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Lunes 4 de mayo de 2026
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‘I took Venezuela’. Por María Jimena Duzán

El operativo que sacó a Nicolás Maduro y a su esposa de Caracas dejó a Venezuela con un vacío de poder y varias preguntas sobre la complicidad del ejército. La ciudad permaneció en silencio mientras Washington dibujaba la transición a su manera. “Trump se tomó Venezuela, pero va por todo el patio trasero”, explica María Jimena Duzán.

Por: María Jimena Duzán

El sábado 3 de enero, cuando ya se sabía que Caracas había sido bombardeada por los Estados Unidos y era un hecho que el presidente Maduro y su esposa habían sido extraídos en un operativo de gran despliegue militar, logré hablar con mi viejo amigo Ezequiel Serrano. Él es un reconocido músico colombo venezolano que decidió establecerse en Caracas desde los años ochenta.

Aunque a esa hora las informaciones todavía eran muy vagas, queria saber cómo estaba, ya que se hablaba de que varios aeropuertos habían sido bombardeados, entre ellos el de La Carlota, que queda a unos escasos metros de su apartamento, ubicado en un edificio que da a la plaza de Altamira: “Oímos la primera bomba a eso de las 2 a.m.”, me dijo cuando logré conversar con él. “Supimos que era bomba y no un cohetón de Navidad porque la onda te pega en el pecho”, agregó tras notificarme que en realidad habían oído desde antes fuertes explosiones más lejos, en el Fuerte Tiuna, el lugar desde donde se produjo la extracción del presidente Nicolás Maduro y de su esposa, Celia Flores. “Lo que fue extraño es que a pesar de que oímos y vimos explosiones en la ciudad, no sentimos miedo. Eso nos pasó anoche a nosotros. Como no sabemos qué está pasando, hemos decidido no salir de la casa porque esto apenas empieza”.

En Venezuela nadie salió a las calles luego del ataque y los bombardeos. Ni los partidarios del régimen ni de la oposición. Ni siquiera un político como Enrique Capriles sacó un comunicado. Todos se quedaron en sus casas a la espera de ver qué pasa.  

Sin embargo, ya se van decantando varios hechos en medio de tanta confusión. Aunque en la rueda de prensa que dio tras la intervención en Venezuela, Trump se ufanó de que en esta operación militar no hubo ni una baja en sus tropas, sí se derramó sangre. Según The New York Times, murieron cerca de 40 cubanos que protegían a Maduro en el Fuerte Tiuna, pero otras fuentes consultadas aseguran que este número puede ascender a ochenta.

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Otro hecho que revela una realidad que nadie ha podido explicar es que este gran despliegue militar se produjo sin que la Fuerza Armada Nacional Bolivariana lo repelieran. Por lo menos cuatro fuentes consultadas coincidieron en advertir que hubo una parte considerable de las Fuerzas Militares que permitieron la entrada de los aviones y helicópteros estadounidenses y que optaron de manera deliberada por no moverse. Sobre todo, sorprende el hecho de que la fuerza aérea venezolana, considerada la más poderosa de la región, tiene F-16, aviones Sukoi y misiles rusos, no se hubiera hecho presente ni hubiera repelido el ataque. La tesis de que hubo una parte de las Fuerzas Militares que permitió la entrada de los aviones estadounidenses se afianza aún más ante el hecho de que la base aérea de Palonegro, donde está la flotilla más grande de aviones de Venezuela, no fue bombardeada. ¿Quiénes son los militares que ordenaron no repeler el ataque? ¿Cuántos son? ¿Qué papel tuvo el ministro de Defensa Vladimir Padrino, si es que lo tuvo? ¿Está la nueva presidenta encargada Delcy Rodríguez en esta movida? Nada se sabe.

Lo cierto es que sin esta colaboración que hubo por parte de un grupo importante de las fuerzas armadas venezolanas, esta intervención militar en Venezuela hubiera sido un baño de sangre.

Una fuente me aseguró que la estrategia consistió en hacer varios bombardeos para despistar mientras se abría paso a los helicópteros que iban hacia el Fuerte Tiuna, donde Maduro y su esposa estaban pasando la noche y que al parecer fue el epicentro donde se produjo el bombardeo más fuerte. Aunque no hay fotos de los bombardeos en el Fuerte Tiuna ni de las otras bases militares que también fueron afectadas, la gran pregunta que todavía nadie responde es por qué la poderosa fuerza aérea venezolana nunca reaccionó.

Más allá de que se haya fraccionado el régimen y de que eso hubiera facilitado la extracción de Maduro y de su esposa por cuenta de los Estados Unidos, lo que es claro es que esta intervención militar inaugura una nueva forma de relacionamiento de Estados Unidos con la región. Y en ese nuevo escenario, no hay cabida para el derecho internacional ni para la soberanía de los estados, porque lo que vale es el poder hegemónico.

En la reveladora rueda de prensa que dio Donald Trump, él mismo dejó claro que su interés primordial no es restablecer la democracia en Venezuela, sino estrenar la doctrina “Donroe”. Una estrategia de seguridad que reveló en días pasados y que plantea revivir la doctrina Monroe en su patio trasero con un nuevo ‘adendo’ de Donald Trump que justifica el uso de la fuerza para obtener acceso a nuestras riquezas, para frenar la migración que viene de nuestros países y ponerle una barrera a la expansión china. En esa rueda de prensa vimos a un Trump imperial que se dio el lujo de hablar de la intervención en Venezuela, como un acto redentor que todos les deberíamos agradecer -incluso dijo que le iba a devolver la felicidad a Venezuela-, cuando en realidad es un acto violatorio del derecho internacional y de la soberanía de un país que todos los seres sensatos deberíamos repudiar.

Lo que pasó en la madrugada del 3 de enero en realidad no tiene que ver con la democracia, ni con la transición del régimen. Tiene que ver con los intereses de los Estados Unidos y, en este caso, con el petróleo. Eso quedó muy claro en su alocución, cuando dijo que él iba a manejar Venezuela hasta que haya un proceso claro de transición en el que el acceso al petróleo haya quedado asegurado. Eso puede demorar seis meses, un año, dos años. Poco importa mientras sus intereses sean servidos. Solo le faltó decir: “I took Venezuela”.

Su decisión de quitar de la ecuación a María Corina Machado también es un hecho que no deja de sorprender porque revela que en el corto plazo no parece que vaya a haber un cambio de régimen, sino un cambio de mando, y que la nueva presidenta, Delcy Rodriguez, va a tener que enfrentar una situación mucho más compleja de lo que muchos suponen. Una fuente me dijo en tono grave una frase que me quedó sonando: “si María Corina Machado se mete en esta ecuación, es posible que en Venezuela se desate una guerra civil”. Más allá de que esta percepción pueda tener algo de verdad, muchos analistas insisten en que a Donald Trump no le interesa que se desate una guerra en Venezuela porque los de MAGA se oponen a abrir un nuevo Vietnam. Sin embargo, con Trump no hay nada escrito.

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El efecto de esta invasión se va a sentir no solo en Venezuela sino en toda la región. Lo que parecía imposible se convertirá en una amenaza real y en ese escenario Colombia no es la excepción. Ya Trump amenazó al presidente Petro de que el próximo podría ser él y, tal como están las cosas, todo puede suceder. Así suene a ciencia ficción, hoy Colombia también puede ser objeto de un bombardeo, de una extracción, así como Panamá va a tener que portarse bien si no quiere que le quiten el canal. Se convertirá en norma que los Estados Unidos intervengan directamente en procesos electorales, como ha hecho en Argentina, en Canadá y en Honduras, y como probablemente lo hará en Colombia y en Brasil, dos países que van a elegir este año a sus nuevos presidentes. Trump tendrá el poder de actuar sin ningún norte ético, y sus acciones estarán guiadas por sus intereses y por su afán de construir un poder hegemónico. A los gobernantes que no se sometan a sus designios y que no negocien con él los convertirán en jefes del narcotráfico sin prueba alguna, y a los que sí son de su agrado, como el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado por narcotráfico en los Estados Unidos, los perdonará.

Trump se tomó Venezuela, pero va por todo el patio trasero.

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