobierno, cualquiera que sea, un plan que le permita a Colombia dar el salto adelante?

G.J.S.:** Para la agricultura en la Orinoquia, Fedesarrollo acaba de presentar un plan de desarrollo para el año 2045. Y ese plan no solamente muestra el camino hacia el desarrollo de la Orinoquia, sino que identifica también las políticas públicas que hay que acoger para viabilizar ese plan. Eso me parece de un valor enorme para el país.

**CAMBIO: Entiendo que la idea de impulsar la Orinoquía nació de ver el proyecto de Mato Grosso, en Brasil…

G.J.S.:** Trabajando con Fedesarrollo en el estudio, en el cual participé como miembro de una comisión asesora donde también estaba Alexandre Lahóz Mendonça de Barros –un gran economista brasileño–, Luis Alberto Moreno, Armando Montenegro y Jaime Liévano, un gran empresario de la Orinoquia, nos encontramos con un ejemplo fantástico que es el Mato Grosso, un estado igual a Colombia: tiene cerca de un millón de kilómetros cuadrados. Allí, en el año 2000, no había nada. Entonces decidimos ver qué pasó en el Mato Grosso del año 2000 al 2022, y solamente en 22 años esa región pasó de tener el Índice de Desarrollo Humano (Gini) más bajo de Brasil –lo mismo que la Orinoquía en el Vichada– a uno de los más altos de ese país. En eso nos parecíamos: en la pobreza, en que no había ninguna actividad.

Pero la capital del estado de Mato Grosso, Cuiabá, está a más de 2.000 kilómetros de centros de consumo como Río de Janeiro o Belo Horizonte. Y tienen plantaciones de casi un millón de hectáreas.

Nuestra Orinoquia es la cuarta parte del Mato Grosso, y tenemos 250.000 hectáreas plantadas. Es decir, el punto de partida es similar. Y en el 2000 ellos recaudaban impuestos municipales, estatales y federales en todo ese estado del tamaño de Colombia, por cerca de 200 millones de dólares. Pero en 2022 ya recaudaban 9.500 millones de dólares. Y para ellos la vida es más difícil: la palabra ‘mato’ significa ‘floresta’ y ‘grosso’, grueso: ellos tuvieron que desmontar la selva. Nosotros, en cambio, no tenemos árboles. Y mientras ellos están a 2.500 kilómetros de los centros de consumo, nosotros tenemos a Bogotá a 500 kilómetros y nos parece que está muy lejos el mayor centro de consumo del país. En Mato Grosso tienen que viajar 3000 kilómetros para llegar al océano. Y nosotros tenemos los puertos de Barranquilla y Buenaventura .

**CAMBIO: ¿Lo que produce Mato Grosso, con unos índices impresionantes, es maíz, soya, pastos y ganado?

G.J.S.:** Y algodón. Y nosotros todo eso lo podemos hacer también y mejor que Mato Grosso, un estado que pasó de hacer nada a ser el mayor del mundo en producción de carne de res y de soya, y el tercero en maíz. Nosotros somos más ricos todavía. Podemos producir todo lo que ellos producen. Tenemos 26 millones de hectáreas y solo 250.000 sembradas. Estamos importando maíz y soya. El 75 por ciento del pollo que nos comemos es importado, porque el alimento de ese pollo, que es el maíz, viene del exterior. Y cuando comemos cerdo es igual. No hay ninguna razón de que eso sea así. Nosotros deberíamos exportar esos productos.

**CAMBIO: Entiendo que el PIB de Mato Grosso se cuadruplicó en 20 años.

G.J.S.:** Sí, y más. Mato Grosso hoy es un estado riquísimo, una sociedad boyante. Tiene el mayor ingreso per cápita de Brasil y sobrepasó a São Paulo, que era la tercera economía latinoamericana. Pasó de tener el peor índice Gini al mejor de todo Brasil. Acá puede pasar lo mismo, y no hay nada que nos lo impida, fuera de restricciones que nosotros nos hemos impuesto.

**CAMBIO: Sin embargo, una de las objeciones ante este tipo de proyectos es que se requieren extensiones gigantescas de tierra. ¿Cuál ha sido la posición del presidente de izquierda, Lula da Silva, con respecto a ese proyecto de Mato Grosso?

G.J.S.:** A mí me tocaron el primer gobierno del presidente Lula, así como parte del de Fernando Henrique Cardoso y también el de Dilma Rousseff. Todos muy cercanos, porque mi posición me permitía y me exigía estar muy cerca al Gobierno. Yo presencié todo este proceso. Y lo que pasó allí es que fueron supremamente prácticos, allí no hubo ideología, sino decisiones prácticas. Una de las más prácticas, por ejemplo, fue la del presidente Lula de dividir en dos el Ministerio de Agricultura: uno para atender una demanda social que es la agricultura familiar y otro para convertir a Brasil en un líder mundial de producción de comida. Y los dos han evolucionado con mucho éxito. Lo otro que sucedió en Brasil es que la sociedad adoptó la producción industrializada de comida como un plan de estado que trascendió diferentes gobiernos.

Es así como durante los últimos 25 años el crecimiento del negocio del agro superó los dos dígitos anuales, no obstante que hubo alternación de gobiernos tan disímiles como el de centro de Fernando Henrique Cardoso, el de la izquierda práctica de Lula, el de izquierda de Dilma Rousseff, el de centro de Michel Temer, el de derecha extrema de Jair Bolsonaro, y ahora nuevamente el de una izquierda de Lula, diferente a la del primer periodo. Pues este plan trascendió a todos esos cambios de ideología.

**CAMBIO: O sea, a nadie se le ocurrió desbaratarlo porque era de otro presidente.

G.J.S.:** En absoluto. La misma sociedad brasileña no aceptaría que se cambie porque es una fuente de riqueza enorme y de bienestar de la población. Es un plan de estado.

**CAMBIO: ¿Qué tenemos que hacer en Colombia para conseguir nuestro Mato Grosso?

G.J.S.:** El estudio de Fedesarrollo deja las cosas muy claras. Enumera las políticas públicas que hay que adoptar. Lo primero es la seguridad jurídica de la tierra. En los años setenta, Colombia era un país que se consideraba como una de las naciones con una estable seguridad jurídica. Hoy, nuestra seguridad jurídica sobre la tenencia de la tierra se ha venido desmoronando. Pero hay un hecho adicional y es que se creó, de forma generalizada, la Unidad Agrícola Familiar (UAF), una unidad básica de producción agrícola, pecuaria, acuícola y forestal cuya extensión, conforme a las condiciones agroecológicas de la zona y con tecnología adecuada, es diferente para cada región del país. En Caldas, por ejemplo, es 30 hectáreas, mientras que en el Vichada es de 1.200 hectáreas.

**CAMBIO: ¿Qué pasa con esa legislación?

G.J.S.:** Aplicar una misma norma sobre uso y tenencia de la tierra en un país tan diverso como Colombia es un error. La legislación actual sobre la UAF desconoce las realidades geográficas, demográficas y productivas de regiones como la Orinoquía**,** que no son susceptibles de que en ella se haga reforma agraria. Haber impuesto desde el centro del país un modelo único ha frenado el crecimiento agroindustrial de territorios que tienen condiciones y vocaciones distintas. La propuesta de Fedesarrollo es avanzar hacia una normatividad diferenciada, que reconozca la diversidad del país y habilite el desarrollo sostenible y equitativo de la Orinoquía, en este caso. Entonces hoy, para ser competitivos y poder producir nuestra comida, necesitamos de la última tecnología y ello implica una inversión enorme en el campo. Para sembrar maíz, por ejemplo, una máquina vale 900.000 dólares, y otra para cosecharlo puede costar 700.000. Y después hay que corregir el suelo, lo cual demanda una gran inversión. Lo de menos es la tierra. La tierra, al final, no representa más de un 10 por ciento de la inversión que hay que hacer para producir, pues no se puede hacer en pequeñas parcelas. Primero, porque no hay suficiente gente para atender todas las parcelitas y, segundo, porque estaríamos como en la época de Mao, produciendo todos de a poquitos. Nosotros tenemos que ser los mejores del mundo y aplicar la mejor tecnología para materializar nuestra oportunidad.

**CAMBIO: Aparte de la UAF, ¿qué otro obstáculo hay?

G.J.S.:** No lo veo como obstáculo, sino como oportunidad. Esas tierras de la Orinoquia son viejas y por eso no son fértiles. Hay que convertir esa cuarta parte del país en una tierra muy fértil y hoy existe la tecnología para lograrlo. Pero eso requiere unas inversiones, un conocimiento y una investigación enormes y lo tienen que hacer grandes empresas.

**CAMBIO: ¿Qué presupuesto hay que invertirle a una hectárea en la Orinoquía para volverla productiva?

G.J.S.:** Las cifras varían de acuerdo con cada productor; pero, en esencia, son indicativas. Una vez comprada, hay que meterle unos 2.000 dólares por hectárea para mejorarla. Hay que depositarle de 10 a 15 toneladas de cal, que se trae del Huila, lo mismo que otros componentes como fósforo y otros elementos porque la tierra es ácida y tiene mucho aluminio. Después se siembran granos, que es lo que se va a hacer en gran medida, pero ya hay palma africana, caucho, marañón, cacao… Para sembrar granos tenemos que utilizar los mejores equipos del mundo porque le tenemos que ganar a Estados Unidos, a Brasil, a Argentina, a Rusia y a Ucrania. Y eso implica que tenemos que hacer las mismas inversiones que ellos hacen en la maquinaria más moderna que haya. Y eso, en una parcela, digamos de 10.000 hectáreas, que en Brasil se considera pequeña, requiere una inversión de otros 1.500 dólares por hectárea.

Así, ya llevamos 3.500 dólares y no hemos sembrado nada. Luego de recoger esos granos, necesitamos secarlos para poderlos guardar a cierto grado de humedad, y después almacenarlos en silos. Eso puede costar otros 2.000 dólares, con lo cual la inversión sube a 5.500 dólares por hectárea. Y después, en la primera cosecha, vas a perder dinero y en la segunda un poco menos. Ya en la tercera vas a lograr el punto de equilibrio y después ya vas a ganar. Porque luego de incorporar aquellos elementos y permitir que el agua permee se necesitan varias cosechas. Entonces, la tierra ya viene a ser buena para cultivos a la cuarta o quinta cosecha. Pero a partir de ahí es buena para siempre. Durante mucho tiempo, y todos los años, la tierra será mejor. Yo digo, y es un poco poético, que en el año 2070 allí seguramente estaremos sembrando rábanos y lechugas y alcachofas. Es lo que hoy, por ejemplo, cultiva el mayor productor del mundo, que es el Valle de San Joaquín, en California, que era un desierto hace muchos años.

**CAMBIO: Está claro que se requiere seguridad jurídica para que esas grandes extensiones de tierra sean rentables. Y grandes capitales...

G.J.S.:** Capitales y conocimiento. Porque si se tiene en cuenta que desde 1990 a 2022 aparecieron 2.200.000.000 de habitantes más en el planeta, y que de aquí a 2045 habrá otros 2.000 millones, tenemos 4.200 millones de personas más: la mitad de la población del mundo de hoy, que se va a alimentar de comida producida en las regiones tropicales. Y el país que tiene la mejor oportunidad de todos es Colombia.

**CAMBIO: Entonces, la idea sería mostrarles a los dirigentes en 2026 lo que se puede hacer y los beneficios que eso le traería al país, y plantear una solución jurídica para una determinada zona.

G.J.S.:** Sí. Y nada impide que haya reforma agraria: el Gobierno puede comprar tierras, las puede repartir y diseñar programas. Se pueden ensayar todos los modelos a ver cuál funciona. En nuestra cultura ha funcionado el cooperativismo. Hay que ensayarlo. En algunos países se han desarrollado programas de encadenamiento con los grandes productores. Hay que ensayar y ver qué es lo que funciona culturalmente para nosotros en diferentes cultivos, en diferentes regiones. Pero no nos ‘enyesemos’ con una ideología que, en mi opinión, objetivamente no nos lleva por un buen camino. Porque tenemos enyesada una cuarta parte del país que puede mover la agricultura colombiana. Y no estoy hablando del proyecto de la Orinoquia, sino de un proyecto de crecimiento para Colombia.

**CAMBIO: El presidente Petro, al comienzo de su Gobierno, hablaba de que Colombia tenía que producir rápidamente 6 millones de toneladas de maíz, o algo así.

G.J.S.:** Es correcto. El número ahora es de 8 a 9 millones. Cuando él pronunció su discurso, eran 6.

CAMBIO: ¿Y cuánto estamos produciendo hoy?

G.J.S.: Nada. Es vergonzoso. Siembra más maíz Venezuela que nosotros. Eso da dolor de estómago. Y es raro que haya un país como Colombia, donde no tienes que hacer nada sino poner una semilla para que germine. Si quieres aguacate, zapote, arvejas o lo que tú quieras, sale. Y nos parece que todo el mundo es así. Y no: en el mundo hay que estudiar los suelos, hay que hacer lo que se requiere para que ese suelo produzca.

**CAMBIO: ¿Cuándo termina ese año de donación de su tiempo a este proyecto de la Orinoquia?

G.J.S.: Para mí, el de la Orinoquia termina en 2026, cuando entregaremos un bien público al país. Un estudio sobre energía al año 2045, un estudio sobre industrialización competitiva a 2050, un estudio sobre inclusión financiera, un estudio sobre vivienda, y un estudio sobre agricultura industrializada para producir eso que dijo el presidente Petro: 7 u 8 millones de toneladas de maíz solamente para sustituir importaciones**. Y, una vez implementado, podemos producir 30 millones de toneladas sin ningún problema. Y eso lo exportaremos a un mundo ávido de ese alimento y seremos competitivos porque tenemos todas las condiciones: tierra plana y toda el agua del mundo, que no la tienen los mexicanos, que no la tienen otros países. Entonces, lo único que nos falta es fertilidad: la cal. Y unas carreteras. Pero estamos diciendo: ‘no hagamos autopistas, hagamos terraplenes. Seamos prácticos: terraplenes con manejo de agua funcionan para camiones de 75 toneladas. Y pensemos de forma diferente a como hemos estado acostumbrados a pensar en Colombia. Allí, en una parcela de nuestro país, podemos tener una California, el estado más rico y la quinta economía del mundo.

CAMBIO: Una última pregunta: entiendo que hay normas que aplican para todo el país, pero que deberían ser distintas, según las zonas. ¿Sería posible establecer una zona especial de desarrollo empresarial (ya existe la Ley 160 de 1994) en la cual rija una legislación distinta a la del resto de Colombia?

G.J.S.: Sí, la Constitución lo dice. Y cualquiera que visite esa región o vuele por encima de ella, se da cuenta de que allá no hay gente, no hay nada. Esa zona no es susceptible de hacerle reforma agraria.

**CAMBIO: Pues ojalá le paren bolas en 2026 y, por lo menos, parte de lo que usted ha dicho, se haga. Porque la clave en este país es eliminar tanta ‘carreta’ y hacer las cosas.

G.J.S.:** ¿Cómo no puede, sin aplicar ninguna ideología, ser un deseo lograr sacar a los municipios más pobres del país de la pobreza y volverlos los más ricos, que su población salga del peor Índice de Desarrollo Humano, y que este llegue a ser el mejor del país? ¿Cómo no puede ser eso una manera de que nos comuniquemos, de que tengamos el debate correcto y nos movamos a hacerlo?

CAMBIO: Lo que resta es hacer un llamado para que observemos el ejemplo del presidente Lula quien, no obstante su ideología de izquierda, fue capaz de ver el beneficio que al Brasil le traería un proyecto como Mato Grosso, y estimuló que se hiciera.

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