Nydia Quintero falleció este 30 de junio de 2025. Como un homenaje, CAMBIO reproduce una entrevista publicada en Cambio16 en 1996 .
Foto: Crédito: Colprensa
¡Yo acuso!: entrevista a Nydia Quintero por Patricia Lara Salive
“Desde la muerte de Diana no me he quitado el luto. Es el símbolo de mi pena”, le dijo doña Nydia Quintero a Patricia Lara en esta conmovedora entrevista que CAMBIO reproduce, como un homenaje a esa mujer extraordinaria que acaba de morir.
Por: Patricia Lara
A propósito de la muerte de doña Nydia Quintero, madre de Diana Turbay y abuela, entre otros, de sus hijos María Carolina Hoyos y Miguel Uribe, este último en cuidados intensivos a raíz del atentado que sufrió hace casi un mes en Bogotá, reproducimos la conmovedora entrevista que le hizo Patricia Lara Salive, publicada en Cambio16 Colombia el 24 de junio de 1996. En ella, doña Nydia revela los detalles y antecedentes de la muerte de su hija Diana, refleja sus gestiones durante el secuestro de su "niña" y su calvario como madre, destaca la frialdad del entonces presidente César Gaviria y deja claro que esa frialdad suya, supuestamente amparada en una razón de Estado, no fue la misma que mantuvo cuando secuestraron a su hermano Juan Carlos en el gobierno de Ernesto Samper. "Me duele que cuando secuestraron a Diana el presidente no hubiera sido Ernesto Samper y el director de la Policía no fuera el general Rosso José Serrano. Así mi niña estaría viva", afirmó.
¡Yo acuso!
Cuando me enteré del secuestro de Juan Carlos Gaviria pensé inmediatamente en mi niña Diana. Me conmovió porque cuando uno ha pasado por esas circunstancias duele más y se revive la propia tragedia… Por eso hice una declaración para solicitar la liberación de Juan Carlos, que se publicó en el periódico El Tiempo.
El presidente César Gaviria tuvo que recordar ahora lo dolorosas que fueron para las familias de los secuestrados de entonces su dureza y su frialdad. Gracias a Dios el presidente Gaviria contó con la suerte de encontrarse con el sentido humanitario y la sensibilidad del presidente Samper.
He llegado a pensar que si cuando secuestraron a Diana el presidente hubiera sido Ernesto Samper y el director de la Policía el general Rosso José Serrano, hoy mi niña estaría viva.
Desde la muerte de Diana no me he quitado el luto: es un símbolo de mi pena.
El 31 de agosto de 1990, 24 días después de la posesión del presidente Gaviria, Diana partió a entrevistar al cura Pérez, jefe del Ejército de Liberación Nacional, ELN. Ella dijo que regresaría el 3 de septiembre. No llegó. Entonces llamé al ministro de Gobierno, Julio César Sánchez. Me manifestó que debíamos esperar unos días.
El 5 de septiembre, el Gobierno expidió el decreto 2047 sobre sometimiento a la justicia: establecía la posibilidad de que los delincuentes que se entregaran, confesaran sus delitos y denunciaran sus bienes, recibieran el beneficio de la no extradición siempre y cuando hubieran cometido los delitos antes del 5 de septiembre. Ese decreto se dictó cuando aún no se sabía que Diana estaba secuestrada.
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No fue una concesión humanitaria sino que formaba parte de la política de sometimiento a la justicia, diseñada por el presidente Gaviria desde su campaña.
El 6 telefoneé a Rusia al doctor Julio César Turbay Ayala para contarle que Diana estaba desaparecida. El pensó que era posible que hubiera operativos en la zona que dificultaban su regreso. Llamé al presidente Gaviria para expresarle mi preocupación. Se mostró interesado.
El 8 de octubre dictó el decreto 2372 que establecía condiciones más favorables de no extradición para quienes se entregaran. Fue a mediados de ese mes cuando los Extraditables publicaron su primer comunicado y se supo que ellos eran quienes habían secuestrado a Diana y a sus compañeros. Luego secuestraron al periodista Francisco Santos y a Marina Montoya, hermana de Germán Montoya, secretario general de la Presidencia durante el periodo de Virgilio Barco. Días después se llevaron a la cuñada de Luis Carlos Galán, Maruja Pachón de Villamizar, y a Beatriz Villamizar de Guerrero.
Yo me mantenía en permanente comunicación con los familiares de los periodistas que viajaron con Diana. Rezábamos todos los días frente a un altar que organicé con la estatua de la Virgen bajo el retrato de Diana. Siempre que rezaba me preguntaba: ¿será que mi niña está con frío? ¿Será que tiene hambre? ¿Será que llora?
— Que la Virgen la cubra con su manto —pedía.
A fines de octubre llegó el primer casete con la grabación de la voz de Diana. También hablaba en él la periodista Azucena Liévano. Lo enviaron desde Montería en un sobre por entrega inmediata.
Quería sentarme en un parque de Medellín para ver si Pablo Escobar me mandaba a secuestrar: así podría estar con Diana.
El 26 de noviembre liberaron al periodista Juan Vitta: me advirtió que lo más importante era conseguir que no intentaran un rescate armado. El 11 de diciembre soltaron a Hero Buss: me insistió también en que debía hacer lo indispensable para evitar ese rescate, pues cuando se producía algún ruido, por lejano que fuera, los encañonaban y les decían que apenas llegara alguien los “sonarían” (los matarían).
El 12 de diciembre hablé por última vez con el presidente Gaviria. Le conté mi conversación con Hero Buss. Al día siguiente fui con Julio César Jr. adonde el ministro de Defensa, general Óscar Botero. Le insistimos en que no se debía intentar un rescate armado por el peligro de que asesinaran a los rehenes.
El 13 liberaron al asistente de cámara Orlando Acevedo y el 15 a Azucena Liévano. Parecía que querían deshacerse de todos y dejar solamente a Diana, a Pacho Santos y a Maruja Pachón.
El 18 de diciembre se entregó a la justicia Fabio Ochoa. Viajé a Medellín para hablar con él. Había ido ya dos veces. Y había visitado a la hermana de Pablo Escobar: tenía el famoso oso polar en el piso de su casa. Me conmovió oírle relatar las violaciones de los derechos humanos que se cometían contra sus allegados. Me mostró su casa desprovista de cuadros porque se los habían roto en los allanamientos. Pedía que dejaran de violarles los derechos humanos.
Con ella y con el abogado Guido Parra, le escribí a Pablo Escobar. Le pedí que liberara a los secuestrados para que hiciera un acto humanitario que le borrara las faltas que hubiera cometido.
El 18 de diciembre me recogieron Marta Nieves y Amelita Ochoa, hermanas de Fabio. Llegaron en una camioneta grande llena de las mujeres de la familia. Fuimos a la cárcel. Llegué a la celda de Fabio. Le dije que lo visitaba porque creía que él podía hacer algo frente a Pablo Escobar. Se mostró amable. Me dijo que me admiraba por haber ido a hablar con él. Y agregó:
—Doña Nydia, hay dos cosas fundamentales: que no haya rescate armado y que usted logre prolongar la fecha del 5 de septiembre contemplada en ese decreto: así, si se entrega Pablo Escobar, puede cubrirlo el beneficio de la no extradición—.
Me quedé en Medellín hasta el 23 de diciembre. Tenía la esperanza de que, como era víspera de Navidad, liberaran a mi niña. Quería sentarme en un parque de Medellín a leer un libro para ver si de pronto Pablo Escobar mandaba secuestrarme: así podría estar con ella.
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El presidente había designado al asesor de Seguridad, Rafael Pardo, para que hablara con los familiares de las víctimas. El doctor Turbay, Hernando Santos (padre de Francisco), todos, habíamos insistido en que no intentaran un rescate armado. Recordábamos que a Julián Echavarría, que estaba secuestrado, lo habían matado hacía poco durante un rescate en el que murió cerca de una decena de personas. Yo tenía absoluta confianza en que el presidente Gaviria respetaría ese compromiso: a mí me aceptó que no ordenaría un rescate armado sin que hubiera un acuerdo previo con la familia. Después me dolió que el doctor Humberto de la Calle dijera que el presidente no había adquirido compromisos con nadie…
¿Qué me faltó hacer para lograr la liberación de mi niña? Tal vez lo único fue sacudir al doctor Gaviria o llamar a Fidel Castro.
El doctor Turbay no quería que el presidente Gaviria sintiera que él, en su condición de expresidente, lo estaba presionando. Pero… yo no soy de ese corte.
Yo soy descendiente de La Gaitana. Soy opita. Y soy mamá. Lo único que me faltó hacer para lograr la liberación de mi niña tal vez fue sacudir al doctor Gaviria o llamar a Fidel Castro…
El 25 de diciembre, respondiendo a mi llamado, vino a mi casa el ministro de Justicia, Jaime Giraldo Ángel. Angustiada, le pregunté que cuándo iban a sacar el decreto para prolongar la fecha del 5 de septiembre. Él me contestó:
—Doña Nydia, eso ya se está considerando porque no prolongar esa fecha es obstaculizar la política de sometimiento a la justicia. El decreto está prácticamente listo.
Agregó que por esos días vendrían a Colombia congresistas norteamericanos a tratar el tema de la droga y que era difícil expedirlo con ellos aquí.
Busqué otra vía para llegar al presidente: la del canciller Luis Fernando Jaramillo y su señora —amigos míos— quienes iban a pasar con él las fiestas de fin de año en las islas del Rosario. Les pedí que le movieran el corazón…
En vísperas de año nuevo hubo una reunión en casa de Hernando Santos con los abogados Guido Parra y Santiago Uribe. Yo estaba muy mal y le pedí a mi marido, Gustavo Balcázar, que me representara. Los abogados dijeron que Pablo Escobar entregaría a los secuestrados 24 horas después de que se expidiera el decreto que aplazara la fecha del 5 de septiembre, para que pudieran entregarse la justicia sin temor a la extradición. Conversamos con el presidente Turbay sobre cuál sería la mejor manera de conmover al presidente Gaviria. Acordamos que hablara con él Alberto Villamizar, el marido de Maruja Pachón (y hoy “zar antisecuestro”). Se entrevistaron después del 13 de enero, cuando el presidente Gaviria regresó de sus vacaciones. Alberto nos contó la charla:
—Mire Alberto —le dijo el presidente—: en cualquier momento vamos a expedir ese decreto. Pero no lo haremos bajo la presión de nadie. Además, hay que dejar que se les bajen los humos a los americanos. Ellos están muy inflados con sus triunfos en la guerra del Golfo Pérsico—
El presidente le agregó a Villamizar que, desgraciadamente, en Colombia había habido muchos asesinatos de gentes ilustres.
Yo tenía la desesperación de la madre que siente que se está estrellando contra una piedra. El 23 de enero llamé al presidente Gaviria porque los Extraditables habían enviado un comunicado donde decían que podían llevar a los secuestrados encostalados a la puerta de Palacio. Pasó al teléfono Rafael Pardo. Le pregunté cuándo iba a salir el decreto. Le agregué que fuera al consejo de seguridad donde se encontraba el presidente y le dijera —delante de todos— que le mandaba a preguntar si lo que quería era que le llegaran los secuestrados encostalados a la puerta de Palacio. Le añadí que si bien era cierto que en Colombia había habido muchos muertos ilustres, sí contaba una muerte más.
Rafael Pardo me contestó:
—Se lo diré, doña Nydia—.
El presidente Gaviria tuvo que recordar ahora lo dolorosas que fueron su dureza y su frialdad.
Desde que secuestraron a mi niña no había vuelto a mi casita de Tabio. Mi marido me insistió: “Vamos amor: te sirve tomar aire”.
Acepté, pero le dije que allá le escribiría una carta al presidente Gaviria. Nos fuimos el 24 de enero como a las 10 de la noche. Me llevé mi virgen, mis veladoras… Quise escribirle esa noche, pero estaba deshecha y Gustavo me pidió que descansara. A las 4 a.m. me levanté y me arrodillé a rezar frente a una ventana que da a las montañas contra el cielo: lloraba y le pedía a Dios que protegiera a mi niña. Entonces me puse a escribirle al doctor Gaviria. Terminé la carta como a las 11. Se la entregué al conductor para que se la llevara al presidente.
Gustavo y yo almorzamos. Yo hablaba y lloraba: ese 25 de enero de 1991 estaba en un estado de angustia muy especial. A las 2:30 p.m. llegó una de las personas de seguridad del doctor Turbay. Había entrado a toda velocidad en el carro.
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Me dijo:
—Señora Nydia, liberaron a la señora Diana—
Pero fue como si me hubieran oprimido el corazón. Le contesté:
—Mataron a Diana.
—No, doña Nydia, la liberaron —dijo él—. Está en una clínica en Medellín.
Lloraba. Me cambié en dos segundos. Nos fuimos. En el radio del carro oí que Diana estaba herida y que estaban examinándola.
Llegué a mi casa. Llamé al presidente Gaviria. Y le dije:
—¿Eso era lo que usted quería, no, presidente?--
Y él me respondió:
—Pero si está viva ––.
—No: está muerta —le repliqué.
En el camino me había dado cuenta de que los comunicados sobre la salud de Diana eran muy cuidadosos y le había dicho a Gustavo:
—Diana murió —.
Él me había respondido:
—¿Pero no oyes, mi amor, que están examinándola?
Una sobrina llegó a mi casa y me dijo:
—Tía, el informe que tengo es que Diana ya murió—.
No se lo conté a nadie. Llegué al aeropuerto. Lloraba. Pero ya estaba como si me hubieran puesto una lápida. Me daba ternura ver al doctor Turbay y a mis hijos rogando:
—¡Dios mío, sálvala! —
No podía decirles nada: es que yo me siento como la mamá de Julio César, de Amparo, su señora, de mis hijos y de mucha gente…
Cuando llegamos a Medellín, María Emma Mejía le contó a Gustavo que ya Diana estaba muerta. Bajamos del carro y Gustavo me confirmó:
—Desgraciadamente, Diana ya falleció.
Recuerdo un montón de gente y un borrón de angustia. Me encontré con el gobernador de Antioquia, Gilberto Echeverry. Él había sido ministro del doctor Turbay. Le pregunté:
—¿Cómo es posible que hayan hecho eso?
Y él me contestó:
—Yo no conocí nada sobre ese operativo de rescate.
Me hicieron quitar los zapatos y ponerme la bata y las polainas verdes para entrar en la sala de cirugía. Entré. Tal vez para darme esperanzas, los médicos masajeaban el corazón de mi niña y le tenían puesto un respirador. ¡Y yo sabía que llevaba como dos horas muerta!
Le quité su gorrita verde y les pregunté a los médicos:
—¿Luego no está muerta? —
—Sí, doña Nydia —.
—Entonces, quítenle todo eso —.
Quería tocarla, consentirla… Le besé las orejas, las manos, los pies… Pedí que nos dejaran solas… Hice una trencita de su cabello. La até con algo que me dieron allí y la guardé. Ya sólo quería tocarla...
Obviamente, mi corazón tenía la rebeldía de saber que el presidente Gaviria y su Gobierno hubieran podido hacer algo para evitar su muerte y no lo hicieron.
Al salir del quirófano dí una rueda de prensa. Pero antes me había encontrado con un niño que tenía parálisis cerebral y que había estudiado cinco años en la fundación Solidaridad por Colombia. Él me abrazó y se me pegó. Lloraba. Ese chiquito, que en ese momento debía tener unos 12 años, me reconfortó…
En la rueda de prensa dije que la de Diana había sido una muerte verdaderamente anunciada y que yo les otorgaba tanta responsabilidad por su muerte a los secuestradores como al presidente Gaviria y a su gobierno. Y todavía sigo otorgándosela por su negligencia, por su frialdad, por no haber tenido la sensibilidad del presidente Samper. Y porque el director de la Policía de entonces no hubiera tenido el sentido humanitario del general Serrano —que puso en peligro su vida para salvar la del hermano del presidente Gaviria—.
Después del entierro de mi niña, el camarógrafo Richard Becerra (que se encontraba como rehén con Diana en el momento del tiroteo) me relató todos los detalles: cómo salió corriendo; cómo vociferaba porque no podía correr con esos zapatos tenis; y cómo los cuidanderos corrían con ella para ayudarla a subir la loma…
—Doña Nydia —me dijo—: le voy a contar lo que no le he dicho a nadie: cuando subieron a doña Diana herida al helicóptero, había en él un hombre esposado que me preguntó: “¿Richard, me reconoce?”. Le dije que sí: había sido uno de los que nos había cuidado. El me contó lo que el tipo le dijo:
—Es por mí que los están sacando de aquí: me torcí y le di a la Policía la ubicación y me trajeron para mostrarles la casa donde ustedes estaban.
Le dije a Richard que no le contara eso a nadie porque corría peligro. Pero le dije que yo sí se lo diría al presidente.
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En la mañana del lunes 28 de enero pedí una cita con el doctor Gaviria. Me mandó decir que no podía recibirme antes de las 4:00 p.m. Eso también muestra su frialdad: una persona de corazón en el pecho habría dicho “véngase ya”. Contesté que no me importaba la hora, pero que quería hablar con el presidente antes de que pronunciara su discurso. Le dije:
—Presidente, le he pedido esta cita porque considero que voy a hacerle un favor: la Policía no iba a buscar a Pablo Escobar sino a los secuestrados —. Le conté lo que me dijo Richard. Y agregué:
—Pongo en sus manos la vida de Richard. Averigüe si el muerto que aparece retratado en el periódico de hoy no es Jorge Humberto Vásquez Muñoz, el que venía esposado en el helicóptero… Puede que yo me haya equivocado —añadí— y que sea posible que usted no estuviera informado del operativo. Pero debería haberlo estado porque cuando un gobernante está pendiente de algo importante, lo localizan en cualquier lugar para informárselo: lo sé porque yo he sido señora de presidente.
(Además, se habían creado cuerpos especiales de la Policía que dependían del director operativo, general Octavio Vargas Silva, a quien tenían que consultarle cualquier decisión. Este, a su vez, debía comunicársela al general Miguel Gómez Padilla, entonces director general de la Policía. Y él tenía la obligación de informársela al presidente de la República).
El presidente Gaviria no pronunciaba palabra. Daba respuestas en monosílabos. Al terminar la entrevista le pregunté:
— Presidente, ¿no cree que usted cometió muchas equivocaciones?
—Uno a veces se equivoca —dijo.
—¿Y no cree que fue muy frío conmigo?
—Tal vez —contestó.
—Póngase a pensar en lo que hubiera hecho si su niña hubiera estado en las circunstancias de la mía. Ojalá nunca se encuentre en esas circunstancias…
—Si… Ojalá —dijo él.
Al día siguiente, el 29 de enero, cuatro días después de la muerte de Diana, el Gobierno expidió el decreto 303 que tanto esperamos y que hubiera determinado la liberación de los secuestrados. Con su expedición ayudaron a evitar que mataran a Pacho Santos, a Maruja Pachón y a Beatriz Villamizar. Pero si lo hubieran expedido oportunamente, Diana se hubiera salvado. El decreto no se dictó bajo la presión de los familiares, sino bajo la presión de una muerte: la de mi hija Diana.
El presidente Gaviria dice ahora que el secuestro de Juan Carlos era diferente al de Diana, porque entonces los narcotraficantes querían negociar todos los decretos… Yo no creo que los casos sean tan distintos. La única solicitud que le hicimos al presidente los familiares de los secuestrados fue la de extender la fecha del 5 de septiembre. Esta era una petición con sentido humanitario. La aceptación de las solicitudes de los narcotraficantes ya había ocurrido. He sabido que para facilitar la liberación del hermano del doctor Gaviria se introdujo el artículo 20 de la Ley 262, del 6 de junio, que da beneficios a los partícipes de un secuestro que suministren información sobre el lugar donde se encuentra la víctima. El artículo 15 de la misma ley dice que cuando se trate de delitos de secuestro no habrá disminución de penas ni otros beneficios por colaboración con la justicia. Y agrega: “salvo lo consagrado en el artículo 20 de esta ley”.
'Hubiera abrazado a Juan Carlos con la misma ternura con la que habría abrazado a mi hija si ella hubiera salido libre'
El doctor Gaviria pensaba que como presidente no podía dejarse presionar. Y yo creo, como lo cree todo el país, que con el secuestro de su hermano hizo todo lo contrario de lo que pensaba cuando era presidente, no obstante que ahora también tiene la responsabilidad de ser secretario general de la OEA.
(La liberación de Juan Carlos Gaviria se logró gracias a que el presidente Samper acató el pedido que le hizo Gaviria para que se aplazara la fecha de la votación final de su juicio en la Cámara de Representantes —momento en que los secuestradores iban a matar a su víctima—. Así, los enviados de Fidel Castro, con el apoyo del general Rosso José Serrano, tendrían tiempo de presionar al jefe de la banda, el comandante Bochica, con el fin de que soltara al secuestrado a cambio del viaje de su familia y amigos a Cuba).
Quiero advertir que me siento absolutamente feliz de que hubieran liberado a Juan Carlos Gaviria. Le escribí una carta a su madre, doña Mélida, en la que le expreso que cuando ví su imagen en la televisión, “hubiera querido abrazarlo y cuidarlo tiernamente”. Hubiera sido la misma ternura con la que habría abrazado a mi hija si hubiera salido libre…
El rostro de la solidaridad: Perfil
El 19 de septiembre de 1980, un grupo de nueve hombres y una mujer se asaban a fuego lento en el balneario Potosi, situado a la entrada del ardiente puerto de Girardot, en Cundinamarca. Pero no andaban de turismo. Antes de que fueran capturados por el Ejército, aceitaban —a 40 grados a la sombra— un puñado de fusiles robados del cantón Norte de Bogotá, los cuales servirían para ejecutar un sorpresivo plan: secuestrar a la esposa del presidente.
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La víctima tampoco era una turista. Nydia Quintero, casada en ese momento con Julio César Turbay Ayala, debía visitar la sede del Instituto de Bienestar Familiar de Girardot en su calidad de primera dama, y la comitiva tenía que pasar frente al balneario del complot. Los secuestradores, pertenecientes al movimiento guerrillero M-19, fueron descubiertos antes de que pudieran terminar su plan, y uno de ellos —Rafael Navarro, alias Moisés— resultó herido de un balazo en la pierna.
Planear el plagio de Nydia Quintero es, en teoría, una misión fácil. Ella posee una singular obsesión por organizar obras de índole social, y es factible prever sus movimientos en alguna fundación, en algún hospicio, en algún puesto de caridad. Sus compañeras del Liceo Nacional Femenino de Neiva (Huila) —en donde nació, hace 65 años— recuerdan todavía las ansias con que promovía bazares y programaba procesiones metida todavía en un uniforme azul.
Pero más que la vestimenta colegial, su ayuda para lograr mover los motores de la solidaridad es el rostro. La hija de Jorge Quintero Céspedes y Adhalia Turbay Ayala posee siempre una expresión placentera, incluso cuando está enojada, y una voz dulce y clara que sale de la boca bien dibujada. También colabora ese carácter suave pero a la vez decidido con el que ella es capaz, por ejemplo, de levantarse, en una visita, a enderezar el cuadro que está torcido y apagar el televisor demasiado estridente.
Existe, sin embargo, otra cualidad física que sirvió para cautivar no sólo adeptos a su causa, sino el corazón de su propio tío: un par de hoyuelos de Venus repartidos en las mejillas, y que sin duda influyeron para que Julio César Turbay se enamorara cuando ella tenía 17 años. Se casaron antes de que terminara sexto de bachillerato, el 1° de julio de 1948.
Romántica empedernida, acompañó a su esposo, como una sombra, por el empedrado camino de la política. Y cuando él fue elegido presidente, lo primero que hizo fue recordar sus años de organizadora de bazares de caridad: creó la fundación Solidaridad por Colombia, en cuyos objetivos principales figuran bastantes utopías necesarias como “fomentar los sentimientos de solidaridad humana y propender por la paz y la concordia entre los colombianos”. Para alcanzarlos cuentan con una sede central en Bogotá y cuatro seccionales en los departamentos de Córdoba, Antioquia, Valle y Risaralda.
Ya se ha andado algo, y estas son las pruebas: el Centro Comunitario Patio Bonito —en donde se les da asistencia médica a los habitantes de ese populoso e inundado sector de Bogotá—, las becas de Solidaridad que han ayudado para que 10.632 jóvenes sean todos unos bachilleres– las becas Diana Turbay para educación superior y la Caminata de la Solidaridad por Colombia.
Pero mientras su labor se encendía, su matrimonio se apagaba entre los avatares del poder. Se divorció del presidente cuando aún juntos vivían en el Palacio de Nariño, y el propio papa Juan Pablo II anuló el sacramento, desde Roma, el 26 de julio de 1982. A escasos días de que su esposo entregara la presidencia.
Hubo cuatro hijos: tres mujeres –entre ellas Diana, la periodista asesinada– y un hombre. Pero doña Nydia, como comenzó a conocérsele, decidió volver a casarse, esta vez con el dirigente político vallecaucano Gustavo Balcázar Monzón. La boda fue civil, en Santo Domingo, el 16 de abril de 1984. Hoy, ya abuela, a Nydia Quintero se le puede reconocer a leguas: viste de negro en homenaje a su hija muerta.