Migrantes venezolanos en Bogotá. Crédito: Colprensa.
Instantáneas del destierro
María Clara Salive cuenta su diálogo con migrantes venezolanos que malviven en la Avenida Caracas, en la zona de Chapinero y para los que su patria no es más que una nostalgia.
Por: Maria Clara Salive
Dentro de las nostalgias y las horribles generalizaciones, entablo un diálogo con los migrantes venezolanos en Bogotá. Escojo una esquina, un lugar que tienen alquilado una familia de migrantes cerca de una estación de TransMilenio por Chapinero y donde rodeados de prostíbulos y bares, venden café, comida rápida y corrientazo las 24 horas. Las mismas que tiene un día con su noche, y que llevan a pensar el trabajo duro de estos hombres y mujeres que vienen con sus familias incompletas y con sus sueños truncados a probar suerte en esta capital.
Extrañan las arepas de pabellón, las cachapas, la Maltín Polar, la mayonesa Mavesa, la ensalada de gallina, y todo lo que les sabe a vivir en su tierra.
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Hablan duro; algunos vienen de la orilla del mar, de Guaira, de Puerto la Cruz, de Maracaibo y, en esta selva de asfalto, se las arreglan para sobrevivir. “Coño e tu madre” se oye en la esquina, mamahuevo, entre otras palabras, igual de estigmatizadas por los transeúntes: aquellos que no recuerdan que antes de Chávez y Maduro, Venezuela era para nosotros Miami.
Ahora son los parias, cuando no solo piden limosnas, sino buscan trabajo, trasnochan y lidian con una trayectoria profesional que no coincide con lo que tienen que hacer aquí para sobrevivir.
“Soy administrador de empresas y llegué a lavar carros, cuando allá manejaba una comercial pesquera”.
“Trabajaba como productora audiovisual y hoy trabajo como prostituta”.
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Las historias son muchas, como la de Marilin, una joven que a sus 14 años fue abandonada en un burdel por su madre, y tuvo que dejarse abusar del dueño para que no la echaran.
O la de José, que migró, para buscar trabajo, con la tristeza de su hijo muerto a tiros, por robarle la motocicleta. Duelo al que se le suma el de parientes muertos en las clínicas por la ineficiencia y la falta de medicamentos del sistema de salud**.**
Marcados por el desasosiego de entierros a distancia y familias regadas por el mundo, vuelven a migrar. Ya no están en la cafetería, se fueron por el hueco, a probar suerte, a empezar de nuevo, con la incertidumbre del que no echa raíces en ninguna parte, pero que ya no pueden volver a una patria que sigue hundiéndose y que ya solo es nostalgia.