Una de las mejores amigas de Omayra Sánchez junto a la escultura en el parque de Armero Guayabal.
Foto: Pablo David-CAMBIO
“No veo la Omayra que intercede por milagros, veo a mi amiga que partió”: Diana Lorena Jiménez, superviviente de Armero
Diana Lorena Jiménez sobrevivió al deslave de Armero cuando era una niña. En 40 años ha hablado poco de ese día que le puso la marca de la tristeza a su vida, y mucho menos de Omayra, su mejor amiga. CAMBIO conversó con ella sobre su relación con quien se convirtió en el símbolo de la tragedia y de por qué guardó silencio durante tanto tiempo.
El 13 de noviembre de 1985, cerca de las 11 de la noche, una avalancha arrasó con Armero, conocida como la Ciudad Blanca, por sus extensos campos de algodón y su prosperidad agrícola. La tragedia dejó más de 23.000 muertos, miles de desaparecidos y de heridos.
Cuatro décadas después, para quienes lograron escapar, el horror todavía está vivo. Diana Lorena Jiménez Carrillo, sobreviviente -o mejor, superviviente, como ella misma se llama- tenía 10 años para la fecha de la tragedia y era amiga de Omayra Sánchez.
Para Jimenez no es fácil hablar de lo que sucedió. Durante muchos años decidió guardar silencio y evitar todo lo relacionado con Armero. Sin embargo, con el tiempo, puso en práctica lo que aprendió como psicóloga y como parte de su proceso de sanación ha empezado a contar cómo vivió la tragedia.
CAMBIO reproduce su testimonio en primera persona, con pequeños ajustes para mejorar su lectura, pero respetando su manera de relatar lo que era la vida de una niña de diez años en Armero, lo que ocurrió el día de la avalancha, los días posteriores y los recuerdos que tiene de Omayra Sánchez, de quien dice nunca ha visto como un símbolo de la tragedia, sino como “un ser querido que se fue”.
%%recuadro%%1
***
Soy Diana Lorena Jiménez Carrillo, psicóloga, especialista en adicciones, con formación en intervención clínica. También soy superviviente de Armero y amiga de Omayra Sánchez: era mi compañera de colegio, de grado, de danzas, de grupo musical, de olimpíadas de matemáticas… en esas me ganaba, yo ganaba en español.
Les digo que soy superviviente de Armero porque no me gusta el término sobreviviente, porque eso para mí es como que apenas lo intentamos y lo estamos haciendo. Para mí superviviente es más fuerte porque abarca lo que mi familia y yo y todo el resto de personas que logramos salir y hemos hecho durante todo este tiempo.
¿Qué les cuento de Omayra? Cuando la conocí estábamos en grado sexto en el Colegio Sagrada Familia, que era de monjas y para mí el mejor colegio que había. Yo tenía diez años, ella tenía 13: ella era de las más grandes. Cuando conocimos a Omayra eso fue como instantáneo: ella nos adoptó porque éramos dos compañeras más que tenemos más o menos mi edad. Y empezó la amistad de un grupo de niñas que empiezan su vida en el bachillerato. Empezamos a coincidir en muchos espacios, en muchos contextos y se fue dando la amistad.
Por ser tan chiquita, a mí no me dejaban salir sola. Mi papá y mi mamá trabajaban, y entonces para poder ir a los ensayos, a las clases extra o a todo lo extra que teníamos en el colegio, siempre las más grandes pasaban por las más pequeñas y hacíamos el recorrido. Omayra era la que más cerca vivía a mi casa y ella era la que me recogía.
Pasaba por mí antecitos de las dos, porque teníamos ensayo de dos a cuatro de la tarde más o menos. Unos días teníamos danzas, otros días teníamos música. En el colegio había un grupo musical y era gracioso porque por ser las más chiquitas nos dejaban el triángulo y era lo que tocábamos nosotras.
En la casa, la única responsabilidad que tenía, aparte de estudiar, era lavar la loza del almuerzo. Y la verdad, a mí las cosas de la casa no me gustan, nunca me han gustado. Y Omayra muchas veces llegaba y yo no me podía ir a ensayo hasta que no arreglara cocina. Y para que saliéramos más rápido, ella era la que lavaba la loza. Me decía, “venga, a ver”, y rapidito lavaba todo. Y entonces me decía, “mientras usted busca, la escalerita, yo lavo”, porque había una cosita en la que me subía porque que no alcanzaba muy bien (el lavaplatos). Ella rápido lavaba la loza y me decía, “listo, ya, camina”. Y esa se fue convirtiendo como en la dinámica de cada vez que me recogía. Entonces yo no lavaba la loza, yo esperaba a que ella llegara.
%%imagen%%1
En esa semana de la tragedia estábamos en exámenes finales y teníamos presentaciones para la clausura. Y en el grupo de danzas, nosotras aparte de los ensayos, nos reuníamos a ensayar más porque a veces nos costaba aprender algunos pasos. Y el último que tuvimos fue en la casa de Omayra. Eso fue una cosa loca. Imagínense una casa llena de como de ocho niñitas entre los 10 y los 13 años gritando, jugando. Hicimos de todo menos ensayar. Mentiras, si ensayamos, un poquito.
El colegio La Sagrada Familia era inmenso. Estaba el salón de las aulas que era como de tres pisos, la capilla, los jardines, teníamos teatro en el colegio, que era donde hacíamos las presentaciones. Estaba la parte de atrás en donde vivían las hermanas. Había árboles frutales, que estaban en la zona deportiva, había como una especie de bosque allá, nos divertíamos y jugábamos muchísimo. Esa semana estábamos en evaluaciones finales y nosotras contestábamos evaluación y quedábamos libres, pero como no nos podíamos ir para la casa, sino que teníamos que cumplir la jornada, nos dejaban jugar en ciertos espacios, pero por ser tan chiquitas nos dejaban en zonas en donde pudieran estar pendientes de nosotras. Frente a la zona administrativa había unos kioscos y nosotros nos apropiamos de uno de esos para jugar al reinado de Cartagena, de modo que todos los días teníamos un evento.
El miércoles 13 jugamos y quedamos de hacer la elección al día siguiente. Y ya, nos fuimos, cada una nos despedimos como siempre. En la tarde teníamos ensayo, Omayra pasó por mí, pero no hubo, nos dijeron que se había cancelado porque había un problema con el agua, estaba contaminada o algo así, entonces regresamos a nuestras casas. Omayra me dejó en la casa y nos despedimos… esa fue la última vez que la vi.
%%imagen%%6
En la tarde ya empezó a caer ceniza. Yo nunca había visto ceniza. No sabía qué era. Pensábamos que había un incendio y el viento la estaba trayendo porque no asociábamos lo que estaba pasando con el señor Ruiz, como le digo yo.
Ya llegaron mis papás y dijeron que había que estar pendiente porque estaba pasando algo, pero a nosotros los niños no nos explicaron. Entonces, para nosotros, fue hasta divertido ver el piso y jugábamos a dejar las huellas ahí.
Nos acostamos en la noche común y corriente, cuando mi mamá nos despertó a mi hermano y a mí. En ese entonces solo tenía un hermano, ahora tengo otro. Nos despertó y solo nos dijo: “Despiértense, que nos tenemos que ir”. Ni idea para dónde ni por qué.
Nosotros salimos y mi mamá se fue a regresar a buscarnos zapatos porque salimos descalzos. Entonces mi papá le dijo: “No, no hay tiempo, no alcanzamos”. Mi mamá dijo: “Es que los niños no están acostumbrados a andar descalzos. Al menos las sandalias, las chanclitas”. Entonces papá dijo, “no hay tiempo”. Salimos y nos subimos al carro de un vecino. Y, por cosas de Dios, o como yo digo, ‘Diosidiencias’, mi vecino, don Germán, nunca dejaba el carro ahí. Él siempre lo llevaba al parqueadero que había en bomberos, pero la señora Cecilia se enfermó. Entonces él dejó ahí por si tenía que en la madrugada llevarla a urgencias.
En ese carro nos subimos más de diez vecinos entre adultos y niños. Mi papá no se fue con nosotros porque teníamos unos vecinos, Henry y Judith, que tenían como cinco niños. Ella había salido hace poco de una cirugía y tenía niños pequeños. Entonces, mi papá se quedó y dijo, “yo voy a ayudar a Judit y a Henry con los niños y nos vemos más tarde”. Y ya, ahí nos subimos en el carro y salimos. Dimos la vuelta y cogimos la principal. Ya se había ido la energía. La verdad no me acuerdo muy bien si estaba lloviendo o era ceniza. Hay momentos que no recuerdo.
Lo que sí me acuerdo es que había mucha gente corriendo y solo se veían cuando las luces de los carros los iluminaban. Corrían con maletas, con costales de ropa, con niños de las manos y era muy difícil que el carro avanzara por la gente. Logramos llegar a una finca en la que nos fuimos a quedar para que don Germán se regresara por su familia, por su mamá y sus hermanas. Y nos dijeron que no, que ahí no porque había mucha gente y que estaba muy cerca, entonces nos fuimos para una finca más adentro. Tiempo después me enteré de que, cuando Germán nos descargó y se fue a devolver, ya no pudo porque ya había pasado todo.
En esa finca había mucha gente, era grandísima. Nunca he vuelto, algún día iré. Tenía unos pasillos grandes. Lo asocio como a las haciendas cafeteras, en donde está la casa y alrededor están los pasillos. A don Germán y a los adultos que iban los conocían, entonces nos asignaron como una habitación para que los niños pudiéramos descansar.
Nosotros nos quedamos solos y en la madrugada había mucho ruido, muchos sonidos, muchos murmullos. Y pues de niño uno tiene mucha curiosidad, entonces yo me salí de la habitación. Escuchaba a muchos niños llorar, había una niña como de unos 5 años que lloraba mucho y no la podían sentar porque de la cintura para abajo estaba muy lastimada, entonces cada vez que trataban como de moverla, lloraba muchísimo.
Empecé a caminar y me encontré con mi mamá que trató de devolverme a la habitación, pero yo no quise. Yo le decía que no quería estar allá porque me sentía sola, mi hermano estaba durmiendo. Y empezó a llegar gente gris, como les decía yo, y les sigo diciendo. Me acuerdo de un camión del que se bajó mucha gente gris, mucha. Y empezaba uno a escuchar que se acabó el Armero, que lo tapó. Entonces yo no asociaba. ¿Cómo que se acabó? No se puede acabar. Y nadie nos decía nada.
Cuando ya empezó a llegar mucha gente y empezó a aclarar, los adultos en el grupo decidieron que era mejor irnos de ahí por los heridos y todo eso, pues no era bueno que nosotros lo viéramos.
La familia de mi mamá es de aquí, de Guayabal, y a mi abuelo lo conocían mucho y se encontró con un trabajador de una finca y él les dijo: “Hay una manera de llegar a Guayabal, pero hay que caminar por trocha”. Dijo que era seguro y que nos podía guiar, así que nos fuimos para otra finca en donde dormimos. Allí no fueron tan buenas personas.
Con lo poco que llevaban encima compraron plátanos y una gallina y pagaron para que nos dejaran hacer un sancocho. Y durante ese trayecto mi hermano y yo solo le preguntábamos a mi mamá que dónde estaba mi papá, porque no teníamos ni idea dónde estaba, perdimos total contacto con él. Ahí nos estuvimos, tratamos de descansar, pero no se podía. No había manera de dormir. No nos daba sueño.
Me acuerdo de que en la primera finca en donde estuvimos nos dieron chanclas a mi hermano y a mí, porque a mi mamá lo que le preocupa era que nos lastimáramos los pies y que no estábamos acostumbrados a andar descalzos. En la segunda finca nos organizamos para empezar a caminar y poder llegar a Guayabal.
Yo nunca había caminado tanto en mi vida por trocha y no sé en qué momento terminamos descalzos. Todos íbamos descalzos. Lo impresionante era que uno veía gente en las montañas y llamaban pidiendo auxilio para que los ayudaran a bajar porque se subieron, pero no sabían cómo bajar. Nosotros caminamos, caminamos, caminamos y llegamos a la Hacienda San Francisco que, cuando ustedes entran de Ibagué hacia acá, en el puente que hay, está esa finca. Cuando llegamos reconocieron a mi mamá, les avisaron a la familia que estábamos. Nos recogieron mis tíos y el mejor amigo de mi papá. Nosotros pensábamos que mi papá estaba con ellos y ellos pensaban que mi papá estaba con nosotros.
%%imagen%%2
Nos trajeron al pueblo y llegamos a la casa de una de mis tías. Ahí empecé a dimensionar lo que estaba pasando, y llegó la energía porque no había. Y entonces se veían los noticieros, y empezaron a transmitir lo que le pasó a Omayra. Dejé de ver noticias, no veía televisión. Y las imágenes de Omayra en la tragedia no me gustan, no las veo.
Como a los cinco días, llegaron con mi papá. Él nos contó que ellos alcanzaron a dar la vuelta y llegaron hasta la esquina cuando él sintió que algo los arrasó. Él lo único que hacía era tratar de apretar duro la mano de una de las niñas que llevaba y trató hasta que se le soltó… él decía que era como si estuviera en el mar, se hundía, salía, se hundía, salía. Hasta que lo rescataron en helicóptero.
Mi tía mayor era enfermera y trabajaba en un hospital en Purificación. Cuando ella supo todo lo que había pasado en Armero, habló con el gerente y le dijo: “Yo me voy para mi casa, me voy a dar cuenta de mi familia”. El gerente le dijo: “Listo, váyase, pero llévese una ambulancia y mire qué puede hacer”. Y otra de ‘Diosidiencia’, cuando ella llegó a Lérida, estaban bajando a mi papá del helicóptero. Y ella lo vio y lo reconoció inmediatamente y se hizo cargo de mi papá. En la misma ambulancia fueron hasta Bogotá, dieron la vuelta por Honda y llegaron a Guayabal. Ese domingo que estábamos recibiendo a mi papá nos tocó salir corriendo porque dieron otra vez una alarma. Y eso era así, casi todos los días daban alarmas.
Ese día, después, en otra alarma, fuimos a Nuevo Horizonte. En una montaña que hay ahí fue la primera vez que vi cómo quedó Armero. Escuchábamos a los adultos decir que desde ahí se veía Armero. Y yo me paré donde ellos se paraban, y yo le decía a mi mamá: “¿Dónde está Armero?, ¿dónde está? Es que yo no veo nada”. Y una persona que había ahí nos dijo: “Mire, Armero es ese manchón gris que se ve allá”. Ese día me di cuenta y dimensioné lo que había pasado. Entendí que Armero ya no estaba y empecé a entender que las personas con las que compartí... ya no estaban. Entendí que lo que yo escuchaba, así me escondiera, sí había pasado. Entendí lo que pasaba con Omayra, empecé a pensar en mis compañeras de colegio. En todo.
%%imagen%%5
Me costó mucho entender que la vida que tenía se fue. Que la gente con la que compartía ya no estaba. Gracias a Dios, mi mamá, mi papá, mi hermano y yo estábamos bien. Mi papá estaba muy herido, con muchos traumas. Mi papá no durmió durante mucho tiempo con la luz apagada, debía estar encendida y un radio prendido con las noticias para poderse quedar dormido. Poco a poco lo pudo ir superando. Y yo creo que parte de ese proceso de superación fue vincularse a la Cruz Roja y empezar a pensar en los otros y ayudar a los otros.
Cuando empecé a escuchar que Omayra se convirtió en un símbolo, para mí era muy difícil. Porque mientras para los demás es el símbolo de la tragedia y el dolor de muchas personas, sobre todo de muchos niños, para mí era una de mis mejores amigas que se había ido… no solo ella, fueron muchas. A la mamá de otra de mis mejores amigas me la encontré un mes después acá porque todavía seguían viniendo a buscar a sus hijos. Me acuerdo de que salíamos de misa, fue un domingo. Y mi mamá se saludó con ella. Y yo lo único que hice fue decir: “Yo me quiero ir para la casa, yo no la quiero saludar, no la quiero ver, no quiero tener contacto con ella”. Porque no era capaz. Esa fue mi forma de manejar el dolor. Me aislé completamente de todo lo que tenía que ver con Armero. No preguntaba, no veía noticias, si alguien estaba hablando de Armero me paraba y me iba. Si me preguntaban, no contestaba.
%%imagen%%3
Cuando empecé a estudiar acá, no quería, y peleaba porque este colegio no tenía nada de lo que tenía el mío y no me gustaba. Poco a poco fui adaptándome, pero parte de esa adaptación fue eso, bloquear. No iba a Armero. Si tenía que ir a Ibagué, yo cerraba los ojos desde que salía de acá hasta que pasábamos Lérida. Mis papás entendieron eso, entonces no me presionaban.
La primera vez que fui a Armero fue como a los tres o cuatro años, y cuando me bajé del carro casi me desmayo. Entonces me volví a subir y me regresaron porque no fui capaz. La primera vez que hablé de Omayra fue como en el 2008, un favor que me pidió el alcalde de ese momento porque yo trabajaba en la Alcaldía, en gestión social. Pero me hicieron trampa porque me llevaron hasta donde Omayra y yo nunca había ido. No voy, no me gusta ir. Me preguntaron dos o tres cosas y ya no pude más.
Ya después empecé a poner en práctica lo que estudié, porque o si no, mi vida qué... Y es el proceso de ir sanando. Mi papá me insistía mucho en hablar. Es así, pero en ciertos espacios, sin presión. Y estos espacios me sirven para eso, para sacar y soltar.
No hablo con la mamá de Omayra. Si yo sé que está acá, evito coincidir con ella. Porque no me siento capaz: pienso en el dolor de ella y pienso que si me ve el dolor va a ser más fuerte. Ellos tienen un familiar por la cuadra donde yo vivo y a veces están, y yo en esos días no salgo de mi casa.
Muchos de mis amigos sabían que yo era de Armero y que había pasado por la tragedia. Pero no sabían que era amiga de Omayra. No sabían el tipo de relación que tenía con ella y se dieron cuenta por las noticias para los 30 años. Me llamaban y me preguntaban por qué no les había contado. Entonces yo les decía: “Tú no vas hablando de tus muertos”. Porque para todos los demás es un símbolo, pero para mí es un ser querido que se fue.
%%imagen%%4
Aunque tengo claro que en determinado momento todo el mundo se tiene que ir, con lo de Armero uno aprende a no aferrarse y a entender que hoy estás y mañana no. Mi relación con la muerte es compleja. Sufro ataques de pánico. El último me dio cuando falleció mi papá. Y es parte de eso, entendí que es parte de ese duelo no manejado. Es que no fue una persona, en mi grado éramos… 26, 28. Y sé que están vivas cuatro.
Cuatro con las que no me hablo, no porque no las quiera ni porque no me preocupe por ellas. En realidad, las sigo, sé dónde están y sé que están bien, pero es parte del manejo de mi dolor. Para el 13 de noviembre yo voy y participo en la misa. Y ya, me regreso.
Hice el ejercicio de ir al colegio hace como cuatro años, nunca había ido. Se ve el piso de la capilla y el piso del altar. Fue muy fuerte ver que del colegio que era grandísimo, inmenso, solo quedó ese pedacito.
La última vez que fui a la tumba de Omayra fue porque unos amigos seminaristas me pidieron que los acompañara. Les dije: “No me hagan eso”. Insistieron, insistieron y les dije, “bueno, vamos, pero yo me quedo en el carro, voy hasta allá y no me bajo”. Desde el carro veía muchas placas dando gracias por muchas cosas que ella ha intercedido. No sé cómo estará ahora, no he ido. Y aquí me hablaron del grupo que maneja todo el tema de Armero para que diera testimonio. No he sido capaz. No me siento capaz porque yo no veo a esa Omayra. Yo no veo a la Omayra que intercede por milagros. Yo no veo a la Omayra a la que le piden. Yo veo a mi amiga que partió.