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Lunes 4 de mayo de 2026
Rodrigo Pardo: algodón y acero

Foto: Colprensa/Prensa/Redes sociales

Rodrigo Pardo: algodón y acero

La periodista Marta Ruiz, compañera y amiga entrañable de Rodrigo Pardo, quien dejó huella en el periodismo del país y compartió con ella tantos momentos, escribe, en exclusiva para CAMBIO, un conmovedor perfil de este colega suyo que, dice ella, “era de algodón” y “estaba hecho de acero”.

Por: Marta Ruiz

Años atrás, con frecuencia me cruzaba a Rodrigo Pardo en el parque El Virrey. Pasaba como un rayo, trotando, apenas me miraba con el rabillo del ojo y con un leve gesto me hacía saber que me había reconocido. No paraba. Seguía su camino a toda velocidad, levitando, con sus ojos puestos en la próxima maratón a correr. Cuando corría, era él y era otro al mismo tiempo. Era, como dicen los orientales, algodón por fuera y acero por dentro. Para entonces ya éramos grandes amigos, pero sabía que jamás podría pedirle que parara como cualquier paisano a saludar o charlar. Esos fugaces momentos me dieron una dimensión de nuestra amistad: era un territorio seguro en el que cada cual tenía también sus espacios reservados.

Mi amistad con Rodrigo surgió del periodismo. Hay una palabra que se ha olvidado en estos tiempos pero que en el pasado solía ser el ADN del buen periodista: el criterio. Eso que tenía Rodrigo en abundancia. Él era un oráculo al que todos consultábamos para limar nuestros propios sesgos, para ver los hechos desde perspectivas inesperadas, para no equivocarnos tanto. Tenía una capacidad tremenda para el análisis. Escribía con una rapidez envidiable y al hacerlo era como cuando corría: entraba en trance. Se olvidaba del ruido, del reloj, de cualquier cálculo personal o de poder. Sus artículos fluían y reflejaban al gran intelectual que era, lleno de referentes y de matices.

Jamás conocí a alguien más ponderado que Rodrigo. Jamás a nadie más sereno en sus juicios. Como periodista dejó una lección inolvidable: no buscaba culpables, no elevaba su dedo acusador, gastaba su energía desentrañando la complejidad de los hechos. Como pocos, entendía la política como un escenario de disputas ideológicas, de poder y de egos. No se llamaba a engaños. Tenía una especie de escepticismo saludable, que jamás llegaba a la ira o al cinismo. Era un coequipero perfecto. Hablo por supuesto de esos tiempos que ya parecen tan remotos donde las salas de redacción hervían de discusiones. Por lo menos la de Semana, la que dejó de existir y en la que vivimos años maravillosos. Las historias se iban armando como rompecabezas, uniendo piezas, en esfuerzos colectivos por dar sentido a una realidad enrevesada.

Nuestra amistad se fue nutriendo de esas conversaciones de sala de redacción, pero sobre todo de las copas o las cenas luego de cerrar cada jornada. Rodrigo tenía un gran sentido del humor y mucha gracia contando anécdotas. Era tan capaz de hacer un artículo sesudo sobre la guerra o las relaciones internacionales como una crónica ligera para Soho. La nuestra no era una amistad intelectual. Más bien era una complicidad de hermanos. Compartimos juntos el vértigo del gobierno Uribe, el asco por la guerra y la ilusión absoluta de la paz. El miedo a que se nos escapara de las manos ese momento luminoso. Era mi paño de lágrimas. No existía temor, culpa o desasosiego que no encontrara en sus palabras un poco de consuelo o una manera de aceptación. Conocimos nuestros amores y, sobre todo, los desamores. Las dudas políticas; las frustraciones profesionales. Compartíamos una insatisfacción estructural. Un no sé qué sobre el que conversábamos abiertamente. Siempre al final, con el optimismo de la voluntad en alto.

Con su muerte, Colombia pierde a un referente de lo que debía ser la política y el periodismo. A un hombre que sabía ser puente, que sabía escuchar, cuyo ego era diminuto. Pero sus amigas (perdón, pero creo que tenía especial talento para encajar con las mujeres) hemos perdido al más confiable de los amigos. Allí donde nuestros secretos estaban bajo resguardo. Aquel que leía los gestos y las miradas, el que sabía callar con elegancia, hablar con precisión, jamás entrometerse demasiado y jamás ser indiferente. Un hombre de algodón que estaba hecho de acero. Así fue su vida y así fue su muerte. Ese último trayecto que corrió como solía hacerlo cuando entrenaba para sus maratones: presuroso, silencioso y sereno.

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