La presidenta de México, acosada por el “macho sombra”
El martes 4 de noviembre la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, sufrió el acoso sexual de un individuo a la luz del día y en la principal plaza pública. La escena cimbró al mundo. Pero para las feministas, “Lo que le pasó a la Presidenta no nos sorprende, y eso es lo más aterrador.”
Por: Susana Cato
Todos los días y todas las noches, desde tiempos inmemoriales, machos voluptuosos e irredentos buscan a sus inocentes presas en bares, calles, caminos, estudios de grabación, bodegas, colegios. Cunas. En todo el mundo, con todos los rostros y todas las razas. Han sido muy estudiados y analizados, poco castigados. Llenan libros, series de televisión y periódicos, no cárceles.
Están en todos lados, menos en prisión.
Pero este martes 4 de noviembre de 2025, en el Zócalo de la Ciudad de México, la plaza grande que es el corazón político del país azteca, un gran reflector iluminó con fuerza este asunto.
La mañana parecía tranquila, a diferencia de la agenda del país. La Presidenta Claudia Sheinbaum, la primera mujer que en cinco siglos ha gobernado esta tierra, salió caminando de uno de los portones barrocos virreinales de Palacio Nacional. Tenía una reunión en la Secretaría de Educación Pública, un edificio cercano (que en tiempos oscuros colindaba con el palacio de torturas de la Inquisición) hoy un radiante edificio lleno de intensos murales de Diego Rivera.
Como de costumbre, la Presidenta era saludada, abrazada, jalada de los brazos y el cuello, fotografiada y rodeada por ciudadanos. Su nivel de aceptación popular es muy alto, como el de su antecesor Andrés Manuel López Obrador. La cámara estaba allí, acostumbrada también a esos asuntos. El camarógrafo tranquilo, los guardias despistados.
Y fue entonces cuando de la nada apareció un macho valiente, perdón, un macho caliente, que entró a escena con un largo y sigiloso paso de ballet, abrazó por detrás a la mandataria, le dio un insinuado beso en la nuca y buscó tocarla con ambas manos desde la cintura al pecho…
Los acompañantes de su comitiva despertaron, y en una tibia reacción alejaron al bruto de la escena. Lo dejaron ir.
Así que deambuló muy quitado de la pena por las calles antiguas del Centro Histórico. Horas después una joven denunció a un tipo por tocarla. Fue detenido y se ubicó como el mismo: Uriel Rivera Martínez, de 33 años, llamado ya “el borracho sombra” en redes sociales, sin antecedentes penales, con un perfil turbio, en un fuerte estado de alcoholismo. Agresivo, desafiante, insultando violento a los elementos de seguridad. Su oficio: repartir volantes de publicidad en las calles del Centro.
Fue puesto a disposición de la Fiscalía de Investigación de Delitos Sexuales de la CDMX, donde se armó su ficha: hombre de “1.60 de estatura/ complexión delgada/ tez morena/ Cabello corto negro/ viste playera de tirantes color blanco/ pantalón de mezclilla negro y tenis negros”.
Y quedó detenido, pues en la Ciudad de México el acoso es delito.
El episodio de 3 segundos ocupó la agenda de México por varios días. La ONU se pronunció a favor de la Presidenta. Y así los titulares del mundo: The Guardian, New York Times, Le Monde, Al Jazzera, BBC, El País, CNN, Telegraph, Island News, People…
El borracho sombra
No es que sorprenda a nadie que hubiera un acosador en México, la Meca de los machos. Pero esta vez tocó a la dama intocable.
No fue detenido allí. La tardía respuesta de los acompañantes oficiales de la Presidenta descontroló a muchas. “No saben defender mujeres, están esperando ver cuchillo o pistola para reaccionar”.
Siguió vagando…
Mientras todo México hablaba de él.
Todos se sentían con el derecho o la obligación de opinar, considerándose expertos en estrategias políticas, violencia de género y manipulación de masas. Declaran lo que imaginan, con toda certeza.
Nadie se lo pregunta. Lo que afirman lo afirman.
“Fue un atentado fingido (pues el tipo tenía un corte de cabello militar)”. Argumentan: “¿Por qué salió ella caminando, cuándo habíase visto un Presidente andando como lagartija en la calle?”. Cuestionan: “¿Por qué siguió sonriendo y no golpeó al tipo?”. “¿Por qué las mujeres a su lado se pasmaron?”. “¿Por qué su equipo de seguridad no supo responder?”. Avisan: “Fue un ensayo para ejecutar después un ataque verdadero”. Juran: “Es un montaje para distraer la atención sobre el alcalde de Michoacán, recién asesinado”. Y se enojan: “¿Por qué el camarógrafo no golpeó al abusador con la cámara en la cabeza?”. Concluyen: “Ella no reaccionó como debía·”.
“¿También nos quieren decir los hombres cómo debemos reaccionar?”, se preguntan jóvenes indignadas. “¿Qué querían, una patada Yuyitzu? La Presidenta reaccionó como cualquier mujer. Desconcertada, sin entender, queriendo fingir que no pasa nada...”.
El episodio en los medios y en las redes se repite, se reinventa, se prolonga. También distorsiona la realidad. Proliferan memes ruines y burlas tan pérfidas como el acto mismo. Por ejemplo, el meme de un abogado defendiendo al borracho en el juicio: “el punto es que no pudo haberle tocado las chichis porque no tiene chichis…”).
Alguien dice: Si viviera el gran pensador mexicano Carlos Monsiváis diría: “ahora que no vaya a servir el acoso para ocultar que existe el acoso”.
Al día siguiente, durante su conferencia matutina ante la prensa, Claudia Sheinbaum tuvo que justificar hasta por qué no tomó un auto.
“Decidimos irnos caminando (de Palacio Nacional a la Secretaría de Educación Pública) para la reunión, mucha gente nos saludó en el camino, sin problema, hasta que se acercó esta persona totalmente alcoholizada y vivo este episodio de acoso”, dijo y adelantó que denunciaría.
“Si no presento yo denuncia, ¿en qué condición se quedan todas las mujeres mexicanas? Si esto le hacen a la Presidenta, ¿qué va a pasar con todas las jóvenes mujeres de nuestro país?”.
En el mismo sentido se pronunciaba una cineasta: “Lo que le pasó a la Presidenta no nos sorprende, y eso es lo más aterrador. Es el día a día de las mujeres y niñas de este país. Lo sabemos, lo normalizamos, tratamos de seguir viviendo alrededor -o a pesar- de ello”.
El acoso sexual es un delito que está tipificado en el artículo 179 del Código Penal de la Ciudad de México. Cualquier persona que “realice una conducta de naturaleza sexual indeseable para quien la recibe, que le cause un daño o sufrimiento psicoemocional que lesione su dignidad” puede alcanzar una pena de 1 a 3 años de prisión.
Macho Men
A veces, sólo a veces, las mujeres creen que la sociedad está avanzando en la igualdad de derechos, que llegará el día en que nos pensaremos como iguales con cuerpos distintos y hermosos.
Cuando apenas en 1955 las mexicanas pudieron votar, no hubieran imaginado que en el 2024 hombres y mujeres elegirían por abrumadora mayoría a una Presidenta.
El 1 de febrero de este año, Claudia Sheinbaum anunció la creación de la Secretaría de las Mujeres. Su titular, Citlalli Hernández, calificó el hecho como “un reconocimiento a la desigualdad histórica”.
También parece que hay avance cuando se recuerda la frase bruta del expresidente Vicente Fox que, en el 2006, bromeó sobre las mujeres como “lavadoras de dos patas”.
El machismo en su parte oscura, como patología social que agrede a la mujer porque el hombre se cree superior, es sin duda un mal del mundo. El machismo que nació en México y América Latina buscaba, según los antropólogos sociales, transmutar el sentimiento de inferioridad causado a los habitantes de estas tierras por la conquista española por un compensatorio sentimiento de superioridad. El dominado se inventa a sí mismo un prototipo triunfador, fiestero, valiente y seductor (no agresor de mujeres). Y se lo presumía en canciones, en el cine, en la historia popular.
El macho era el galán mestizo que un escritor del siglo XIX pintaba así: “una mariposa en torno de los placeres: no resiste ni a la tentación de la burla fácil, ni a la bebida embriagante, como no resiste a la sugestión de la falda que pasa o a la del motín callejero…”.
Una de las biblias sobre el tema es el libro de Didier Machillot, Machos y machistas, donde habla de una larga cultura patriarcal que incluye los corridos, la literatura, el cine.
Podía tomar otros nombres. El afamado pintor Diego Rivera (“Yo sufrí dos accidentes graves en mi vida: uno es del tranvía, el otro es Diego. Diego fue el peor de todos”, escribió Frida Kahlo) respondió una vez a la pregunta expresa de si él era un macho mujeriego: “No -dijo--. Soy lesbiano”.
Sin olvidar la llamada “Época de oro” del cine mexicano, donde Pedro Infante y Jorge Negrete eran los guapos símbolos del macho ideal. No atacaban a las mujeres. Las seducían.
He ahí la diferencia.
La ley
Como decíamos al principio, hay mucho abusador presente en la vida, poco en la cárcel. Se dice en México que de cada 1,000 casos de acoso sexual que suceden, 100 se denuncian, 10 llegan a proceso, y uno acaba en sentencia.
Hoy se celebra que la Presidenta Sheibaum busque convertir este humillante episodio en Ley nacional. Así, la Secretaria de las Mujeres, Citlalli Hernández, presentó ya un Plan Integral contra el Abuso Sexual, con el objetivo de fortalecer la respuesta institucional del Estado ante las denuncias, así como la homologación de este delito en todas las entidades del país.
Y a nosotros, las mortales, no nos queda más que seguir esperando a que algún día todos estos episodios sean solo parte de un cuento de hadas con un real y anhelado final:
“Y las mujeres vivieron felices para siempre.”