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Lunes 4 de mayo de 2026
Cuando se quiere se puede. Por Patricia Lara

Mediante una alianza público-privada, en el corregimiento de Bahía Honda, en la Alta Guajira, por iniciativa del Grupo Argos, con el apoyo del ministerio de Vivienda, el Grupo Aval y la Fundación Santo Domingo, se construyeron, en tiempo récord, 30 casas con materiales innovadores de los más altos estándares, pero que conservan los elementos ancestrales de los wayuu.

Foto: Cortesía.

Cuando se quiere se puede. Por Patricia Lara

La entrega de 30 casas en la Alta Guajira, construidas en virtud de una alianza entre el ministerio de Vivienda, los grupos Argos y Aval y la Fundación Santo Domingo, con el apoyo de la comunidad wayuu, “es un ejemplo para el país”. Así lo afirmó Juan Esteban Calle, presidente de Cementos Argos.

Por: Patricia Lara

—Te damos gracias, Padre amado, porque tú has puesto en el corazón de estas personas hacer realidad este proyecto para darles hoy una vida digna a cada uno de los que recibirán estas casas. Gracias, Padre, porque de hoy en adelante se comienza a construir una nueva historia con esta unión— dijo, a manera de plegaria, María Angélica Deluque Iguarán, a quien su madre, Conchita Iguarán, autoridad tradicional de la comunidad Kayuswaaralu, designó para que inaugurara la ceremonia de entrega, el pasado 10 de junio, de treinta casas del Proyecto Miiroku que, en la Alta Guajira, en el corregimiento de Bahía Honda, construyó el Grupo Argos en alianza con el ministerio de Vivienda, el Grupo Aval, la Fundación Santo Domingo y, lo que es muy importante, la población wayuu.

El recorrido había sido largo. Para llegar hasta allá, un lugar relativamente cercano a Punta Gallinas, los representantes de los Grupos Argos y Aval, de la Fundación Santo Domingo, de Cambio y de Caracol TV, así como Alicia Mejía, la mamá grande del proyecto, habíamos tomado un vuelo privado desde el aeropuerto de Río Negro hasta El Cerrejón; allí nos habíamos montado en camionetas que nos habían llevado por trochas de arena que se colaba por las más diminutas rendijas de los vehículos y se pegaban a todo el cuerpo hasta que, por fin, habíamos llegado cerca de un mar azul, aparentemente tranquilo; luego habíamos caminado unos metros para embarcarnos durante 45 minutos en unas canoas con motor a las que llaman lanchas; y, finalmente, habíamos recorrido otro trayecto de unos minutos en camioneta para alcanzar la enramada enclavada en el polvo donde nos esperaban los miembros de esa comunidad, conformada por indígenas, la inmensa mayoría de los cuales sólo hablaba wayuu.

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Después de que María Angélica terminó su plegaria, que pronunció con los ojos cerrados, tomó la palabra la Viceministra de Vivienda, Aidé Marsiglia, una abogada inteligente y comprometida con el proyecto, quien se refirió a lo significativo que es contar con unos aliados del sector privado y público “para llegar hasta aquí”. Y es que, la verdad, no había sido fácil hacerlo. Y menos lo era transportar cemento y otros materiales, como había ocurrido en este caso.

Luego hablaron María Camila Muñoz, representante del Grupo Aval y José Francisco Aguirre, director de la Fundación Santo Domingo. Se refirieron a la importancia de la alianza entre los sectores público y privado y la comunidad.

Finalmente, se dirigió a los asistentes el gran gurú del paseo, Juan Esteban Calle, presidente de Cementos Argos, quien afirmó: “Los empresarios en Colombia tenemos un propósito noble: que el país avance. Por eso este proyecto es un hito en el que está la Colombia que todos soñamos, con respeto entre todos y con un propósito común: hacer realidad el sueño que tenían estas personas de tener una vivienda digna. Que este proyecto sea un ejemplo para el país,” concluyó.

Por último, Alicia Mejía, una mujer maravillosa, fundadora de Colombiatex y Colombiamoda quien, a punto de cumplir 80 años, sigue trabajando por el país, le agradeció a Conchita su labor de liderazgo hacia la comunidad. “Nada de esto hubiera sido posible sin Conchita”, afirmó.

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Pero es justamente a Alicia Mejía a quien se le debe que este proyecto exista: la historia se remonta a 2022, cuando el huracán Julia arrasó con muchas de las casas del territorio donde habitaba Conchita. Entonces ella acudió a Alicia, a quien había conocido antes, para que le ayudara a conseguir cemento con el fin de reconstruir las casas. Y Alicia pensó: bueno, yo les consigo el cemento y un dinero y ¿después qué? Entonces llamó al presidente de Cementos Argos, Juan Esteban Calle, y le dijo: “Juan Esteban, ¿por qué no hacemos un proyecto en la Alta Guajira?” De inmediato, Calle le respondió que sí, llamó a sus ejecutivos, y les ordenó que comenzaran a volver realidad ese sueño.

Y es así como ahora, tres años después, luego de que desarrollaron una etapa larga de creación de confianza con la comunidad y de concertación con ella; después de que de acuerdo con sus líderes diseñaron la casa modelo para que no fuera ajena a las viviendas de los Wayuu y se acomodara a sus costumbres y cultura, Cementos Argos, con el apoyo financiero del ministerio de Vivienda, de la Fundación Santo Domingo y del Grupo Aval construyó, con precisión milimétrica, sin desperdiciar un solo recurso, estas casas de unos 75 metros cuadrados que constan, como las viviendas wayuu, de una habitación con hamacas, enramada, cocina con estufa de leña y terraza, pero que agregan elementos que no existen en ese territorio donde la gente carece de luz y de agua: páneles colocados en el techo para generar energía solar, tanque para recopilar agua lluvia, lavaplatos, ducha y, a pocos metros de la casa, una caseta con inodoro.

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Dado que, en el diseño, que fue lo más demorado, participó la comunidad, los wayuu no sienten que los foráneos les hayan impuesto nada, sino que este es su propio proyecto.

Al concluir la ceremonia, antes de hacer entrega de la primera casa, y después de saborear un almuerzo con chivo, arroz y ensalada de remolacha, un hombre empezó a desfilar tocando un gran tambor, al que llaman kasha, que llevaba terciado en el torso, para darle, con su sonido, gracias al espíritu.

Luego, decenas de niños de cuatro a siete años aproximadamente se colocaron en fila detrás del cordón de colores que le daba vuelta a la primera casa y, luego, uno de ellos lo cortó para, así, inaugurar este sueño.

En el trayecto de regreso, esta periodista pensaba en el salto adelante que podríamos dar como país si tomáramos como ejemplo este proyecto Miiroku, que en lengua wayuu significa “sitio de agua,” y en vez de estar sembrando odio y confrontándonos permanentemente los unos y los otros, construyéramos confianza y encontráramos proyectos concretos en los cuales trabajaran de la mano el gobierno como financiador, la empresa privada como ejecutora y financiadora también y la comunidad como aportante de mano de obra.

Si ese modelo se generalizara, Colombia daría su gran salto adelante.

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