Jonathan Vergara en la institución donde está completando su bachillerato | Crédito: Secretaría de Integración Social
De habitar las calles de Bogotá a tener el mejor Icfes en su modalidad: la historia de recaídas y triunfos de Jonathan Vergara
Tras más de dos décadas de consumo, múltiples recaídas y años viviendo en las calles, Jonathan Vergara tomó una decisión que transformó su vida. Hoy, a sus 35 años, no solo logró reconectar con su familia y está en proceso de culminar el bachillerato, sino que obtuvo el puntaje más alto del Icfes en la modalidad flexible. Esta es su historia.
Por: Valentina Giannini
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A los nueve años, Jonathan Vergara ingresó por primera vez a un centro de rehabilitación por consumo de drogas. En ese momento jamás imaginó que, 25 años después, estaría dispuesto a reescribir su historia y lograría uno de los mejores puntajes del examen Icfes en modalidad flexible.
Tras años de adicción y de haber habitado las calles de Bogotá desde la infancia, el pasado 10 de agosto de 2025 presentó la prueba Saber como parte del programa Cipreia, una iniciativa de la Secretaría de Integración Social que permite a habitantes o exhabitantes de calle retomar su educación. Dos meses más tarde, el 17 de octubre, recibió un resultado que lo dejó sin palabras: obtuvo el puntaje más alto entre de esa modalidad, 351 puntos sobre 500.
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Cuando sus profesores le preguntaron por el resultado, dudó en compartirlo por miedo a que fuera muy bajo, según se lo revela a CAMBIO. Sin embargo, fueron ellos quienes le confirmaron la noticia y celebraron con él ese logro, que más que un golpe de suerte representa el fruto de dos años de esfuerzos para dejar la adicción, salir de la calle y reconstruir su vida.
“No sabía que ese era un buen puntaje. Ahí es donde estalla todo. Fue una bomba porque hasta me felicitaron los mismos profesores, con micrófono, delante de todo el grupo escolar”, dice Jonathan.
Aunque este examen evalúa las mismas competencias básicas de la prueba Saber 11 tradicional, está adaptado a estudiantes que, como él, no hacen parte de un sistema escolar regular.
De la habitabilidad en calle a un puntaje casi perfecto
Jonathan describe su vida como un recorrido constante entre centros de reinserción social, fundaciones y periodos de habitabilidad en calle. Desde que era muy pequeño, las “malas amistades” del barrio donde creció, en el suroccidente de Bogotá, lo llevaron a consumir drogas y a desarrollar una adicción que marcó su historia.
A los nueve años podía “durar hasta tres días sin ir a la casa”. La adicción desde una edad tan temprana llevó a su madre a internarlo en un centro de atención familiar del ICBF, donde se rehabilitó por primera vez.
A pesar de que en ese entonces logró recuperarse, ocho años después tuvo su primera recaída. Para ese entonces ya había tenido a su hijo, y fue una mezcla de situaciones difíciles lo que lo llevó a volver a consumir. “Ahí fue donde me dio más duro, era un poco más grande, ya entendía de las cosas de la vida y caí más a fondo, toqué más fondo”, cuenta.
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A los 24 años, desesperado por salir del consumo, decidió inscribirse al Ejército Nacional. Aunque duró dos años en el Batallón de Ingenieros Número 40 José Ramón de Leyva en Tolemaida, el futuro le tenía otro reto preparado. Un microsueño mientras conducía su motocicleta lo llevó a sufrir un grave accidente que alteró por completo su movilidad.
“Cumplo mi servicio militar, salgo a los 26 años y después de un año de haber salido del Ejército fue que me pasó el accidente de tránsito. [...] Me tuvieron que hacer seis cirugías y se me partieron los dos brazos. En el brazo derecho me pusieron platinas y tornillos. En la rodilla izquierda también. Tuve quemaduras con el exosto. La mano izquierda me quedó inmóvil”, cuenta.
El siniestro lo sumergió en una depresión profunda que lo regresó a sus años oscuros en las calles. Apenas pudo volver a caminar comenzó a pedir dinero en los buses, y pronto recayó en el consumo. “Tengo una recaída por la discapacidad, por el accidente tan fuerte que fue”, recuerda en diálogo con este medio.
“Una amiga de acero”: el encuentro fortuito que lo impulsó a cambiar su historia
Jonathan asegura que acercarse a las personas en habitabilidad en calle no siempre es fácil. Algunos de ellos “tienen miedo” y pueden ser agresivos porque atraviesan problemas mentales, baja autoestima y pérdida del apoyo familiar. Sin embargo, un día, mientras pedía dinero en un bus del SITP, conoció a alguien que lo vio distinto: la abogada Laura Acosta, a quien se refiere como “una amiga de acero”.
Ella le ofreció comida y le habló con una sinceridad que lo desarmó. “Vio mis capacidades y me dijo: ‘Quiero ayudarte, tú obviamente se ve que consumes’. Ella también empieza a capacitarse, a instruirme, a ser como un tipo de mentora”. A partir de ese encuentro, Jonathan comenzó a asistir a las jornadas de cuidado de la Secretaría de Integración Social.
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“Yo iba a los proyectos de autocuidado que tiene la Secretaría; participaba, me daban refrigerios, artículos de aseo, me dan cosas. Pero yo no había tomado la decisión de cambiar hasta el 31 de diciembre de 2023”, señala. Ese día, en vísperas de año nuevo, completamente solo y sentado en un parque, viendo a las familias pasar y celebrar, sintió un golpe de realidad.
“Estar allí solo sin tener con quién hablar, a quien decirle 'Feliz año, un abrazo', compartir una natilla, un buñuelo, una palabra de aliento. Eso para mí fue muy duro y fue el momento en el que dije 'Este no es mi lugar. Esto no es lo que está deparado para mí. Tengo que luchar, tengo que levantarme. Tengo que demostrarlo'”.
Después de más de 20 años de consumo y un paso por cuatro centros de rehabilitación, sabía que la confianza familiar estaba desgastada. Pero pidió ayuda, ingresó a un nuevo proceso y un año después salió rehabilitado, reconectado con su familia y decidido a reconstruir su vida.
La educación como segunda oportunidad
Un día, mientras hacía mercado con su mamá en la plaza de Corabastos, Jonathan se encontró con un grupo de educadores de la Secretaría de Integración Social del Distrito, quienes le hablaron del programa Cipreia. Le explicaron cómo podía retomar el bachillerato en modalidad flexible, un programa en el que los estudiantes recorren distintos ciclos educativos.
Sin dudarlo, se inscribió y comenzó a cursar décimo y once. Recuperó conocimientos que creía perdidos y descubrió una motivación nueva. Estudiar le permitió volver simbólicamente a la adolescencia que el consumo le arrebató.
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Meses después se presentó al Icfes y obtuvo un cien por ciento en la prueba de ciencias naturales, además de otros resultados sobresalientes. “Todo fue un proceso de capacitación, de autoestima, de tener dignidad, de tener amor propio, de buenos hábitos, de dejar de pensar en lo malo”, explicó.
Hoy, a sus 35 años, se describe como un hombre que cumplió con su servicio militar, que cayó y se levantó en innumerables ocasiones, que recuperó la confianza en sí mismo y que sigue en construcción. Ahora sueña con estudiar una carrera universitaria. “Quiero seguir estudiando y hasta el momento están gestionando para ver si puedo tener la oportunidad en alguna universidad”.
Su mensaje para quienes viven situaciones similares es claro: “Que se den a sí mismos amor propio y esa opción de querer cambiar su futuro**”.**